6 #2
El Muchacho con cesto de fruta es el cuadro más conocido para el que Mario posó.
Con él llegaron también los primeros rumores: un cardenal de sentidos débiles y mente ociosa dijo que este lienzo era la cumbre del desenfreno.
Sobre la redondez de la abundancia, representada por el cesto de frutas, pasó con la impasibilidad con la que aplasta un coche de postas la serpiente que se le cruza por el camino.
Que me dejara llevar por un sendero marcado por las figuras venecianas de Giorgione ni siquiera le pareció digno de consideración.
En absoluto. Ese tal monseñor —no diré su nombre para no ridiculizarlo— solo miró la boca y el cuello desnudo del muchacho del cuadro y se apresuró a sacar sus propias conclusiones: llamada al libertinaje sodomita, asquerosidades torpemente ocultas, inmoralidad a raudales sobre el lienzo.
Las clavículas de Mario, sus hombros tentadoramente redondeados y, sobre todo, su rostro goloso y de espera insatisfecha, lo convencieron de que el Muchacho era un canto a la homosexualidad, un lienzo dedicado a los amantes de la sodomía.
Aunque, a decir verdad, hubiera esperado que tamaño juicio cayera más bien sobre el Baco adolescente , que proporciona bastante munición a los quisquillosos que se abochornan a las primeras de cambio.
En la forma en que yo miraba a Mario se había colado, sin lugar a dudas, una sombra de deseo culpable.
En el pensamiento que guio la mano agarrotada alrededor del pincel brotó una idea insensata y desvergonzada.
A su manera, el Baco adolescente es una declaración de amor prohibido, así que tuve la suerte de que nadie se quejara ante el gobernador.
Conozco gente que ha salido escaldada por mucho menos.
Quien sabe mirar a Mario/Baco es golpeado sobre todo por la desvergüenza del dios, por su completa rendición, por la avidez de sus pupilas.
Lo que nadie sabe es que la idea de un cuadro que versara sobre un enfermo había germinado en mi mente desde que yacía sin esperanza en el Ospedale della Consolazione.
Al principio, me decidí por un autorretrato sumido en la desesperación.
El mal estado y los escalofríos cada vez más frecuentes que me sacudían en el hospital me obligaron a aplazar el trabajo y esperar días mejores.
Y esos días llegaron con la elección de Mario como modelo.
Entonces pensé en hacer del Baco adolescente el lugar donde me encontrarla con mi joven amigo y —esperaba yo— la señal de una futura unión entre los dos.
Te confieso esto, maestro, porque sé que solo tú te has dado cuenta.
En efecto, este cuadro, que los necios han señalado con el dedo por no encarnar la grandeza de un dios, contó con dos modelos: la cabeza es mía (con rasgos rejuvenecidos y embellecidos, naturalmente), pero el cuerpo es el de Mario.
Sobre el pelo negro descansa una corona de hojas amarillas, verdes y rojas, así como algunas uvas negras.
Quien echa un vistazo al joven del cuadro ve que tiene el cuerpo más descubierto que la cabeza.
La túnica blanca que le cuelga no oculta nada.
La mano que sostiene la copa de vino tinto llama a la realización de un deseo largamente reprimido.
El bíceps muestra una dulzura varonil, como esperaríamos encontrar en los brazos de Mario.
El pecho, ligeramente henchido, como si despreciara la blancura de la túnica, grita a los cuatro vientos su desnudez.
Tan frágil es el cuerpo del dios, como depravado es su rostro.
¿Podía haber una señal más clara de mi mala influencia?
¿Una confesión más contundente sobre lo que pretendía de Mario una vez abandonara su papel de modelo?
Cuando Mario vio el cuadro, no dijo nada, pero ver la tristeza en sus ojos me bastó.
Temí perderlo, verme de repente sin modelo, sin discípulo y sin amigo.
Intenté arreglar las cosas con el siguiente cuadro para el que posó, pero solo logré empeorarlas.
El Chico mordido por un lagarto , el lienzo que convenció a Onorio Longhi de que no estaba desperdiciando las pinturas, dejó a Mario aún más pensativo si cabe.
Aquí todo era transparente. Había pintado una lagartija en vez de una serpiente, porque —tú lo sabes bien— esta última no podía usarse fuera de la pintura religiosa, donde siempre se mostraba igual, enroscada en una rama y siseando su llamada al pecado con la lengua bífida.
La mordedura de la alimaña estremece al joven y le arruga el rostro.
Una arruga se abre camino entre las cejas.
En sus ojos persiste una mezcla de miedo y admiración.
La boca se le abre como para gritar. Los dedos de las manos vacilan estirados entre rechazar o recibir.
Le mostré el cuadro a Mario y se sonrojó: entendió, más rápido de lo que se me hubiera antojado, que aquella pose de la lagartija escondía algo más, que la pequeña criatura era un casamentero contratado para la sumisión de la carne.
Recordé con qué fervor me había pedido Del Monte que le pintara un lienzo con jóvenes ataviados con vestimentas de baile.
Y me reí amargamente al ver cómo se volvían las tornas.
El día que el cardenal trató de decirme que le gustaban los muchachos, apenas logré contener el impulso de gritarle mi desprecio a la cara, y eso que, cuando yo mismo llegaba a desear a Mario, la idea de que este me rechazara acababa envenenándome.
Estaba asqueado y furibundo, presa de una cólera que se volvía contra mis propias debilidades, pero al mismo tiempo la vergüenza del rechazo me carcomía por dentro.
Tuve que buscar una manera de apaciguar a Mario, pues de lo contrario se habría ido y habría llenado la ciudad de dimes y diretes.
Le prometí que, cuando llegara el siguiente encargo, lo pintaría de un modo que fuera de su agrado.
Durante unos días no acudí al taller donde D’Arpino me había permitido trabajar.
Dejé marchar a Mario, con la intención de retomar el trabajo en un futuro que ninguno de los dos podía entonces adivinar.
Luego recorrí las tabernas de Roma, irascible y con la mente empapada en vino.
Le propiné una paliza a un herrador por el simple hecho de que se atreviera a saludarme.
Agarré una piedra y rompí una ventana que ni siquiera sabía a quién pertenecía.
Le solté una patada a un perro que me había gruñido al pasar.
Llamé a la puerta de Anna Bianchini y me abandoné a sus hábiles manos y a su lengua inquisitiva.
Cuando volví a entrar en el taller con Mario, tuve a bien prepararle una sorpresa.
Adentro nos esperaba Valentina, una joven de aire virginal, que hizo que Mario diera un paso atrás.
Creyó que había tramado una barrabasada aún mayor.
Lo tranquilicé con una sonrisa paternal y me dirigí al caballete, dándole a entender que no teníamos tiempo que perder.
—Mira, detrás del biombo encontrarás ropa de mercader. Vístete con cuidado, porque me la han prestado. Venga, date prisa.
Mario nos miró primero a mí y luego a Valentina, sin saber muy bien qué decir. Finalmente, se vistió como le había pedido, salió de detrás del biombo y se plantó en el centro del taller.
—A ver, que te vea.
El efebo tentador de los otros lienzos se había convertido en un recuerdo.
Mario parecía el hijo de un mercader al que su padre lleva de viaje para que adquiera los entresijos del oficio.
Estaba vestido de pies a cabeza con un traje de terciopelo marrón oscuro, botas negras y un sombrero adornado con una pluma blanca.
—Bien. Ahora ponte al lado de Valentina y pon tu mano en la suya. Venga, que no muerde. Gira un poco la cabeza a la derecha. Un poco más. Eso es: quédate así.
Coloqué también a Valentina a mi gusto y me puse a trabajar. No le había dicho a Mario que lo más importante de aquel cuadro no era él, sino la chica. En una semana, La adivina estaba terminada.
Me esmeré para que la mirada del espectador se posara sobre el rostro de Valentina, sobre su aire indagador, sobre el ropaje de idéntico color al de Mario, sobre los ojos en los que brillaba una compasión apenas visible.
Una parte de los ineptos que acabarían viendo el cuadro suspiró aliviada: el individuo depravado había vuelto en sí y había recuperado el juicio.
Otros torcieron el gesto, arguyendo que aquello «no es obra de Merisi, miradlo bien: los personajes no tienen ni una gota de vida, son como dos muñecos olvidados en un rincón de un teatro.
Se acabó lo que se daba. Después de esta chapuza nadie le encargará más cuadros».
Mario, en cambio, miró el cuadro corroído por un miedo que no logró ahuyentar de su rostro.
Sus bromas, que antes inundaban el taller, dejaron de oírse.
No me dijo nada, tampoco habría sido necesario: noté perfectamente su desconcierto.
Hubo un momento en que creí que apretaba los puños, pero quizás solo me lo pareció.
Examinando el lienzo con la mirada perdida, viéndose con la mano izquierda en la cadera y la derecha reposando entre los dedos de Valentina, que le leía el futuro, se encontró a sí mismo en la piel de un adivino obligado a atravesar la niebla de una mente perturbada.
Y entendió dos cosas: que había descendido a un segundo plano, detrás de Valentina, y que nuestra amistad estaba a punto de fenecer.
Cuando salió del taller, se giró hacia mí y susurró con voz ahogada:
—No quería que fuera así.