La mariposa negra 7 #2
54%

7 #2

Respirando a duras penas, Odescalchi miró de reojo a Spada.

Si aquella frase pretendía ser una broma, el esfuerzo había sido inútil.

Monseñor, sin embargo, sintió que tampoco Vendetutto estaba de buenas, sospechando que su invitación al Quirinal no perseguía ni agradecimientos ni palmaditas en la espalda.

Es más, que lo hubieran convocado junto al mercader hizo que el cardenal adivinara por qué estaban allí, cosa que no tuvo el don de alegrarle lo más mínimo.

—Solo si los tiempos fueran como el clima, podríamos disfrutar, Paolo.

Vendetutto esbozó una sonrisa que degeneró en una mueca.

—Pero sí son iguales, monseñor. Igual de volubles.

Odescalchi asintió lentamente, como si poco a poco se hubiera imbuido de la agudeza del comerciante.

—Con la voluntad de Dios, quizás no tengamos tantos cambios —murmuró, mirando hacia la puerta y esperando que esta se abriera de un momento a otro.

Spada entendió la indirecta de Odescalchi y se atusó el mostacho con la mano.

—¡Hum! Tres papas en tres años; es un poco demasiado, la verdad.

—No cabe duda de que el santo padre parece fuerte —dijo el cardenal, sabiendo que Pablo V gozaba de buena salud—. No como León, al que Dios tenga en su gloria, que enfermó cuatro días después de ser elegido.

Vendetutto torció el gesto.

—León ni siquiera tendría que haber llegado a ser papa.

Todo el mundo sabía que estaba delicado de salud.

Llevaba años enfermo, pero Aldobrandini se entrometió.

Él y sus amigos franceses. Habrían hecho cualquier cosa para reírse en las narices de Felipe de España.

Se rumorea que Enrique IV puso en juego trescientos mil escudos para que León subiera al trono.

—La mayoría de los cuales terminaron en las arcas de Aldobrandini —murmuró Odescalchi, conteniendo un silbido de envidia—.

Una gran tomadura de pelo. Especialmente si uno tiene en cuenta que a León lo eligieron el uno de abril.

Poisson d’avril [14] , como dirían los amigos franceses de Pietro, con aquel poeta que compuso despiadados burlescos a la cabeza.

Antes de que el mercader pudiera pedir detalles sobre el nombre del poeta burlón, las puertas de la sala de recepción se abrieron de par en par.

El secretario de Pablo V dio la bienvenida a los dos invitados y les informó de que el santo padre estaba listo para recibirlos.

Spada y Odescalchi lo siguieron sin rechistar.

Vendetutto echó a andar decididamente a lo largo de un pasillo adornado con estatuillas que emanaban serenidad en sus hornacinas, pero se detuvo al ver que monseñor no seguía el paso.

Apoyado en su bastón, Marsilio Odescalchi tenía la mirada de una oveja renqueante que el rebaño deja atrás para entregársela al lobo.

El mercader se volvió, le dijo al cardenal que se agarrara de su brazo y los dos avanzaron de aquella guisa hacia el despacho del papa, en cuya puerta resplandecía orgulloso el escudo dorado y negro de la familia Borghese.

Si Odescalchi chorreaba de sudor bajo sus pesados ropajes, Pablo V no parecía en absoluto azorado por el peso de las vestiduras papales; de hecho, cualquiera habría pensado que no le vendría nada mal un poco de fuego sobre el que extender las manos.

El santo padre respondió con adustez a las reverencias, extendió su mano derecha para que la besaran, le hizo una señal a su secretario para que se esfumara y acompañó a los invitados hasta dos grandes sillas situadas a ambos lados del escritorio.

Spada obedeció con una vivacidad inusual para su edad, mientras que Odescalchi se dejó caer con un ruido que le habría arrancado una sonrisa al más pintado, excepto al pontífice.

Quienes lo conocían susurraban que la última vez que lo habían visto reír tenía siete años, cuando un semental derribó a su jinete dentro una fuente situada en el centro de su Florencia natal.

—Cuida de tu salud, Marsilio —se dignó a aconsejarle Pablo V con una mirada que no decía absolutamente nada.

—La preocupación de Su Santidad me alegra sobremanera —balbuceó Odescalchi débilmente.

—En cuanto a ti, Paolo, estás más fuerte que un leñador.

— Gratia Dei —susurró Spada— dándole las gracias al Todopoderoso mientras inclinaba levemente la cabeza.

El papa puso fin al intercambio de cortesías y pasó al asunto que se traía entre manos.

Su mirada se deslizó del uno al otro en repetidas ocasiones, como si fuera un cliente que no puede decidirse entre dos piezas de tela.

Luego tosió levemente, como para anunciar que el sermón estaba a punto de comenzar.

—¿Qué mosca os ha picado? ¿Cómo habéis podido caer en la trampa?

¿Cómo os habéis convertido en el hazmerreír de Roma?

Toda la ciudad se mofa de vosotros. No os pido que seáis santi e beati , sino simplemente que no os acabéis convirtiendo en unos bufones.

Y que no trabajéis en contra de mi obra y de la de Dios.

Spada y Odescalchi se miraron el uno al otro sin saber qué responder, pero se dieron cuenta de que la razón por la que habían sido convocados al Quirinal era la famosa cena en la que ellos dos y otros nobles se habían topado con Michelangelo Merisi.

Y no con uno, sino con dos. En cuanto a Pablo V, su carácter parecía más avinagrado de lo habitual.

Como si hubiera pasado una eternidad desde aquellas primeras palabras, trufadas de tanta cortesía.

—Ni se nos pasaría por la cabeza entorpecer su labor, santo padre —musitó Odescalchi, sin estar del todo seguro de lo que se esperaba de él.

El papa asintió para sus adentros y puso las manos sobre la mesa, examinándolas por unos instantes. Aunque se esforzaba por ocultar su enfado, el temblor de sus dedos lo delataba.

—No sé si aciertas a entender lo mal que salió aquella broma tan pesada, Marsilio.

Lo mal que resultó para mí, porque, a fin de cuentas, si a vosotros no os importa hacer el mamarracho, no es cosa mía.

Merisi no solo os ha tomado el pelo, sino que, por lo que he oído, contó con la ayuda de Carlo Saraceni.

Paolo Spada habría dado un brazo y una pierna por saber quién le había ido al papa con el cuento.

Y en lo que concernía a ese monicaco que daba vueltas alrededor del lombardo como gira la flor alrededor del sol, Vendetutto lo miraba con un odio que se dirigía a todos aquellos que se creían más de lo que son.

Y no entendía por qué el haber estado en aquella cena de la discordia era tan perjudicial para el buen nombre de la nobleza romana y, sobre todo, del pontífice.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Pablo V se lo aclaró con una voz mitad cansada mitad iracunda.

—¿De dónde ha salido el Saraceni este, por el amor de Dios?

De Venecia, ¿verdad? ¿Con quién estoy luchando en este mismo momento por la jurisdicción eclesiástica?

¿Acaso no es con Venecia? Pues claro que sí.

Y si Saraceni va por ahí pregonando toda esta historia en su ciudad, que es lo que yo haría en su lugar, ¿acaso los venecianos no tendrán un arma más para luchar contra Roma?

Pues claro que la tendrán. La noticia se extenderá como el fuego cuando sopla el viento.

Todo el mundo nos tomará por tontos y perderemos nuestra última pizca de reputación.

Me resulta imposible creer que personas en cuyo juicio confío (o, mejor dicho, confiaba) puedan caer en semejantes trampas.

Sin ni siquiera plantearse una serie de preguntas.

Marsilio, tú que eres cardenal y sabes que los venecianos me traen por la calle de la amargura, ¿en serio que no has pensado en la imagen que estamos dando por tu culpa?