La mariposa negra 5
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La Osteria del Moro permanecía abierta hasta el amanecer, de acuerdo con su fama y costumbre.

Los cinco jóvenes que estaban sentados en una gran mesa del rincón, alrededor de las bandejas de filetes, reían sin importarles que la gente los mirara desde las otras mesas.

En sus carcajadas se reflejaba la alegría siempre renovada de Roma.

Tanto los oriundos del lugar como los extranjeros vivían frenéticamente; y las voces que brotaban del interior de aquellas casas de paredes descoloridas se oían hasta el alba, entretejidas con canciones de amor y desenfreno.

Las tabernas, casi desiertas tres meses atrás, volvían a llamar a sus parroquianos.

Reconciliada con el opresivo dominio de Pablo V, pero decidida a no abdicar jamás de vivir el momento, la ciudad parecía más preparada que nunca para repeler a sus enemigos y honrar a sus amigos.

Los bailes nocturnos alrededor de las fuentes, los juegos en el Esquilmo o en el Campo de’Fiori, las obras de teatro que se representaban en las plazas y dejaban boquiabierta a la plebe romana, así como los frecuentes viajes a las tabernas de Trevi o el Viminal mostraban cuán hastiados estaban los romanos del aburrimiento y cuán rápido deseaban volver a teñir sus vidas con los colores que tanto anhelaban.

Que su ciudad se hubiese convertido en una especie de nueva Jerusalén no parecía alterar sus planes.

Que el catolicismo se esforzara por acerar su yugo aumentaba las ganas de algarabía, en lugar de convertirlos en espantajos beatos e indefensos.

Todos los caminos llevaban a Roma y Roma abría todas sus puertas.

Por eso nadie se sorprendía al encontrar criaturas abandonadas en las esquinas de las calles, aullando de hambre, mendigos hurgando en la basura, carteristas robando a los inocentes en medio del gentío o espadachines prestos a ofrecer cumplida venganza a cambio de un puñado de escudos.

Peligro, carne dura, cuchilladas: estas eran las nuevas palabras que estaban a la orden del día en la urbe.

—¿Entre lo sacro y lo profano? ¿De verdad escribió eso? ¡A otro perro con ese hueso! —le había espetado Gentileschi tiempo atrás, cuando las palabras del cardenal llegaron por casualidad a sus oídos—. Ya ves tú: Miche y lo sacro. ¿De dónde se habrá sacado esto el viejo pícaro?

La ausencia de Longhi de la mesa era mucho más fácil de pasar por alto que la de Merisi, a pesar de todas las excentricidades y salidas de tono de este último.

Desde hacía algún tiempo, los pintores reunidos en la Osteria del Moro formaban un grupo que los romanos habían bautizado como los caravaggistas.

Estos no solo admiraban el claroscuro de los cuadros de Merisi y la determinación con la que tiraba por los suelos el manierismo y la pintura tradicional que se enseñaba en las academias de arte, sino sobre todo el temperamento del lombardo, que gustaba de enfrentarse a todos.

Y es que, a los treinta y cuatro años, Miche presumía de un pasado al alcance únicamente de un puñado de notorios malhechores o de los asesinos perseguidos por la justicia, a cuyas cabezas se había puesto precio.

En ese mismo momento, sin embargo, su influencia sobre otros pintores era ya abrumadora y el consenso, por tanto, era total: por muchos desacuerdos que tuvieran con Merisi, cuando este dejaba a un lado la jarra de vino o la espada y echaba mano del pincel, se convertía en otra persona.

Nadie sabía dónde había aprendido aquella forma de añadir profundidad a cuadros que hasta entonces solo incluían lo que la tradición exigía.

Los «bajorrelieves sobre lienzo» a los que Borgianni se había referido con envidia durante una juerga en la planta baja de una taberna no tenían parangón en la Roma barroca de principios de siglo.

Miche no le había revelado a nadie de dónde había sacado la idea.

El único que lo sospechaba era su anfitrión de los últimos tiempos, monseñor Francesco del Monte, que lo había visto varias veces mirando fijamente las esculturas que adornaban el jardín y el patio interior de la casa de su buen amigo, el marqués Vincenzo Giustiniani.

—¿Desean algo más, honorables señores? —Quiso saber amablemente el dueño de la Osteria del Moro, mirando a su alrededor en busca de camareros y presto a chasquear los dedos para que se acercaran a la mesa de los pintores.

—Un poco de vino y una aclaración, don Enzo —respondió Caroselli, recogiendo cuidadosamente las migas de la mesa y arrojándolas por la ventana para los gorriones que piaban impacientes. Enzo esperó con una sonrisa encalada en el rostro—. ¿Dónde está y qué hace la rubia de Miche?

Los pintores volvieron a reír, más por el azorado rostro del tabernero que por el hecho de que Caroselli quisiera saber algo sobre el destino de Fillide Melandroni.

—Lo siento, pero no me está dado saberlo —dijo este, ligeramente contrariado.

—Vamos, maese —se acaloró Manfredi, con la habitual vehemencia del más joven de los comensales—.

Hasta un niño de cuatro años sabe que, si quieres averiguar algo, no hay que acudir ni a los guardias ni a la pitonisa.

Los que están al corriente de todo lo que se cuece en la ciudad son los taberneros y las putas.

—Entonces, ¿por qué no acude su señoría a las rameras? —replicó dulcemente don Enzo.

—Piden dinero y su vino es peor que el suyo, maese.

Otras risas ahogaron la respuesta de Manfredi, antes de que Pierluigi Tempesta pidiera dos jarras más de vino rubí.

En su alegría nocturna, cuatro de los cinco caravaggistas no habían notado el breve espasmo de un músculo facial de don Enzo cuando este escuchó la pregunta de Caroselli.

Solo Gentileschi se había dado cuenta de que el tabernero habría preferido hablar del tiempo o de los cereales del campo en lugar de dar nuevas sobre Lide.

Y eso significaba que la modelo de Miche, esa gata mansa que arañaba con fuerza, estaba tramando algo, que el maestro Enzo la encubría y que Miche no sabía de la misa la media.

Al cabo de un rato, el veneciano logró a duras penas apartar los ojos de los senos de la joven.

El canalillo que separaba los pechos, donde descansaba un Cristo a todas luces feliz, lo atraía como el olor de la carne asada atrae a un puñado de mininos.

Intentó imaginarse a sí mismo cabalgando a aquella rubia de ojos violetas, pero se contuvo al darse cuenta de que los pantalones empezaban a apretarle.

Rogó no tener que levantarse en ese momento; sin duda Lide se habría reído de la rebelión impertinente de su badajo.

Carlo Saraceni figuraba entre los caravaggistas; también los entendidos en pintura se habían dado cuenta de que su uso del claroscuro era idéntico al del maestro.

Además, aunque no formara parte del grupo y se rumoreaba que había sido «un ilustre artista de segunda fila», sentía por Merisi una admiración que había adquirido formas casi delirantes.

El veneciano no era ni mucho menos el único imitador del lombardo, pero ninguno de los otros había llevado tan lejos su chifladura.

Lo que en otros era muestra de aprecio, en Saraceni se había transformado en enfermedad.

Acabó regalando la ropa francesa que se había traído de Venecia cuando deseaba aparentar que era una persona educada en las altas cortes de París, a pesar de no haber pisado jamás aquellos lares.

En cambio, tras fijarse en la forma de vestir de Merisi, había empezado a escoger ropa del mismo estilo.

Los ocho años de diferencia que había entre ellos ya no se notaban ni de lejos ni de cerca.

La única diferencia residía en el olor. Si la vestimenta de Merisi despedía olor a sudor, a vino fermentado y a aceites mezclados, de la ropa de Saraceni emanaban fragancias que hacían las delicias de las fosas nasales.

Sin embargo, de un tiempo a esa parte, el veneciano había prescindido del frasco de perfume y prefería dejar que sus ropas se impregnaran de los olores y fluidos de su propio cuerpo, precisamente para que la semejanza con Merisi fuera completa.

Es más, hasta había empezado a buscar camorra en tabernas y jardines, a sacar de quicio a los transeúntes en quienes barruntaba una pizca de descaro o a causar estragos en las posadas de Roma.

Ni se le ocurrió pensar que quizás por eso no le permitían acceder al grupo de amigos y admiradores de Merisi.

No había entendido que precisamente su desmedida estima por el lombardo había hecho que Orazio Gentileschi lo declarara «el imitador más original que jamás se había echado a la cara».

Ahora Saraceni estaba recostado en un sofá destartalado y escuchaba a Fillide Melandroni, sin dar crédito a lo que oía.

—Eres el único que podría hacerlo —dijo la joven con voz suplicante, moviendo su pecho para que nuevas flechas del deseo asaetearan el cuerpo del veneciano.

—Espera un momento, querida, que lo mismo no lo he oído bien. A ver si lo he entendido a la primera, hazme el favor. ¿Quieres que me haga pasar por Merisi?

Lide asintió y contuvo una sonrisa al ver cómo la perplejidad se extendía por el rostro del veneciano.

—Solo una vez. Eso es todo. Un día. O dos.

—Pero ¿a santo de qué? —Se maravilló Saraceni—. Piensas gastarle una broma a alguien, ¿o qué?

La joven comenzó a relatarle su plan, rechazando sus intentos de interrumpirla con gestos cortos —«espera que termine»— y desgranando su idea bajo la mirada cada vez más incrédula del pintor. Dos minutos después, Saraceni se mesó los cabellos y sintió la necesidad de balbucear unas palabras:

—¿Qué te hace pensar que podría meterme en su piel?