10 #3
Se trataba de un juego que había probado alguna que otra vez, pero que no me gustaba especialmente.
Recuerdo que una vez, al no tener paletas, jugué con las manos desnudas con el tonto de Manfredi y en diez minutos teníamos las palmas de las manos amoratadas.
El pobre Bartolomeo se pasó tres días con las manos vendadas, tuvieron que darle de comer y hasta vestirlo, mientras que a mí Del Monte me cantó las cuarenta gritándome en la cara que solo los necios y los locos le dan la espalda a su suerte.
(En eso, monseñor tenía sin duda razón, por lo que me abstuve de decirle que, si no le parecía raro que una virgen diera a luz a un retoño, tampoco debería extrañarse porque hubiera pintores que tenían las manos hinchadas).
Así pues, sabía cómo se jugaba a aquella diabólica pallacorda —a la que los franceses, si no me llamo a engaño, llaman tenetz — y no le veía ninguna dificultad añadida, y eso que mi salud ya no era la de antaño.
En cualquier caso, ante alguien como Tomassoni, estaba seguro de que no haría el ridículo.
Y, si después de aquello me tocaba escupir sangre en algún rincón del cuarto, sin que nadie me viera, pues adelante. Que de algún lado tenía que venir.
—Entiendo que lo de las cartas ya lo hemos aclarado —les dije a Tomassoni y a Rico.
El rufián asintió. Aunque me pareció un tanto extraña la celeridad con la que encajaba la derrota, decidí no darle importancia.
—Has ganado, Miche. Y si después quieres concederme la revancha jugando a la pallacorda , pues adelante. Y, si no, no pasa nada. No voy a obligarte a luchar con armas que te resultan ajenas.
—Sabes bien que voy a luchar, Nuccio. Nunca me he echado atrás. Al igual que yo sé perfectamente que eso es lo que tú pretendes. No acierto a entender por qué, pero veo que insistes en un duelo de paletas. Lo haremos, descuida, pero vigila que no acabemos batiéndonos en otro tipo de duelos.
Si hubiera sospechado entonces cuánta verdad encerraban mis palabras, no habría regresado al día siguiente al prado del Campo Marzio.
Tomassoni se habría pavoneado y me habría tildado de cobarde, pero ¿qué más daba?
Habría sido mejor. Para los dos, pero sobre todo para él.
Cuando crees que las palabras están hechas únicamente para esconder los pensamientos, la vida te depara el castigo que te tiene destinado desde arriba.
Cosa que ninguno de los dos sabíamos entonces.
O, si lo sabíamos, fingimos olvidarlo y acabamos pagando.
Un precio muy caro. Demasiado caro, demasiado desagradable y de sopetón.
Al día siguiente, bajo un sol manso, Tomassoni y yo echamos mano de las paletas y les dijimos a los que se habían reunido a nuestro alrededor que el partido de pallacorda se jugaría por diez escudos.
Poco dinero, pero mucho orgullo, maestro.
Cada uno de nosotros había traído consigo a tres testigos.
A mi lado estaban Orazio Gentileschi, Onorio Longhi y Pierluigi Tempesta, que había regresado a Roma tras solucionar algunos negocios en Ostuni y en otras ferias de Puglia.
Tomassoni venía acompañado de Rico, que no dejaba de ser su sombra, y de otros dos tipos bien plantados, a los que yo no había visto antes, pero de los que se rumoreaba que se ganaban la vida consiguiéndoles amantes a nobles adinerados y dadivosos.
Pierluigi y Rico se encargarían de que no infringiéramos las reglas de la pallacorda , mientras que Onorio y uno de los muchachos llevarían la cuenta de los puntos, anunciando sonoramente el resultado de cada lance para evitar así cualquier malentendido.
Lo cierto es que nos peleamos como perros, sobre todo cuando uno mandaba la pelota por encima de la cuerda tensada entre los postes y el otro decía que la había visto pasar por debajo.
Ninguno de los dos quería ceder. Éramos dos gallos furiosos, con los sentidos enardecidos y la mente plagada de malos pensamientos.
Cada uno quería aplastar a su rival y dejarlo en ridículo.
Desde los primeros golpes, ambos nos dimos cuenta de que aquello no solo era un juego de pallacorda , sino que no nos estábamos batiendo en duelo por la efímera alegría de derrotar al otro, poniendo en juego la mismísima vanidad de toda una vida.
Al que saliera victorioso de la contienda le faltaría tiempo para pregonar su supremacía a los cuatro vientos y ver en el otro a un inválido de la raza humana, un insecto que merece ser estrujado, un perfecto don nadie ajeno a los efluvios de la fama.
Solo que huelga decir que yo era un artista del que hablaba toda una ciudad, mientras que de Tomassoni solo se acordaban aquellos que no tenían a quien abrazar por la noche y mendigaban amor a cambio de un puñado de monedas.
Las paletas de madera golpeaban con fuerza la pequeña pelota de cuero y el ruido recordaba al chasquido seco y violento de una bofetada.
El sudor nos pegaba las camisas al cuerpo y nos resbalaba por el cuello, por la frente, por las orejas.
En un momento de respiro, ambos nos quedamos desnudos de cintura para arriba y seguimos jugando, agradeciendo al viento que de vez en cuando se apiadara de nosotros y nos refrescara con su brisa.
Los testigos chillaban, silbaban o aplaudían después de cada lance.
Aunque yo le sacaba unos años a Tomassoni, aguanté bien sus embestidas y hasta le hice correr y echar el bofe.
Mi desgracia —y, a fin de cuentas, también la suya— fue que la vista, que ya me había jugado alguna que otra mala pasada, se me nubló de repente y me hizo errar uno de los golpes.
—¿Está demasiado oscuro? ¿Quieres que lo dejemos para mañana? —me preguntó Tomassoni en tono de burla, ya que apenas habíamos rebasado el mediodía y el sol aún prometía varias horas de luz.
Decliné la sugerencia y, no sin dificultad, mantuve la compostura.
Me vino a la mente lo que el médico me había dicho una semana atrás, cuando le pedí que me viera tras varios días de desesperación: que muchos pintores malogran su vista y su salud sin saberlo, al respirar cada día y durante horas el plomo de las pinturas, que suele subir al cerebro y provocar daños irreparables.
Seguí jugando, pero no tardé en errar de nuevo; cometía cada vez más desaciertos, y los amigos del rufián se reían cada vez con más estrépito.
Pedí otra pausa, arrojé la paleta a la hierba y caminé varias veces alrededor del trozo de césped que estaba marcado con tiza roja.
Sentía que se me llevaban los demonios y que no sería capaz de gobernar mi furia durante mucho más tiempo.
Gentileschi se me acercó, me puso la mano en el hombro y me aconsejó que me diera por vencido.
—¡Al diablo con los escudos, Miche! —me dijo con esa voz suya que sabía ser primero cariñosa y fiera un instante después—.
Venga, ya está, daos la mano y vestíos. Tú le ganaste a las cartas, él te ha ganado al pallacorda .
Estáis en paz. Y si realmente queréis decantar la balanza en favor de uno de los dos, volved a la Osteria y competid por quién bebe más del vino del maestro Enzo.
Allí seguro que dejas por los suelos a ese fanfarrón.
Estaba demasiado acalorado para escuchar y demasiado enfadado para razonar.
—No se trata de dinero, Orazio —le dije rechinando los dientes, convencido de que se me romperían las muelas— hay algo más en juego. Y no te entrometas en algo que no puedes entender.
—Te vas a buscar un buen lío —intentó calmarme también Tempesta, que se había acercado sin que yo lo viera. ¿Qué quieres demostrar?
Mientras Orazio y Pierluigi se esforzaban por apaciguarme, Tomassoni y los suyos se habían apartado hasta uno de los postes al que estaba atada la cuerda y charlaban ruidosamente.
Sus risas, especialmente las del rufián, se me clavaban en el corazón como estacas de madera en las uñas de un torturado.
La furia crecía en mí sin parar. Sentía que perdía la cabeza.
En ese momento, ya no quería vencer a Tomassoni en ese estúpido juego, sino arrancarle el corazón del pecho y devorarle el hígado.
Volví al campo, agarre de nuevo la paleta y seguí jugando, alternando aciertos con fallos, golpeando el aire como el que mata moscas o logrando golpes que dejaban a Tomassoni clavado en el sitio.
Ya no jugaba para derrotarlo, sino para sofocar mis propios impulsos; era una lucha conmigo mismo oculta en un partido de pallacorda .
No perdí cuando la pelota lanzada por Tomassoni cayó dos veces dentro de aquel retazo de hierba sin que yo pudiera golpearla, sino un poco después, cuando nos encontramos cerca de la cuerda atada a los postes y al muy cretino se le ocurrió que no estaría de más mofarse de mi persona.
Es bien sabido que cuando a la serpiente le entran ganas de que le propinen un garrotazo, sale a buscarlo.
—Si se te dan tan mal también las pelotitas de los demás, no me extraña que todos te hayan dejado con la miel en los labios.
Antes de que los testigos se dieran cuenta, me abalancé sobre él y la emprendí a golpes.
—Así que con la miel en los labios, ¿eh? Ahora voy a darte yo miel de la buena. ¡Hijo de perra! ¡Pedazo de gusano!
Mientras soltaba las palabras entre resuellos, no dejaba de darle golpes donde buenamente atinaba.
El ciclo seguía siendo igual de azul, aunque a mí se me antojaba plomizo.
Tomassoni intentó golpearme con la rodilla en las partes pudendas, pensando que yo no estaba bregado en peleas callejeras.
Me zafé del golpe, me abalancé sobre él y lo tiré al suelo.
Lo agarré por las pelotas y le grité en la cara: «¡Mira qué fácil ha sido encontrar las tuyas!
» y las apreté con fuerza. Luego intenté sacar la daga que llevaba siempre encima, pero no di con ella.
Recordé, lleno de rabia, que la había dejado en el césped, al lado de uno de los postes, antes de que empezara el partido.