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Vendetutto levantó la vista hacia la Crucifixión de San Pedro y negó con la cabeza.
Se preguntó qué aspecto habría tenido el primer intento, que había sido categóricamente rechazado por el director del Ospedale della Consolazione, el consejero privado de Tiberio Cerasi.
¿Cuán descarado pudo haber sido para que, al final, el dueño de la capilla decidiera quitarlo de la pared y devolverlo al taller, dando a entender que debía ser pintado de nuevo y de un modo completamente diferente?
Paolo Spada hizo una mueca imperceptible y siguió mirando.
Le bastaron dos minutos para fruncir el ceño deliberadamente.
La pintura de Merisi era toda una bofetada en el rostro de los tradicionalistas.
Una bofetada de cuatro metros cuadrados.
El manierismo religioso vigente hasta entonces, con figuras desgarbadas, rostros demacrados y expresiones piadosas, había acabado en la basura, reemplazado por la pintura trufada de mundanalidad que ejecutaba el lombardo.
Ya no se perseguía el terrible sufrimiento.
A pesar de la temática, los personajes del cuadro parecían individuos a los que uno acude para que le arreglen algún estropicio en casa.
Los tres verdugos de San Pedro iban vestidos con ropas de jornaleros y parecían levantar cubos llenos de arena.
Las plantas de los pies, tan negras, del hombre que había debajo de la cruz, justo donde yacía el mártir, le provocaron repulsión a Vendetutto.
¡Menuda burla! ¿Cómo permitir que semejante demente siguiera pintando?
¿Cómo iban a encargarle, además, cuadros para capillas?
El mercader dejó de mirar a los verdugos para posar la vista en el afligido.
San Pedro parecía un enfermo trasladado en camilla, en ningún caso un mártir y, menos aún, uno de los pilares de la Iglesia.
Ojos llorosos, frente calva, barba hirsuta y un sinfín de arrugas surcándole la frente y arrugándole las mejillas.
La pintura tenía un aire casero totalmente inapropiado.
Spada volvió a mirar a los hombres que se afanaban en clavar al santo en la cruz.
Podrían haber estado haciendo cualquier otra cosa: desde encalar una pared, hasta sacar patatas con la azada, soplar en fuelles o transportar piedras de río hasta alguna hacienda.
Y, en cualquier caso, lo primero que se apreciaba no era el sufrimiento del santo, sino el denuedo de los torturadores.
Dos de ellos habían sido pintados de espaldas y uno aparecía con el culo en pompa en un intento de levantar la cruz del suelo.
Vendetutto resopló enojado. Si en esto constaban los avances en la pintura, prefería que lo tuvieran por un anticuado.
—No parece ser de su agrado, por lo que veo.
Paolo Spada se giró de golpe. El hombre al que esperaba lo miraba con una expresión mitad curiosa, mitad insolente. El cabello rubio, recogido en una coleta, le caía sobre la camisa carmesí, que llevaba metida dentro de los pantalones ceñidos a la altura de las rodillas.
—¿Tú eres Ranuccio? —preguntó el mercader, escrutándolo de la cabeza a los pies.
El joven asintió con una sonrisa.
—Supongo que esperabas que fuera diferente. ¿O me equivoco?
Vendetutto sacudió la cabeza. Tomassoni estaba en lo cierto.
Quien le había concertado la cita le informó de que el joven era un alcahuete peligroso e irascible con ambiciones de pintor, al que se le daba mejor arrojarle dagas a la gente que colores al lienzo.
Spada había dado por buenas las palabras del hombre y se había imaginado a un navajero agitanado y fornido, con una cadena de oro al cuello, uñas sucias y aliento pestilente.
En lugar de eso, se había topado con un muchacho de piel blanca, dientes brillantes y ropa sencilla, pero de buen gusto.
Cualquiera que lo hubiera visto lo habría tomado por un actorcillo de esas compañías que bajaban, sobre todo con el buen tiempo, de los mercados que había desde Umbría hasta Roma, con la intención de ganarse un dinero que los tacaños de Orvieto, Gubbio o Perugia no se dignaban a sacar de sus bolsillos, por muy fecundas que fueran sus vidas y por mucho que gustara la obra de teatro.
Con el oído pendiente de las palabras de Tomassoni, Spada miraba al mismo tiempo a la gente que pasaba de vez en cuando por allí y observaba lo que hacían cuando se topaban con la Crucifixión de Merisi.
Apenas un par o tres de beatas se persignaron y se escupieron en el seno [11] , como si ante ellas no se desplegara un lienzo repleto de color, sino la obra del Maligno.
Por lo demás, los que se detenían en la capilla Cerasi se acercaban al cuadro con cautela para no perturbar el ajetreo doméstico de los verdugos.
La fuerza de la pintura se veía a la legua.
En los rostros de la gente se reflejaba, de un modo absolutamente inédito, el gozo del encuentro.
Y lo cierto era que, si uno se detenía y miraba con atención, esperaba ver cómo los cuatro hombres del cuadro empezaban a moverse. E incluso a hablar.
—¿Qué te parece? —preguntó el mercader, apuntando con el dedo hacia la Crucifixión .
Tomassoni soltó un tenue bufido.
—Los conozco a todos —dijo él—. Dos son de mi calle.
El de la túnica roja hace pan y el otro, el de los pantalones verdes y camisa amarilla, se dedica a arrancar dientes con tenazas.
Estos son los verdugos del santo: el panadero y el sacamuelas.
Además de un pordiosero que se gana la vida debajo del puente Sant’Angelo.
—¿Y el santo? ¿Quién es el santo?
—¿Pues quién va a ser? El viejo Azeglio, el hermano del boticario de Flaminio. Un desdichado que vive a costa de los demás. Viene de vez en cuando a la botica para que las señoras le den limosna. No ha trabajado un solo día en su vida y, mírelo bien, a punto está de cumplir los setenta.
El gesto de Paolo Spada decía mucho de la opinión que le merecía el modo en que Merisi elegía a sus modelos.
Había escuchado a mucha gente calumniar al lombardo porque todo le importaba un comino.
Los modelos lucían de un modo que nada tenía que ver con los hombres de la Crucifixión de San Pedro .
Además, Merisi había pintado una infinidad de cuadros en los que la fealdad de los personajes golpeaba al espectador como un garrote.
Por doquier aparecía una cabeza horrible, una boca abierta, una mejilla hundida o cetrina, un rostro desfigurado por una cicatriz.
Las únicas telas que uno contemplaba con agrado eran aquellas para las que habían posado los dos aprendices que Merisi criaba en su taller y sobre los cuales las comadres chismorreaban por las esquinas que, de hecho, se encargaban de otros menesteres.
O aquellas en las que no había gente, sino cestas de frutas.
Por desgracia para él, Vendetutto no podía presumir igualmente del sobrenombre Compratutto.
Si en materia de garbanzos, satén y sedas era difícil encontrar un mercader más hábil que él, en lo tocante al arte, su gusto de comprador dejaba en ocasiones que desear.
¿Por qué? Quizás porque no sabía calcular el precio justo o porque se dejaba llevar por los sentimientos hacia el pintor y no pensaba tanto en la calidad del lienzo.
Con el poder que le conferían su cargo y su fortuna, Matteo Barberini hasta se había mofado de los fracasos de Spada en el comercio de arte.
«Una cosa son las telas y otra los lienzos, querido Paolo», había dicho él, satisfecho de haber encontrado tal juego de palabras y haciendo caso omiso a la mirada hostil del mercader.
Spada recordaba la ocasión en que Barberini se había burlado de su persona.
Era la única vez que había intentado hacerse con un cuadro de Merisi.
Casualmente, era la misma tela que enardeciera los sentidos de aquellos caballeros que habían contratado —finalmente, en vano— a Tomassoni para que les trajera, junto con otras mujeres de la calle, a la que había sido el modelo del lombardo para Santa Catalina de Alejandría .
Sin embargo, si los caballeros habían sucumbido ante la cálida belleza de la modelo, a Spada le había agradado la luminosidad que emanaba el lienzo.
El mercader tenía una esposa joven y ducha a la hora de despertarle el deseo por retozar, así que, a diferencia de una cuarta parte de los hombres de Roma, no codiciaba a Fillide Melandroni.
Conmovido por la ternura femenina de la santa y la naturalidad de los colores, Spada le había ofrecido a Merisi una cantidad de dinero que le hizo fruncir el ceño.
Cuando, dos meses después, se enteró de que el cuadro había recalado en la colección privada del cardenal Francesco Del Monte a cambio de una cuantía bastante menor, el mercader no soportó la ofensa y dejó que se instalara en él un odio profundo hacia Merisi.
—Aún no me has dado tu opinión —le recordó a Tomassoni, aflojando a duras penas las mandíbulas.
El rubio hizo un gesto de mal augurio.
—A tales modelos, tal pintura —dijo él, esperando que la envidia de su voz no llegara a oídos de su interlocutor.
—La envidia es la habilidad propia de quienes carecen de gracia, Nuccio. No has logrado decir lo que realmente ves.
Tomassoni miró de reojo al comerciante y se tragó la respuesta que tenía en la punta de la lengua. Aún no estaba seguro de si Spada era un nombre o un apodo, y para nada le apetecía averiguarlo en su pellejo.
—¿Qué motivos tendría para envidiarlo? Soy joven, no vivo en un nido de víboras con rostro humano y sé cómo ocupar mis noches.
—Solo te falta Fillide.
La mano de Tomassoni resbaló suavemente hacia la empuñadura de su espada, antes de que el mercader lo sujetara por el hombro y lo atrajera hacia él con aprecio sincero.
—A muchos como tú, la sangre caliente os ayuda a morir pronto. No hagas el tonto en la casa del Señor. Y guarda esas bravuconadas baratas para las furcias que te llenan las alforjas.
Al sentirse arrinconado, el rubio consideró que era el momento de cambiar de tema.
—¿Debo entender que a su señoría le gustan los cuadros de Merisi?
—Son lo más pernicioso que puede haber para el buen orden de los romanos —gruñó Spada—.
Monstruosidad, horror y desfachatez, todo en uno.
La mera idea de que los nobles romanos se peleen por los lienzos de Merisi es un escupitajo en la cara de Roma.
Pero, debo reconocer que el canalla entiende. Tiene talento. No es broma.
—Algo me dice que este no es el motivo de nuestro encuentro, signor Spada.
—Así es, mi querido Nuccio —sonrió empalagosamente el mercader, aflojando su mano sobre el hombro y permitiendo que Tomassoni diera un paso a un lado—. He querido verte para que veamos juntos qué podemos hacer en aras de que las cosas adquieran otro cariz.
El rubio se sopló un mechón de la frente y miró a su alrededor. Santa Maria del Popolo estaba casi vacía y la luz que bañaba los cuadros de la capilla Cerasi se había vuelto verdosa.
—¿A qué se refiere?
—Hablando en plata, amigo: no estaría mal devolver a Merisi a la oscuridad de la que nació y que tanto aprecia, a tenor de los cuadros que pinta. ¿Qué destino podría ser más adecuado para un tenebrista que la última caricia de las tinieblas?
A pesar del frescor de la iglesia, unas gotas de sudor brotaron de repente en la frente de Tomassoni.
—No sé si está usted ante la persona adecuada. Al fin y al cabo, ambos somos mercaderes, cada uno a su manera. Su señoría comercia con pieles, sedas y víveres, mientras que yo me encargo de la parte más placentera de la vida. Pero, si he entendido bien…
—Lo has entendido a la perfección, Nuccio: todo el mundo sabe que eres un chico listo. Quiero que me ayudes a librar a Roma de Merisi.
—¿O sea, a matarlo?
Spada lo tomó suavemente del codo y lo condujo hacia la salida de Santa Maria del Popolo. Luego se dirigieron hacia el obelisco que presidía la plaza, como dos amigos que el destino había unido por casualidad.
—No podría pedirte algo así. La gente del gobernador te llevaría preso a Tor di Nona y de allí directamente al cadalso.
¿Qué harían los sementales de Roma sin tu valiosa ayuda?
¿A quién le pedirían las yeguas más indómitas?
No, Ranuccio, no quiero que seas tú quien le clave el puñal; solo que tiendas la celada en la que caerá la presa.
Tomassoni miró hacia atrás, en un intento de asegurarse de que nadie había oído las palabras del mercader.
—¿Y por qué habría yo de hacer algo así?
Paolo Spada se detuvo y clavó su mirada en los ojos descoloridos del joven.
—Porque ardes de impaciencia por tener a Fillide solo para ti. Y porque sabes bien que, mientras Merisi viva, algo así jamás sucederá.