La mariposa negra 11
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Cuando vio a Anna Bianchini salir del palacio Giustiniani, Andrea Rufetti pensó en lo que Merisi le había dicho casi un mes antes de que aconteciera el abrasador golpe de calor: «Todas las putas que han pasado por mi cama se han acostado con al menos un cardenal».

Al escucharlo entonces, Rufetti estaba convencido de que Merisi desvariaba y de que la enfermedad que le roía el cuerpo también había empezado a hacer estragos en su mente.

Solo que ahora, siguiendo con la mirada a la cortesana que se perdía entre la gente de la Via della Dogana Vecchia, sintió la tentación de darle la razón al lombardo.

Sin embargo, aún sin tiempo de saborear el desconcierto provocado por la visita que había recibido el marqués Vincenzo Giustiniani, el tendero vio a Fillide Melandroni deslizarse por la puerta que había entre las salidas laterales del palacio.

Al igual que Anna, vestía ropa oscura y llevaba un velo sobre el rostro, señal de que no quería ser reconocida.

Rufetti negó con la cabeza para sus adentros.

«Riquezas, poder y mujeres hermosas», se dijo, justipreciando la fortuna del noble y conteniendo a duras penas la envidia. «¿Qué más se podría desear?».

Diez minutos más tarde, aún asombrado por la llegada de las dos cortesanas al palacio de monseñor, Rufetti accedió al patio principal por la puerta de la izquierda, por donde solían entrar los muchachos que los mercaderes mandaban con provisiones para la cocina del palacio.

Su colmado era pequeño, así que podía él solo encargarse de todo.

Cuando llegaba un pedido grande, cerraba el negocio y se ausentaba una o dos horas, sin preocuparse por los clientes que se desplazaban hasta allí y encontraban la puerta cerrada.

En ese momento empujó la carretilla cubierta que el guardia de la entrada ni se había dignado a mirar.

De haberlo hecho, habría reparado en algo digno de ver: algo que no eran sardinas, aceitunas, dulces, especias ni frutas, sino unos diez lienzos cuidadosamente envueltos y colocados uno junto a otro.

Eran los cuadros del cuarto de Merisi, que Rufetti había logrado arrebatar a los esbirros, y que había escondido en un lugar seguro antes de echar a correr pidiendo auxilio.

Podría habérselos llevado a Francesco del Monte, pero el lombardo le había contado cosas tan turbias sobre su persona que le pareció inapropiado hacerlo.

Al fin y al cabo, Giustiniani era tan rico como Del Monte, si no más.

Dondequiera que hubiera ido con semejante ganga, el tendero se habría llenado los bolsillos.

Lástima que Miche se hubiera esfumado tan rápido y sin comunicarle a nadie su paradero, porque Rufetti le habría dado la mayor parte de los escudos, guardándose solo lo que necesitaba para ampliar su tienda de comestibles.

Era un hombre temeroso de Dios y no le gustaba apropiarse de lo que no era suyo.

Por otro lado, sin su rapidez de reflejos, los cuadros de Merisi habrían acabado siendo pasto de las llamas.

De hecho, el lienzo que estaba junto a la ventana, y en el que el tendero no reparó a tiempo, había ardido por completo.

Y habría sido una pena que el fuego redujera a cenizas también los demás.

Sin lugar a dudas, los curas que le tenían inquina a Miche se habrían referido a un castigo del Altísimo y habrían visto en las llamaradas nada menos que el fuego del averno.

Hombres débiles devorados por el odio. Sin embargo, el marqués se habría regocijado, pues, si era cierto lo que decían las malas lenguas, Giustiniani ya había juntado más de mil objetos de valor en el palacio de Via della Dogana Vecchia, incluyendo una multitud de estatuillas griegas, así como cuadros de Rafael, Giorgione y Tiziano.

Los hermanos arquitectos Giovanni y Domenico Fontana, que habían renovado el palacio Giustiniani, se habían encargado de que los espacios verdes exteriores e interiores esparcieran la alegría de laque adolecía la fachada.

El fortín del marqués no ocultaba soldados con armas en ristre, sino un pequeño parque con bancos de piedra, columnas semejantes a las antiguas y asombrosos juegos de agua, de gran predicamento en la Roma de principios de siglo.

Después de que Rufetti apoyara la carretilla contra un muro, un sirviente lo acompañó por una senda de losas hacia un pabellón escondido entre naranjos, donde el tendero esperó la llegada del marqués, pensando en cómo presentarle la mercancía para obtener el mejor precio posible.

El bullicio de la vida era el mismo incluso en pleno verano, sobre todo porque, por el momento, la canícula se había apiadado de la ciudad.

Pobres y ricos, mercaderes y mendigos, rameras y prelados, niños y ancianos, todos atendían a sus quehaceres y albergaban la esperanza de que el día de mañana fuera más generoso.

Unos masticaban un trozo de pan mohoso y unas insípidas gachas en algún rincón del mercado; otros se ponían las botas con manjares exquisitos, preparados según recetas venidas de otros lares.

Unos tenían la talega siempre llena, otros se pasaban años con el estómago vacío.

Unos ofrecían misas, otros maldecían el día en que habían venido al mundo, lisiados y sin que nadie los deseara.

Pero nada ni nadie habría podido echarlos de Roma, aunque solo fuera porque era la ciudad donde más se podía hurtar y saquear.

En el océano del mundo, Roma se había convertido en el navío cuyas brillantes riquezas atraían a corsarios de todas partes.

Ni siquiera la muerte que acechaba con mueca burlona desde el lugar más inesperado desanimaba a los huéspedes venidos en busca de fortuna.

El robo, el pillaje y el asalto se aprendían rápido, sobre todo cuando uno no tenía nada que llevarse a la boca.

Los cadáveres putrefactos hallados en las calles, con la garganta sajada o un agujero en el pecho, ya no asustaban ni a las jóvenes preñadas.

Rara vez las horcas quedaban vacías durante cinco días seguidos.

Bandidos de rostro amoratado y lengua hinchada, colgaban de la soga y de la vida, bamboleándose horriblemente para que sirviera de escarmiento.

Aunque en balde. Los espectáculos de la muerte en las plazas públicas solo asustaban a cinco malhechores de cada cien.

Tratar de erradicar la iniquidad de Roma era como pretender contar las gotas de agua de la lluvia.

Porque, en cuanto descolgaban a los condenados de las horcas, los saqueos volvían a empezar.

Las ganas de vivir y el miedo a la muerte, las dos hermanastras de la madre Roma, jugaban la una contra la otra, sin que jamás pudiera saberse cuál de ellas saldría victoriosa.

La ciudad estaba trufada de vividores, ya fueran lisiados o robustos.

Los que eran aptos para el trabajo y habían aprendido a manejar la espada se ponían al servicio de gente acaudalada —romanos o venecianos, emilianos o piamonteses, sicilianos o florentinos— a los que defendían con el acero casi siempre desenvainado.

No era un oficio a largo plazo para estos bandidos que, como por arte de magia, habían mudado de piel, abandonando su tez oscura para volverse blancos como la espuma de la leche; pero al menos les permitía pagarse la cama, la comida y el vino.

Además, la protección de un mercader o de un banquero hacía que de repente adquiriesen el aire de unos bienhechores a quienes nada importuna más que el robo.

De ruines ignorantes de la ley se habían convertido en guardianes del orden.

Y de facinerosos, en valientes. Cosa que no los libraba de ser buscados por la guardia papal, por los llamados sbirri , hombres dotados de buena memoria y sed de venganza, que acababan cazando a los canallas sin importarles que se hubiesen arrimado a alguno de los ricachones de Roma.

—Andrea, buenos días. Disculpa que te haya hecho esperar.

Arrancado de una ensoñación vivida con los ojos abiertos, el tendero se levantó y le hizo una reverencia al marqués.

Vincenzo Giustiniani tenía el rostro demacrado y parecía falto de sueño.

Rufetti se preguntó si aquella endeblez suya tenía algo que ver con la presencia de las dos rameras, pero al final decidió que esa no era la razón por la que había acudido al palacio.

—Le agradezco a vuestra excelencia que tenga a bien recibirme. Le he traído algo que creo que será de vuestro agrado.

—Quizá en otro momento, amigo mío. Ahora no me apetece nada de comer. Llevo varias noches durmiendo mal y no acierto a saber por qué.

Rufetti sabía que al marqués le gustaba jugar.

Sin duda, desde una de las altas ventanas del palacio, lo había visto apoyando la carretilla en la pared y se había dado cuenta de que bajo la lona verdosa no había mermeladas ni trozos de carne bañada en gelatina.

Así pues, no le quedaba más remedio que seguirle la corriente.

—No he traído viandas, vuestra excelencia.

Para eso, el pequeño Nando viene a mi casa y carga con todo lo que usted necesita.

Es cierto que bien podría ser una especie de alimento —dijo Rufetti, señalando la carretilla—, pero en ningún caso condumio para el cuerpo, sino deleite para la mente y el alma.

A pesar de no estar muy católico, el marqués dejó escapar una risa breve.

—Para ser tendero, escoges bien las palabras, Andrea.

El pensamiento te viene con la misma agilidad con la que le caen los garrotazos en el lomo a un perro rabioso.

Si no supiera que tienes la cabeza bien amueblada, casi pensaría que eres tú el que va dejando esos poemitas ingeniosos junto a las fuentes.