La mariposa negra 3 #3
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—La cuestión sigue siendo qué hacemos con Merisi. De alguna manera habrá que darle a entender que quieren despellejarlo vivo.

Crescenzi ladeó la cabeza en señal de desaprobación.

—¿Y qué crees que hará? ¿Cambiar su forma de pintar? ¿Elegir otros temas? ¿Se pondrá a hacer el mico pintando monas con pincel, justo ahora que hay cien pintores en Roma que no dejan de imitarlo? ¿O albergas la esperanza de que empiece a vivir de otra manera?

El marqués miró confundido el anillo de esmeralda que había recibido de su padre.

—Me da miedo hasta pensarlo. Pero no podemos dejar así las cosas.

Al fin y al cabo, no se trata solo de nuestro aprecio por su pintura.

Seamos honestos: los encargos que le hacemos también nos ayudarán a nosotros.

Los cuadros de nuestras colecciones aumentarán su valor año tras año.

Y aún hay algo más. A pesar de su falta de entusiasmo por la vida, Pablo V se ha dado cuenta del verdadero valor de Merisi.

Tengo amigos en el Quirinal que me han dicho que, cada vez con más frecuencia, se habla de él como del futuro pintor de la Santa Sede.

—Pues Pietro justo acaba de contarnos cómo lo reprobó el santo padre en Santa Maria del Popolo —dijo Mattei.

—A Pietro nadie le gana a enredos —le aclaró Giustiniani—.

No olvidéis que le guarda rencor a Merisi desde que no quiso pintarle una miniatura para su despacho personal.

Además, Pablo V jamás montaría un escándalo en público.

Si hubiera tenido algo que decirle a Pietro, lo habría invitado amablemente al Quirinal.

Los cuatro guardaron silencio durante unos instantes.

Una gaviota pasó por encima de ellos y soltó un grito acerado, como si se alegrara de que las aguas del Tíber no quedaran tan lejos.

Unas nubes que parecían hechas jirones se arrastraban perezosamente por el acogedor cielo de Roma.

Giustiniani las miró con el ceño fruncido y la mente puesta en otra cosa; pensaba en el dueño de la villa Farnesina y se preguntaba si podían echarle el anzuelo.

De los que quedaban dentro —sin contar, naturalmente, con su viejo amigo Francesco del Monte—, Anselmo Farnese era el único en cuya agudeza mental le habría gustado apoyarse.

No solo era un hombre de mundo que contaba con una mente abierta, sino que, por lo que Giustiniani había averiguado, los Aldobrandini, Spada, Contarelli, Odescalchi o Barberini no eran santos de su devoción.

Invitarlos a cenar era una de las cosas que la mayoría de los ricos de Roma se veían obligados a hacer. Solo eso y nada más.

En cuanto a Amedeo Ghigi, ninguna de las facciones contaba con él.

La forma en que se quedaba adormilado, con o sin ayuda del vino, así como la endeblez que lo invadía nada más levantarse de la cama eran signos de una salud precaria.

El médico que lo había examinado dos semanas atrás había dado a entender, con un ligero movimiento de cabeza, que el final del noble estaba cerca.

—¿Y entonces?

La pregunta de Montalto, dirigida a todos, esperó su respuesta durante casi un minuto.

—Creo saber lo que hay que hacer, Domenico —dijo Giustiniani—. Pero primero tengo que hablar con una persona. Y ver si lo que estoy pensando es bueno o no.

—No estaría mal que te dieras prisa, Vincenzo. Algo me dice que nuestros amigos no han perdido el tiempo ahí dentro mientras nosotros estábamos aquí de cháchara.

—Tampoco nosotros lo hemos perdido. De lo contrario, esto no se me habría ocurrido.

Los cuatro rieron ligeramente, cada uno a su manera: Giustiniani acariciándose la barbilla, Crescenzi bostezando satisfecho, Montalto ligeramente preocupado y Mattei escrutando al marqués con la mirada y esforzándose en vano por sumergirse en sus pensamientos.

* * *

Paolo Spada subió lentamente los diez escalones que había a la entrada de la iglesia de Santa Maria del Popolo, deteniéndose a mitad del camino para darle limosna a un tullido sarnoso.

Después de cambiar la luz exterior por la penumbra interior, entornó los ojos y buscó a la persona con la que se había dado cita.

Aún no había llegado. «Esto nunca me había pasado hasta ahora», pensó Spada, contrariado.

«Un grandísimo mercader como yo, conocido en todo Occidente y héteme aquí: esperando a un don nadie».

Vestido con más ropa de lo que el tiempo requería y con una capucha que le ocultaba el rostro de las miradas curiosas, Spada comenzó a pasear frente a las cinco capillas de la iglesia.

Empezó por la izquierda y, mientras sus ojos se detenían en las pinturas, estatuas y tumbas de cada capilla, recordó con desagrado cómo los invitados de Anselmo Farnese —excepto los que de repente habían salido a tomar el aire, sin decir qué mosca les había picado— se pusieron a buscarle los tres pies al gato, discutiendo como niños por el lombardo que había llegado al palacio de Del Monte.

Desde hacía un tiempo se sabía que, sin pretenderlo, Merisi había enemistado a la nobleza romana.

Los coleccionistas que le encargaban cuadros por cuatrocientos o quinientos escudos veían en él a una buena vaca lechera.

Los demás caían presa de los excesos de beatería y hacían alarde de su devoción, para que los romanos de a pie vieran cuánto amaban a Dios y cómo despreciaban a cualquiera que no guardara la compostura en los lugares sagrados.

Paolo Spada no sentía más que desdén por todas aquellas mojigatas que se habían extraviado en el sendero de la fe ciega, que ponían los ojos en blanco y se santiguaban una y otra vez a la vista de todos, para luego, en la intimidad de sus alcobas, acabar entregándose a las costumbres más depravadas.

Por su parte, la horda de cardenales que se había llenado las alforjas a costa de los miserables que no habían visto un trozo de carne desde Semana Santa podía desaparecer de la faz de la tierra sin que le asaltara la mínima sombra de remordimiento.

Su único lado bueno —no el de todos, sino el de un puñado de ellos— era el modo en que se esforzaban por enderezar la deslustrada honra de Roma.

Algunos, como Aldobrandini, defendían que el arte debe brillar como una joya.

Otros, como Contarelli, tenían un ojo puesto en el buen funcionamiento del comercio y se mostraban dadivosos cuando se hablaba de construir barcos más sólidos que trasladaran con mayor celeridad a los mercaderes a Francia o a España.

Por desgracia, no todos estaban hechos de la misma pasta; prueba de ello era la ceguera del propio Del Monte, en torno al cual se intensificaban los rumores sobre el modo en que mantenía a Merisi bajo su ala protectora a la espera de que se presentara el momento oportuno de meterle la mano en la entrepierna.

Caminando a paso mesurado, Vendetutto llegó a la capilla Cerasi, el punto de encuentro con el hombre que, para su disgusto, aún no había hecho acto de presencia.

Recordó haber conocido a monseñor Tiberio Cerasi, tesorero de Clemente VIII , un hombre cuya habilidad con el dinero había enriquecido las arcas del papa.

Sabía que el tesorero había comprado una capilla en Santa Maria del Popolo, pero ignoraba el motivo por el que Cerasi había confiado las obras a dos artistas que no solo no guardaban ningún parecido entre sí, sino que, además, no se aguantaban: Annibale Carracci y Michelangelo Merisi.

Quizás porque todos los críticos romanos los consideraban innovadores, con una mención especial al canalla lombardo, reconoció el propio Spada, a regañadientes.

Quizás porque ambos pintaban los temas favoritos de la Reforma católica: la conversión y el martirio.

O quizás, simplemente, porque eran los pintores que más habían gustado.