La mariposa negra 6 #3
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Salió por la puerta; no llegó a ver mi mirada astuta, ni a oír la risa ahogada de Valentina.

Y su asombro fue aún mayor cuando, al toparme con él un mes después a orillas del Tíber, donde contemplaba el sol que encendía la cúpula de San Pedro, le dije que había recibido un nuevo encargo y que lo esperaba en el lugar de siempre.

Acudió igual que la primera vez, como si nada hubiese pasado.

Se sentó a la turca, esperando a que preparara el pincel y los colores, y luego se puso en el lugar donde solía colocarse y donde la luz podía descansar a voluntad sobre su rostro.

Le di una camisa de lino blanco de mangas anchas y le prendí un trozo de tela del mismo color en el cabello.

Cuando me acerqué a él, sonrió como el que quiere darse ánimos a sí mismo.

Cuando volví al caballete, se acomodó un rizo, se humedeció los labios —llevado quizás por un conato de concupiscencia o simplemente porque tenía sed, nunca lo sabré— y no se movió más.

Así como La adivina fue para Mario una amenaza sobre el lienzo, Joven cocando el laúd supuso reanudar viejos esfuerzos.

No sé si llegaste a verlo, maestro, como tampoco sé si alguna vez expresaste tu opinión sobre alguna de mis pinturas.

De hecho, no habrías tenido manera de verlo, a no ser que te hubieras desplazado desde Milán a Roma y te hubieran invitado al palacio Del Monte.

El cardenal envió a un sirviente a que recogiera el cuadro del taller cuando la pintura aún no se había secado: tan impaciente estaba por saborearlo con la mirada antes de colocarlo en una de las salas del palacio, justo enfrente de aquellos muchachos ataviados con trajes de baile que dos años antes había tenido a bien encargarme.

Es como si lo estuviera viendo pasar de un cuadro a otro, acariciando cada lienzo con su mirada voraz para dirigirse luego a la puerta, echar el cerrojo, desabrocharse la bragueta con las mejillas encendidas y la boca pegajosa y entregarse al placer solitario.

Mario miró largamente al músico, deseoso por descifrar tanto lo que estaba pintado en el lienzo como lo que no podía verse a simple vista.

Sus ojos se posaron en el laúd que este sostenía como si fuera una amada que se hubiera dormido en sus brazos; sobre el violín en el que descansaba el arco, encima de las dos partituras, una de las cuales estaba abierta.

¿Qué era, pues, la música en Roma? La emisaria del amor.

¿Qué eran las serenatas? Canciones a través de las cuales alguien confesaba su amor, sin saber si sería o no correspondido.

Chico inteligente, Mario comprendió en el acto que la pintura para la que había posado no era solo un encargo hecho a tiempo, sino también una nueva forma de decirle lo que yo sentía por él.

Cuando se volvió hacia mí, leí su consentimiento en la mirada.

Y poco me importó si lo hizo por pudor o por miedo a que un nuevo rechazo pusiera punto final a nuestra amistad.

Simplemente estaba listo, había madurado.

Me esforcé por no comportarme como un cazador que acorrala a su presa y se jacta de su astucia.

Del mismo modo que ahora hago todo lo posible por contarte cómo fue.

No voy a detallarte lo que intenté hacer entonces: el temblor y el vértigo de momentos como esos deben ser recluidos en la mente, sin palabras ni colores.

Es mejor así. Me conformo con decirte que al día siguiente Mario se fue y que desde entonces no he vuelto a verlo.

¿Crees que he llorado por él? Ni hablar.

¿O que lo he maldecido? No. ¿Qué sentido habría tenido?

¿Crees que me afectó su marcha? Seguro que sí.

Aparte de los cuadros destinados a vestir iglesias, los lienzos para los que él posó fueron los más logrados de todo lo que hice.

Y no lo digo solo yo, sino también quienes los han visto.

¿Crees que encontré a alguien en su lugar?

Si no eres paisajista —algo que yo, por mi parte, nunca podría ser—, no te queda más remedio que buscar modelos.

Para mi suerte, los tenía, listos para posar aunque estuvieran recién levantados de la cama.

Lide, Anna y Mario me ayudaron en aquellos cuadros que los hipócritas de Roma tildaron de «pintura de alcoba».

Y una vez que Mario se fue, me tocó encontrar a alguien a quien usar sin que me remordiera la conciencia.

Un joven apuesto, esbelto y con ganas de vivir, dispuesto a aceptarme tal como soy y a posar para mis cuadros más atrevidos.

Ya tenía en mente la idea de un óleo sobre lienzo que levantara ampollas entre los santurrones de sotana.

En cuanto encontré el modelo, me puse manos a la obra.

Me topé con France Buoneri en medio de una noche negra como la pez después de haber visitado la casa de una furcia en Sant’Angelo.

France deambulaba por las calles, sin mirar por dónde iba, con una camisa morada metida en unos pantalones negros y un chaleco verde oscuro.

Caminaba con la mirada más bien levantada, escudriñando la oscuridad y buscando algo que ni él mismo sabía.

Me gustó desde el primer momento, aunque no se parecía a Mario.

O quizás precisamente por eso. France era moreno, pálido y regordete, con una boca que pedía constantemente comida y bebida y unos dientes capaces de partir las piedras.

En la mejilla izquierda, una cicatriz de cuchillo daba fe de los lugares por donde se prodigaba.

Tenía los andares de un gato salvaje, ojos de zíngaro y la sonrisa de un truhán que sabe jugar a las cartas.

Cuando se desnudó el primer día de trabajo para El amor victorioso , me empalme en el acto.

Me dieron ganas de abalanzarme sobre él en ese mismo instante, pero recordé cuánto había sufrido con Mario y me contuve.

Solo que France, buen adivinador de intenciones, supo leer mi necesidad y se apresuró a ayudarme.

Majestuoso en su achocolatada desnudez y mostrando su dentadura, se acercó a mí, me quitó la camisa, me desabrochó los botones de los pantalones y comenzó a acariciarme.

Ni siquiera había tenido tiempo de atenderlo como se merecía cuando se arrodilló frente a mí y me hizo soltar el pincel.

Hundió su cabeza en mi vientre, me escrutó con complicidad y dijo con voz profunda:

—Naturaleza viva.