La mariposa negra 7
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Ataviada en sus ropajes de primavera, Roma era una novia codiciada por todos.

Pretendientes de los cuatro puntos cardinales intentaban ganarse sus favores, desentrañar sus secretos, medir su fuerza o su debilidad.

Algunos caminaban sigilosamente junto a los muros carcomidos por el moho, otros ponían a prueba su audacia y sacaban pecho.

Un variopinto bullicio se había adueñado de la ciudad.

En los mercados, los pescaderos de nariz arrugada por los olores vendían a voces su mercancía y llamaban a la gente con gestos ampulosos.

El parloteo provocado por decenas de vendedores ambulantes trepaba por los muros de las casas como una nube de palabras ingeniosas prestas a calentar las plantas de los pies de Dios.

Ladronzuelos de manos rápidas y bolsillos medio llenos aprovechaban el descuido de los mercaderes para birlarles lo que se terciara, dispuestos siempre a salir corriendo si eran sorprendidos con las manos en la masa.

Las esclavas de las que los mozos descargaban, cual jornaleros, la mercancía eran observadas con ojos inquisitivos y codiciosos.

Aves de todo tipo y pelaje se encaramaban a estatuas y fuentes, donde se aliviaban a sus anchas, buscando luego otros objetivos y confiándole al sol la tarea de secar los excrementos y a la lluvia el deber de lavarlos.

Sin embargo, la primavera romana no acertaba a llenar de gozo todas las almas.

En el interior del engalanado carruaje que traqueteaba por las calles, tirado por dos caballos que bregaban por librarse de los arneses, el cardenal Marsilio Odescalchi se sacó un pañuelo arrugado de la manga y se enjugó el sudor de la frente.

El calor le sentaba mal incluso en las horas que pasaba en casa, en una villa sepultada entre pinos, donde podía ir vestido a su antojo, así que ni hablar de cuando tenía que ataviarse según su rango y condición para presentarse ante el pontífice.

Con el rostro escarlata y sudoroso, monseñor sospechaba que no había sido llamado al Quirinal para recibir precisamente cumplidos y buenas palabras.

Su estado, que ya de por sí dejaba que desear, empeoraba con cada sacudida de la calesa.

La enfermedad llevaba varios años mordiendo con saña a Odescalchi, y desde que el médico añadiera los ataques de gota a la lista de achaques, cada día era como una prueba destinada por el buen Dios a la expiación de unos pecados cuya cuenta había perdido.

Y como si no tuviera bastante con todo aquello, le esperaba un encuentro con un hombre para quien las simples alegrías de la vida se transformaban en una herejía que bien merecía ser curada en la hoguera de la plaza pública.

Porque lo primero que le faltaba a su serenísima era la serenidad.

Por fin, el carruaje se detuvo en el patio empedrado del palacio del Quirinal.

Cuando el cochero saltó del pescante y bajó el estribo de la portezuela, Odescalchi descendió con la apariencia de un reo que encamina sus pasos al cadalso.

La mano cubierta de manchas marrones encontró en la muleta al único amigo que le ayudaba a ir de un lugar a otro.

«De pena —se dijo monseñor—. Tengo tres pies, pero me costaría menos arrastrarme».

La idea de tener que subir un sinfín de escalones sembró el desánimo en el cardenal e hizo que nuevas gotas de sudor brotaran de su frente.

Odescalchi se detuvo al cabo de unos pocos metros, se secó de nuevo con el pañuelo y refunfuñó con tal de no maldecir.

Arrancó el paso a trompicones y trató de desviar su atención del dolor que le causaba cada zancada, pensando de nuevo en el motivo por el que el santo padre lo había llamado.

Solo que no acertaba a adivinarlo. En cualquier caso, no podían ser buenas noticias, pues lo cierto es que no había recibido ni una sola desde la ascensión de Pablo V al trono del Quirinal.

De haber estado en su mano, monseñor no habría trasladado la residencia papal a una de las colinas más altas de Roma.

La habría dejado donde estaba, cerca del Tíber, del castillo Sant’Angelo y del puente que llevaba a Trastévere.

Sin embargo, unos sesenta años atrás, Pío V había visitado al cardenal Ippolito d’Este en el palacio de la colina del Quilinal, a poca distancia de las ruinas del templo erigido en la antigüedad en honor a Rómulo.

Al pontífice no solo le había agradado la vista, sino también la pureza del aire, que era mejor que el que se respiraba en las cercanías del Tíber.

Y, en consecuencia, mandó construir una capilla junto al palacio d’Este, donde acabó yendo a meditar con la misma frecuencia con la que lo hacía dentro de los muros del Vaticano.

El palacio del Quilinal también había sido del agrado de Gregorio XIII , el sucesor de Pío V en el trono papal.

Es más, este había decidido que aquel lugar era demasiado hermoso para no ser más que una residencia de vacaciones y decidió convertirlo en la casa de la Santa Sede.

Llamado a toda prisa, Ottavio Mascarino, su arquitecto preferido, no solo había cambiado la apariencia, sino también el tamaño del palacio.

Cualquier cantidad de dinero podía ser empleada.

Mascarino había mandado construir la torre de los Vientos que, para el hombre del sillón purpúreo, mostraba el poder de la Iglesia católica; pero para la plebe romana aquello no era más que un nuevo dispendio.

La muerte de Gregorio XIII había llevado a Sixto V a la Santa Sede, y este había decidido adquirir toda la propiedad de la familia Carafa y continuar con las obras iniciadas años atrás.

Solo había cambiado el arquitecto. El nuevo pontífice necesitaba un alarife de mente desbordante, así que pensó en la inteligencia y habilidad de Domenico Fontana, que en poco tiempo había erigido el palacio del Quirinal, cosa que Ottavio Mascarino no había logrado hacer y tal vez ni siquiera habría conseguido: un lugar de una grandeza asombrosa que no solo albergara la casa de la Santa Sede, sino también la de la Curia, para la cual Sixto V acababa de firmar un decreto que la reformaba desde sus propios cimientos.

Tras la muerte de este y de otros tres papas que ocuparon la Santa Sede, llegó el turno de Clemente VIII , el primer pontífice que realmente logró pasar largos períodos en el Quirinal.

Si hasta ese momento se había trabajado arduamente en la ampliación del palacio, Clemente dedicó especial atención a los jardines: ánforas griegas encaramadas a columnas de piedra, escaleras, cataratas y una serie de fuentes cuya agua provenía del Acqua Felice, entre las que destacaba la Fontana dell’Organo.

Como León XI , elegido tras la muerte de Clemente, no ocupó el papado ni siquiera un mes, el cuidado del palacio del Quirinal no llegó a concretarse.

En cambio, Pablo V, su sucesor, examinó con mirada escasamente amistosa el palacio reconstruido con tanto esmero y dio voz a una opinión que muchos esperaban: dinero tirado por la ventana.

Además, los romanos no dejaban de bromear entre ellos, arguyendo que al santo padre quizás le habría sentado mejor la mazmorra del Mamertino, donde sus humores habrían congeniado a las mil maravillas con los sótanos fríos y llenos de humedades.

Paseado de la mano de arquitectos por el patio del Quirinal y por los parques, el pontífice no se dejó embelesar por absolutamente nada.

En cambio, tuvo la amabilidad de observar que los escalones de mármol de las escaleras de caracol eran descaradamente anchos, que el mantenimiento de las alfombras de flores costaba un ojo de la cara, que los espectáculos musicales en los que los instrumentos emitían sonidos cristalinos al acercarse a las fuentes eran una soberana memez y que los juegos de agua que cogían desprevenidos a los espectadores, rociándolos de la cabeza a los pies, solo podrían haber sido del agrado de niños de escasas luces o de gente pobre de espíritu.

Si en lo relativo a los espacios se había empleado con malicia, Pablo V tuvo a bien expresar lo que, a su juicio, tal vez era su deseo más significativo: que el blasón de los Borghese luciera en cada una de las estancias, ya fuera la sala del consejo, el gabinete de la Curia, el dormitorio o su despacho personal.

Aquellos emblemas heráldicos donde los ángeles custodiaban un águila negra de alas desplegadas reinaban por doquier, siguiendo los deseos del pontífice.

La capilla Paulina, a imagen y semejanza de la Sixtina de Miguel Ángel en el Vaticano, y la sala Regia hacían del Quirinal un museo para los ojos de un puñado de elegidos.

Sus puertas daban a seis salas de recepciones en las que la grandeza había dado paso a una deslumbrante sobriedad.

A diferencia del resto de estancias, más que el aire de un palacio parecía el de un monasterio.

En una de estas salas adornadas con tapicerías de damasco rojo y bordes dorados, detuvo sus pasos monseñor Odescalchi, después de padecer largamente y no solo una vez la dureza de aquel camino de penitencia.

«Como Su Santidad vuelva a llamarme dos veces más, se acabó lo que se daba», se dijo a sí mismo, apoyándose en el bastón y jadeando como el que carga a cuestas una rueda de molino.

Apenas había recuperado el aliento y se había dejado caer en un sillón, cuando vio que, en el otro extremo de la habitación, un hombre robusto se había arrodillado y escrutaba, de espaldas a él, un escritorio con incrustaciones realmente prodigiosas.

El hombre se giró sobre sus talones y el cardenal reconoció al mercader Paolo Spada, quien se inclinó en señal de respeto.

—¡Qué buen tiempo hace, monseñor! —dijo con una voz que transmitía cualquier cosa menos alegría.