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A los once años me quede sin padre, maese Simone, y durante mucho tiempo busque un sustituto.
(Hubo un tiempo en que creí haberlo encontrado en ti, pero no tardé en entender que me había llamado a engaño).
Ahora tengo casi treinta y cinco años y busco ser el padre de alguien.
Qué sorpresa, ¿verdad? Nunca hubieras pensado que, dentro de esta escoria sin alma y sin Dios que la gente dice que soy, hay sitio para algo así.
Y, sin embargo, cada vez que escucho a Orazio hablar de su pequeña Artemisia, siento un sosiego por dentro.
Y cada vez que los veo cruzar la Piazza Mattei de la mano, deteniéndose en el centro y salpicándose el uno al otro con el agua de la fuente del Elefante, siento enormemente no poder pintarlos.
Los pensamientos son buenos mientras no intentes darles vida.
En cuanto desciendes con ellos desde el paraíso donde se guardan hasta lo terrenal, hasta el polvo de la vida, los remordimientos se adueñan de ti.
Esto es lo que me pasó cuando acariciaba la idea de criar a alguien a mi lado, si no un hijo de verdad, al menos un sucesor tanto en espíritu como en la pintura.
Orazio y sus amigos conformaban un séquito que acabó rodeándome sin querer.
Aun así, mi idea era criar a alguien en quien pudiera reencontrarme plenamente con el paso de los años: alguien que emprendiera el camino con la dote que yo le habría encomendado.
Y en esas andaba cuando descubrí algo que debería haber sabido después de sufrir tantas tribulaciones en la escuela de la vida: que entre el deseo y su cumplimiento acechan muchos peligros.
Rara vez los planes que uno hace en casa se parecen a los de la vida real; basta salir al mundo para que todo se ponga patas arriba y un sueño se vuelva una locura.
No sé si llegué a hablarte de los muchachos que fui recogiendo de las tabernas para hacer de ellos modelos y luego, llegado el momento, pintores.
Probé con varios, pero al final me quedé con dos: Mario y France.
Puse mis ojos en Mario Minniti menos de un año después de mi llegada a Roma, en una noche de algarabía, platos rotos y comensales heridos por los cristales y puestos de patitas en la calle.
(En aquel entonces nos reuníamos con menos frecuencia, porque el dinero escaseaba y mi fama era más bien escasa).
Yo estaba con mi grupo de amigos, a cada cual más ebrio, escuchando cómo Orazio se jactaba de querer convertir a Artemisia, que apenas era una recién nacida, en la pintora más famosa de Italia.
La niña dormía profundamente en casa, con su madre, ajena al brillante destino que su padre le había pergeñado después de beber como un cosaco.
A nuestro alrededor, la gente se caía debajo de las mesas, gritaba a voz en cuello y hacía concursos de una soberana estupidez.
En cuanto a nuestro grupo, todos nos reíamos de Orazio, animándonos los unos a los otros a tener hijas y convertirlas en rivales de Artemisia, cuando en una mesa cercana el camarero empezó a gritarle a alguien.
Me volví y mis ojos se toparon con la asustadiza mirada de un joven de cabellera morena que se esforzaba en convencer al camarero de que apuntara la cuenta en la libreta, jurando que al día siguiente le traería el dinero que le debía por la copa de vino y el filete.
—Si eres un muerto de hambre, ¿qué andas haciendo en la taberna, muchacho?
—le riñó el camarero, sin que el sonrojo del joven que tenía delante le hiciera inmutarse.
Aunque andaba un poco achispado, me gustaron el rostro y la viveza del muchacho, así que lo llamé a nuestra mesa.
Juntamos dinero, le pagamos la comida y la bebida y luego entablamos una conversación.
Era de Siracusa y había venido, como tanta otra gente, en busca de las longanizas con las que se ataban los perros en Roma.
Al principio vivía al día, deslomándose en trabajos mal pagados.
Luego empezó como aprendiz de zapatero y, en menos de tres meses, fue requerido por un caballero toscano que lo tomó a su servicio como escudero.
Solo que desde que perdía el tiempo a orillas del Mediterráneo, ajeno a cualquier preocupación y con la cabeza llena de pájaros, el joven soñaba con el día en que por fin podría entrar en el taller de un pintor.
Cuando le dije que su sueño estaba a punto de convertirse en realidad, las brasas encendidas de sus ojos brillaron aún más.
—¿Qué tendré que hacer? —me preguntó rápidamente, temiendo que me retractara.
—Al principio, nada. Vienes al taller cuando yo te diga y posas para mí. Es un trabajo que veces te llevará tres o cuatro horas al día, o incluso más. Con el tiempo, si tu corazón te impulsa a aprender el oficio, yo te ayudaré.
—¿Y seré pintor?
—Quizás, pero no necesariamente.
Mario era el modelo que cualquiera hubiera deseado: hermoso como un dios, atento, paciente y sensato.
No importaba en qué posición lo pusiera: ahí se quedaba y nunca preguntaba por qué.
(De haberlo hecho, me habría resultado difícil reconocer que quería contemplarlo de todas las formas posibles y que a veces me olvidaba del propio cuadro y de los calambres que le daban después de estar una hora inmóvil).
Cuánto de la pintura se le habrá pegado es algo que ignoro.
Hace dos o tres años regresó a Siracusa, donde —por lo que me dijeron— tenía la intención de abrir una bottega .
Ya te he dicho que eso mismo planeaba también yo, maestro, cuando todavía estaba en tu taller y pensaba lo bonito que sería transmitirles a otros lo que había aprendido en Milán.
Mientras tuve a Mario como modelo, me di por satisfecho.
Aunque lo pasaba mal y tenía que mudarme constantemente, porque ningún casero transigía con mis continuos retrasos a la hora de pagar.
Aun así, los días que nos veíamos en el taller me parecían un regalo de Dios.
Ganaba poco y vivía de prestado, pero no daba mi brazo a torcer: sabía que más pronto que tarde se volverían las tornas y la suerte me sonreiría.
O, mejor dicho, nos sonreiría, porque no podría dejar a Mario de lado.
No es por elogiarlo, pero en ningún momento cejó en su empeño de animarme, ni siquiera cuando me venían mal dadas y pensaba que todas las puertas se me cerraban.
Tenía, además, una forma especial de decirme siempre algo nuevo, de arrancarme una sonrisa y, de esta manera, jamás dejó que hiciera mella en mí la desesperación.
A lo que se añade el hecho de que posaba para mí gratis, dejando que le pagara una vez que mi habilidad y talento me reportaran algún peculio.
De todos los modelos que posaron para mí, solo hubo otro que también lo hizo gratis: Lide.
Poco a poco fuimos trabando amistad y los dos años que trabajamos juntos fueron, creo, los mejores para mí.
No en cuanto a dinero, sino en lo tocante a mi nivel pictórico.
Porque, además, los lienzos de entonces, tan exitosos, hicieron que después me llegaran encargos más lucrativos.
Recuerdo que, en cada una de las ocasiones, lo primero que pensaba era que el cuadro fuera más hermoso que el modelo, algo difícil de conseguir, pues los músculos de Mario, su piel cobriza, su carne pétrea, sus facciones femeninas y sus labios de ramera hacían de él una trampa ambulante.
Me costaba horrores no caer rendido ante ese efebo que me miraba con ojos rebosantes de falsa inocencia.
En los días de verano, cuando el calor abrasaba el tejado, arrojaba mi camisa en un rincón, me secaba con una toalla sucia y pintaba con el sudor brotando de mi cuerpo como si mi piel hubiera contraído alguna enfermedad.
Mario no sudaba tanto, pero a veces hasta su piel parecía aceitada.
De vez en cuando, un hilo de agua que huía de su abundante cabellera, le resbalaba por el pecho.
Yo no le quitaba ojo mientras deslizaba el pincel sobre el lienzo, pero a veces se me pasaban por la imaginación todo tipo de maldiciones.
Una vez terminaba la sesión, nos quedábamos como dos lagartos a los que el bochorno hubiera calentado.
Repantigados en la cama o en el suelo, charlábamos largo y tendido, saciando nuestra sed con el agua de un cubo y esperando el día en que mis cuadros captaran por fin la atención de la gente que tiene bien cubierto el riñón.
Cuando me tocaba despegar mis ojos del cuerpo de Mario, casi sentía cómo me ardían las pupilas.
«¿Acaso frunce usted el ceño, maese? Pues no debería».
¿En cuántos talleres no han surgido pasiones indebidas y no se han cometido pecados para los que la iglesia no tiene otro remedio que el fuego del averno?
¿Es usted tan inocente como para creer que en su bottega de Milán ningún muchacho sintió arder en deseos por otro?