La mariposa negra 10 #4
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Cuando los demás lograron separarnos, Tomassoni tenía un ojo morado, el labio partido y dos dientes menos.

Yo, en cambio, sentía que la cabeza me iba a explotar de dolor, y eso que el rufián no llegó a propinarme ningún golpe en ella.

Gentileschi me trajo la camisa de donde la había dejado, pero de un manotazo la rechacé.

Miré a Tomassoni, que se había levantado con la ayuda de Rico, y con una voz que parecía venir de la tumba, le dije:

—Mañana al atardecer, aquí mismo. Con espadas en vez de paletas. Ven con la misma gente.

El rufián intentó sonreírme con insolencia, pero no lo consiguió Se notaba que la paliza no le había sentado nada bien.

Y en el rostro, desfigurado por el moratón que tenía alrededor del ojo derecho, podía leerse algo más: miedo.

Escruté su rostro, como si quisiera asegurarme de que aquel miedo permanecería allí hasta que nos batiéramos el cobre.

La noche anterior al duelo, mientras intentaba calmar mi dolor y el palpitante latido que persistía en mi cabeza, Lide se presentó de repente en el cuarto que Andrea Rufetti me había cedido.

No dejaba de llorar; había venido a suplicarme que no me batiera.

Tenía una mala corazonada, me dijo. Sabía que algo terrible iba a suceder.

Dio unos pasos por el cuarto y sus ojos se detuvieron en la Acherontia , que estaba casi terminada y que esta vez no había tenido tiempo de cubrir con nada.

Era la primera vez que Lide la veía, así que abrió enormemente los ojos.

—¿Qué es esto? —Se maravilló, aproximándose al lienzo donde la mariposa, con las alas extendidas, soportaba su crucifixión.

—¿Te gusta?

Lide se encogió de hombros. ¿Quién decía que las mujeres no eran capaces de actuar sin esconder nada?

—Mmm… no lo sé. Es raro. No se parece a nada de lo que has pintado hasta ahora.

Se detuvo, pero era evidente que quería decir algo más.

—¿Y…? —Traté de animarla.

Lide se volvió hacia mí, se arrodilló, tomó mis manos entre las suyas y las examinó con cuidado. Su cabello rubio caía sobre su rostro.

—¿Qué te pasa, Miche? ¿Qué ocurre?

Retiré mis manos de las suyas, la miré con una expresión perdida y le di un sorbo a una infusión que el doctor me había aconsejado para cada noche.

—No pasa nada. Espero que pase rápido el día de mañana.

En los ojos de Lide las lágrimas volvieron a asomarse.

—Este no eres tú. Has ahuyentado los colores, te has enfadado con ellos. Te has separado de todos, les has cerrado la puerta en las narices. Eres distinto al Miche que yo conocía. Y este lienzo… ¿quién te lo ha encargado?

—Nadie.

—¿Cómo que nadie? ¿Lo estás haciendo de balde?

Asentí con la cabeza y reí brevemente.

—Me lo he encargado yo mismo. No voy a ganar ni un céntimo, pero puede que al final me compense. He soñado tantas veces con esta mariposa que me he dicho que la única forma de librarme de ella es plasmándola en un lienzo.

—Nunca he visto una mariposa como esta —susurró Lide. De hecho, ahora que lo pienso, la única que he visto en las flores que hay entre los muros de Roma es la mariposa de la col. Un insecto blanco y valiente.

—Es una mariposa nocturna.

Lide se quedó en silencio durante unos instantes, con aire desconcertado. Volvió a mirar a Acherontia y lo que distinguió allí, en la profundidad del color negro, la entristeció aún más.

—Lo mismo es una tontería, pero es como si te estuvieras despidiendo con este cuadro —balbuceó—. De todos y de todo.

Lide, la bromista, se había vuelto invisible.

La joven que contagiaba a todos con su alegría se había vuelto un recuerdo, y no reciente, sino de un tiempo que fue.

Junto a mí se encontraba ahora una mujer afligida, en la que la chispa de la vida parecía escurrirse como el agua que se filtra por las paredes de un pozo mal construido.

—Estoy enfermo, Lide. No me siento bien. A decir verdad, hay días en que me encuentro tan mal que no sé ni cómo me llamo. No sé cuánto tiempo me queda, creo que no mucho.

Le conté en pocas palabras lo que me había dicho el médico y cuán pensativo se había ido de mi lado.

Lide se sentó a mi lado en el diván, juntó las manos en el regazo y rompió a llorar.

Lentamente, con calma, sin hacer ruido, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.

No se cuánto estuvo así. Al cabo de un rato, se enjugó las lágrimas y le lanzó otra mirada —esta vez hostil— a Acherontia .

—Entonces la mariposa…

Asentí en silencio, tratando de no mirarla a los ojos.

—Si quieres, también puede significar eso. Pero no solo eso. Quizás otros la miren y encuentren significados en los que ninguno de nosotros dos ha pensado. Es lo que suele pasar.

Lide me empujó suavemente hacia el diván, se recostó a mi lado y apoyó la cabeza en mi hombro derecho. Me tomó una mano y la apoyó en su vientre.

—Yo también estoy enferma, Miche. Solo que no hay médico en el mundo que pueda curar mi enfermedad.

Con un temblor en la voz que no había oído antes, me desveló el secreto que la había oprimido durante casi cuatro años.

Con pelos y señales. Su renuncia a la vida de cortesana, supuestamente para cuidar de una prima enferma que vivía cerca de Siena.

Como dio a luz en una choza a las afueras de la ciudad, con una partera sordomuda.

El miedo de acudir al padre del niño, un noble que la había amenazado de muerte.

El intento fallido de dejarlo en la puerta de un monasterio, como había oído que hacían otras mujeres.

El pensamiento terrible de matarlo. El ahogamiento en las aguas del Tíber.

El testigo desconocido que lo había presenciado todo desde detrás de un árbol.

En fin, las humillaciones a las que Tomassoni la había sometido durante todos aquellos años, después de que el testigo le contara lo que había visto.

Nos quedamos dormidos hacia el amanecer, uno en los brazos del otro, tan agotados como si alguien nos hubiera obligado a arar la tierra luego de unirnos a un yugo.

Al día siguiente, en medio de un atardecer abrasador, cuando los pinos de las colinas de Roma parecían arder por culpa de un demente, me topé de nuevo con Tomassoni.

El tercer intento en tres días, y de nuevo en el Campo Marzio.

El duelo fue breve, como pueden atestiguar los allí presentes.

El rufián era un redomado espadachín —prueba de ello es que logró pincharme el brazo con la punta de su espada— pero no lo suficientemente bueno para mí.

Tras varios intentos de abrirle la guardia, lo atrape en un lance y le atravesé el muslo.

Se llevó una mano a la herida e intentó mantenerse en pie.

En vano. Cayó sobre la hierba suave con un aullido en el que podía leerse no tanto el dolor como la rabia ciega.

Con la historia de Lide en mente, atormentado por sus sufrimientos, le clavé la espada en el vientre.

—Da las gracias por no haberte encontrado las pelotitas. Me pregunto si tú también me dejarás con la miel en los labios.

Mientras los amigos de Tomassoni hacían jirones de su camisa para tratar de frenar la sangre que brotaba del muslo —ya que bien poco podía hacerse por la otra herida— Gentileschi, Longhi y Tempesta me miraron como fuera de sí.

—¿Y si se muere, Miche? —balbuceó Longhi al cabo de un rato—. Por Dios, si no es más que un buscavidas…

—Si supieras lo que yo sé, Ono, créeme que habrías hecho lo mismo. Pero descuida: en el Ospedale della Consolazione hay médicos competentes. Se salvará. Si por lo menos aprendiera a cerrar la boca.

Dos días después, Ranuccio Tomassoni murió en el hospital a causa de las heridas.

La noticia me la dio el muchacho que durante un tiempo había acarreado mi espada y a quien de vez en cuando mandaba a casa de los clientes con los cuadros que me habían encargado.

Me encontró paseando por el mercado, tratando de comprar algunas viandas.

Una vez me hubo dado la noticia, temiendo causarle problemas, le puse las provisiones en los brazos, le aconsejé que se esfumara y corrí a toda prisa a casa de Andrea Rufetti.

Era evidente que ya no podía quedarme allí.

Si en las altas esferas se habían enterado de la muerte de Tomassoni, estaba claro que ya se habrían puesto a buscarme.

Hasta Pablo V se había dignado a montar en cólera y condenarme a muerte in absencia .

Los rifirrafes anteriores no habían sido más que un juego de niños en comparación con aquel desastre de tan trágico final en el Ospedale della Consolazione.

La idea de que me arrojaran de nuevo a las mazmorras de Tor di Nona —consciente de que, en esta ocasión, me esperaba un final que ni siquiera Del Monte podría evitar— aceleró aún más mis pasos.

No tenía ningunas ganas de que mi testuz terminara en el lienzo negro que solían poner a un lado de las murallas de Sant’Angelo, como hacían con los malhechores que morían a manos del verdugo.

Quería llegar a mi guarida, recoger algunas cosas y largarme a donde buenamente pudiera.

Tenía que irme de Roma lo antes posible.

Cuando llegué, la casita de Rufetti ardía como una pira en la que hubieran sido quemados un puñado de herejes.

El cuarto al que el bueno de Andrea se había mudado para hacerme sitio se había convertido en cenizas.

Lo llamé, sin estar del todo convencido de que fuera a responderme.

Me acerqué cuanto pude y, con los ojos entornados, vi una esquina de un cuadro asomando por la ventana rota.

No tuve que dar ni un paso más para darme cuenta de que las alas desplegadas de la Acherontia se habían transformado en ceniza.

Aquel cuadro, tan lleno de sentido, había corrido la misma suerte que un infiel devorado por el fuego.

Si ya no podía salvar nada del cuarto, lo único que podía rescatar de las llamas era la pila de papeles que había escrito durante mis ratos de ocio o de angustia.

Entré en la habitación a través de la ventana, busqué a tientas el lugar que solo yo conocía y salí tosiendo hasta escupir los pulmones.

Me alejé a toda prisa de la casa de Andrea Rufetti y solo me detuve cuando me supe lo suficientemente lejos.

Me quedé quieto por un momento, con la ropa apretada contra el pecho, el corazón palpitando y un zumbido enloquecedor en la cabeza.

Luego respiré hondo y eché a correr, como solía hacer cada vez que me perseguían, con la garganta reseca por la sed y los ojos llorosos, no sé si por el humo o por la pena.

«Ese no eres tú», me había dicho Lide la noche anterior, mirando el lienzo.

¿Qué podía pensar? ¿Que una mano invisible le había dado la razón?

¿O que la mariposa negra había salido volando del cuadro y se había detenido en el cementerio dónde Ranuccio Tomassoni se preparaba para su eterno descanso?