La mariposa negra 3 #2
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—Es que seguimos erre que erre con el mismo asunto, señor —espetó Aldobrandini—.

Como si no fuerais cardenales. Ni que os hubieran recogido de la calle.

¿Acaso ninguno de vosotros está al corriente de las últimas decisiones adoptadas por el Concilio?

¿De verdad no os importan? ¿Acaso me toca daros sermones sobre cómo es menester que sea la pintura religiosa?

—Farnese desechó el pensamiento en silencio, llevándose las manos a la cara, sacudiendo la cabeza y fingiendo horror—.

Del caso Merisi sí, y Francesco, de nada sirve que resoples, porque ha acabado por convertirse en un caso, debemos ocuparnos con mano de hierro.

Este canalla ha conseguido que todo lo que quedaba sano en la ciudad esté ahora enfermo.

Sé que es un tema que no os agrada. Sé que ya no tendríais quien os llenara vuestras colecciones por poco dinero y os trajera gente pestilente a vuestros palacios.

—Mide tus palabras, Pietro —lo cortó en seco Barberini—. Podrías perder amigos.

—Menuda pérdida, ya ves tú. La semana pasada el santo padre ofició misa en Santa Maria del Popolo.

Una vez se fueron los feligreses, me llamó para preguntarme cómo era posible que las maravillas de Pinturicchio, Sanzio y Carracci convivieran con las miserias de ese descerebrado de Merisi.

Me puse más colorado que la capa cardenalicia y no supe qué decirle.

Secándose cuidadosamente la boca, después de haber disfrutado de las delicias preparadas por los cocineros de Farnese, Domenico Montalto, que hasta entonces había guardado silencio absoluto, pensó que no vendría nada mal echar algo de leña al fuego.

—No te disgustes porque haya quienes defiendan a Merisi, Pietro. Al fin y al cabo, tú también tienes o has tenido artistas que viven o han vivido a tus expensas. Y no me digas que todos fueron unos santos.

El recién nombrado obispo de Rávena dio un puñetazo en la mesa, despertando a Amedeo Chigi, a quien la contundencia del vino y la abundancia de los manjares habían sumido en el sueño.

—¡No puedes comparar a Tasso y Frescobaldi con ese golfo apóstata! ¡Por el amor de Dios, uno fue el poeta de la cristiandad y el otro compuso música litúrgica! Cómo no iba yo a apoyarlos y a brindarles mi ayuda.

—Pues los cuadros de Merisi también están en las iglesias —replicó Montalto, sin dar su brazo a torcer.

—Justo ahí reside el problema. Me dan asco los tejemanejes que se llevaron a cabo para que le encargaran obras en las capillas.

En Roma nuestros pintores, gente temerosa de Dios, se están apretando el cinturón y viven de un día para otro, ¿y qué hacemos nosotros?

Mantenemos a un lombardo que se burla en nuestras narices desde el mismo momento en que sale de casa.

Veo que me miras con mala cara, Francesco —dijo Aldobrandini, clavando los ojos en Del Monte.

—Si hubieras vivido tú, por lo menos un mes, en el pozo en que vivió él durante veinte años, no hablarías así —susurró este—. No tienes ni idea de la vida que lleva un proscrito.

—Eso son tonterías destinadas a humedecer los ojos de las amas de casa.

Enfádate conmigo, si quieres, pero así no se comporta un cardenal.

Entiendo que Merisi es tu protegido, entiendo que duerme a dos pasos de tu habitación y le concedes todos los caprichos, pero consentir que se mancille el espíritu católico de esta manera…

Aldobrandini no llegó a dar por concluida su idea. El marqués Vincenzo Giustiniani se levantó de la mesa, hizo una señal a otros tres comensales —Odoardo Crescenzi, Guglielmo Mattei y Domenico Montalto— y todos abandonaron de inmediato la estancia, bajo la atónita mirada de los demás.

Pietro Aldobrandini puso cara de conejo escaldado, mientras Del Monte intentaba en vano preguntar algo con la mirada.

Los cuatro pasaron junto a ellos y cruzaron la sala de Galatea, donde los antiguos invitados de Agostino Chigi elegían a las cortesanas con las que pasarían el rato tras los torneos culinarios.

Recorrieron los pasillos cuyas paredes estaban cubiertas de tapices minuciosamente confeccionados y luego atravesaron el calor acumulado en la sala de las Bodas, donde una cama enorme, adornada con marfil e incrustaciones de piedras preciosas, guardaba el recuerdo de Imperia, la amante del frívolo Agostino, que se quitó la vida a mediados de un agosto sofocante por la canícula, después de que en su mente turbulenta se hubiera deslizado el venenoso pensamiento de que su marido había empezado a tener ojos para otra.

Tras pasar por la sala de las Perspectivas, que el comerciante Spada había abandonado saliendo por otra puerta, y luego de girar la cabeza para examinar a toda prisa la galería con los frescos de Rafael, Giulio Romano y Francesco Penni, los cuatro salieron al patio y se encaminaron hacia el templete central.

—En otras circunstancias, también habría llamado a Francesco —dijo Giustiniani antes de sentarse en un banco de piedra—.

Pero pensé que era mejor que se quedara allí, asimilando todo esto.

Por lo que conozco a Pietro, no va a dejar las cosas así.

Sobre todo, porque sabe que puede contar con el mercader.

Vendetutto se pone al servicio de cualquiera que pueda ayudarlo a llenarse los bolsillos.

—El dinero llama al dinero y los piojos a los piojos —sentenció el sabio Montalto.

—Corre la voz de que no solo labró su fortuna transportando pieles y especias de un lugar a otro —dijo Crescenzi—.

Mis hombres me dijeron que llegó a poseer, a través de un amigo que no quiere abandonar el anonimato, tres cuartas partes de las tabernas de Roma.

Y sabéis lo que eso significa: no es necesario que os lo explique.

Era cierto: no hacía falta perderse en explicaciones.

A pesar de todos los esfuerzos de Pablo V por convertir la Roma de principios de siglo en una ciudad decente, la realidad no se avenía a los designios del pontífice: por las callejuelas de Trastévere, en Campo de’Fiori y en Trevi, no era nada raro que una prostituta tuviera diez clientes al día.

La vida se vivía con fogosidad en los lugares de perdición.

Las leyes estaban hechas para saltárselas.

Hasta los guardias del Quirinal, enviados para poner fin al libertinaje y llenar las cárceles de pecadores y pecadoras, terminaban a menudo con la nariz entre los senos de las furcias que les susurraban obscenidades al oído y se dejaban montar como yeguas insaciables.

A los rufianes no les iba nada mal, pues, como es bien sabido, el hambre de carne fresca jamás se extinguirá sobre la faz de la tierra.

De vez en cuando, alguna que otra muchacha sin dos dedos de frente se quedaba embarazada y el alcahuete la apartaba del negocio, para que, al cabo de una semana, la muchacha volviera al trabajo e hiciera arder de nuevo los lechos, como si nada hubiera pasado.

En cualquier caso, Paolo Spada podía averiguar un sinfín de cosas pidiéndole simplemente a su amigo que hiciera la pregunta adecuada en el lugar preciso.

En las camas que se visitaban durante los períodos de celo remunerado, las lenguas se soltaban en un santiamén.

Ni siquiera los secretos de Estado se resistían cuando el que los conocía se hallaba ante dos senos que se bamboleaban ante sus ojos y con dos pezones que le importunaban los labios.

Las mujeres que podían hacer hablar a los altos funcionarios de Roma habrían sido capaces, sin ninguna duda, de transportar a Merisi al séptimo cielo y, acto seguido, de delatarlo.

De haber albergado tales pensamientos, Paolo Spada habría dado muestras de imprudencia, al hacer caso omiso de dos cuestiones fundamentales.

Por un lado, la inteligencia salvaje de Merisi, derrochadora a su manera, pero completamente tosca; por el otro, la influencia que tenía el lombardo entre las rameras de Roma —Caterina Vannini, Lide Melandroni, Lena Antognetti y Anna Bianchini— muchas de las cuales soñaban con seguir los pasos de las cuatro modelos que Merisi compartía, desde hacía casi una década, con otros pintores de Roma.

—No te lo tomes a mal, Vincenzo, pero quizás cometimos un error al levantarnos de la mesa —dijo Odoardo Crescenzi—.

No solo dejamos solo a Francesco, sino que los demás acabarán dándose cuenta de que estamos del lado de Miche.

Y, al igual que nosotros sospechamos que ellos están tramando algo, también ellos pueden pensar lo mismo de nosotros.

Solo que la gran diferencia es que no tienen ningún espía. O al menos eso espero —sonrió Giustiniani—. Y tampoco Francesco está solo. Anselmo también se ha quedado allí porque, siendo el anfitrión, no podía irse.

Mattei negó con la cabeza.

—Si la estupidez y la envidia dolieran, el mundo andaría aullando por las calles. Nadie se entendería con nadie.

—Cuando era yo el que te lo decía, Guglielmo, me tildabas de quisquilloso —intervino Crescenzi—. Y al final has acabado dándome la razón. Al igual que yo he acabado dándole la razón a la sirvienta que le cosía a mi madre cuando yo era pequeño: donde hay mucha cultura, también abunda la estupidez.

—Quien llamó a Roma la ciudad de las siete colinas se apresuró en exceso: «la ciudad de las mil envidias» se acerca mucho más a la verdad —dijo Mattei—. Menuda estupidez reprender a alguien por su talento, inteligencia y coraje. Y no ver que ese hombre intenta cambiar el rostro de la pintura.

—Pues es lo que vieron —rio amargamente Montalto—.

Lo vieron todos; no solo los engreídos que pegan la hebra alrededor del papa.

Lo vieron con meridiana claridad los ineptos que no saben ni agarrar un pincel y se sintieron amenazados.

Sabéis muy bien que lo que se mira de reojo en el arte, y no solo en Roma, es cómo hacer bajar a los maestros de sus pedestales.

Es decir, precisamente lo que empuja al arte en la dirección correcta.

Giustiniani se acarició la barbilla y suspiró con desgana.