La mariposa negra 11 #2
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Rufetti lo obsequió con otra reverencia, intuyendo que la nobleza de Roma veía un signo de buena educación en esa costumbre de doblar la cerviz sin quejarse de dolor.

Giustiniani le hizo una señal al sirviente que había acompañado al tendero y este se acercó empujando la carretilla y asombrándose de lo pesada que era. Ni que llevara piedras.

—A ver, señor mío, ¿qué tenemos aquí?

El tendero retiró la tela de la carretilla y dejó al descubierto los lienzos.

Sacó el primero, se dio la vuelta, sopló el polvo que se había depositado sobre el cuadro y luego se lo entregó al marqués, observando su rostro con atención.

Para decepción de Rufetti, Giustiniani no dejó que trasluciera ninguna emoción, a pesar de la alegría que sintió al ver el lienzo.

—Mmm, no está mal. No está nada mal. No sabía que te había dado por la pintura, hombre de Dios.

—La broma de vuestra excelencia es un elogio que no merezco —replicó el tendero rechoncho con tono adulador—. No son obras mías, sino de Miche Merisi.

El marqués asintió y sonrió socarronamente.

Me he dado cuenta enseguida. Mi gente me ha dicho que últimamente se ha estado quedando en tu casa.

No olvides que tengo unos cuantos cuadros suyos.

Y la verdad es que tampoco les haría ascos a otros lienzos, si llegamos, claro está, a un acuerdo sobre el precio.

Al fin y al cabo, se trata de que los dos estemos satisfechos, ¿verdad, Andrea?

Rufetti balbuceó algo que a duras penas llegó a los oídos de Giustiniani.

La buena educación del marqués, si bien ligeramente burlona, no dejaba de atragantársele.

Hubiera sido mejor que el noble le diera un par de bolsas de escudos y lo dejara marchar, en vez de jugar de aquella manera con él.

Sin embargo, lo que al tendero se le antojaba un capricho inútil, para Giustiniani era un comportamiento habitual.

Las habilidades de banquero y la experiencia de coleccionista se adquirían con dificultad, pero servían para toda la vida.

Había aprendido aquella lección de Giuseppe, su padre, gracias a los años que este había sido el último gobernador genovés de Quíos.

A diferencia de su hermano Benedetto, que había obedecido la llamada de la fe hasta acabar ascendiendo al rango de cardenal, Vincenzo se había mantenido cercano al mundo del arte y siempre había deseado coleccionar obras de valor procedentes de todos los rincones del mundo.

Quien entrara ahora en el palacio Giustiniani, y tuviera tiempo de examinar todas las salas y hornacinas, descubriría que la sed de belleza del marqués era difícil de saciar y que el noble había ido puliendo sus gustos año tras año.

El palacio de Roma estaba mucho más adornado que el de Bassano, que los hermanos Giustiniani poseían conjuntamente y al que acudían una vez al mes, cuando querían mantenerse alejados del mundanal ruido.

—Pues, diría que por veinte escudos podemos llegar a un acuerdo, Andrea —dijo el marqués, sin quitarle ojo al cuadro de Merisi.

Rufetti se quedó de piedra, pero no perdió la compostura.

—Veo que hoy a vuestra excelencia le encanta hacer bromas…

—A vuestra excelencia se le ocurre, justo en este instante, que podría perfectamente vaciar tu carro en un abrir y cerrar de ojos, sin que tuvieras cómo plantarle cara —susurró Giustiniani, abandonando la anterior dulzura de su voz—.

Y vuestra excelencia sabe igual de bien que no puedes dejar a la puta sin cama ni al mercader sin mercancía.

¿Qué te parece? ¿Te gusta el ingenio de vuestra excelencia?

El tendero quiso halagar la habilidad del marqués en materia de rameras, sobre todo tras la marcha de Anna y Lida, pero se dio cuenta de que, tal como estaban las cosas, solo conseguiría echarle leña al fuego. Se conformó con callar y asentir.

—Nadie sabe que estás aquí, ¿verdad, Andrea?

Ya me lo imaginaba. Si no te compro yo los lienzos de Miche, no tienes nada que hacer con ellos.

Porque acudir al amado Francesco es algo que no harás.

Aunque, en verdad, es algo que habrías hecho en vez de venir aquí, aun después de todas las sandeces que te habrá contado Miche sobre él, no tienes estómago para verlo.

Dime acaso si me equivoco, querido amigo —siguió hablando el marqués, con una voz que, como por arte de magia, se había suavizado, aunque sin perder ni un ápice de su acerada amenaza—.

Recuerdo que estuviste entre los que firmaron un documento de condena a los sodomitas que en un momento dado llegó a mis manos.

Tú y los presidentes de los gremios, ¿no es así?

El tendero rollizo sintió que, en los últimos instantes, aquel día de verano se había vuelto repentinamente tórrido.

—Solo que veinte escudos es muy poco —balbuceó él—. Al fin y al cabo, no deja de ser un Merisi.

—Exacto. Pero un Merisi inacabado, sin enmarcar y sin firmar.

No sé si a Miche le dio tiempo a decirte que, antes de dejar que una obra salga de su taller, le hace una marca que muy pocos de nosotros conocemos.

De hecho, solo Francesco, dos o tres personas más y yo.

El caso es que miro este cuadro y no veo la marca.

Esto significa que lo mismo intentas colocarme una falsificación, querido amigo.

Y me imagino que sabes cómo se castigan las falsificaciones en Roma, incluso las del mundo del arte.

Si voy al gobernador Giambattista y le cuento los problemas que tengo contigo, no sé yo cómo saldrás del aprieto.

Porque tanto él como el juez Margotti suelen imponer sus condenas con gusto y rapidez.

Y, a diferencia de Merisi, que se ha esfumado como un conejo, tú estás aquí y pueden arrestarte en cualquier momento.

Andrea Rufetti sintió que la tierra se hundía bajo sus pies.

El marqués ya no parecía estar para bromas.

«¡Qué estupidez sin límites! —se dijo—. Me he metido en la boca del lobo cuando este más hambre tenía.

Si antes pensaba que sacaría algún provecho, ahora me conformo con dar las gracias si salgo vivo de aquí.

Qué tonto he sido. Un tonto de capirote.

Lo de la marca es una mentira como una catedral, eso salta a la vista, pero ¿a quién creería el juez: a un noble dispuesto a dar dinero para que el tribunal sea reformado desde los cimientos o a un pobre tendero que vende granos de mostaza y hojas de laurel? ».

—Veinte escudos, vuestra excelencia, es un gesto de generosidad —concluyó el tendero, con el miedo atenazando su cuerpo.

—Veinticinco, Andrea, veinticinco —recuperó Giustiniani el buen humor—. Solo quería ver cómo te manejas regateando. Y lo cierto es que te manejas bien, aunque todavía tengas que pulir algún que otro detalle.

A Rufetti le hubiera gustado respirar aliviado, pero no sabía si las malas pulgas del marqués aparecerían de nuevo al ver el siguiente cuadro.

Debido a la falta de sueño, o tal vez por otra razón que el tendero no podía barruntar, el noble pasaba de repente de la alegría al enfado, igual que las abejas vuelan de una flor a otra.

Giustiniani, en cambio, estaba seguro de que, a partir de ese momento, el tendero rollizo comería de su mano.

Y es que los trucos que le había enseñado don Giuseppe tras regresar de Quíos parecían infalibles.

Además, era imposible que la historia de la marca secreta de Merisi no hiciera bajar el precio de los otros cuadros.

Lo de la firma era un invento, ni que decir tiene, pero el hombrecillo que se pasaba todo el santo día vendiendo pescado no tenía forma de saberlo.

Antes de sacar el último lienzo de la carretilla, Andrea Rufetti ya había reunido una bonita cantidad de dinero del marqués.

Por el momento, los escudos solo habían sido anotados en una hoja, pero no cabía duda de que, al final del trato, el noble abriría su bolsa y apoquinaría.

Según las cábalas del vendedor, con la mitad de aquel dinero podría duplicar el tamaño de su colmado, reservando el resto para la época de vacas flacas que podría avecinarse sobre Roma en cualquier momento.

Ya había ganado bastante, pero —igual que «el comer y el rascar, todo es empezar»— el ansia por el negocio crecía a partir de su propia levadura.

Algo más de dinero no le vendría nada mal, sobre todo porque el marqués tenía el riñón bien cubierto.

Rufetti repetía la misma cantinela cada vez que presentaba un cuadro: lo extraía con cuidado de la carretilla, lo miraba con cariño y con cierta tristeza, con el arrepentimiento de un padre pobre que entrega a su vástago a alguien que pueda criarlo, le soplaba el polvo imaginario y acababa pasándoselo a Giustiniani.

El marqués miró el lienzo que tenía en sus manos, solo que esta vez fue incapaz de mostrar tanta contención.

Levantó las cejas con aire interrogante y parpadeó varias veces, señal de que la obra era algo totalmente diferente a las demás.

El tendero había hecho bien en dejarla para el final.

—¿Y esto? —preguntó Giustiniani—. Pensaba que la había retocado. Eso recordaba yo.

—No la rehízo; pintó otra en su lugar y se quedó con esta. Decía que, de todas formas, le gustaba más y que solo la vendería en caso de quedarse sin blanca.

El marqués tragó en seco.

—Increíble. Hubiera puesto la mano en el fuego por que… Un momento, que busque la firma.

Rufetti se removió incómodo en su asiento.

—No es mi deseo que vuestra excelencia se ofenda —dijo, carraspeando—, pero eso de la firma es… tan cierto como que yo he dejado poemas junto a las fuentes parlantes.