La mariposa negra 10 #2
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Tomassoni me asaeteó con la mirada, pero fingí no prestarle atención.

Se fue a toda prisa, maquinando cómo devolverme tal ofensa.

Intenté reanudar mi trabajo, pero había dos ideas que no dejaban de asaltarme: la coincidencia de que me invitaran a jugar a las cartas justo cuando andaba pintando un cuadro en el que unos hombres hacen trampas en la mesa de juego, y la noticia de que Lide estaría allí.

Me resultó algo extraño, pues no sabía que le gustaban los juegos de azar.

Además, ¿podía acaso confiar en las palabras de un aspirante a pintor que, en realidad, no dejaba de ser una mezcla turbia y pestilente —a pesar de todos sus perfumes caros— de ladrón, embaucador y rufián?

El cuadro esperaba paciente que yo le dedicara la atención debida, como un niño que anhela la caricia de su padre.

Del Monte lo había visto casi dos años antes en su primera versión, pero no le había convencido del todo y me lo había devuelto para que lo rehiciera, provocando la furia de Prospero Orsi, pintor de máscaras y monstruos, aunque más bien comerciante que artista, que me echaba una mano a la hora de vender los lienzos que no acababan en las colecciones de los nobles.

Los Jugadores de canas dan continuidad, con un propósito que deseé que fuera lo más evidente posible, a la línea de La adivina , el cuadro que le había roto el corazón a Mario, haciendo que se entregara a mis brazos.

Es uno de los lienzos que sacaron de quicio a los viejos pedantes con sus pomposos atuendos, grandes conocedores del canto y de la voz impostada.

«¡Qué vergüenza, ensalzar la vileza!», chillaron indignados, llevándose las manos ya al rostro, ya a los ojos, como si de repente hubieran pisado un charco lleno de inmundicias.

Con Jugadores de canas no solo retomé uno de los elementos que más aprecio —la brevedad de la suerte, lo efímero de la victoria—, sino que saldé mi deuda con Carlo Saraceni, que me había ayudado a reírme de aquella cuadrilla de nobles romanos en la Osteria del Moro, haciéndose pasar por mí y mostrándose ante ellos al final de una cena memorable, para la eterna estupefacción de los comensales.

El tramposo de mayor edad —que mira de reojo las cartas de uno de los jóvenes para ayudarle al otro a ganar— es, de hecho, el propio Saraceni, el veneciano del que siempre supe que su objetivo en la vida era imitarme lo mejor posible.

¡Qué extraña farsa en esta tierra llena de promesas y tentaciones dejar que se te vaya la vida esforzándote en ser otra persona! En fin, allá él.

Volviendo al cuadro, debes saber, maestro, que los rostros de los jóvenes jugadores de cartas tienen ciertos rasgos femeninos porque son los de Paola y Licinia, cocineras en el palacio del marqués Giustiniani, a quienes el noble señor había animado a posar para mí.

El cuadro cuenta una historia normal y corriente sobre cómo la mente de alguien se corrompe frente al dinero.

Uno de los jóvenes está a punto de perder porque su contrincante no ha venido solo, sino acompañado de un espía que le enseña a jugar, revelando las cartas del otro jugador.

Además, el rival en cuestión lleva un puñal en el cinto que no dudará en usar llegado el caso.

Hay un joven que se lleva las cartas al pecho, en un gesto que da a entender que se sabe cazado, mientras que el otro sostiene el ramillete de cartas en una sola mano y se lleva la otra a la espalda para palpar las cartas falsas que se ha escondido en el cinto por si es menester recurrir a ellas en un aprieto.

Sin duda, el cuadro no versa sobre dos viciosos de las cartas y un mirón que ayuda a uno de ellos, sino sobre la lucha entre la inocencia y la ignominia, entre el blanco y el negro, entre la honestidad y el engaño.

Pues bien, intenta decirle esto a esos mojigatos que se pasan todo el santo día quemando incienso y creen que un cuerpo desnudo es una porquería digna de ser castigada con la cárcel.

Durante largo tiempo me azoró la noticia de que Lide hubiera apostado por mi destreza en los juegos de azar.

¿Desde cuándo le interesaban esas cosas?

¿Y qué andaba haciendo ella en un lugar tan mugriento como la Osteria del Moro, en una mesa donde todos apestaban a alcohol?

No la tenía yo por una apasionada de los vinos ni de las cartas.

Algo en todo aquello me parecía descabellado.

Por otro lado, tampoco me apetecía desobedecer la llamada de Tomassoni, que había lanzado su anzuelo confiando en que yo abriría la boca de par en par, como un pez hambriento y estúpido.

Y no porque ardiera en deseos de competir con él, sino porque mi ausencia de la mesa de los jugadores de cartas le habría puesto en bandeja la oportunidad de hacerme quedar como un cobarde y un pusilánime.

Era cierto que él podía decir muchas cosas de mí, pero en ningún caso que yo le tuviera miedo a alguien.

Al cabo de un par de días, bajo la lluvia que había empezado a lavar las calles, entré en la Osteria del Moro.

Fui recibido con reverencias por parte de Enzo, el anfitrión, y me alegré de ver, en una de las mesas, a Gentileschi y Longhi discutiendo acaloradamente, mientras adornaban sus palabras con gestos ampulosos.

Nos saludamos amistosamente y en los ojos de Orazio me pareció distinguir una llamada a la templanza.

Tomassoni me esperaba en otra mesa, en un rincón de la taberna desde donde se podía vigilar una buena parte de la calle.

A su lado estaba sentado un joven al que había visto con él en otras ocasiones y que, a juzgar por la tensión de su rostro, parecía atormentado por unos recuerdos no del todo dichosos.

Tomassoni lo llamaba Rico y —si no lo confundo con otro— se encargaba de regatear los precios para los marineros que desembarcaban en Ostia Antica y ardían en deseos de esparcimiento y buen vino después de tanto tiempo alejados de tierra firme.

Tal como había sospechado desde el principio, por allí no se veía ni rastro de Lide.

No había pasado ni un cuarto de hora desde mi llegada cuando Tomassoni, envalentonado por la buena racha que llevaba, empezó a lanzarme pullas.

—Parece que se te da mejor pintar las cartas que jugar con ellas.

Empeñado en pillarlo con las manos en la masa, si intentaba sacarse algún truco de la manga, no le respondí, cosa que quizá le confirió aún más arrogancia, porque poco después volvió a las andadas.

—Qué lástima que no hayas querido jugar con dinero, Miche. Me habría hecho de oro esta noche.

—Lo mismo no tiene suficiente y no puede permitirse el lujo de despilfarrarlo —añadió el astuto de Rico, solo para tratar de sacarme de quicio.

Miré a los dos, tratando de ver si eran capaces de no bajar la vista. Para mi sorpresa, lo fueron. Saqué una bolsa e hice sonar lo que había dentro.

—Con lo que tengo aquí, a los dos os tocaría traficar otra vez con jovencitas por lo menos un mes.

Seguí a lo mío, centrado en la partida, contento de haber doblegado a los dos mercaderes de visones, que, lejos de decir esta boca es mía, se quedaron con la mirada clavada en las cartas de Tomassoni y seguían aconsejándose de vez en cuando y haciéndose señas que solo ellos entendían.

E incluso jugando así, uno contra dos, al final salí victorioso.

Aburrida de hacerle compañía a aquellos bribones, la suerte se acurrucó en mis rodillas, dándome el espaldarazo que necesitaba para sacarles los humos de la cabeza.

—¿Qué decías de apostar dinero, Nuccio? —le pregunté con voz melosa al rufián, sin poder evitar la provocación—. Por lo menos yo os he mostrado mi bolsa. A ver, ¿todavía te llevas bien con las monedas o te has peleado con todas?

—Mejor preocúpate por ti en vez de inquietarte por mí. No tienes casa, los muchachos te abandonan, el gobernador solo espera que vuelvas a cometer otro desliz.

Me di cuenta de que quería sacarme de mis casillas: de lo contrario no habría mencionado el tema de Mario o de France, sobre todo porque ya había pasado mucho tiempo desde que nos habíamos separado.

Decidí no responder tampoco esta vez. Le pedí otra jarra de vino a uno de los muchachos de Enzo y puse cara de asombro.

—No veo a Lide, Nuccio. Me pareció oírte decir que también ella vendría.

—Dije que había apostado por ti, no que fuera a venir a verte jugar a las cartas.

A fin de cuentas, ¿qué hay de épico en todo esto?

Estás ahí, con el culo pegado a un taburete mientras sujetas una baraja.

Si quieres que las chicas te miren, saca pecho con otra cosa.

Con algo que te obligue a usar el cuerpo, no con algo que dependa de una suerte ciega.

—Con un partido de pallacorda , por ejemplo —se oyó la voz de Rico.

Una sonrisa traviesa se dibujó en el rostro de Tomassoni.

—Hay que tener fuerza y buenas articulaciones para la pallacorda —se rio el rufián—. Pero ¿sabes qué? Lo mismo Miche las tiene. Con la cantidad de veces que les ha metido mano a esos chavales…

Me levanté con la intención de volcar la mesa sobre los dos, cosa que a buen seguro habría hecho, si Orazio no me hubiera sujetado por detrás.

Gentileschi me agarró del brazo y miró de mala manera a Rico y a Tomassoni.

Detrás de él, el maestro Enzo, nervioso, empezó a frotarse las manos, temiendo otra noche de sillas rotas y cabezas descalabradas.

El bueno de Onorio Longhi permaneció tranquilamente en la mesa, como el que por nada del mundo es capaz de renunciar a una jarra de buen vino.

—Si tenéis ganas de gresca, marchaos de aquí —les dijo Orazio.

—El que anda buscando bronca es tu amigo Miche, no nosotros —le respondió Tomassoni—. Nosotros solo queríamos ver qué paleta maneja mejor, la de los colores o la de la pallacorda . Claro que, si no quiere jugar, está en su derecho. Pero que nos lo diga a la cara.