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A veces, Pablo V utilizaba el plural para referirse a sí mismo y no como señal de excesiva autoestima, sino de enojo.
Y, a decir verdad, el pontífice tenía motivos para estar enfadado.
Apenas habían pasado dos semanas desde que el santo padre había puesto a la República de Venecia bajo interdicto, después de que el gobierno veneciano encarcelara a dos sacerdotes.
La disputa, además de antigua, era difícil de zanjar.
Al apoyar con tenacidad la jurisdicción eclesiástica, Pablo V había provocado una y otra vez conflictos entre la Iglesia y el gobierno secular de Venecia, conocido igualmente por su orgullo y obstinación.
Los venecianos eruditos, encabezados por el muy honorable Ermolao Barbaro, querían que la Iglesia no tuviera jurisdicción en los tribunales civiles.
Siguiendo el rastro de ciertos pormenores que bien podían no llevar a ningún sitio, el papa se había perdido en disquisiciones eruditas adornadas de latinajos, para finalmente manifestar una total oposición a la voluntad de los venecianos.
Para no ir a la zaga, estos se habían dado el gusto de promulgar un par de leyes que chocaban frontalmente con la Santa Sede: la primera impedía la enajenación de tierras y casas a favor de la Iglesia, mientras que la segunda exigía que el clero solicitara el permiso de las autoridades civiles a la hora de erigir nuevos lugares de culto.
Venecia esperaba así que los poderes del Estado y de la Iglesia se mantuvieran separados.
El papa les había hecho saber a los venecianos que esas leyes resultaban de todo punto inaceptables para el Quirinal, esperando que su rebeldía se apaciguara y que las cosas volvieran a su cauce.
Solo que, en vez de aceptar la reprimenda y serenarse, los venecianos recurrieron a Paolo Sarpi, un reputado experto en derecho canónico y consejero teológico de la República, de quien se sabía que, en tiempos de Clemente VIII , había intercambiado correspondencia con muchos herejes eruditos, había hablado en nombre de Venecia y hasta había encontrado tiempo y energía para redactar varias epístolas que fueron enviadas al Quirinal para que los cuidadosos ojos de Pablo V pudieran leerlas.
El pontífice casi acabó lamentando el interdicto, dada su estima por Sarpi.
Sin embargo, una cosa era el aprecio personal y otra muy diferente el interés de la Santa Sede.
La erudición del veneciano no libró a las autoridades de la República de ser excomulgadas, decisión que el pontífice tomó con el corazón partido, pero con la seguridad de quien hace lo debido.
Así las cosas, que irrumpiera un pintor veneciano en la farsa protagonizada por Merisi les había puesto en bandeja a los nobles romanos lo último que necesitaba Pablo V El pontífice pensaba apesadumbrado en la vanidad del mundo, incapaz de disfrutar del modo en que las preciosas posesiones de Roma habían sido objeto de burla por parte de un lombardo confabulado con un veneciano.
Ese era el destino de las grandes ciudades: ser permanentemente codiciadas.
Solo que aquel golpe era doblemente venenoso.
La farsa de Campo Marzio no solo debilitaba el poder del papa en la disputa con la indómita República de Venecia, sino que también dejaba en mal lugar a los nobles, entre los cuales abundaban los cardenales.
La pregunta que podría haber surgido en la mente y en los labios de cualquiera no se hacía esperar: si una serie de personas no podían distinguir entre el que imita y el imitado, ¿qué fundamento tenían a la hora de hablar de cuadros y decidir cuál era bueno y cuál no?
—Nada me hizo sospechar que Merisi nos estaba tendiendo una trampa, santo padre —se oyó la voz servil de Odescalchi—.
Y, con respecto a Saraceni, en mi vida lo había visto.
¿Cómo iba a saber, pues, lo que iba a pasar?
¿Y qué habría podido hacer? —se disculpó, abriendo los brazos como el que representa una crucifixión imaginaria.
Paolo Spada asintió al oír las palabras de monseñor.
Le habría encantado borrar de su mente la burla de Campo Marzio, pero era incapaz.
Carlo Saraceni, de cuya presencia en la cena se había enterado únicamente al final, al igual que el resto de los comensales, había imitado a Michelangelo Merisi con tanta naturalidad que Vendetutto se había preguntado por qué el veneciano se empeñaba en pintar, cuando podría haber ganado fama y fortuna con mayor celeridad de haberse unido a una compañía de teatro como actor.
Habría asombrado al mundo con su facilidad para meterse en la piel de los demás.
Claro que Spada habría podido echarle la culpa a la tenue luz de la taberna: la misma que había sumido los rostros en un claroscuro similar al que el maldito lombardo había usado para atraer todas las miradas desde sus primeros lienzos.
Solo que aquello no habría justificado la ceguera del momento exacto en el que el falso Merisi había llamado a su puerta en pleno día, envuelto en la protectora luz del sol, para decirles lo feliz que se sentiría si aceptaban su humilde invitación a cenar.
Del mismo modo, Vendetutto podría haber invocado en su descargo el nervio del vino que se les había subido a la cabeza, jarra tras jarra, ablandando sus piernas y nublando sus ojos.
Sin contar con que alguna pérfida cocinera habría podido vaciar en la bebida algún somnífero siguiendo las órdenes de aquel que había pagado la cena.
Pero no importaba cuántas excusas buscara Spada, pues la verdad salía a la luz con la misma facilidad con la que emerge la cobra del cesto del encantador de serpientes.
Y lo cierto es que todos habían sido engañados como críos.
Por eso Vendetutto aguardaba con creciente impaciencia que el granuja a quien le había pedido ayuda en la capilla Cerasi de Santa Maria del Popolo diera señales de vida.
Por el momento, antes de que pudiera disfrutar de la trampa que Ranuccio Tomassoni se aprestaba a tenderle a Merisi, el propio comerciante había caído en una celada.
La vida decidía burlarse en uno en los momentos más inoportunos, se había dicho furioso.
La presa se había revuelto inesperadamente, convirtiéndose en cazador.
Merisi no solo no había caído de bruces en la trampa —la expresión dibujaba una gran satisfacción en el rostro de Vendetutto—, sino que también les había demostrado a los huéspedes del Campo Marzio que en ocasiones uno puede mirar sin ver.
Al final del banquete, cuando Saraceni se presentó frente a Merisi, sentados cada uno en un extremo de la mesa, en los rostros de los allí presentes reinaba la incredulidad, el desconcierto y, finalmente, la sumisión ante la verdad de que la bebida había sido más fuerte de lo que estaban dispuestos a soportar.
Alguien acostumbrado a la jarana noche tras noche, con una hembra ardorosa sentada en las rodillas y la jarra siempre llena, se hubiera comportado de otra manera.
Los imitados de Merisi, en cambio, los miraron a él y a Saraceni como si un rayo los hubiera fulminado, empezaron a darse codazos y terminaron consolándose con las palabras de Matteo Barberini: «Qué cosa tan extraña, señores: un eco para los ojos».
—No entiendo por qué tuvieron que aceptar la invitación al banquete —murmuró Pablo V—.
Y por qué a ninguno de ustedes le pareció extraño.
Al fin y al cabo, ¿cuántos pintores les han invitado a cenar hasta ahora?
Supongo que les constará que muchos viven al día.
Por no hablar de la decencia. Un noble de Roma no puede humillarse dejándose ver en una taberna con un pintor, por muy amigos que sean.
Del Monte y Giustiniani, los nobles más cercanos a Merisi, no pisaron, de hecho, por allí.
Y, de todos modos, ¿qué pensabais que ocurriría?
¿De verdad esperabais que Merisi os dijera que estaba listo para entrar en razón?
No puedo creer que os hayáis dejado engañar de esta manera.
Eso significa que todo lo que la gente dice sobre vuestra astucia no tiene mayor fundamento.
Marsilio Odescalchi y Paolo Spada siguieron soportando las duras palabras del santo padre, a sabiendas de que cualquier cosa que dijeran —si es que encontraban algo que decir— les haría más mal que bien.
Mientras Pablo V pasaba de una reprimenda a un sermón ad hoc sobre la templanza, con claras referencias a las vidas de un puñado ermitaños de leyenda, monseñor y el mercader pensaban, cada uno por su parte, en asuntos mucho más mundanos.
El cardenal se acordó de los escalones que le quedaban por bajar y decidió que una nueva visita al palacio del Quirinal en menos de tres meses probablemente precipitaría su partida de este mundo más de lo que podrían hacerlo la ictericia, el asma y la gota a la vez.
Por su parte, el pensamiento de Vendetutto voló de Merisi a Saraceni, sopesando cuál de los dos merecía una muerte más agonizante y llegando a la sabia conclusión de que, ya que habían fingido ser la misma persona, ambos merecían acabar sus días de la misma manera.