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Mientras el santo padre les daba lecciones a Odescalchi y Spada con sus habituales malas pulgas, en el Campo Marzio, en un repecho donde confluían calles llenas de vagabundos desnortados, no lejos de la taberna donde los nobles romanos sentados a la mesa habían sido ridiculizados por el lombardo y por el individuo que se había hecho pasar por él, Ranuccio Tomassoni sudaba la gota gorda bajo el sol de primavera.
Y no lo hacía corriendo detrás de unas faldas, sino tras una pelotita de piel de perro que golpeaba vigorosamente con una paleta de madera para que se la devolviera su compañero de juego, situado a unos treinta pasos, al otro lado de una cuerda atada entre dos postes bien clavados en la tierra.
Los dos jóvenes trataban de enviar la pelotita a un lugar cercado por una zanja cuyos bordes habían sido rellenados con tierra rojiza.
El pallacorda era un juego nuevo, que los romanos habían tomado, como todas las extravagancias, de los franceses.
En Terni, donde Tomassoni se había criado, este tipo de juegos eran desconocidos.
En Roma, en cambio, las modas parisinas llegaban rápido y gozaban de una prolongada acogida.
Los franceses de bien amaban en demasía tamaña extravagancia, inventada, decían algunos, como una nueva herramienta para conquistar los corazones femeninos.
Y entonces, ¿por qué no iba a ser recibida con los brazos abiertos en el Campo Marzio y en otros barrios de vida impetuosa y sueño escaso?
—¡Basta, no puedo más! —graznó Tomassoni, dejándose caer sobre la hierba y tirando a lo lejos la paleta—. Tomemos un respiro, Rico.
Enrico Vigliante, su amigo de la infancia y compañero de locuras del rufián, se acercó sin aparentar cansancio. Quizá porque, con el mismo número de vasos de vino bebidos, por la noche dormía tres horas más que Nuccio.
—Descansaremos, pero solo un rato. No es bueno que se te enfríen los músculos. Que luego te entran agujetas y ni te puedes levantar de la cama. ¿Y qué harían las bellezas de Roma sin ti?
—Te asiste la razón, menuda pena me darían.
Nuccio sonrió pícaramente, arrancó una brizna de hierba y se hizo cosquillas en la cara.
No sabía cuánto tiempo llevaban jugando, pero calculó que por lo menos había pasado una hora y media.
La pallacorda cansaba más que correr, como todas las competiciones en las que uno tiene que prestar atención a lo que hacen los demás.
Y si te tocaba un día sin nubes ni viento como ese, el cansancio te minaba las rodillas y te dejaba marchito como una flor sin agua.
Sin embargo, Tomassoni sabía que solo jugando con Vigliante cada dos días podría desafiar en el momento oportuno al macho cabrío tan pagado de sí mismo que quería arrebatarle a Lide.
Si no podía derrotar a Merisi pintando y rompiendo corazones, al menos lo haría jugando a la pallacorda , sobre todo porque el lombardo parecía cada vez más demacrado y flácido.
Además, aunque no había oído que le apasionara especialmente el juego con paletas de madera, sabía que su infinito orgullo no le permitiría quedarse al margen.
La vida de rufián le ayudaba a Tomassoni a descubrir cosas que otros ni siquiera barruntaban, pues nada desataba más fácilmente la lengua de un hombre que la habilidad manual de una mujer.
Clavados en las sábanas, los clientes de las chicas de Nuccio —carniceros y nobles, caballeros y sastres, guardias y boticarios— se iban siempre de la lengua.
Se pavoneaban, pregonaban su audacia o sus riquezas y, de vez en cuando, se les escapaban secretos que Nuccio recogía y encerraba en la jaula de su memoria.
Astuto como él solo, sabía, sin embargo, que, para tener bajo control a las prostitutas, no tenía que ser precisamente una tumba.
Así que las había enemistado poco a poco entre ellas, susurrándoles todo tipo de historias y asegurándose de darle a cada una un motivo para que envidiaran a las demás.
Cuatro de las chicas, Lide incluida, no se habían dejado engañar, pero la flecha de la envidia se había clavado profundamente en los corazones de las otras y no pasó mucho tiempo antes de que Nuccio comenzara a cosechar el fruto que había sembrado.
Fue así como se enteró, por ejemplo, de que la vivaracha de Anna Bianchini, cuya pericia como sacerdotisa de la carne había deleitado a la flor y nata de la nobleza romana, se había emborrachado tanto una noche que se había puesto a manosear el miembro de un caballo que estaba atado frente a una posada, haciendo que su vigor turbio y viscoso se derramase sobre su rostro.
Profundizando aún más en las ciénagas de la vida, Tomassoni también descubrió el secreto de Lena Antognetti y Caterina Vannini.
Y lo hizo con la ayuda de una ramera que andaba harta de ordeñar los testículos marchitos de los lisiados que se metían en su cama, mientras que las otras dos tenían hombres que les destrozaban los muslos, les mordían los pezones e inundaban las posadas con gemidos de placer.
En cierta ocasión, la prostituta había pasado junto a la puerta de Lena y había oído unos gemidos que en nada se parecían a los que solían arañar las paredes de la habitación.
Curiosa como era, empujó la puerta ligeramente con tal de ver lo que acontecía dentro.
En el lecho de sábanas suaves, con el pelo desordenado y, como si nada más en el mundo les importara, Lena y Caterina se habían enroscado una alrededor de la otra y se lamían sus vergüenzas.
El trasero levantado de Lena, sus pechos apoyados en el vientre de Caterina, las piernas cobrizas de esta y los gemidos entrelazados excitaron tanto a la prostituta, que se metió una mano en la entrepierna y disfrutó junto a las otras dos, cosa que no le impidió más tarde departir con Nuccio y revelarle el libertinaje con el que, mira tú por dónde, se había topado sin querer.
Tomassoni le acarició el pelo de un modo protector, la recompensó con un capitán de barco de miembro vigoroso y sonrió satisfecho por tener finalmente algo con lo que chantajear a las dos mujerzuelas de vida disoluta.
Sin embargo, el secreto de Lide era el más precioso.
Y el más oscuro. El alcahuete había estado a punto de delatarla casi un año atrás, en la taberna de maese Girolamo, cerca de la plaza Navona, cuando el tabernero con bigote de gorrión trató de provocarle, como hacía cada vez que Nuccio cruzaba su umbral, diciéndole que la gente hablaba de la muchacha y de Merisi.
Tomassoni montó en cólera y a punto estuvo de irse de la lengua.
Tiró la jarra de vino sin importarle las gotas que mancharon su camisa y se enfrentó furioso a Girolamo.
—Soy el único hombre del que Lide no puede esconderse. Porque solo yo conozco su secreto. Y, si este secreto sale un día a la luz, Lide acabará colgada de la horca, durmiendo bajo los puentes o rebuscando en la basura para poder malvivir.
Para Lide, sin embargo, las cosas pintaban mucho peor de lo que Tomassoni le había dado a entender al tabernero cojo.
Por suerte para Nuccio, el vagabundo que le había revelado tamaña atrocidad murió aplastado por las ruedas de un carro en una noche sin luna.
Así, el rufián se había apoderado del secreto que Lide Melandroni arrastraba consigo desde hacía unos años, sin saber que, a cualquier hora del día o de la noche, una palabra suya, susurrada al oído adecuado, bastaría para que la ajusticiaran en la horca.
Porque el vagabundo que un buen día saliera a recoger leña a un claro situado a las afueras de Roma había bajado a lavarse a las aguas del Tíber y se había detenido a veinte pasos de la orilla al oír el llanto de un recién nacido que le heló la sangre en las venas.
Se escondió tras un árbol frondoso, se quedó inmóvil por un tiempo y luego, asomando la cabeza con cuidado, vio a una joven que se había arrodillado, había sumergido en el agua algo envuelto en trapos y se había quedado así, con las manos en el agua y agitando los hombros de forma incontrolable.
El vagabundo se quedó de piedra, incapaz de dar crédito a lo que veía.
Después quiso correr hacia la orilla para impedir la desgracia, pero se dio cuenta de que habría llegado demasiado tarde.
Se quedó donde estaba, esperando a que la joven se marchara de allí.
Al final, ella se levantó y, profiriendo unos alaridos desgarradores, propios de alguien que ha perdido la razón, pasó corriendo a su lado.
En ese momento, el vagabundo la reconoció horrorizado: era una de las rameras de Ranuccio Tomassoni que salían de la misa que cada domingo se celebraba solo para ellas en Santa Maria in Traspontina, tal como había ordenado el santo padre.
El vagabundo se santiguó tres veces y decidió avisar al alcahuete, sobre todo porque, según las habladurías, este andaba intentando ganarse el corazón de la muchacha.
—Vamos, arriba. Que ya has holgazaneado bastante.
La voz de Vigliante sacó a Ranuccio del lodo de los recuerdos.
Nuccio se incorporó, tomó la raqueta y la pelota de cuero y ocupó su lugar a un lado de la red que habían tensado entre los postes.
No quería delatar a Lide ni acortar su vida.
Al fin y al cabo, era suya. Tenía que serlo.
Nadie tenía derecho a codiciarla. Los condes, mercaderes y marineros con los que se revolcaba en la cama disfrutaban de sus encantos y sus caricias, pero no podían llegar hasta su alma.
Un alma pecaminosa, nadie lo dudaba, pero precisamente por eso más del agrado de alguien como él.
Y si el verdadero peligro venía de Merisi, pues, en fin, no tardaría en dar cumplida cuenta de su persona más pronto que tarde, complaciendo de paso a Paolo Spada.
Si su plan salía bien, no estaba lejos el día en que el lombardo acabaría ensartado en la punta de una espada, como un pollo dorado en la sartén.
Solo que hasta que llegara ese momento, Nuccio primero tenía que acostumbrarse a la maldita pallacorda .
—Agárrate bien, Rico —dijo con una sonrisa maliciosa, antes de golpear la pelota—. Voy a hacerte sudar la gota gorda.