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Hasta que llegue ese día —si es que llega alguna vez— pienso en la manera en que les he enseñado a otros, si no a amar el negro, al menos a no alejarse de él llevados por el terror.
A no rechazarlo. A no expulsarlo del arte, como se disponían a hacer dos o tres individuos que se las daban de entendidos en materia de pintura.
Recuerdo, aunque hayan pasado algunos años, a cuánta gente me tuve que enfrentar para trabajar en la capilla Contarelli, de la que los romanos ya han olvidado que no es una capilla dedicada a uno de los suyos.
Ni siquiera el nombre de la iglesia, San Luis de los Franceses, les ayuda a darse cuenta de que ese lugar de culto fue construido para los franceses de Roma.
En cuanto a Contarelli, detrás de ese nombre se esconde el honorable cardenal Matthieu Cointerel, y en ningún caso un noble italiano, como sospechaban unos y otros.
Pues bien, justo había empezado el trabajo y me topé en el taller con un hombrecillo gruñón al que creía haber visto por ultima vez hacía más de diez años.
Siento la necesidad, maestro, de elogiarte una vez más, aunque nunca sabrás cuántas líneas y pensamientos te he dedicado.
Al igual que me sirvieron tus consejos y lecciones, también me tocó perder junto a este Giuseppe Cesari, que me robó un año de vida obligándome a pintar frutas y flores toda la semana, sin poder rechistar.
Esa era la pintura que brotaba de su mente: rosas, hojas, manzanas, albaricoques y racimos.
¿Qué quería, de hecho, el tal Cesari? ¿Sacarme de quicio con sus fastidiosas monsergas pronunciadas con voz de sacristán?
¿Obligarme a suavizar el color negro en el que me aprestaba a envolver las pasiones y la vida de San Mateo?
¿Hacer que recurriera a colores más claros en vez de prodigarme en sombras y amenazas lúgubres, porque, ya ves tú, mis cuadros iban a parar a las paredes de las iglesias, donde los fieles buscan paz y esperanza?
Como de costumbre, se iba por las ramas.
Para doblegar mi voluntad, vino acompañado de Onorio Longhi, de quien había descubierto que era mi amigo, aunque no recuerdo que haya pasado una estación del año sin haberle prometido que acabaría enterrándolo a dos brazas bajo tierra.
A Onorio lo conocía desde que, doce años atrás, le echara a toda prisa un vistazo al Chico mordido por una lagartija , el primer lienzo que me atreví a pintar por mi cuenta, sin reparar en los consejos de acá y acullá.
Le gustó lo que había salido de mi pincel y me susurró que le vendiera el lienzo a Antiveduto Grammatica, el sienés que se había afincado en Roma con la idea de hacer fortuna con el comercio de aquellos cuadros que mostraran testuces de gente adinerada, o a Lorenzo Siciliano, para quien había hecho, de vez en cuando, pequeñas piezas más bien destinadas a la devoción, ante las cuales no sentía ni una pizca de gozo, pero que me habían garantizado el pan y el sustento.
Ahora, casi tres años después de que San Mateo y el ángel adorne la capilla Contarelli, luego de que los herederos rechazaran inicialmente el cuadro porque, mira tú por dónde, pecaba de un realismo excesivo, recuerdo cuán grosero fui con Francesco Del Monte, mi protector en la sombra, sin cuya intervención mis huesos se habrían podrido en Tor di Nona o en otras prisiones.
Es como si aún estuviera viendo al cardenal entrar en San Luis de los Franceses, persignándose con la rigidez inherente a su rango y acercándose lentamente a la pared de la capilla, donde yo andaba al acecho, a los pies del cuadro, como un mastín presto a desgarrar a cualquiera que se acercara a su hueso.
Seguramente Del Monte esperaba algo que guardara parecido con el amaneramiento que entonces se daba en Bolonia y Florencia, en Milán y Bérgamo.
Sin embargo, cuando sus ojos se posaron en el cuadro, en lugar de mostrar un rostro satisfecho, tal como yo esperaba, se sobresaltó como si los ojos de una víbora hubieran clavado su mirada en él.
«Rebelde como siempre», me dijo suavemente.
«Más vale un rebelde del que se habla que un don nadie que pasa sin pena ni gloria», le respondí con una voz de la que brotaba el orgullo, haciendo que pusiera los ojos en blanco y me diera la espalda.
Me costó Dios y ayuda que me dijera lo que no le había gustado del lienzo.
A decir verdad, yo mismo había adivinado lo que era, pero quería escucharlo de su boca.
Quería escuchar sus quejas del mismo modo que había escuchado —casi sin poder dar crédito a mis oídos— sus ruegos para que pintara jóvenes enfundados en trajes de baile y me paseara a su alrededor con una copa de vino en la mano y ataviado con un trapo que solo me cubría las entrañas y nada más.
Quería obligar a sus labios, artífices de palabras sucias, a dar voz a su descontento.
Si, de todos modos, me hacía la vida imposible amenazándome con echarme del palacio, si me desvivía por las fiestas —en vez de enardecer sus pensamientos retozando a su alrededor— al menos ese consuelo debía ser mío.
Finalmente, se tragó el nudo que tenía en la garganta y me dijo lo que no le había gustado: el fondo era demasiado negro y el santo y el ángel se le antojaban demasiado mundanos.
Reí con ternura y apenas pude aguantar el gesto de tomarlo por los hombros y sacudirlo como si fuera un borrachín resacoso al amanecer.
—Lo has ahogado todo en alquitrán, Miche. El santo y el ángel parecen arrojados a un caldero del infierno. ¿A qué viene tanto negro a su alrededor?
—Así como al inteligente se le ve con la ayuda del tonto, el blanco se ve con la ayuda del negro.
Usted es un hombre culto, monseñor. Conoce mejor que yo las parejas que se ayudan mutuamente.
Y puede ver por sí mismo la nobleza de un color, en lugar de dejarse llevar por los chismorreos de las comadres.
—Sé bueno y fíjate un poco en el santo. Ni que fuera un ratero que mira a su alrededor para ver si alguien lo ha visto hurgando en bolsillos ajenos —me dijo con una voz rebosante de disgusto.
—Ese santo fue hombre antes de ser santo, monseñor —le respondí—.
Y los hombres se asombran, hacen muecas, sonríen y fruncen el ceño.
Esto es lo que no entienden los charlatanes de hoy en día.
En el Quirinal y en las academias de arte, el concepto oficial asfixia la pintura en lugar de espolearla.
Cuadros de origen religioso, gestas grandiosas, héroes petrificados en posturas de estatua y para de contar.
Y cuando uno intenta trastocar al menos los medios, ya que intervenir en la temática resulta imposible, le sacan a colación las reglas.
Dibujo, proporciones, composición. Dibujo, proporciones, composición.
Dibujo, proporciones, composición. Técnica hasta el paroxismo: esta retahíla de palabras es lo único que escuchamos.
Permítame, monseñor, que le diga algo: si este es el gran arte de Roma, es mejor que no exista.
—¿Y por qué te ha dado por pintar al santo con una rodilla apoyada en el taburete? Menos mal que no lo has pintado dando brincos sobre la mesa o tirando una jarra de vino.
—¿Le hubiera parecido más natural que permaneciera inmóvil cuando el ángel descendía sobre él? ¿Que le diera la espalda y no le hiciera caso? ¿Realmente no podemos superar esta estúpida historia de inmovilidad? ¿De piedad petrificada?
—Tampoco lo del ángel es trigo limpio, que lo sepas. Si miras su cara, dirías que es una de esas mujerzuelas con las que te revuelcas en las posadas.
—Se equivoca usted por un exceso de pasión, monseñor. El que me sirvió de modelo fue precisamente el joven que puse en primer plano en El concierto de jóvenes . A veces, los gustos refinados coinciden, ¿no le parece?
Aun hoy es un enigma para mí saber por qué Del Monte siguió apoyándome y creyendo a ciegas en mi capacidad de entrar en vereda después de todas las barbaridades que le dije, cuando podría no haber querido oír hablar de mi persona.
Sigo sin saber por qué se esforzó tanto, moviendo hilos en las inmediaciones de la Santa Sede, para convencer a la comisión de que me confiaran a mí, y no a otro, las obras de la capilla Contarelli.
El hecho es que, sin su influencia, hoy no me harían reverencias en la calle ni podría costearme a Bartolomeo, el muchacho que camina dos pasos detrás de mí y me lleva la espada.
Esto, claro, cuando no me apetece llevarla yo mismo colgada del cinto.
La vocación de San Mateo me reafirmó en la idea de que el negro es el color fundamental de mi pintura.
Creo que en eso piensan también la mayoría de críticos que, sin mérito ni gracia, me tildaron de «tenebrista».
Por otra parte, su uso pleno es mi manera de responder a una ciudad que sigo considerando hostil, aún después de tanto tiempo.
Entre Roma y yo no cabe el amor. La ciudad tiene una soberbia que daña mi propia soberbia.
A duras penas nos soportamos. Roma me mira desde la altura de su propia gloria y yo lo único que veo en ella es un lazo preparado para estrangularme.
Por lo tanto, el color negro de mis cuadros es el mejor regalo que puedo hacerle.
Al fin y al cabo, es una forma de susurrarle la reprimenda que, de otro modo, nadie oiría: mira lo que has hecho de mí, mira en qué me has transformado, mira cómo me toca demostrar cada día, de sol a sol, que soy el único artista verdadero de toda una sarta de haraganes.