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Tenía gracia, el muy pícaro. Media hora después, aún mancillados por nuestros propios fluidos, pegajosos y saciados de la carne del otro, retomamos nuestro cometido y nuestro lugar: yo en el caballete y France ante mí, petrificado en la atrevida pose que adoptaba para mí.
De haberle pedido a Mario que se quedara así, se habría sonrojado y habría soltado una broma, para luego ruborizarse todavía más.
En cambio, France mostró su acuerdo sin mostrar la menor vergüenza, se abrió de piernas descaradamente, extendió la mano derecha como si sostuviera unas flechas y dejó caer la mano izquierda a un lado de su cuerpo.
El amor victorioso no solo me granjeó la ira de Giovanni Baglione, del que ya te he hablado, sino también una retahíla de opiniones, a cada cual más descabellada.
Una de ellas parte del nombre latino del cuadro, Amor Vincit Omnia .
Apenas había finalizado el lienzo, cuando un listillo relacionó el lienzo con Virgilio.
Resulta que había encontrado un verso de las Bucólicas —Omnia vincit amor et nos cedamos amori — y, ya ves tú, el muy ínclito había empezado a atar cabos.
Lo mismo debería sentirme orgulloso de la opinión que este individuo tenía sobre mí e incluso darle las gracias por sospechar que me gusta la lectura.
Solo que mi amor no guarda relación alguna ni con Virgilio, ni con los dictados latinos, ni con los libros de la Antigüedad, junto a los que me demoré el mismo tiempo que una cabra junto a un macho cabrío.
Que recuerde alguna que otra palabra no me convierte en un conocedor del latín.
Y carezco de la vanidad suficiente para engalanarme con algo que sé que no domino.
La ciudad está llena de gansos llenos de ínfulas que piensan que, por haberse apoyado una vez en el Arco de Constantino, ya se han empapado de todo lo que es antiguo y valioso.
Otros expertos, que no dejan de buscarle tres pies al gato y a los que el árbol no les deja ver el bosque, se pusieron a indagar en busca de los significados ocultos del lienzo.
En sus mentes cobró vida otra gran estupidez: que el cuadro del dios desvergonzado y desnudo era la forma en que confesaba mi amor por el marqués Vincenzo Giustiniani, en cuyo palacio El amor victorioso acabó recalando.
Es como decir que, al pintar un zorro vivo, uno se burla de los cazadores que no han logrado abatirlo.
Pero, maestro, ¿qué crees que llevó a esos listillos a pensar en Giustiniani?
Pues las cosas que se encontraban detrás del muy granuja.
Había amontonado varias, a medida que se me iban ocurriendo: un pentagrama, un cuarto de globo terráqueo, un violín con arco —ya sé que los había usado en otras ocasiones— un lápiz, una parte de una armadura, algunos instrumentos útiles en geometría y una corona nobiliaria.
Eso fue todo lo que necesitaron los que querían desentrañar la madeja: empezaron a decir que el verdadero nombre del cuadro debería haber sido Giustiniani Vincit Omnia .
¿Acaso mi intención no era mostrar que el excelentísimo marqués exhibía sus cualidades en todo (política, música, astronomía, matemáticas, arte de la guerra y dibujo)?
¿Acaso el instrumento abierto en forma de V en el pentagrama no era la inicial del nombre del marqués?
Cuando respondí que no, a todos se les cayeron los palos del sombrajo y se pusieron a cavilar aún más si cabe.
Era un placer ver cómo se devanaban los sesos.
Solo que, al no llegar a ninguna conclusión con respecto al significado del cuadro, la gente empezó a pensar en otra interpretación relacionada con la vida y la muerte: ¿por qué aparece Amor con la mano izquierda a la espalda, a pesar de que France Buoncri la colocó junto a la cadera cuando posaba para mí?
¿Qué esconde el muy pícaro? ¿Acaso un arco que está a punto de asaetear a alguien, dado que tiene tres flechas en la mano derecha?
¿O quizás la cabeza y el pescuezo de un águila cuyas alas se elevan sobre sus hombros?
¿Quién sabe? ¡Hay que ver la cantidad que cosas que me tocó oír!
A decir verdad, mientras le pintaba las partes pudendas (otro mal rato que pase, ya sabes a lo que me refiero), a France le entraron unos picores en el trasero y, no pudiendo aguantar más, empezó a rascarse.
Y, aun así, ¿qué quise decir con ese cuadro?
Es como si te oyera, como si sintiera tu impaciencia y tu enfado.
Dios mío, con lo sencillo que es. Amor, el de las piernas abiertas y el miembro a la vista, es nuestra amada ciudad, de la que todos se enamoran y a la que todos vienen a cabalgar.
Y ella los recibe con una sonrisa en los labios y el badajo presto para responder.
Estoy seguro de que tú también lo has visto, maestro.
Amor leído al revés es Roma. La Roma de los niños desnudos a orillas del Tíber y de las prostitutas que Pablo V reúne en las iglesias.
La Roma de los intrigantes malintencionados y de los poetas famélicos.
La Roma de los ladrones, carteristas y actorzuelos de labios femeninos.
La Roma de las tabernas, palacios y jardines.
La Roma de las plazas que resplandecen a plena luz del día.
La Roma de los asesinatos por amor y de las plañideras de cabellos despeinados.
Y esta Roma nuestra, hayamos nacido o no en ella, siempre sale curtida y victoriosa de todas las pruebas. Roma Vincit Omnia .
Ya ves, vivo para burlarme de los demás y así me encuentro a gusto.
Los mecenas que habitan en sus jaulas de oro se digieren mejor cuando alguien les da un buen rapapolvo.
La falsa humildad de los papistas me saca de quicio, sobre todo porque me topo con ella a diario.
La multitud de cardenales es más pérfida que la peste y el cólera juntos.
Qué menos, pues, que hacer también yo algo, aunque sea reírme de sus serios semblantes que reposan en sus triples papadas.
Poner ante sus ojos ángeles que recogen los rostros de los proscritos a las puertas de la ciudad o gamberros con los que recorro las tabernas noche tras noche.
Ir a la morgue, mirar los cadáveres, esos despojos pescados en el Tíber o en los escondites donde pululan las ratas y convertirlos en modelos para apóstoles y mártires.
Pintar a Lide como si fuera una santa. La hipocresía no se cura con reverencias, sino escupiendo verdades a la cara de quienes se tapan los oídos y se niegan a escucharlas.
Hay qué ver de dónde partí y adonde he llegado, ¡menuda risa!
Anhelaba conseguir un buen partido y me encontré con dos amantes.
Quería dejar atrás a alguien como yo y, en cambio, acabé arrugando las sábanas con unos tipos de los que no sabía de qué pie cojeaban o si tenían alguna enfermedad vergonzosa.
En sueños me veía creando una corriente, pero he acabado siendo un chivo con tendencias contrarias a la moral.
Y aún siguen llegando hasta mis oídos todo tipo de calumnias sobre mi persona.
Cada vez más alejadas de la verdad. El molino de los chismes jamás pone fin a su molienda.
Personas supuestamente sensatas cotillean de sol a sol y se frotan las manos cada vez que tienen la ocasión de propagar rumores.
La Roma de la que te acabo de hablar se está conviniendo, día a día, en un laberinto de mentiras, maquinaciones y falsedades, un mapa de perdición, un burdel sin fin.
Hablar sin pelos en la lengua ahuyenta a los amigos y acaba granjeando problemas.
Cuantas más reverencias veas, más puñaladas traperas debes esperar.
La mentira es la ley de la ciudad, desde el Quirinal hasta la última taberna, lo que demuestra a las claras que la vida es una puta para los ricos y para los pobres, para los virtuosos y los depravados.
Mi última ocurrencia es pensar que estoy perdiendo el juicio, que me estoy volviendo loco y haciendo todo tipo de insensateces.
Y, ya que te cuento esto, te pido que tengas a bien perdonarme: no estoy mal de la cabeza, sino de la memoria.
De todas formas, siempre hay alguien dispuesto a jurar que me vio besando las piedras de la vía Apia, retozando con las estatuas del Campidoglio, hablando con los gatos de la Domus Aurea o encaramándome a los pinos que custodian las termas de Caracalla.
Mi salud está en boca de todos. En el Ospedale della Consolazione se hacen apuestas sobre el año —no muy lejano, por lo que tengo entendido— en que moriré.
Hace tres noches, se presentaron Lena y Anna golpeando ansiosamente la puerta de mi taller.
Les abrí con una copa de vino en la mano y me di cuenta de que habían venido preparadas para recibir una pésima noticia.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Anna, jadeando.
Asentí ligeramente desconcertado.
—¿Acaso no debería?
—¿Seguro que estás bien? ¿No te ha pasado nada? —Quiso saber Anna.
Me dio un arrebato y las arrastré a ambas dentro de casa, dispuesto a arrancarles la ropa y mostrarles lo bien que me encontraba.
Me frenaron los ojos de Lida, que me miraban con reproche desde un lienzo que llevaba tres meses sin tocar.
Me limité a hacerles una señal para que se sentaran donde buenamente pudieran y les traje un poco de vino.
—¿Qué mosca os ha picado? —les pregunté, después de que las dos se aseguraran de que no estaba ni enfermo ni loco.
—Llevas dos días sin salir de casa. Nadie te ha visto. Pensábamos que lo mismo…
—¿Quién os mete esas tonterías en la cabeza? Me he encerrado muchas veces en el taller durante días y nadie se ha asustado. Dejad de prestar oídos al primer necio que se os cruza por el camino.
Intenté sonsacarles todo lo que sabían y acabé descubriendo que el rumor había partido de Tanino Petrignani, el director del Ospedale, a quien por un tiempo creí un hombre decente, pero que me demostraba así no ser más que un bufón engreído.
De boca en boca —aunque sería más acertado de decir «de odio en odio», ya que cada vez son más los que ni siquiera toleran mi sombra— las calles y las tabernas de Roma acabaron enterándose de que ya no podía levantarme de la cama, de que me orino encima y de que tengo el costado izquierdo entumecido.
Y de que estoy a un paso de exhalar mi último suspiro.
Todos lo sabían: los comerciantes a los que apenas les queda vista para poder enhebrar una aguja, los vagabundos que viven cerca de las murallas aurelianas, los herreros de manos callosas, los carniceros de los mercados y las sirvientas enviadas por sus amas a comprar en los colmados.
Hasta mis amigos pintores llegaron a prestar oídos a tamañas necedades.
Aunque es cierto que no todos: solo unos pocos.
Me reí con Anna y Lena de las tribulaciones que no tenía, pero no solté prenda sobre las que, pese a todo, empezaban a rondarme.
A ti puedo contártelo, maestro, ya que eres pintor y entiendes mejor que nadie la dolencia que amenaza con malograr mi vida: el color negro que tanto amo, el negro de cuya densidad emerge incluso Amor, el granuja de la mano en la espalda, ha decidido amar también mis ojos.
Empiezo a no ver como es debido. Un ribete negro asoma por el rabillo del ojo izquierdo, mientras que un velo de lágrimas se posa de vez en cuando sobre el derecho.
Al principio pensé que no era nada y le eché la culpa al humo de las velas del taller, donde se me iban las horas pintando después de que cayera la noche.
Pero, cuando las molestias empezaron también de día, empecé a asustarme.
Si ya no puedo pintar, se acabó. No sé hacer otra cosa que no sea sacar de quicio a la gente.
¿De qué viviré si tengo que cubrir mi caballete?
Esta pregunta me carcome cada vez más. No puedo acudir a los médicos: no confío en ellos.
Me desollarían con una sonrisa, después de todas las noches que he pasado con sus esposas.
Del Monte me mira con una frialdad cada vez mayor y hace una semana soltó algo sobre mi futura partida de su palacio.
Mi única esperanza es Lide, pero solo si consigue librarse de ese rufián bermejo.
No la entiendo y, a decir verdad, tampoco me entiendo a mí mismo.
Amo a una ramera, esto es, amo a alguien para quien el amor solo existe a cambio de dinero.
La he pintado de todas las formas posibles: princesa, mártir, cortesana, diosa, asesina o lavandera.
He intentado conquistarla al menos a través de mis cuadros, si de otra forma no he sido capaz.
Y aun hoy sigo sin saber si siente o no algo por mí.
Si más allá de su piel blanca, en la que he dejado las huellas de mis manos, labios y dientes, hay algo más.
O si, por el contrario, Lide solo ve en mí un cliente que casualmente sabe poner colores sobre el lienzo y dibujar mujeres más o menos vestidas.
Nunca me ha respondido a esta pregunta. En el mejor de los casos, me ha abrazado.
En el peor, ha recogido sus ropas y se ha marchado.
Y lo cierto es que tiene adonde ir, pues los nobles romanos darían cualquier cosa por darle cobijo, sobre todo porque muchos se han deleitado —y me consta que no solo una vez— con sus encantos.
Lide, la tentación que vaga por las calles de Roma. La flor del pecado. El fruto más jugoso del árbol de la vida.
A veces me digo que, a pesar de su apariencia angelical, las mujeres son la invención del diablo.
Y no es de extrañar, porque, en el fondo, el diablo es un ángel caído.
Unos pueblos lo representan como una mariposa negra con las alas desplegadas, lo cual me recuerda que no te he contado nada sobre Acherontia.
Lo haré en otro momento. Ahora se me cierran los ojos.