La mariposa negra 8 #3
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—Los artistas no, pero los detractores, sí. ¿En serio no pensaste en que la gente te señalaría con el dedo? ¿No reparaste en que, ante sus ojos, te convertirías en un blasfemo?

Sentí que aquello me sacaba de mis casillas.

—Lo extraño es que, estando así las cosas, aun siga recibiendo tantos encargos. ¿Por qué la gente habría de meterse inútilmente en líos? ¿Por qué iban a querer mis cuadros, si contienen semejantes porquerías?

Del Monte apoyó la barbilla en la punta de los dedos y puso los ojos en blanco.

—No desperdicies tu talento, Miche. Es una lástima. Podrías hacer grandes cosas.

Dicho de otro modo: monseñor me sugería apostar únicamente por mi habilidad y dejar otras cosas a cargo de la gente piadosa y decente.

Que ellos se encargaran de cómo se debe pintar y que yo solo pusiera mi pincel sobre el lienzo.

Era algo nuevo, lo admito: pintar por encargo. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

Del Monte dio una vuelta por el taller, mirando los bocetos que estaban abandonados al azar.

—No acierto a entender lo que quieres demostrar —dijo al final, con una voz de ultratumba.

—Si se refiere a La vocación , es fácil.

Hay dos mundos que no tienen nada que ver el uno con el otro.

El mundo de los mercaderes, del dinero que tintinea, del ahorro y las ganancias, el de las cuentas no siempre honestas, y el mundo de Jesús, que viene a arrojar luz y a elegir a un santo entre los pecadores.

Por encima de la mano que señala al anciano barbudo se ve un rayo de sol que penetra por la ventana.

Vaya, justo acabo de hacer lo que no quería: explicar uno de mis cuadros.

—San Pedro, que está al lado de Jesús, tiene la barba blanca, está descalzo y sucio, Miche.

—Los pies descalzos acarrean en sí mismos el signo de la santidad, monseñor. Debería saberlo al menos por los libros, si es que la ropa fina con la que monseñor pasea por Roma le ha hecho olvidarlo.

—Mira, lo que pasa es…

—Perdón, no he querido ofenderle —trate de calmarlo, aunque esa había sido precisamente mi intención inicial—.

En esta escena tiene lugar un cambio enorme: Leví, inclinado sobre un joven que cuenta el dinero para él, se convierte en Mateo.

Se prepara para llevar más lejos la palabra del Señor.

El ojo del que mira se mueve lentamente de derecha a izquierda, siguiendo la mano extendida de Jesús y el rayo de luz.

«Y al pasar, Jesús vio a Leví, el de Alfeo, sentado en la aduana y le dijo: Sígueme».

La vocación , monseñor. Bueno, un cuadro como este solo podía hacerse obviando los cánones.

¿Le hubiera gustado algo modosito y sin fuerza?

Si es así, debió haberle confiado el encargo a otro.

Roma está plagada de pintores del montón que se las dan de artistas.

—La verdad es que, a veces, lamento no haberlo hecho —farfulló Del Monte, saliendo del taller y dando un portazo.

Al cabo de tres meses, me fui del palacio de monseñor, para alivio de la arpía de Porzia, a quien le bastaba toparse conmigo para arrugarse como una pasa.

Pase unas cuantas noches en casa de Onorio Longhi, y luego, por turnos, me fui quedando en casa de otros amigos hasta que me di cuenta de que necesitaba un cuarto para mí mismo y me puse a buscar un sitio para alquilar.

Gentileschi me habría acogido con gusto, de no haber sido por su esposa, que bajo ningún concepto quiso que la pequeña Artemisia creciera en compañía de un don nadie.

Así fue como llegué a casa de Prudenzia, una vieja insaciable que no se contentaba con el dinero que le entregaba en mano cada dos semanas, sino que, además, tenía ganas de ayuntar.

Como para que luego digan que el nombre refleja la personalidad.

En cuanto terminaba sus quehaceres en la cocina, donde tiraba sartenes y juraba en arameo, Prudenzia irrumpía en mi cuarto, envuelta en un olor a guiso, ajo y almizcle, cosa que me revolvía el estómago.

(Lo cierto es que había enviudado tres años antes y, desde entonces, no se le había acercado ni una mosca).

Se tiraba en la cama, se levantaba las faldas y me llamaba para que encendiera su llama.

Me entraban mareos, ya te digo. Había recibido propuestas más decentes en la Tor di Nona, donde de vez en cuando algún que otro vetusto maleante se me insinuaba.

Para librarme de ella, ayuntamos una vez: lo justo para que durante dos días perdiera el apetito.

Solo que ella le cogió gusto y se envició.

Y yo no sabía qué hacer para librarme de ella.

Había llegado al punto de quedarme hasta muy tarde en el taller y volver a hurtadillas, de puntillas y mirando si aquel vejestorio había apagado ya la vela.

Y ni aún así conseguía engañarla todos los días.

Al cabo de un tiempo, me puse de nuevo en camino y durante varias semanas anduve de posada en posada y acabé yendo de casa de Lena a la de Anna, escondiéndome de los hombres del gobernador como se oculta un ratón en un granero, porque la maldita Prudenzia —¡así se le pudra el pescado en la maldita escudilla!

— fue a quejarse de que le había robado algunos enseres.

Cuando me topé con Andrea Rufetti, un tipo rechoncho que andaba todo el santo día más alegre que unas castañuelas y que vendía sal, aceitunas y especias a tiro de piedra de la plaza del Panteón, sentí como si hubiera venido Dios a verme.

Cogí mis bártulos y me largué a su casa, con la esperanza de quedarme allí el mayor tiempo posible.

Rufetti no era rico, pero tenía un corazón más grande que el trasero de Prudenzia.

Se mudó a un cuarto más pequeño y me cedió el suyo para que pudiera llevar mis lienzos y mis utensilios.

Por culpa de algún canalla desconocido —mis sospechas recaen en el granuja de Tomassoni, que, además de tener amigos que andan parando la oreja por todos los rincones, también me quiere como un hombre lobo ama la luz y un ladrón la horca— D’Arpino se enteró de lo que yo pensaba de su trabajo y me echó del taller.

«Si tus protectores no se hubieran entrometido, no habrías deshonrado la casa del Señor», me soltó, llevado por la ira, mientras su rostro se ponía tan rojo como la alfombra que Del Monte ansiaba pisar camino de la estancia papal del Quirinal.

Sabía que D’Arpino había competido conmigo para los trabajos de San Luis de los Franceses, pero no imaginé que caer derrotado podría mortificarlo tanto.

—Si usted, caballero, hubiera pintado la capilla Contarelli, el difunto Matthieu Cointerel se habría revuelto en su tumba como un cordero asado al espeto —le contesté, no contento con quedarme callado.

Todo apunta a que me marché a tiempo de la casa del cardenal Del Monte.

Los soldados del gobernador irrumpieron en su palacio un día de viento desértico y se lo llevaron al Quirinal para interrogarlo, y de allí a un lugar donde estaban encerrados los nobles sobre los que pendía la amenaza de un juicio.

Y eso fue exactamente lo que le tocó vivir.

Lo acusaron de fomentar la locura de un sodomita de instintos homicidas.

De haberse convertido en camarada de un hereje.

De haberse juntado con un borracho que suponía una vergonzosa afrenta para la pintura, eligiendo modelos que carecían de la más mínima estatura moral.

¿Qué importancia tenía que el juez que interrogó a Del Monte anduviera a la caza de mujeres de mala vida, con una esposa enferma en casa?

¿Y que una cuarta parte de los cardenales de túnica escarlata se santiguaran con la derecha y hurgaran con la izquierda bajo las faldas de las amigas de Lide?

¿Acaso había alguien que se molestara en contabilizar todos los cargos que habían sido obtenidos por caminos tortuosos?

Estatura moral, ya ves tú. Por desgracia para Pablo V y por suerte para monseñor, el juicio se detuvo con la muerte del padre Filippo Neri, uno de los pocos sabios a quienes toda Roma apreciaba.

Así lo estipulaba la ley: que los juicios se interrumpieran en los días de luto.

Del Monte, sin embargo, comprendió lo esencial de toda aquella historia: mi protección era algo de cara a la galería porque los verdaderos motivos tenían que ver con el apoyo que el Quirinal le había brindado a Francia.

Como por arte de magia, después de usar su poder y sus amigos para frenar el juicio, Del Monte se distanció de las amistades gabachas, fingiendo olvidar que provenía del linaje de los Borbones.

Estrechó lazos con el gran duque de Toscana, comenzó a frecuentar a sus parientes venecianos y tomó bajo su ala protectora —bien es cierto que algo canalla por las noches— a otros pintores y eruditos, tal como había hecho conmigo y con Galileo.

La cabeza de Medusa y El martirio de San Maceo no solo se granjearon las manías de monseñor, sino también las apariciones de mi invitado nocturno.

La Acherontia volvió a mostrarse en mis sueños, como si sus antenas hubieran reparado en la sangre de los cuadros, decidiendo por sí misma que la conexión debía reanudarse.

Yo no dejaba de preguntarme qué podía ser aquella aparición forjada por el sueño, cuál era el significado que aún no conseguía descifrar.

¿Portaban sus alas de terciopelo el anuncio de un mal presagio?

¿Debía dejar de trabajar y dedicarme a otra cosa?

¿Acaso era mi sueño lo que guiaba el pincel que pintaba las mariposas en el lienzo?

¿Me estaba dando a entender que la muerte me rondaba?

Ninguna respuesta me satisfacía. Trabajaba con las ventanas abiertas, dejando que el viento silbara por el cuarto.

El calor de dentro y el olor de las pinturas me mareaban y me hacían sudar, así que abría de par en par las ventanas y respiraba hondo hasta sentir que estaba a punto de reventar.