La mariposa negra 4 #2
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No pocas veces me he preguntado si mis continuos ingresos en la cárcel podrían haber dado origen a una poesía del sufrimiento.

La pregunta cobraba especial fuerza en aquellos momentos de desesperación que seguían a las horas serenas de libertad, cuando el frío de la prisión me obligaba a revisar mi vida y mis actos con otra mirada.

Al final, sin embargo, comprendí que, de haberme puesto a quejarme yo solo, habría sido un hipócrita tan grande como aquellos de los que me burlaba.

Para ser honesto, no podía condenar a toda una ciudad porque no me bailara el agua.

No podía echarles en cara a todos los romanos que no quisieran aceptar mi comportamiento.

Lo reconozco: merecí con creces todos mis encarcelamientos.

Tanto el día en que le tire a un camarero una alcachofa a la cabeza, como cuando les rompí la puerta y las contraventanas a Laura y a Isabella della Vecchia.

Y cuando le di una paliza a un soldado que había torcido el gesto al pasar a mi lado.

Y cuando llene Roma de versos burlones sobre el renacuajo ese de Baglione.

Yo soy así y no veo cómo podría cambiar.

Y ya que hemos llegado a este punto, maestro, ¿qué clase de persona es esa que mueve los hilos y le suplica al gobernador que te encarcele solo por haberte reído de él en unas poesías de tres al cuarto?

Porque, además, yo no fui el único que puso a caer de un burro a ese cobarde empalagoso que había llegado a creerse el cronista de arte más importante de toda Roma.

Gentileschi, Leoni y Trisegni trabajaron codo con codo a mi lado, pero, como ha sucedido tantas veces, yo fui el único que pagó los platos rotos.

Ottavio Leoni, un frívolo que pintaba altares por la mañana y seducía muchachas por la noche en su taller, tenía parientes en las altas esferas y sabía que, hiciera lo que hiciera, no le pasaría nada.

Filippo Trisegni era más escurridizo que una anguila y sabía cómo sortear las trampas más astutas.

En cuanto a Orazio Gentileschi, el atolondrado que había repartido los versos por la ciudad, casi era mi propia sombra en aquella época.

Devoraba mis cuadros y mis palabras con la mirada desde el día que entró en la capilla Contarelli y vio los lienzos de San Mateo.

Me amaba a pesar de todos mis defectos y de mi lengua libertina.

Así pues, ¿cómo iba yo a delatar a uno de los pocos amigos que habrían estado dispuestos a saltar al fuego por mí?

Nec spe, nec metu . ¿Sabes lo que significa eso, maestro?

«Sin esperanza y sin miedo». Era nuestra frase, la que nos unía y en cuyo nombre disfrutábamos de la noche y hacíamos travesuras.

Nunca se la revelé a mis amigos, por miedo a que me creyeran engreído, pero desde el día en que llegué a Roma, elegí una frase solo para mí: «Ni me inclino ni cambio».

Sin florituras latinas, pero toda una declaración de intenciones.

Dos semanas en Tor di Nona. Esa fue la factura que me tocó pagar por limpiarme los zapatos con la fama de Giovanni Baglione.

No me arrepentí. En cambio, me sorprendió que Del Monte no apareciera por allí.

Esta vez, el buen cardenal —que me había tenido tanto tiempo a mesa y mantel en su palacio— decidió no sacarme de allí.

Ignoro con qué lo había ofendido. Sé, en cambio, que salí de la mazmorra gracias a la valiosa intervención del señor Philippe de Béthune, embajador de Francia en Roma, que me preguntó justo en las escaleras de Tor di Nona:

—¿Sabes por qué he querido liberarte a toda costa, mon vieux ?

—Porque a vuestra excelencia le habrán llegado al alma mis cuadros de San Luis de los Franceses —respondí, pavoneándome y creyendo que el embajador sentía lo mismo que mi amigo Orazio.

De Béthune, que más tarde me concedería el honor de contarme entre sus allegados, soltó una risa amarga.

—¡De eso ni hablar! Me importan un bledo Cointerel y las reverencias que le hacéis.

No, querido Michelangelo he hecho porque me gustaron esos poemas.

Estaba con unos amigos en el Babuino, contando un sinfín de historias, cuando la puerta se abrió y nos encontramos con tu amigo Borgianni, que agitaba unos papeles y estaba exultante de alegría.

Detrás de él, otro amigo, también uno de tus gamberros, el encantador Pierluigi Tempesta.

Ambos coléricos y de mecha corta. Les hice una señal para que se acercaran y les pedí los papeles.

Borgianni me los entregó de mala gana, como si se separara del mapa de un tesoro, y se quedó allí, esperando que se los devolviera.

Lo hice, pero solo después de leer los versos en voz alta, para que los demás comensales también se animaran.

No fue un gesto muy prudente, pero tampoco creo que me devuelvan a Francia por tan poca cosa; he visto gente más querida que tu Baglione.

Por desgracia, De Béthune se fue de Roma hace un año y medio, y en su lugar los franceses nos enviaron a François de la Courbette, un amargado al que bastaría con dejar por la noche en un barril para tener pepinillos encurtidos al día siguiente y poder pasar el invierno.

Lo mismo a ti te hubiera gustado hablar con él, maestro.

Ahora me doy cuenta de que, de alguna manera, os parecéis: ambos preocupados por la buena educación, ambos comedidos con los demás, ambos desabridos, ambos cuidadosos por no soltar una palabra o un gesto del que más tarde puedan arrepentirse, ambos esclavos de los comportamientos remilgados.

Pero bien sabe Dios que no quiero ofenderte.

Solo quiero mostrarte adónde ha llegado y lo que le ha tocado vivir a aquel alumno tuyo que te dijo, al irse de Milán, que en ninguna parte del mundo el profesor es más importante que la lección que imparte.

Pues eso. Volviendo a Baglione. Se dice que la venganza es el arma de los necios, pero a veces me pregunto si no será más bien la de los lunáticos.

Porque, ¿sabes qué hizo esta alimaña que trepó por la escala de la vida tejiendo intrigas y lamiendo traseros?

Se puso a escribir un libro en el que me dejó por los suelos.

Y esto, después de pintar un cuadro con el que —según se andaba jactando por ahí— respondía a mi pintura, Amor Vincit Omnia .

Dime tú, ¿tan aburrida es la vida de quienes dedican una parte de esta a un simple rifirrafe?

¿Y qué es eso de responder a un cuadro con otro?

¿Acaso hemos llegado a batirnos en duelo a través de la pintura?

Pues eso parece. Baglione echó mano de uno de sus pinceles de pelo de cerdo —son los únicos en los que confía— y plasmó un colorido bodrio titulado —agárrate bien, porque algo así quita el sentido— Amor sacro y amor profano .

Y luego la gente dice que yo no estoy en mis cabales y que la enfermedad me carcome por dentro.

Si un teólogo escribiera algo así, lo entendería.

Pero tener a un pintor en Roma y perder el tiempo con tamañas lindeces… en fin, que no sé ni qué decir.

De todos modos, parece que sus aires de mojigato barbudo no quedarán sin castigo.

Por lo que me dijo Del Monte, el papa se prepara para nombrarlo nada menos que caballero de la Orden de Cristo.

Ya ves tú, Dios los cría y ellos se juntan.

Era imposible que Pablo V no le tuviera aprecio a este bicho piadoso, a este petimetre inmundo y deshonesto.

Por otro lado, si Baglione acaba siendo caballero de Cristo, significa que me asistió la razón cuando le dije al marqués Giustiniani, hace más de un lustro, que, en nueve de cada diez casos, en Roma se premia la hipocresía, el buen comportamiento y el servilismo.

Y en absoluto la pasión, la habilidad y el talento.

Y a las pruebas me remito, maestro; fíjate, si no, en la obra de los últimos dos pintores convertidos en caballeros y tú mismo te convencerás.

Domenico Passignano es un inepto del que todos saben que escatima con las pinturas y pinta a toda prisa, sin esmero y con la mente puesta únicamente en el peculio que recibe por los encargos.

En cuanto a Ludovico Cardi, también conocido como Cigoli, cualquiera sabe que su ascenso a caballero reside en su estrecha amistad con Galilei y nada más.

Casi me alegra que nadie haya pensado en mí para brindarme semejante honor.

¡Con lo bien que habría quedado yo junto a esos desgraciados que no saben más que arruinar el ambiente y comadrear!

Y, aun así, ¿qué hizo que Baglione, ese burro que rebosa rencor, solicitara mi arresto?

¿Qué lo empujó a subir jadeando al palacio del gobernador, a mirar por encima del hombro a los pobres que esperaban su turno en pos de una audiencia de tres minutos, colándose descaradamente y alzando la voz a los guardias que habían cruzado las armas ante él?

Nada más que tres poemillas urdidos por Gentileschi, que luego logré bruñir con un vino tinto de Montalcino y la ayuda de Longhi y Trisegni.

Si la memoria no me falla, el primero decía así:

Tu talento: puro acopio de yesca

un jamelgo o, mejor dicho, una penca

a Cupido le calzas una boina burlesca:

lo pintas orondo, la carne le cuelga.

Son tus pinturas un lindo gazpacho

que hasta un chupatintas desde su despacho

firmando facturas, pobre mamarracho

pintaría mejor estando borracho.

En vano vas pintando mártires y santos.

Aquel que los ve exclama: «¡Qué espanto!».

De mansos artistas estoy hasta el rabo

vientre agradecido: ¡Lagarto, lagarto!

Pintores banales o de brocha gorda

pura trascendencia, palabras muy hondas

flamencos y bátavos, a todos destrozan

con su arte ñoño, que ya nada aporta.