La mariposa negra 4
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Para que veas entre qué gente tan rancia se mueve y qué poco le cuesta al romano pasar del amor al desprecio y de las caricias al asesinato.

Y no solo eso. Aquí campa a sus anchas una terrible mezquindad, un pantano de fariseísmo que no creo que tenga parangón en ninguna otra ciudad del mundo.

Reparé en ello cuando pinté mi primer desnudo con la intención de reírme en la cara de los hipócritas, ensalzar la libertad y dar rienda suelta al delirio de los verdaderos artistas.

Los sabelotodo que atesoran un diploma se hicieron de cruces y se llevaron la mano a la boca, como hacen esas viejas enfrascadas en sus pañuelos cuando pasa el coche fúnebre delante de ellas.

¿Qué se podría esperar de una panda de desgraciados sin espíritu, rehenes de unas ataduras que nada ni nadie pueden ya deshacer?

Nunca dejé de preguntarme a quién debía darle las gracias por toda esta liturgia de cara a la galería.

Al principio ni me daba cuenta, pero después de atar cabos, se hizo luz en mi mente.

(Es como si estuviera oyendo tu risa entre dientes: ¡menuda ocurrencia, luz en la mente de un esclavo de las tinieblas!).

Mis halagos nada tenían que ver con la habilidad o el don.

De ninguna manera. Era una simple artimaña en la lucha entre Roma y los demás centros artísticos.

El título de Egregias in Urbe pictor no me honraba a mí, sino a la ciudad.

Roma era la premiada, no yo. Yo solo contribuía a su reconocimiento como la primera ciudad de las artes.

Y, al final, cuando la Santa Sede contaba las «bagatelas» recibidas por los grandes artistas, veía que la mayoría de estos eran romanos y decidía, en su infinita sabiduría, seguir destinando dinero al arte de la Ciudad Eterna, sin considerar, por ejemplo, la ciudad de Bolonia.

Es como si un médico pusiera su habilidad al servicio de alguien que ya está sano y no moviera un dedo por los enfermos que no tienen quien les ponga ni un triste paño en la frente.

Quise devolver las «bagatelas» y espetarles un par de cosas a la cara de quienes me las habían entregado, pero me contuve a tiempo.

Si hubiera sido aquel desamparado que no tenía dónde caerse muerto trece años atrás y cuya principal preocupación era no morir de hambre o de frío de un día para otro, ni lo habría dudado.

(Un pensamiento tonto, claro está, porque nadie se habría arremolinado para alabar a un vagabundo que no tenía ni para beber agua, pero, en fin, tú sabes a lo que me refiero).

Solo que, como entretanto han acabado aceptándome en las altas esferas y hasta me piden opinión en cuestiones que nada tienen que ver con la pintura, semejante gesto habría significado cavar mi propia tumba.

Y es que tener el buche lleno te enseña a ser prudente e hipócrita.

Sé a ciencia cierta que no hay nada que esté en mi mano.

Me niego a pensar que debería empezar de cero, lejos de Roma, en algún lugar del sur donde aún no se haya corrido la voz de que soy un «gamberro».

En Messina, en Palermo o quizás, con un poco de suerte, en Nápoles.

Ya no sería capaz de soportar tanta locura, envidia y estrechez de miras.

Ya no podría descargar las maletas de un carruaje a cambio de una moneda, dormir cuando buenamente puedo y anhelar el día en que haré buenas migas con algún mastodonte de la nobleza eclesiástica, dispuesto siempre a ponerme un plato de comida si no le llevo la contraria y me someto a sus caprichos.

Tengo casi todo lo que alguna vez pude desear: gloria, un taller solo para mí, encargos cada vez más jugosos y catervas de imitadores.

Solo me falta la tranquilidad de saberme amado.

Pero no por Francesco del Monte, con sus descaradas insinuaciones, ni por Vincenzo Giustiniani, con su taimado deseo de arrancarme de la influencia de su amigo el cardenal con tal de meterme en su cuadrilla de marionetas parlantes, sino por la única mujer junto a la que permanecería el resto de mi vida.

Te hablaré de ella cuando me sienta capaz.

Supongo que Egregius in Urbe pictor es, por otra parte, una manera velada de hacerme saber que las autoridades de la ciudad han perdonado mis pretéritas necedades.

Me conoces desde que era tu aprendiz y recuerdas que no le permitía a nadie que se riera de mí, sobre todo sin motivo alguno.

Pues bien, he seguido en mis trece. Me exalto rápidamente y no pienso en las consecuencias.

Respondo en el acto a los insultos y me aseguro de hacerlo con fuerza.

Y no solo con palabras o con una piedra lanzada con nocturnidad contra la ventana; a veces echo mano de la espada.

Soy consciente de que me acecha la prisión, pero no hay nada que pueda hacer.

Los hombres del papa persiguen a los duelistas y a los que andan a la gresca como el galgo que persigue a la perdiz abatida, pero eso no impide que los caballeros de la justicia reúnan testigos y se midan las fuerzas en los eriales que hay a las afueras de la ciudad, en las colinas dejadas de la mano de Dios o tras algún muro abandonado.

Luchan hasta que lavan su honor con sangre; después regresan a la ciudad, naufragan en la primera taberna y beben juntos hasta perder el conocimiento.

Pocos romanos saben mejor que yo cómo son las cárceles por dentro.

Al menos en Tor di Nona no tardaré mucho en trabar amistad con los guardianes.

Las leyes de la ciudad son tan extrañas y se aplican de forma tan torticera, que en su trampa caen tanto culpables como inocentes.

Y si antes de llegar a Roma mi vida estuvo a resguardo de tales tropiezos, desde hace trece años no pasa un mes sin que me meta en algún lío.

Y no siempre por mi culpa. Los soldados apenas esperan que haga el menor movimiento que ellos consideran fuera de lugar para llevarme preso.

Y estas cosas casi que han dejado de preocuparme.

Es cierto que siempre hay alguien que me saca de la cárcel; de lo contrario no creo que estuviera tan en paz y resignado con mi destino.

Pero, de todos modos, quienquiera que haga las leyes aquí salta a la vista que no las obedece.

De lo contrario, no se habría llegado al extremo de que tan malo sea romper una ventana como arrebatarle la vida a alguien.

«Solo cuando aprendas a no dejarte arrastrar por aventuras imprudentes podrás considerarte un hombre sabio».

Esto me dijiste unos meses después de que llegara hasta ti, maese Simone, y me enzarzara con un tal Andrea, aprendiz de la bottega de Ambrogio Ficino.

Nuestros caminos se cruzaron mientras llevaba unos encargos y se me ocurrió decirle que la pintura significaba, para mí, colores como carbones encendidos y lenguas de fuego que serpentean por todas partes.

Se rio como una rata castrada y me dijo que solo un tonto podía tener semejantes opiniones.

Le salté a la yugular, lo tiré al suelo y creo que, de no haberse interpuesto entre nosotros un grandullón que andaba por allí, le habría arrancado un ojo con los dedos.

Prefiero ser insensato a que alguien me escupa en la escudilla.

Pero ¿por qué te cuento mi primera noche entre rejas?

No para conmoverte, ni para decirte cuánto me arrepiento de no haberme tomado en serio tus esfuerzos por enseñarme los beneficios de las buenas maneras.

Sino para que sepas que mis guardianes se llamaban Farfalla y Nero.

Literalmente. Bueno, no pongo la mano en el fuego por que esos fueran sus verdaderos nombres; lo mismo no eran más que sus motes.

El hecho es que mis carceleros, hundidos en la oscuridad de la prisión, se llamaban el uno al otro Mariposa y Negro.

Llámalo coincidencia, si quieres. Yo también lo llamaría así, pero créeme si te digo que soy incapaz de hacerlo.

Desde aquel desagradable día de primavera, mis regresos a las asquerosas entrañas de las prisiones de Roma se convirtieron en mi día a día.

Hasta empecé a pensar que se le concederían honores a quien más veces me encerrara.

Me metieron en el calabozo por todo lo que uno pueda imaginarse: desde romper una ventana de una pedrada a insultar a un médico incompetente, pasando por esconder un puñal o magullar a una deslenguada prostituta.

Compartía y recibía castigos. Era el acosador acosado.

La ciudad llevaba un tiempo mirándome con una extraña mezcla de horror, curiosidad, aprecio, resentimiento y asco.

Una febril letanía de enemistad parecía resonar en mis oídos cada vez que, abandonando mi pandilla de amigos, me veía obligado a participar en algún suceso de la vida de la urbe.

Notaba miradas hostiles, oía susurros en los que gorgoteaban calumnias, veía gestos de una enemistad que parecía crecer cada día.

Y, por encima de todo, me carcomía el recuerdo de aquel día en que Valentino, el coleccionista de cuadros con el que había trabado amistad y que regentaba una tienda cerca de Porta Pinciana, me había regalado el Tratado de las buenas maneras , de Pandolfo Pucci.

Es decir, en eso me había convertido yo para algunos amigos: en un patán engreído, un maleducado sin luz en el rostro, un zafio holgazán y descarado.

A partir de la segunda detención, todo dejó de preocuparme: ni cuánto tiempo permanecería encerrado, ni con quién compartiría la prisión, ni qué me diría Del Monte una vez regresara a su palacio, donde me alojaba y me daba de comer después de que abandonara la residencia de monseñor Fantin Petrignani.