2 #4
Sé que me darías dos pescozones, maese Simone, si vieras cómo aplazo algo que ya he empezado para lanzarme con todo mi ímpetu sobre un lienzo blanco.
Pero, desde que la idea germinó en mi mente, no encuentro descanso.
Tengo que plasmarla ante mis propios ojos, y lo antes posible.
Te lo confieso con toda la serenidad del mundo, pues sé que ya no puedes hacerme nada: tengo dos cuadros aún inconclusos, en los que trabajo mientras llevo a cabo esta nueva idea.
Uno es un retrato de San Jerónimo, el otro, un joven Juan el Bautista profundamente depravado, como sin duda tendrías la habilidad de ver, si pudieras mirarme de reojo en la quietud del taller.
Incluso Lide, que es de todo menos vergonzosa, torció el gesto cuando vio mis bocetos.
«Toda la clerecía se te echará encima, si cuelgas algo así en una pared», vaticinó ella con esa vehemencia suya que la enardece por dentro, sobre todo cuando sabe que está llamando a una puerta cerrada.
«Ni siquiera tu querido Del Monte podrá salvarte».
Mi gesto de hastío no logró tranquilizarla, como puedes imaginarte.
Es cierto, mi Juan está despojado de santidad.
Más bien parece un joven que se recupera de una noche de francachela, un juerguista sumergido en el dolce far niente , un compañero de jolgorio esbelto y agotado al que el amanecer sorprende lejos de su lecho.
La oscuridad que he puesto a su alrededor es algo menos profunda que la que envuelve a San Jerónimo.
En este caso, el cuadro está casi listo y el color negro es total, pues se dan cita dos esferas que tienen algo en común: la cabeza calva de Jerónimo y un cráneo colocado algo más lejos, en la mesita donde el santo lee un grueso tratado, con la frente surcada de arrugas y la pluma en la mano derecha.
¿Que cuál es su significado? El pasado lejano y el instante que se apresta a deslizarse en el pasado reciente.
Dicho de otro modo, una reflexión sobre el tiempo en este nuestro mundo para el cual el espacio parece ser lo único digno de ser tomado en serio.
Bien, te preguntarás, ¿y entonces por qué he dejado de lado los dos cuadros?
Por una historia nocturna que quiero pintar como sé que nadie más sería capaz de hacer.
Es sabido que normalmente trabajo solo, sin ayudantes que mezclen mis pinturas ni preparen mis lienzos.
Y no porque no pueda pagarles, sino porque no confío en ninguna mano extraña que se entrometa, por poco que sea, en lo que hago.
Solo que, en esta ocasión, voy a permitirme contar con un ayudante.
Y este ayudante mío es una mariposa nocturna: una criatura en cuyo manto hay signos que pocas mentes pueden descifrar.
Han pasado meses desde que este misterioso insecto revuelve mis sueños.
Han pasado meses desde que, noche tras noche, apago la vela y me quedo al acecho en el rincón de la ventana, con los ojos bien abiertos, donde espero que mi pequeño huésped aparezca como en medio de un sueño y se pose en la punta de una rama.
En dos o tres ocasiones hasta me pareció verlo, pero fue parpadear una vez y perderlo de vista.
No presto oídos a lo que otros piensan de mí, pero he visto que todos están convencidos de una cosa: que el placer de la vida nocturna me sienta mejor que a nadie en esta ciudad que obstinadamente se cree una especie de fuente de luz.
Pues bien, precisamente porque soy la oscuridad en el corazón de la llama y porque Aqueronte es el hijo de Helios, quiero dejar un cuadro en el que el mundo vea el refrendo de una vida.
Una historia de la noche, de la destrucción y de la muerte bordada en las alas de una mariposa.
Un museo del final, diferente de los que se despliegan ante los ojos de cualquiera que entre en una iglesia.
Diferente incluso de ese museo del final que es mi obra.
Decapitaciones, destripamientos, crucifixiones, cuerpos atravesados por flechas, lanzas clavadas en la carne, espadas que rebanan gargantas, atroces torturas de mártires silenciosos, santos asesinados como ganado; hasta me cuesta creer que hayan salido de mi mano.
A veces me digo: basta ya, ¿es que no estás harto?
¿Cuánta sangre más debe correr por tus cuadros para que te sientas vengado del mundo?
¿Cuántas cruces más deben ser llevadas a cuestas por los condenados?
¿Cuántas cabezas más deben rodar bajo el hacha? Ya está bien. Es suficiente.
Aun así, dado que no puedo parar —si lo hiciera, perdería mis encargos, que es lo que mis enemigos esperan— he decidido terminar los cuadros ya prometidos a quienes han empezado a comprar mis lienzos con regularidad y, al mismo tiempo, pasando de un caballete a otro, a desplegar mis mariposas sobre la tela.
Se trata de otra crucifixión, solo que esta vez el condenado no es una criatura humana.
La Acherontia atropos , la invitada por Morfeo en los recovecos de mi mente, es el modelo menos exigente que he tenido y que tendré.
Ya solo por eso, valdría la pena ennoblecerla con el sello del arte.
Pero no es solo eso. En vano me miento a mí mismo y a los que escuchan mi historia, maese Simone.
Tú deberías saber mejor que nadie lo fácil que me resulta embaucar a la gente si me lo propongo.
Seguro que recuerdas, no lo dudo, el día que regresaste de Milán, después de hablar con quienes te habían encargado el Descendimiento de la cruz para la iglesia de San Fedele.
Tenías la intención de terminar la obra una vez regresaste al taller con la mitad del dinero.
Entraste en la habitación, miraste el lienzo y al principio no viste nada raro.
Solo después de tomar tus utensilios y ajustar el taburete frente al cuadro, tu ojo izquierdo comenzó a temblar en señal de profunda consternación.
El brazo derecho de Jesús, del cual estabas a punto de encargarte, ya había sido pintado.
Todo estaba perfecto: no existía diferencia alguna entre la forma de pintar de quien había llevado el cuadro hasta ese punto y quien lo había terminado.
Y ese era yo. Volviste a colocar la silla en su sitio, limitándote a murmurar un «me había olvidado de que en realidad ya había terminado el Descendimiento de la cruz ».
Fue el día en que te diste cuenta de que nunca podría convertirme en un pintor sensato y yo comprendí que, si seguía de aprendiz en Milán, no haría más que cavar mi propia tumba.
Como sabes, aquella tranquila tarde del otoño del 1588 fue la última en la que trabajé para la bottega [7] de Peterzano.
No solo sentía que querías cortarme las alas, sino que estaba harto de trabajar gratis todo el día: el dinero, claro está, se lo embolsaba Battista, mi hermano aprendiz.
Solo él sabía en qué se lo gastaba. Así que recogí mis bártulos y me fui de allí sin rumbo fijo: terminé desempeñando todo tipo de trabajos miserables a cambio de una copa de vino y un trozo de pan con queso.
Cargué cubos de cal, preparé yeso para los albañiles, descargué carretillas de ladrillos y así sucesivamente, pensando sin cesar en la fama que sin duda alcanzaría el día que encontrara a alguien que vislumbrara mi don y me ayudara a ponerlo en práctica.
Un día, abatido por la desesperación y tiritando de frío, volví hasta ti para pedirte que me aceptaras de nuevo y me permitieras convertirme en el artista que estaba destinado a ser.
Me abriste la puerta y me dijiste que necesitabas a alguien que barnizara los marcos de los cuadros.
Aun hoy sigo sin saber si quisiste medir mi orgullo o humillarme, o simplemente no te diste cuenta de lo que decías.
Por mi parte, me di media vuelta y desde entonces no volví a pisar el umbral de tu casa.
He preferido dormir bajo puentes y en las bodegas de las posadas antes que poner a prueba tu decencia.
Es cierto que no podía trabajar ni ganar dinero si no encontraba un cuarto, y no podía tener un cuarto si no trabajaba ni ganaba dinero, pero no quise estar a merced de individuos acostumbrados a no romper jamás el molde, fariseos y gente del montón como las pinturas que ellos mismos elogiaban. Espero que no te enfades.
Hablando de mentiras, justo ahora acabo de soltar una más grande que un templo.
Porque los sueños en los que se me aparece la mariposa negra no empezaron hace unos meses.
Nada de eso. La primera vez que la mariposa se me apareció fue hace años, cuando estaba en el Ospedale della Consolazione con fiebre, escalofríos, boca seca y piel amarillenta.
Cuando el medico me dijo el porqué, me entraron ganas de estrangularlo.
«Has metido tanta comida podrida dentro de ti que me extraña que no te hayas ido al otro barrio.
Apuesto a que te has abonado al ajo rancio, a las manzanas podridas y a los tallos de col.
¿De dónde has comido? ¿De la basura?». Si hubiera tenido un cuchillo, le habría cortado la lengua y lo habría obligado a tragársela hasta morir envenenado.
Sin embargo, como ni siquiera estaba seguro de que me permitieran quedarme en el hospital hasta recuperarme, me contenté con poner una cara triste —no es que tuviera que esforzarme mucho— y esperar, atribulado.
Mi suerte se llamó Giovanni d’Arpino, un pícaro que se creía amigo de la pintura y que intercedió ante el director del hospital, que no era otro que monseñor Fantin Petrignani: al cabo de dos o tres semanas este me acogió en su casa y me permitió comer a diario en el hospital, a cambio de pequeños trabajos para algunos de sus amigos.
Mientras esperé en el Ospedale della Consolazione hasta poder recuperarme del todo no perdí el tiempo.
Petrignani y d’Arpino se encargaron de que tuviera un rincón propio donde pintar lo que se me antojara cuando me sentía con fuerzas.
Un buen día, comencé a esbozar una de las dos obras sobre el sacrificio de Isaac.
Creo que, entre tanto, el cuadro ya habrá llegado a tus ojos.
Abraham se dispone a matar a su hijo cumpliendo la orden del Señor, pero en ese momento es detenido por un ángel que le ruega al padre que perdone a su hijo, ofreciéndole a cambio un carnero para el sacrificio.
Pues bien, sin que me temblara en absoluto el pulso, dibujé primero los personajes y más tarde los detalles.
Unas horas después de perfilar el cuchillo en la mano de Abraham, mis sueños fueron perturbados por el vuelo en zigzag de la Acherontia : creí que era una coincidencia, pero, a los pocos días, cuando tome el pincel y empece a pintar el cuchillo, la mariposa volvió a aparecerse en mis sueños, como un fantasma.
Me puse a cavilar, preguntándome si aquello no sería acaso una señal.
Y, si lo era, ¿quién me la enviaba y que quería decirme?
No necesite preguntármelo demasiadas veces.
Al poco tiempo caí en la cuenta y te aseguro que no me hizo ninguna ilusión.
La mariposa solo deambulaba por mis sueños después de los días en que pintaba algo relacionado con una muerte repentina.
Si mi pincel representaba cestas de frutas, zafiros dorados o jugadores de cartas prestos a dar gato por liebre, no pasaba nada.
Soñaba con cosas comunes, que se desvanecían como el humo en el primer instante de la vigilia.
Si trabajaba en algo acariciado por el ala de la muerte, las alas de la Acherontia revoloteaban silenciosamente por algunos rincones de mi mente sobre los que yo no ejercía ningún control.
Comprendí, pues, que aquello no podía ser una coincidencia.
Cuando pintaba a Baco adolescente , a Narciso o el Descanso en la huida a Egipto , la mariposa se mantenía alejada del aposento nocturno de mi mente.
Cuando trabajaba en una crucifixión o pintaba cualquier cosa que pudiera estar relacionada con la muerte, la Acherontia hacía acto de presencia cual mastín en la chacinería.
No sé si has tenido la ocasión de verla, maese Simone, pero la silueta de la Acherontia se parece a la máscara del diablo.
Cuando baila en Venecia, extraviado en el bullicio del carnaval, entre giros, reverencias y cuerpos sudorosos, Satanás lleva en su rostro la máscara de la Acherontia .
Nadie lo reconoce, pero todos sienten algo impuro cerca, como si sus mentes fueran poseídas por un sátrapa bromista y despiadado.
Su apuesta es penetrar en los pensamientos de los allí presentes y echarlos a perder.
¿Y qué disfraz más apropiado puede existir que la delicada y aterciopelada ternura de una mariposa?
Por si no lo sabes, maestro, antes de plegar sus alas y posarse en la copa de una flor, la mariposa se parece a una pequeña crucifixión.
Y el nombre popular de la Acherontia es cabeza de muerto.