La mariposa negra 3
22%

3

Si en las tabernas romanas lo habitual era atiborrarse de tripas en sangre, entonar obscenidades y pellizcarles el culo a las taberneras, en villa Farnesina, construida por Baldassarre Peruzzi para el acaudalado sienés Agostino Chigi, dominaba la opulencia.

Sus frescos bíblicos, las pinturas de Rafael y Sebastiano Del Piombo inspiradas en las Metamorfosis de Ovidio, los impecables techos artesonados, las lámparas de araña cual gigantescos insectos de cristal, las estatuas que brotaban de las hornacinas y las alegorías con sus trampantojos abrumaban hasta a los comensales habituados a una riqueza sin límites, entre los cuales figuraban los once invitados de ese día, que juntos poseían más patrimonio que el resto de la ciudad.

Ni los mendigos andrajosos ni los desgraciados que exhibía sus tullimientos en el Trastévere parecían pertenecer al mismo mundo y mucho menos a la misma ciudad de la que provenían aquellos invitados llegados al palacete escondido entre cipreses tan delgados como la punta de un lápiz y entre pinos tan densos que se diría que el plomo de las nubes se apoyaba directamente en sus ramas.

La galería con vistas al río era el lugar donde se leía a los poetas latinos, se hablaba de cuestiones teológicas o se filosofaba.

Los banquetes se celebraban allí mismo, para que los invitados disfrutaran de la brisa y del frescor que brindaba el agua.

A escasa distancia el Tíber fluía mansamente, llevando consigo el recuerdo de las fiestas que para el común de los mortales solo significaban una señal de desprecio hacia los desfavorecidos por la suerte.

Había pasado a la posteridad uno de aquellos banquetes de la nobleza romana, celebrado casi noventa años atrás, al final del cual el anfitrión ordenó a sus sirvientes arrojar al río todos los vasos y cubiertos de oro y plata.

Tamaña frivolidad dejó boquiabiertos a los comensales, aunque todo había sido una simple broma.

Tras la partida de los imitados, los sirvientes se adentraron en el Tíber y sacaron los platos y los cubiertos del fondo del río, de entre las redes que habían sido cuidadosamente colocadas antes del comienzo del festín.

Y ahora, noventa años después de aquel absurdo derroche, los ágapes eran igual de exquisitos: patos al horno, cochinillo de piel dulce y crujiente, lengua de vaca embadurnada en una salsa de crema con puntos marrones que recordaban al vientre de un cervatillo zascandileando bajo el sol de otoño, ensaladas y especias traídas de Asia, amplios surtidos de vino, desde el tinto robusto hasta el blanco suave, aparte de una infinidad de confituras y compotas heladas, en cuyas elaboraciones los cocineros del anfitrión eran inigualables en toda Roma.

El único que había cambiado era el propietario, pues Agostino Chigi, caído en desgracia, se había visto obligado a venderle su villa a la familia Farnese, que le había dado a la residencia su nombre actual.

Sin embargo, a pesar de todos los manjares y el brillo de los cubiertos, el estado de ánimo de aquellos acaudalados comensales no era el más distendido. Más bien todo lo contrario.

Bermejo por la ira —o quizás por el vino del que ya había ingerido tres copas— Paolo Spada guardó silencio y sumergió sus manos en un cuenco con agua de rosas.

Comerciante sin parangón, pero principiante en coleccionar cuadros y estatuas, Spada había llegado a Roma desde Zattaglia acompañado del apodo Vendetutto, en alusión a una astucia innata que lo hacía capaz de vender hielo en el Polo Norte, agua en el Mediterráneo o arena en el desierto.

El cardenal Del Monte tosió suavemente y juntó sus dedos rollizos bajo la barbilla. Aunque le costaba trabajo hablar y no se sentía a sus anchas, no le quedaba otra.

—No hay que tomárselo así, Paolo. Algunos de nosotros dirían que tenemos muchos quebraderos de cabeza, es cierto; pero no hay que asustarse. No es el diablo tan negro como lo pintan.

—Sí que lo es, monseñor. Negro como el hollín del caldero; mancilla todo lo que toca, se dedica a pintar obscenidades y a criar pollos.

Y esto, lejos de ser un talento, es proselitismo en toda regla.

Por la ciudad campa a sus anchas una sarta de dementes a los que este protegido de su señoría les ha retorcido el entendimiento.

Pintan como él, beben como él e insultan, como él, a gente inocente.

Que Dios me perdone, pero el mundo está manga por hombro.

Del Monte clavó sus ojos en el jarrón que había traído a villa Farnesina, buscando inútilmente, en sus delicados grabados, la inspiración que le permitiera soltar una respuesta tajante. Por suerte, la melodiosa voz de Vincenzo Giustiniani lo libró del esfuerzo.

—Tienes todo el derecho a estar molesto, Paolo —dijo el marqués—.

Y nadie intentará cambiar tu manera de pensar.

Pero no olvides dos cosas: que Merisi es el pintor de cuyas obras más se ha hablado en Roma en los últimos siete u ocho años y que, por lo que se oye últimamente, estamos hablando de un hombre que no está en su sano juicio.

Del Monte se sobresaltó, molesto por las últimas palabras de su amigo.

No sabía quién había inventado esa historia, pero desde hacía un par de meses circulaba el rumor de que Merisi estaba loco.

Su revolución en la pintura —decían por ahí— no era más que la consecuencia de una necedad.

¿Una nueva mirada? ¡Bah! ¿Aire fresco? ¡Ni hablar!

¿Audacia? ¡Anda ya! Poco más que una enfermedad plasmada en el lienzo, tal como estarían dispuestos a demostrar, con el gozo de la venganza, todos los médicos a cuyas esposas el pintor había seducido.

Spada refunfuñó.

—Si anda mal de la azotea, encerradlo en el manicomio. De todos modos, ese es su sitio. La manzana podrida estropea todo el cesto.

—El arte es algo más que vender sedas y aceitunas, querido mío —le replicó Del Monte—.

Muchos artistas fueron tomados por locos porque el mundo no estaba preparado para lo nuevo.

Piensen en ello, ustedes son hombres cultos.

Hasta ahora, Roma no había tenido a nadie que transformara la luz y la oscuridad en personajes de cuadros.

En personajes importantes, me atrevería a decir.

—Si todos los cardenales hubieran tenido la amplitud de miras de la que hace gala su eminencia, monseñor, Roma sería ahora un campo lleno de excrementos y cardos.

Tengo un hijo de doce años y me da miedo ir con él a la iglesia.

Miedo, ¿me entiende? Dondequiera que lo llevo, tengo que taparle los ojos.

Este loco ha llenado las iglesias de santos con rostros de rameras y de gamberros vestidos de apóstoles.

Es demasiado. Y si sus eminencias no hacen nada…

—¿Acaso lo harás tú?

La pregunta brotó de los labios de Matteo Barberini, que hasta entonces solo había estado pendiente de lo que tenía en su plato, aparentemente imperturbable por la voz del comensal.

Spada no respondió, aunque le habría gustado hacerlo.

De haber sido por él, habría encadenado a Merisi, pero no en Tor di Nona, sino en la Cloaca Máxima [10] y en secreto, para que las inmundicias de la ciudad lo cubrieran y ninguno de los petimetres que se jactaban de protegerlo pudiera sacarlo a la luz.

Se levantó, tiró la servilleta encima de la mesa, salió por la puerta —a punto estuvo de derribar a un sirviente que traía una bandeja con estofado de codorniz— y comenzó a pasear furioso por la sala de las Perspectivas.

La belleza de la estancia habría podido calmar el ardor de cualquiera, pero no el de tan atrabiliario comerciante, que temía más por el buen rumbo de sus propias cuentas que por la inocencia mancillada de Bernardino, su hijo.

Paolo se acalora enseguida —lo excusó Anselmo Farnese, apenado al pensar que sus esfuerzos como anfitrión pudieran desmoronarse tan fácilmente.

—¿Y acaso no crees que tiene motivos? —Le sonsacó Pietro Aldobrandini, a quien las atribuciones recién adquiridas le habían fortalecido la voz hasta llegar a hablarle con altanería a cualquiera que se le acercara.

—No sé, ¿realmente los tiene? —se preguntó pensativo Farnese—.

No defiendo a Merisi, no codicio sus cuadros para mi colección, como hacen otros amigos.

Que me perdonen; están en su derecho. Pero tampoco me parece que tengamos que tomárnoslo así.

Roma tiene otros problemas, no los lienzos de un loco que pierde la cabeza por las mujeres.

—¡Y por los hombres! —estalló Aldobrandini.

—Ah, era eso —dijo el anfitrión con una sonrisa cortés—.

Bueno, pues no hay nada que hacer, querido mío.

Qué quieres, vivimos en un mundo donde eso viene sucediendo desde hace mucho tiempo.

Sé lo cerca que tienes el libro sagrado, pero, de verdad, deja de atribularte más de lo necesario.

Acabarás con tu salud y nosotros te necesitamos en plenas facultades.

Además, como empecemos a deshacernos de todos los que han mostrado interés por las posaderas ajenas, nos quedaremos sin arte.

Piensa en Buonarroti, por ejemplo. Y en tantos otros.

—Buonarroti no puso una taberna en las paredes de la iglesia, Anselmo. Ni corrompió las mentes de la gente. Si nos descuidamos, Roma acabará convirtiéndose en la segunda Sodoma.

Farnese se rio brevemente mientras se rascaba la cabeza.

Cada vez le costaba más no perder la compostura frente a semejante necio.

De no haber necesitado a Aldobrandini para abrirle puertas que de otro modo habrían permanecido cerradas para siempre, le habría soltado las verdades del barquero. Esta vez decidió mantener el decoro.

—A ver, para que yo lo entienda, mi querido Pietro. Al final, ¿qué es lo que te saca de quicio de Merisi? ¿Que sea un mujeriego? ¿Qué también le gusten los hombres? ¿O que esté loco? Lo suyo sería que te decidieras.