La mariposa negra 5 #2
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—Es algo que, de todos modos, llevas haciendo mucho tiempo —respondió Lide—.

Lo ha visto todo el mundo, no solo yo. Si pudiera meterme en esa cabecita tuya de estafador veneciano, descubriría que, a tu juicio, realmente eres Merisi.

Adelante, pues: tienes la oportunidad de interpretar el papel que tanto llevas deseando.

Armate de valor y di que sí. Al fin y al cabo, no tienes mucho que perder.

Y, hazme caso, Carlo: te divertirás como nunca. Me juego el pescuezo.

Cuando quería ser convincente, Lide le añadía a su voz una calidez a la que ni siquiera un eunuco sordomudo habría podido resistirse. Saraceni volvió a mirar furtivamente el generoso pecho de la muchacha, se tragó el nudo que tenía en la garganta y preguntó con voz ligeramente ronca:

—¿Y yo qué gano en todo esto?

—En ningún caso eso que estás soñando cuando me miras las tetas.

Pero posaré gratis para tu primer cuadro, si lo deseas.

Después de haberme visto en los lienzos de Miche, no dudo que te carcome la idea de probar tus fuerzas.

Pero para eso hay más días que longanizas.

Mira, Miche quiere defender la pintura tal como él la ve.

Quiere mantenerla alejada de esas mojigatas enfundadas en calzones que se santiguan ante los santos y los famosos rostros de la Antigüedad.

Por lo que he oído y, sobre todo, por lo que he visto, estás del lado de Miche y de sus ideas.

Así pues, si tanto lo aprecias, ¿no crees que sería el momento de echarle una mano?

—Claro que puedo ayudarlo, pero lo que tú pretendes no tiene sentido. ¡A ver si te vas a pensar que he perdido el juicio!

Lide tomó la mano de Saraceni y lo miró con una expresión en la que empezaba a incubarse el descontento.

—Veo que te cuesta entender las cosas, Carlo. Créeme, no tenemos tiempo para bromas: ni Miche ni yo misma. Además, él ni siquiera sabe que estoy aquí contigo.

La chica vio la preocupación en el rostro del veneciano y se apresuró a tranquilizarlo.

—No te preocupes, que no viene detrás de ti con la espada desenvainada. En todos estos años, nunca se ha pasado por aquí. Solo yo voy a su taller, él no viene nunca a verme. Y, de todos modos, no tiene ni idea de nuestro encuentro.

Saraceni todavía no sabía muy bien qué relación tenían exactamente Fillide Melandroni y Merisi.

Si aquella alocada de Siena solo era la modelo del lombardo y nada más, por lo menos podría intentarlo.

Por supuesto, ninguna persona en su sano juicio soñaría con pasar toda su vida con una furcia, pero tampoco las alegres chicas de las calles de Roma se complicarían innecesariamente la vida.

El veneciano sospechaba que Lide no solo era una modelo de toma pan y moja, sino también una desvergonzada galocha como había pocas.

Uno o dos años junto a semejante belleza no habrían de hacerle daño.

Y, de todos modos, si tenía que interpretar el papel de Merisi, era justo que al menos le correspondiera una pizca de aquella mujer tan cautivadora, de la que a todas luces el lombardo había disfrutado a sus anchas.

«Y es que, en cuanto te juntas con una loca, también tú te vuelves majara», se echó en cara el pintor, sonriendo para sus adentros y moviendo ligeramente las cejas.

Cambió de postura en el sofá y volvió a posar la mirada en el pecho de la ramera.

Lide estaba en un tris de perder la paciencia.

Sabía que con los hombres había que tener mucha mano izquierda y que, a menudo, frente a una mujer hermosa el buen juicio se disipaba.

Sin embargo, hubiera preferido que el veneciano prestara más atención a lo que salía de su boca que a lo que se adivinaba bajo su blusa.

—La única forma de demostrarles a estos estúpidos que viven en el error es la chanza —dijo ella—.

Solo así podrás sacarlos de esas creencias suyas tan petrificadas.

Y para esto necesito tu ayuda. Se la pediría a otro, Carlo, pero no tengo a quién.

Eres de verdad el único capaz de imitar a Miche de tal manera que nadie repare en ello. Solo tú puedes ser su doble.

—Su doble —murmuró Saraceni, sin dar crédito a que Lide pudiera estar bromeando.

—Si interpretas tu papel tal como he visto que eres capaz, no hay forma de que te salga mal —lo espoleó ella.

El pintor se levantó del sofá y se acercó a la ventana. Miró la calle refrescada por la lluvia y a los comerciantes que recogían sus mercancías del mercado y las apilaban apresuradamente bajo los toldos de los carros. Un trueno hizo gemir los marcos de las ventanas.

La lluvia arreciaba por momentos y lo que antes parecía una bendición tras el calor del mediodía amenazaba ahora con convertirse en una calamidad.

Dos muchachas pasaron a toda prisa bajo la ventana, cubriéndose la cabeza más por temor a la luz de los relámpagos que a la cortina de agua que caía del cielo.

Saraceni se estremeció de deseo al pensar que la tormenta de afuera lo estaba convirtiendo en un rehén de Lide.

Cuánto hubiera deseado magrear las carnes de aquella rubia alocada, mientras las gotas furiosas golpeaban las ventanas y los truenos retumbaban en sus oídos con más fuerza que el deseo mismo.

Se la imaginó desnudándose lentamente ante sus ojos, parpadeando juguetona y llamándolo a su lado en el sofá.

Cuando volvió la cara hacia el interior del cuarto, la vio tal como la había dejado, observándolo con una mirada interrogante.

—En el fondo, no es gran cosa, Carlo. Solo tienes que engañar a unas cuantas personas.

El veneciano resopló como el caballo que se topa con una víbora por el camino.

—Esa gente tiene dinero para comprar Roma, princesa. Dinero, poder y todo lo que hace falta. ¿Te das cuenta de que, si se enfurecen, son capaces de dejarme sin sustento? ¿Y qué hago entonces? ¿Me pongo a mendigar? ¿Acaso me darás tú casa y comida?

Lide enroscó en su índice un mechón que le caía sobre la frente y se encogió de hombros.

—Piensa que le harías un bien a Miche.

—Y un mal a mí mismo. Gracias.

La joven se levantó y se plantó frente al pintor. La luz otrora juguetona había desaparecido de sus ojos y, en su lugar, el hombre leyó algo que guardaba un desagradable parecido con el desdén.

—Entonces deja de imitarlo diciendo que le tienes tanto cariño, Carlo. Eres el pintor Saraceni, no la sombra en carne y hueso de Merisi. Ábrete camino por lo que tú haces, no por el pintor a quien imitas. Ocúpate de tu propia existencia y deja de trepar por la vida de los demás.

—Espera, espera un momento…

—Me he cansado de esas sanguijuelas que quieren ser consideradas personas —se enfureció Lide—.

Te vistes como Miche, apestas como él, persigues como él la semilla del escándalo y pintas como él.

O, por lo menos, eso es lo que tú te piensas.

Pero cuando alguien acude a ti para pedirte que uses estas cualidades en aras de un propósito honorable, te echas atrás como si fueras el último cobarde.

Debería darte vergüenza. Ya sé de qué pie cojeas. Vete de aquí y que no vuelva a verte.

Saraceni cogió sus manos entre las suyas. Estaban calientes como las de una cocinera que acabara de sacar un pastel del horno. Cálidas, secas e inquietas.

—No voy a echarme atrás: si he dicho que voy a ayudar a Miche, no voy a retractarme. Los venecianos somos gente de confianza.

Lide había oído todo lo contrario sobre ellos, pero no dejó que su opinión se le escapara del gaznate.

—Solo quiero preguntarte un par de cosas más —añadió Saraceni.

—Tú dirás —dijo la muchacha.

—La primera: ¿qué es lo más desagradable que me puede pasar?

Lide rio ligeramente.

—Que veas cómo viven algunos de los nobles de Roma y que la envidia te corroa.

Y poco más. Debes estar tranquilo: nadie querrá vengarse de ti.

Si hacen el ridículo —cosa que espero— no sabrán cómo encubrir mejor toda la historia.

Además, es un plan inmejorable —dijo ella, retirando sus manos de las de Saraceni.

—Lo que me lleva a la segunda pregunta —dijo él—. ¿A quién se le ha ocurrido esta historia?

Lide agitó la cabeza en señal de desaprobación, mostrando un aire de tristeza impostada.

—Eso no puedo decírtelo, Carlo. No te enfades conmigo, pero juré que guardaría silencio. En cualquier caso, se trata de un hombre que se viste por los pies.

Saraceni torció el gesto.

—Si me preguntas a mí…

—No te pregunto.

El hombre se quedó boquiabierto, como sorprendido porque no le hubiera dejado terminar su frase. Tras unos instantes, rompió el silencio:

—¿Y con Merisi quién habla?

—Esa es la tercera pregunta —calculó Lide—. Pero te la respondo igualmente: hablaré yo.

—¿Y crees que serás capaz de aclarárselo todo?