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La chica sonrió con complicidad e hizo que el veneciano se volviera hacia la puerta.
Saraceni dio tres pasos, luego giró sobre sus talones y se detuvo.
Hacía lo imposible por ordenar sus pensamientos y examinar el plan que había escuchado en boca de Lide.
La chica no estaba en su sano juicio; eso le quedaba claro a cualquiera que pasara más de tres minutos con ella.
Impulsiva y hermosa como pocas, su pasado no dejaba de azotarla, como solía ocurrir en todas las familias de noble cuna donde los parientes se desposaban entre sí y alumbraban hijos que nadie deseaba; cuando más felices eran, aparecía de repente un bicho raro que no sabían cómo esconder.
Aunque no lo había dicho en voz alta, Saraceni creía a pies juntillas que el plan en cuestión había sido urdido por la joven y que la historia del misterioso conspirador en la sombra era una pura cortina de humo.
Como decían los más socarrones del lugar, Lide tenía mucha inteligencia, pero no toda era buena.
Porque, si no, ¿a santo de qué una chica que lo tenía todo en bandeja en su Siena natal habría querido dejar la comodidad de una mansión toscana y ganarse la vida vendiendo sus encantos al primero que se le cruzara?
Saraceni no las tenía todas consigo. Penetrar en la mente de una mujer era tan difícil como manejar una carreta por un sendero echado a perder por las lluvias de otoño.
Afuera el diluvio había amainado y el sol ya había traspasado la capa de nubes, presuroso por volver a calentar la ciudad.
La luz del color de la miel regresó al cuarto de donde había sido expulsada una hora atrás.
Su suavidad y la belleza de Lide solo parecían esperar al pincel que fuera capaz de plasmarlas sobre el lienzo.
—Dime, ¿cuándo posarás para mí? Me lo has prometido —se apresuró a preguntar el veneciano.
—Tan pronto como lleves a cabo el plan. Antes no, porque tu mente se poblaría de necedades.
Saraceni se dio por vencido. Estaba loca de atar, pero sabía lo que quería.
Abandonó la casa de la muchacha, mirando a izquierda y derecha por la callejuela donde el trote de los cascos subía por las paredes y golpeaba las ventanas adormiladas.
Se miró la ropa, que era idéntica a la de Merisi, y pensó que, si alguien lo hubiera visto salir de la desvencijada casa de la ramera, se habría extrañado sobremanera, pues Lide acababa de asegurarle que el lombardo nunca había cruzado el umbral de su puerta.
Carlo Saraceni debía meterse de lleno en la piel de Michelangelo Merisi durante un día.
Un veneciano imitaría a un lombardo en el corazón de Roma: menuda extravagancia.
Pero ese era el plan. Un plan sin margen de maniobra.
Oliendo como Merisi, hablando como él y pareciéndose como dos gotas de agua, el discípulo pediría una audiencia a los grandes enemigos que Miche tenía entre los prelados y los nobles.
Y, ante cada uno de ellos, interpretaría el mismo papel: mantendría la mirada gacha, reconocería sus locuras artísticas y, en aras de hacer las paces, invitaría al sujeto de marras a una cena que tendría el gusto de ofrecer una semana más tarde, en una taberna situada lejos del mundanal ruido, en una callejuela del Campo Marzio.
Saraceni estaba obligado a usar todo su poder de persuasión para que nadie declinara su invitación y ningún sirviente lo echara a palos.
Si interpretaba a Merisi como solía hacerlo, el veneciano no tenía por qué preocuparse, pues nadie notaría la más mínima diferencia entre el original y la copia.
Esta era la primera parte y también la más difícil.
La segunda tendría lugar en la taberna, una semana después.
Saraceni debía presidir una de las mesas y dar la impresión de ser el anfitrión de tan ilustres invitados, mientras que el lugar situado en la otra cabecera quedaría vacío hasta el final.
De vez en cuando, el veneciano se acercaría a la cocina o a la despensa, supuestamente para ver que todo marcha sobre ruedas, y en su lugar volvería el verdadero Merisi, que hasta entonces habría permanecido escondido por allí, escuchando todo lo que decían los comensales.
De esta manera, el verdadero y el falso lombardo compartirían la responsabilidad del buen desarrollo del banquete, para aparecer juntos al final, cada uno en una de las cabeceras de la mesa, cosa que el artífice del plan esperaba que provocara el asombro, la ira y la incomodidad de los allí presentes.
El marqués Giustiniani —autor de la idea— no se había amilanado ante las objeciones de aquellos amigos a quienes había revelado sus intenciones.
—En serio, Vincenzo, esto se parece demasiado a una obra de teatro. En lugar de disfraces tienes cubiertos, eso es todo —trató de zaherirlo su amigo Montalto.
Giustiniani respondió sin dudar.
—Lejos de nuestra Roma, querido Domenico, en la Inglaterra de las densas nieblas, vive un bardo que me apoyaría si me conociera.
Este bardo, famoso no solo por escribir obras, sino también por actuar en ellas, dijo una vez que «el mundo entero es un escenario y todos nosotros simples actores». ¿Ves cómo todo encaja?
Carlo Saraceni nunca había oído hablar del bardo de Stratford, y de Vincenzo Giustiniani solo sabía que tenía dinero a manos llenas; ni se le habría ocurrido pensar que alguien así pudiera urdir tales artimañas.
Al no tener muchas luces, el veneciano había precisado de las aclaraciones de Lide para entender el propósito de la farsa que había sido llamado a dirigir.
La chica, con cierta exasperación en la voz, se las había facilitado, preguntándose si acaso el discípulo sería realmente capaz de imitar a su maestro sin que lo descubrieran.
—Tan egregios nobles verán un Merisi en cada cabecera de la mesa.
¿Lo entiendes, Carlo? De esta manera, recibirán toda una lección por no haber sabido distinguir entre el talento y la imitación, entre el original y la copia.
Y no de cualquier manera, sino teniendo a su lado a alguien que puede hablar en cualquier momento.
La conclusión salta a la vista: si no son capaces de distinguir lo verdadero de lo falso, ¿cómo se atreven a opinar sobre cuadros?
¿Qué más da que sean nobles? Y, tras un engaño de tal magnitud, lo suyo sería que la gente dejara de prestar oído a sus sandeces.
La pintura debe ser juzgada por quienes la hacen, no por quienes la compran.
De nada sirve tener dinero si careces de otros saberes.
En el fondo, te puedes gastar una fortuna en una estupidez de la que te acabas enterando, generalmente cuando ya es demasiado tarde, que fue hecha para engañar a los necios.
El navegante de Génova no llevó a los indios perlas de su joyero familiar, sino abalorios de colores.
Y los muy ingenuos se las quitaban de las manos y se peleaban por ellas. Lo entiendes ahora, ¿verdad?
Saraceni lo había entendido —o al menos eso mantenía—, pero las explicaciones de Lide aún no lo habían tranquilizado del todo.
Al pasar por delante de las tiendas, con la mirada baja para evitar los charcos, llegó a una gran conclusión mientras se golpeaba suavemente la sien con un dedo: una loca le pide a un loco que imite a otro loco.
Qué cosas tiene la vida. Por lo menos la hermosa de ojos violetas había accedido a posar para él.
Menos da una piedra. De cualquier jabalí hasta un simple pelo es bueno.
Enzo, el patrón, azuzaba a los camareros para que acabaran de recoger lo antes posible.
En la cocina reinaba el silencio. La Osteria del Moro había cerrado hasta al día siguiente al mediodía, cuando el bullicio y la alegría volverían a desparramarse, de mesa en mesa, como el sarampión.
El tabernero se disponía a hacer caja para ver qué tal le había ido el día, cuando la puerta de la taberna se abrió y apareció uno de los últimos clientes en irse.
Enzo se extrañó, pero no demasiado. Era habitual que alguno de los comensales, achispado por los licores, olvidara algo de valor o volviera a pedir una jarra para llevar a casa, donde alguien guardaba cama.
Salió de detrás del mostrador frotándose las manos y haciendo una reverencia por pura cortesía.
— Signor Orazio, ¿qué ha pasado?
Gentileschi no parecía demasiado alegre, y eso que no había pasado ni una hora desde que saliera de la Osteria del Moro junto a los demás pintores, charlando y cantando como buenos amigos.
—Enzo, dime dónde está Lide.
El tabernero quiso encogerse de hombros, pero la mano del pintor le apretó el hombro como si quisiera darle a entender que romperle un hueso era lo menos que podía hacerle.
El pintor era una mole de la que se rumoreaba que bien podría desatascar del barro un coche de postas sin la ayuda de nadie.
Enzo torció el gesto, gimió impotente y le dio a entender que estaba dispuesto a hablar. El pintor aflojó la mano y aguardó.
—No es para nada bonito, la verdad. Que te llames Gentileschi y que te portes…
El tabernero no pudo terminar su chiste, porque sintió de nuevo los dedos del artista, que lo apretaban como si fueran tenazas.
—Nada, nada, era solo una broma. Espero que al menos con la frágil Artemisia seas más cuidadoso.
—No estoy para bromas —lo interrumpió Gentileschi con una voz gélida—. Tú me dirás: ¿dónde está Lide?
El tabernero dejó de bromear.
—Se ha ido a ver a un pintor. Un caravaggiesco veneciano que recaló en Roma hace unos años. A veces viene por aquí, pero no tiene mucho aguante con la bebida.
—¿Cómo se llama?
—Carlo. Carlo no sé qué. Seguro que también sus señorías lo han visto antes. El excéntrico ese que imita a don Miche Merisi.
Gentileschi torció el gesto como si hubiera comido grasa de pescado.
—¿Saraceni? ¿Qué demonios anda buscando Lide con ese fantoche? Es un bufón de cabo a rabo. Una vez intentó sentarse en nuestra mesa y acabamos echándolo. Yo pensaba que nos habíamos librado de él.
El tabernero se rascó la cabeza, señal de que su corazón le exhortaba a decir algo más.
Quizá habría sido más sensato callar, pero en muchos cizañeros anida la sensación de que su locuacidad puede cambiar el curso de la historia.
Espoleado por las miradas de Gentileschi y sintiendo aún el escozor en el hombro, Enzo volvió a abrir la boca.
—Antes de irse con el bufón ese, la chica se dio cita con alguien más. No sé si una cosa tiene que ver con la otra.
—Soy todo oídos, tabernero.
Cuando Enzo pronunció el nombre del marqués Giustiniani, Orazio Gentileschi frunció el ceño con perplejidad.
¿Qué demonios significaba aquello? El marqués nunca había sido un santo, pero tampoco había sido visto a plena luz del día mariposeando por las calles.
Si quería tontear con alguien, lo hacía lejos de las miradas y sin que nadie lo viera.
Decididamente, otro era el motivo por el que Vincenzo Giustiniani había considerado oportuno hablar con Fillide Melandroni.
Algo que Gentileschi ignoraba, aunque ardía en deseos de averiguar.
—Espero que no te hayas burlado de mí, Enzo —le dijo al tabernero, antes de abrir la puerta de la Osteria del Moro para perderse en las sombras de la noche.
—¿Ese es el concepto que su señoría tiene de mí? —Se ofendió el tabernero mientras lo acompañaba hasta la salida.
—Empiezo a creer que, aunque todos parecen conocerse, nadie conoce a nadie en esta ciudad —murmuró Gentileschi y prosiguió su camino.