La mariposa negra 8
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De un tiempo a esta parte, no se muy bien lo que me pasa.

Me asfixio de buenas a primeras. Ya tengo frío, ya calor.

Ahora estoy ardiendo y, a los cinco minutos, soy un bloque de hielo.

Las bolsas moradas que tengo bajo los ojos se han hecho más profundas.

A veces tiemblo y me castañetean los dientes.

Siento que ni siquiera sostengo en la mano la espada con la misma ligereza que antaño.

Esto no puede seguir así. En cuanto acabe con mis encargos, pase lo que pase, llamare al medico.

¿Acabar con mis encargos? Que fácil es decirlo.

Tengo cinco a medias: dos de ellos desde hace bastante tiempo.

Más un cuadro para Lide. Más el San Jerónimo , al que no le falta mucho.

Más Acherontia . Aunque yo quería decirte otra cosa.

Es el tiempo de los castrados, maese Simone.

El tiempo de los guías descarriados camino a la perdición.

El tiempo de los caprichos, los remilgos y los engaños.

Esto es lo que se niegan a entender los que me señalan con el dedo por la crueldad de algunos de mis cuadros; aunque, para su propio bien, yo elaboro una poética del horror. Para sacarlos del lodazal en el que se hunden cada vez más, convierto la pintura en un teatro de la crueldad.

Miran los lienzos ahogados en tinieblas y sangre mientras se llevan la mano a la boca, como si temieran vomitar sus entrañas en el pavimento de las iglesias.

Quieren ser engañados con dulzura, que les llenen la cabeza de tonterías: toman solo la carne magra del plato de la vida sin tocar las ternillas.

Avanzan como los cardos que persiguen al burro.

Se mienten a sí mismos y cuando aparece alguien que les abre los ojos, lo apartan como si ahuyentaran una mosca.

Esta es una de las razones por las que no pueden ni verme.

La otra es que mis cuadros les recuerdan cuán efímeros son sus cuerpos y sus vidas.

Yeso les reconcome de un modo inquietante. Se pasan las horas muertas frente al espejo, adornándose hasta más no poder, mujeres y hombres por igual, pero, una vez los despojas de sus atavíos y ungüentos, uno no ve más que futuros cadáveres.

Ha llegado el momento de confesarte que he hecho otros viajes a Tor di Nona, además de los que ya te he contado.

No porque me gusten los tormentos a los que someten a mis semejantes, sino porque quería ver con mis propios ojos cuánto puede aguantar un hombre.

Y cómo se comporta cuando los verdugos lo torturan.

Necesitaba ver algo así para que nadie pudiera encontrar nada falso en lo que quiero plasmar en el lienzo.

Escondido en un rincón, oculto bajo una capa y con la capucha calada, como un personaje de una novela barata, presencié innumerables torturas.

Vi bocas abiertas, narices reventadas, miembros sacudidos por espasmos, testículos aplastados, uñas arrancadas, manos retorcidas, músculos a punto de desbaratarse, ojos fuera de sus órbitas, vientres desollados por el hierro incandescente, huesos majados por un garrote, cortes rociados con sal, traseros empalados, mejillas despellejadas con garras de hierro, orejas cortadas, venas que estallaban en las sienes, lenguas arrancadas, rostros aplastados hasta no saber a quién habían pertenecido.

¡Y lo que llegó a oír mis oídos, Dios mío!

Por un lado, las súplicas y los aullidos de animal degollado; por otro, las inmundicias que salían de la boca de los verdugos.

Por un lado, gritos que te ponían los pelos de punta y clamores de piedad; por otro, groserías y bromas de lo más soez.

Aquel que se imagine que los torturadores hacen su trabajo con las mandíbulas apretadas no sabe en qué mundo vive.

Tienen la lengua más suelta que los cocheros de las postas, bromean entre sí con todo tipo de porquerías y manejan los instrumentos de tortura como si fueran carniceros que saben que, bajo su hacha, la carne ya no tiene vida ni siente nada.

Porque así es como tratan a los prisioneros: como si fueran trozos de carne ensangrentada sobre los que tienen que desplegar sus habilidades.

No les importa que sean hombres o mujeres, jóvenes o viejos, espías o traidores, curtidores o marqueses, cuerdos o desquiciados, sanos o lisiados.

Para ellos, todo es lo mismo. Poco a poco, me fui armando de valor para acercarme a los ganchos de los que colgaban algunos rehenes o a las mesas en las que yacían otros.

Miraba la cantidad de poleas, cuchillos, alicates, hachas, ruedas y cuñas de madera, pensando que, a cien metros de aquel infierno desconocido, la vida seguía su curso, con naturalidad, con todo lo bueno y lo malo.

Los verdugos se enteraron de que contaba con el consentimiento del gobernador —menuda ironía del destino, pedirle permiso para ingresar en la cárcel a alguien que me había encerrado tantas veces— y me dejaron a mi aire.

Se ocupaban de sus asuntos como si yo no estuviera allí.

Me dejaban escabullirme entre los rehenes y sentir el olor a podredumbre que emanaba de algunos de ellos.

Pasaba de un taller de tormentos a otro, como el que recorre un camino que conduce al fin del mundo.

Me doblegaba de asco, me pegaba a las paredes y caminaba con paso indeciso, pendiente de que mi testuz no se golpeara con ninguna antorcha y mi capucha acabara incendiándose.

Veía a la gente sudando de pánico, a pesar del frío gélido de la mazmorra, consciente de que, tarde o temprano, le llegaría su hora.

Oía gemidos, plegarias y maldiciones. Sacaba fuerzas de flaqueza y seguía adelante, con la mirada deslizándose sobre mejillas ásperas, pechos hundidos, camisas empapadas de sudor, hombros aplastados, plantas de los pies negras y dedos en los que hervía el pus.

Aquello que veía se me quedaba grabado en la mente y allí permanecía, como la marca de una quemadura que, desde el mismo instante en que aparece, sabes que te acompañará hasta la tumba.

De todo lo que vi, lo que más me estremeció fueron las bocas de los prisioneros.

En su negrura reside el horror más profundo que jamás haya visto.

No creo que haya una mejor representación del infierno que la boca abierta de un rehén.

Especialmente la de uno sometido a tortura.

Las pinturas de Arcimboldo son creaciones juguetonas en comparación con este abismo de alquitrán y azufre sellado al final por la tapa de la carne.

Todas las atrocidades del mundo caben ahí, entre dos labios que jamás sabremos si se hincharon por culpa de la sed o de los puñetazos.

Y, como artista, ¿acaso puedes no plasmar algo así en un lienzo?

¿Puedes ocultarte tras el trivial pensamiento de que el mundo quiere que el arte signifique solo bondad, belleza y colores alegres?

Si las cosas fueran así, la gente no debería mirar nada más que la humildad de Sanzio y las vírgenes de Botticelli.

Pero no es así. Y si hasta la fecha nadie ha tenido la audacia de investigar la belleza de la fealdad, yo estoy decidido a dar ese paso en nombre de todos.

No importa que digan que revuelvo el lodazal del ser humano, que me revuelco en el barro de la vida y que debería pasar el resto de mis días en una cueva.

Sé mejor que nadie cuál es mi propósito en la tierra y ni se me pasa por la imaginación desviarme de él.