La mariposa negra 10
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Cuando recoges tus bártulos porque estás dispuesto a largarte, los metes en las cajas de cualquier manera, sin ton ni son.

Y si tiene razón quien afirma que dos mudanzas equivalen a un incendio, entonces, maese Simone, debes saber que yo ya he pasado por tres o cuatro.

Y de cada uno de ellos salí indemne, si bien dejé atrás, debido a las prisas provocadas por el miedo a que me apresaran y me mandaran a galeras, objetos que me hubiera gustado guardar conmigo hasta el último momento.

En un lugar deje un pincel de pelo de ardilla, en otro, un boceto de una cabeza de niño o un cuenco en el que mezclaba los colores o un rollo de pergamino, regalo de Lide por mi aniversario.

Aun así, igual que después de la lluvia sale el sol, también después de la desesperación debe florecer, aunque sea por poco tiempo, la felicidad.

Esto significaba que al dolor por la pérdida le seguía la alegría del descubrimiento.

Es verdad que algunas cosas se me quedaban por el camino, pero cada vez que abría las cajas una vez instalado en mi nuevo cuarto, encontraba en el fondo esos otros objetos que creía perdidos para siempre.

Lo mismo aconteció la última vez, cuando las tribulaciones por las que pasé —y que no tardaré en desgranar— me obligaron a echarme los bártulos a la espalda, a huir del caritativo Andrea Rufetti y a buscar otro sitio donde vivir.

Mientras bregaba por ordenar lo que había metido apresuradamente en la maleta, me tope con dos papeles amarillentos que alguien había cubierto con una escritura vacilante, a veces amplia, a veces minúscula.

Al principio no me di cuenta de lo que eran y hasta pensé que había cogido por error algo que pertenecía a Andrea.

Luego, al mirarlas con más detenimiento, caí en la cuenta: se trataba de dos páginas que yo mismo había escrito a hurtadillas en el pequeño libro de Cennino, en la época en que trabajaba en tu taller.

Las había escrito medio asustado, temiendo que alguien me sorprendiera y me riñera, pues solo podía mirar el libro cuando tú me lo permitías.

Y solo las páginas que tú me indicaras. La primera hablaba de cómo colorear los rostros, las manos, los pies y la piel de la gente.

Aunque las letras se habían borrado ligeramente y el papel estaba arrugado, logré leerlo:

La segunda página recogía instrucciones sobre cómo colorear a los muertos de los cuadros, cabello y barbas incluidos.

Apoyando el librito en la palmatoria de una vela de llama tintineante, con el corazón en un puño y la punta de la lengua atrapada entre los dientes, acerté a transcribir, renglón a renglón, las instrucciones de Cennino, pensando que me serían útiles una vez terminada mi formación como aprendiz.

Soñando ya con la fama y atrapado en las redes de mi propia estima, ya desde entonces hacía todo lo posible por ir un paso por delante de los demás y adelantarlos a toda costa.

Ferruccio y Tarcisio, los dos muchachos de Bérgamo con los que había trabado amistad, lo habían leído en mi mirada desde la primera semana que pasamos en la bottega y no habían hecho nada para desviarme de mi objetivo.

Y es bien sabido que, cuando uno se deja arrastrar por las altas aspiraciones, el juicio propio acaba nublándose.

De haber tenido dos dedos de frente, habría caído en la cuenta de que el tratado databa aproximadamente de un siglo y medio antes de que mi hermano Battista me trajera a tu taller milanés.

Desde entonces, muchas cosas habían cambiado en la pintura y no era seguro que los consejos de Cennino pudieran seguirse a pies juntillas.

Sin embargo, guardé los renglones que escribí entonces y no oculto que me han resultado útiles en más de una ocasión, pues supe qué tomar de ellos y aplicar las enseñanzas del toscano a mi propia pintura.

Si quieres saber qué andaba yo haciendo cuando tú te pensabas que andaba deambulando por el mundo de los sueños, aquí tienes:

«Sobre la manera de colorear a un muerto, esto es, el rostro, el tórax y cualquier otro lugar donde se aprecie la desnudez, ya fuera en el lienzo o en la pared.

Solo que en la pared no es necesario rellenarlo todo con tierra verde, pues basta con aplicarla como un medio tono entre las sombras y los colores de la carne.

En el lienzo, en cambio, debes rellenarlo tal y como te enseñé que se pinta una cara sonrosada o viva; y, del mismo modo, usa ese mismo verdaccio para dar las sombras.

Y no apliques ningún rojo claro, porque el muerto carece de color; toma, en cambio, un poco de ocre claro y rebaja tres tonos el color de la carne, usando únicamente blanco de plomo, mezclado como siempre, y aplica estos colores al lugar donde corresponde, fundiéndolos bien entre sí, tanto en la cara como en el cuerpo.

Y, del mismo modo, cuando casi lo tengas cubierto del todo, elabora a partir de esta carnación otro color más claro hasta llegar —con las partes más prominentes de los relieves— al blanco de plomo puro.

Y sigue igual, dibujando cada contorno con sinopia, oscurecida con un poco de negro y, por supuesto, mezcladas; este color se llamará sanguino.

De la misma manera, haz el cabello —pero que no parezca vivo, sino muerto— con un verdaccio que tenga varios matices.

Y tal como te mostré cuando pintamos varios tipos de barbas en una pared, haz lo propio en el lienzo.

Y procede así cada vez que tengas que hacer un cuerpo de cristiano o alguna criatura pensante, para reproducir los tonos de la piel tal como te he explicado más arriba».

¿Por qué me fui de casa de Andrea Rufetti?

Si quisiera ser injusto, diría que por su culpa, pues un día de luz incierta y cielo nublado se presentó con el mismísimo Ranuccio Tomassoni.

Quién sabe qué tonterías le había metido en la cabeza el muy alcahuete, y el bueno de Andrea, siempre dispuesto a escuchar cualquier cosa que le dijeran, le había hecho caso.

Seguramente le dijo que éramos amigos y que, al no saber nada de mí durante las últimas semanas, andaba con la mosca detrás de la oreja.

Lo mismo hasta le reveló la idea —sin duda disimulada— de solicitar una audiencia con el gobernador para hacerle saber que su buen amigo Merisi había desaparecido de la faz de la tierra.

Es bien sabido que la mentira se desliza por las calles de Roma como una falúa sobre aguas tranquilas.

En ningún otro lugar del mundo los trileros, los embaucadores y los que andan soltando disparates se encuentran más a sus anchas que en esta ciudad.

Y conviene no perder esto de vista, maese: Roma, el nombre «Amor» escrito al revés, no es solo una amante caprichosa, sino también una puta como no ha habido otra antes.

Tomassoni entró en mi cuarto como Pedro por su casa, bajo la afectuosa mirada del ingenuo de Andrea.

Me halló pintando junto al caballete, donde me disponía a rematar el lienzo de los Jugadores de cartas , del que más tarde oí decir a algunos, con esa grandilocuencia que tanto gusta a los necios descerebrados, que se parecía al arte de Giorgione.

(Lo cual es una patraña tan grande como la de que amé con fervor a Buonarroti, del que, a decir verdad, solo aprecié su tozudez).

Por suerte, había tenido tiempo de cubrir con uno de mis camisones el lienzo donde descansaba mi Acherontia , así que Tomassoni no logró verla: si se le hubiera ocurrido apartar el camisón, lo habría agarrado por el pescuezo como a un garito y lo habría tirado por la puerta.

—¡Pero qué feliz coincidencia! —me dijo, después de mirar unos instantes el lienzo, una vez hube levantado el pincel.

Alcé la vista hacia él, sin decir palabra.

—¿Qué quieres, Nuccio? ¿Es que no ves que estoy ocupado?

—¡Tranquilo, amigo, tranquilo! —Intentó calmarme Tomassoni—.

No tengo la menor intención de molestarte.

Solo me ha llamado la atención encontrarte pintando unos jugadores de cartas cuando precisamente por eso mismo he venido a verte: para invitarte a echar una partida en la Osteria.

Sé que te vuelven loco los filetes y el vino de Enzo.

Negué con la cabeza.

—Solo un chalado compartiría mesa contigo, Nuccio. Todo el mundo sabe que engañas más que hablas. Si pudiera, cogería este lienzo en el que estoy trabajando y te lo pegaría en la cruz, a modo de epitafio.

Tomassoni hizo un aspaviento, como un mal actor en una obra de tres al cuarto.

—¡Menuda lengua venenosa te gastas! Y yo que esperaba que te portaras mejor conmigo, Miche. Con la cantidad de jovencitas que te he dejado casi gratis…

Lo fulminé con la mirada, mientras Andrea Rufetti, entendiendo que aquel no era su sitio, se fue a su cuarto y se puso a hacer no sé qué.

—No he aceptado nada gratis de ti, que te entre bien en la cabeza. Las modelos solo posaron, eso es todo. Pagué lo necesario. Y, si en ocasiones hicieron algo más conmigo, no fue para llenarte a ti los bolsillos.

Nos enzarzamos en una discusión que duró varios minutos, salpimentada por aquí y por allá con alguna broma que aplacara la tensión provocada por la enemistad que reinaba entre nosotros.

Acto seguido volví a coger el pincel, dándole a entender que ya no tenía tiempo que perder.

Tomassoni comprendió el gesto y se dirigió a la puerta, pero antes de salir se volvió hacia mí con una expresión más bien apesadumbrada.

—Que sepas que, de todos modos, pasado mañana sobre las ocho hemos quedado. Y sería una lástima que no vinieras, pues Lide ha hecho una apuesta por ti: dice que, en materia de cartas y pintura, no tienes rival.

—Como tampoco lo tengo en otras cosas, solo que no habrá querido dejarte en evidencia.