La mariposa negra 8 #4
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De vez en cuando, me detengo, me echo hacia atrás y, con el ceño fruncido, contemplo el cuadro en el que la mariposa empieza a tomar forma.

Aún no sé qué camino tomar. A ratos, quiero pegarla al lienzo como el que clava a un reo en la cruz, tal como había pensado desde el principio; a ratos, quiero pintarla de tal manera que cualquiera que la mire sienta que alza el vuelo hacia su rostro.

D’Arpino, que suele comprarle cuadros a Rufetti, se enteró de que estaba trabajando en algo absolutamente inédito y se puso a rebuscar en mi taller.

Mi casero le tiene tanto cariño como la oveja al lobo, pero no tuvo más remedio que abrirle la puerta un día, a la hora del almuerzo, cuando yo estaba en la Osteria del Moro.

Eran tiempos en los que uno no sabía que le depararía el mañana y el pobre Andrea no podía permitirse el lujo de perder a un cliente tan generoso, por muy insoportable que fuera.

Lo que D’Arpino pensara de verdad sobre el cuadro ni lo sé ni me incumbe.

Rufetti no se atrevió a preguntárselo; tampoco el caballero consideró oportuno sincerarse con él.

Pero no me extrañaría en absoluto que él también contribuyera a correr la voz, anunciando a diestro y siniestro que me había vuelto loco y que mi sitio estaba en el manicomio y no en las calles de Roma.

A fin de cuentas, no sería el primero que ve en el negro de mis cuadros una enfermedad que supuestamente me habría nublado la mente.

A decir verdad, maestro, tengo dos razones por las que no permito que este color esté ausente en mis lienzos.

Del primero eres buen conocedor: creo que el negro es grandioso porque permite que los demás colores muestren su propia grandeza.

El segundo es aun más fácil de entender.

Los cuadros pintados de negro me salvan del aburrimiento y hasta del suplicio de tener que imaginar paisajes o decorados: basta con centrarme en los rostros y en los cuerpos de las personas, y no en los grupos de cipreses bañados por la lluvia, la luna o las bandadas de gorriones.

Quien mira en exceso los árboles o los pajaritos no valora al ser humano.

No sé cómo ocurre, pero a veces acierto a ver cómo se desprende un rostro humano de la suavidad de las alas.

Aun no he logrado darme cuenta de quién se trata, pero tiene un aire familiar.

Es un dibujo extraño que se me aparece por un instante y luego se desvanece como el humo que abandona la chimenea.

¿Será una alucinación, un juego de la llama de la vela o algo más?

Después, las arrugas se alisan y las alas recuperan su brillo tenue.

El rostro vuelve a convertirse en mariposa.

Me pregunto si habré hecho bien en investigar los rostros de los rehenes de Tor di Nona.

Lo ignoro. El dolor y el tormento no son mercancías que uno pueda regatear en los tenderetes.

¿Acaso tenemos derecho a presenciar a hurtadillas la tortura de alguien para luego usarla como nos venga en gana?

Empiezo a dudarlo. En cuanto a trabar amistad con la idea de la muerte, es una invención que solo puede anidar en la mente de los necios.

No hay nada que pueda hacer, condenado como estoy a la desazón.

No me entra en la cabeza que, después de que la tierra me cubra, ya no habrá nada.

Se me eriza la piel al pensar que ya no tendré mi lugar en este mundo, a pesar de todas sus repugnancias.

Y tampoco puedo dármelas de sabio y decir que esta es la ley de la naturaleza.

Que todos los pensadores del mundo escriban sobre la muerte, que empieza desde que uno nace, me sigue pareciendo una injusticia.

De aquellos que le rondan a la muerte se dice que les llega su turno antes de tiempo.

Demasiado tarde tuve noticia de esto. De haberlo escuchado antes, tal vez no habría sido testigo de tantas atrocidades.

Y tal vez aquella mañana de septiembre de 1599 me habría dedicado a mi trabajo en el taller, en vez de mezclarme entre la multitud en Sant’Angelo y mirar cómo mataban a Beatrice Cenci.

Ya había asistido a algo parecido, animado por el mismo motivo por el que había pedido recorrer las mazmorras de Tor di Nona: quería ver el ultimo rostro del espanto, el temblor de la carne, el agrandamiento de los ojos y el abismo de las bocas abiertas.

Quería que mi mente grabara el rostro del condenado un instante antes de que su vida se quebrara en medio del clamor de la multitud.

Fui, vi, y cuando llegó el momento, pinté.

Conocía como pocos la historia de Beatrice, que aconteció en tiempos del papa Clemente VIII .

También sabía que la gente se apresuró a hacer de ella una asesina con rostro de niña, un querubín en cuyo interior moraba un diablo.

Ignoro si tales maldiciones se dan con la misma frecuencia en tu Lombardía natal, maestro.

Aquí, sin embargo, en esta ciudad repleta de trileros y canallas, a veces uno acaba pensando que detrás de cada puerta se esconde un secreto manchado de sangre.

Y si la puerta pertenece a una acaudalada familia romana, entonces el secreto debe ser aún más atroz.

La perdición de Beatrice no fue la crueldad, sino su belleza y su valentía.

El patíbulo en el que halló su final se levantó sobre la incuria y el desenfreno del conde Francesco Cenci, su padre, un hombre sospechoso de todo tipo de vilezas.

Todo esto me lo contaría más tarde Plautilla, la mujer que se encargaba de la limpieza en el castillo de la familia Cenci en Petrella Salto.

El castillo se llamaba la Roccia porque había sido construido sobre una pared de roca, en las montañas que rodean los Abruzos.

El conde y sus amigos se agasajaban en el castillo cada vez que querían mantenerse alejados de los ojos del mundo y, por lo que me contó Plautilla, en algunas de las francachelas se hacían apuestas repugnantes y se deshonraba a muchachas que eran obligadas a venir de los pueblos circundantes.

El conde Cenci había rebasado la cincuenta, todavía perseguía a las jóvenes como si fuera un veinteañero.

Un buen día, con la mente nublada por el vino, acorraló a su propia hija contra una pared e intentó levantarle el vestido.

(El hecho no resultó realmente sorprendente, habida cuenta que cada vez eran más las voces que decían que las personas con menos nobleza eran los nobles).

Beatrice se zafó arañando a su padre y el conde se enojó aun más.

Ni siquiera doña Lucrezia, la condesa, pudo calmarlo, así que el acoso prosiguió.

Llevada por el pavor, Beatrice se quejó ante el gobernador y pidió protección.

El caso es que Cenci ya había dado en varias ocasiones con sus huesos en la cárcel por culpa de sus fechorías, pero es un secreto a voces que la justicia adopta un ropaje para el rico y otro para el pobre.

Mientras el común de los mortales se pasa largos años a la sombra por un delito menor, el conde y otros como él compran su libertad y, una vez en la calle, vuelven a las andadas.

El gobernador no solo no ayudó a Beatrice, sino que advirtió al conde, que montó en cólera por la osadía de su propia hija, la mandó al castillo de la Roccia junto a su madre, y les ordenó que no regresaran a Roma hasta que él mismo les diera permiso.

Allí, entre los muros del castillo, Beatrice y doña Lucrezia tramaron lo único que podía devolverles la paz: la muerte del conde a las primeras de cambio.

Sin embargo, todo tenía que cobrar el aspecto de un desafortunado accidente, ya que el asesinato, a diferencia de otros desmanes, era severamente castigado en Roma, incluso si el autor material era de noble abolengo.

Después de cavilar durante varias semanas, la condesa dijo que, conociendo el vicio por la bebida que consumía a Cenci, a nadie le extrañaría que un día lo encontraran con los sesos esparcidos por la hierba, tras haberse precipitado desde uno de los balcones del castillo, incapaz de mantenerse en pie y desoyendo los consejos del resto de comensales.

Aunque ya había pasado mucho tiempo, cuando Plautilla me contó la historia aún le temblaba la voz.

Y por el mismo tono del relato, barrunté que prefería limpiar retretes antes que vivir en Petrella Salto o en el propio castillo.

—En plena noche, mientras el señor conde estaba en el castillo, los aldeanos llamaron a mi ventana.

Estaban aterrados y no sabían cómo darme la noticia.

Me vestí a toda prisa y fui con ellos al castillo, donde me mostraron el cadáver ensangrentado y cubierto de zarzas.

Todo apuntaba a que se había desplomado desde lo alto, después de que la madera del borde de un balcón cediera bajo el peso de su orondo cuerpo.

Olimpio, mi marido, que se encargaba de todo en el castillo, no estaba en casa, así que no tuve a quien recurrir.

Les pedí a algunas muchachas que lavaran, ungieran con hierbas y limpiaran al conde, pero no quisieron tocarlo.

Me di cuenta del motivo y les pedí a los hombres que hicieran lo que habitualmente era trabajo de mujeres.

Antes de regresar a casa, pasé por el castillo.

Cuando llegué bajo la ventana de Beatrice, alcé la mirada y la vi, inmóvil y enfundada en un vestido blanco.

En ese instante, comprendí que no había sido la bebida lo que le había dado la puntilla al conde, me persigné tres veces y albergué la esperanza de que nadie descubriera la verdad.

Le pregunté a Plautilla qué pasó después. Me lo contó con la voz ahogada por la tristeza y la mirada perdida en la pared. Hablaba como si lo estuviera reviviendo todo.