La mariposa negra 8 #5
70%

8 #5

—Cuando lavaron al conde, vieron unas heridas en la cabeza que una caída no habría podido causar, pues parecían hechas con algo afilado que penetraba fácilmente no solo en la carne, sino también en el hueso.

La herida que había junto a la sien derecha era más profunda que las demás.

Uno de los sirvientes, atraído por la recompensa, acudió al gobernador y le contó lo que había visto.

En pocas horas, los soldados del gobernador se presentaron en el castillo y se llevaron a Beatrice y a doña Lucrezia, así como a Giacomo, el hermanastro de Beatrice, de quien sospechaban que había estado involucrado en el asunto.

Las torturas a las que los sometieron sacaron la verdad a la luz.

Quise detener a Plautilla, al darme cuenta de que cada vez le costaba más hablar de aquello. Solo que ella siguió desgranando su historia, retorciéndose las manos y esforzándose por aplacar el temblor de su voz.

—Doña Lucrezia y Beatrice durmieron al conde echándole un polvo en la bebida.

Después llamaron a un tal Marzio da Fiorani, llamado el Catalán, que aguardaba en un rincón, y le ordenaron que hiciera lo que tenía que hacer.

El Catalán se había preparado para golpear al conde con unas piedras que había recogido del camino hasta que este exhalara su último aliento, pero, para su sorpresa, Cenci abrió los ojos e intentó agarrarlo de la mano.

Aterrorizado, el Catalán agarró un clavo de hierro y se lo clavó en la cabeza con una maza.

Después, cargó al conde sobre su espalda, lo llevó hasta el balcón y lo arrojó a unos arbustos, tras lo cual se guardó de serrar el borde de madera podrida del balcón.

—¿Y Olimpio no se enteró de nada? Pensaba que siempre estaba en el castillo…

Plantilla guardó un largo silencio. Cuando retomó la palabra, sus ojos bregaban por contener las lágrimas.

—Olimpio… Olimpio fue enviado por Beatrice y Lucrezia en busca de un asesino.

Y no me dijo nada, como si fuera una extraña.

Él trajo al Catalán al castillo y le mostró dónde solía beber el conde su copa de vino antes de acostarse.

¡Pobre hombre! —se lamentó Plautilla, secándose la nariz con el dobladillo del vestido—.

Creyó que se saldría con la suya y que acabaría fugándose con Beatrice, a quien había preñado.

Estaba seguro de que, como me tenía por tonta, yo no tenía ni idea de lo suyo.

—¿Qué le pasó? —le pregunté a Plautilla, sospechando lo que me aprestaba a escuchar.

—Lo encontraron en un barranco, mucho después de la muerte de Cenci. Los lobos ya se habían llevado lo más apetitoso de su carne.

—¿Y el Catalán?

—Lo apresaron los soldados del gobernador en una posada que hay de camino a Frosinone, donde esperaba esconderse hasta que se calmaran las aguas. Murió en la Tor di Nona, entre tormentos.

Con esta historia en la mente y en el alma, me abrí camino entre la multitud junto al puente Sant’Angelo en aquella mañana de septiembre en la que los culpables pagaron por un asesinato que, aunque no habían cometido, sí habían tramado.

Y por mucho que busqué, no hallé nada en el rostro de Beatrice antes de que la arrancaran de este mundo.

Ni rastro de miedo, arrepentimiento o desprecio.

Nada. Dicen por ahí que los reclusos que se ganaban el favor de los guardianes recibían una pócima en la celda, antes de ser llevados a la plaza pública, para hacer más fácil su despedida del mundo y la de sus cabezas al abandonar sus cuerpos.

No sé si la joven, que acababa de cumplir veintidós años, bebió o no la bebida que adormecía la mente y los sentidos.

Lo cierto es que ni se inmutó cuando a Giacomo, colgado boca abajo, le aplastaron el cráneo con un martillo bajo sus ojos y cuando el verdugo dejó que transcurriera el tiempo entre golpe y golpe, para que el condenado fuera consciente de lo que le esperaba y de cuánto duraría.

O cuando su cuerpo fue destrozado por los caballos.

Ni siquiera volvió la cabeza cuando su madre murió bajo el hacha.

Esperó para irse de este mundo enviciado como el que espera un coche de postas que lo lleve a otra ciudad.

Tanta muerte se había acumulado en su alma como escasa se dibujaba en su rostro.

Y entonces, ¿por qué me conmovió más el asesinato de Beatrice que el de otros asesinos? No porque conociera su historia o porque la justicia del juez no tuviera en cuenta otra justicia, más allá de las leyes humanas. Ni porque fuera muy joven.

Lo sé, es algo estúpido, pero a veces la mente ni ayuda ni se sale con la suya.

Beatrice se me quedó grabada en la mente porque se parecía a Lide, no por otra razón.

Tenía la misma línea de la nariz, los mismos labios que te invitaban a morderlos, los mismos ojos en los que la pasión brillaba como la hoja de un cuchillo bajo la luz de la luna.

El mismo rostro de ángel caído. La muerte de la Virgen , que los carmelitas descalzos de Santa Maria della Scala sacaron de la iglesia el año pasado, tres días después de que yo se lo enviara, es de hecho la muerte de Beatrice.

Los romanos siempre pensaron que había tomado como modelo a una tal Adriana, una prostituta que se había arrojado al Tíber y a la que sacaron tres días después.

Tamaña sospecha era de su agrado y también convenía a mi propósito.

Y es que nueve de cada diez prelados habían discernido tiempo atrás los brotes de la incredulidad.

Porque, además, la joven del lienzo llevaba un fruto en su vientre (como lo estaba también la condenada el día de su muerte).

Sin embargo, ya va siendo hora de que también tú, maestro, sepas la verdad: la muchacha del cuadro es Beatrice Cenci, a quien los años transcurridos desde su ejecución no han conseguido borrar de mi mente.

Beatrice y Lide.

Acheronda y la vida.

La mariposa nocturna y el sol del día.

Disfrutar del tiempo que aún me queda.