La mariposa negra 2 #2
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Mi aprecio por el negro —en el que apenas empezaban a asomar los brotes de la soberbia del pensamiento— te desconcertó en su momento.

Debiste de pensar que me faltaba un tornillo y que, aunque era un pardillo cuyo único defecto era el mal olor que dejaba a su paso, poseía el humor de un viejo desconfiado y cascarrabias.

Para alejarme de mi mala índole recuerdo —no sé si tú también— que pegaste entre sí las páginas del libro de Cennino en las que este explicaba cómo se prepara el color negro.

No tardé en darme cuenta de que había sido cosa tuya, aunque al principio creí que otro motivo te había llevado a proceder así.

Quizá no querías que viera alguna crucifixión, algún desnudo, algún apareamiento entre un dios y una mortal, o cualquier otra cosa que pudiera perturbarme.

A veces tu preocupación me hacía reír; otras despotricaba contra ti, profiriendo quejas y amenazas que pensaba cumplir cuando fuera lo suficientemente mayor.

Cuando por fin logré despegar las páginas que me habías impedido consultar, no encontré más que una de las formas de preparar el negro: contenía dos renglones y no parecía encerrar ningún misterio insondable.

Leí tantas veces esas palabras que nada ni nadie pudo borrármelas de la mente: «Toma media onza de blanco de plomo y una pizca de lapis amatita : luego remuévelos bien, antes de mezclarlos cuidadosamente con el pegamento».

A decir verdad, no me pareció que aquello mereciera ser privado de la mirada de un niño.

Solo más tarde entendí que habías estado jugando conmigo.

Como estaba meridianamente claro que me gustaba el negro, pensaste en dejarme llegar a él por mis propios medios, sin mayor ayuda que mi propio juicio, probando, mezclando a mi antojo, invocando la ayuda de dioses y musas que, como si estuviera escrito en alguna parte, justo entonces tenían que atender otros quehaceres en otros lares.

Solo por el color negro me pusiste ese obstáculo en el camino.

Por lo demás, que Dios te proteja, maestro, dondequiera que estés, pues me enseñaste casi todo lo que un artista debe saber.

Ahora, debilitado por la vanidad y achacado por enfermedades cuyo nombre ni siquiera los médicos han sabido nombrar, echo la vista atrás y me digo a mí mismo que mi aprendizaje contigo me vino muy bien, y eso que aquel día que el padre Battista, ese hermano mío encorvado por las cargas eclesiásticas, llamó a tu puerta, llevándome a mí de la mano, yo estaba convencido de que mi vida se transformaría en un tormento sin fin.

Tus consejos, el trabajo de los muchachos con los que compartía el taller y el manual en caracteres cirílicos de Cennino me abrieron los ojos, me despejaron la mente y me infundieron la esperanza de que un buen día mis pinturas adornarían enormes paredes en lugares no exentos de prestigio.

Solo yo se cómo me revolvía en la cama noche tras noche, esforzándome por quedarme dormido para librarme, al menos durante unas horas, de los cantos de sirenas que me prometían paz y dinero.

Era esclavo de mis anhelos y escudero de la gloria.

Vivía en una mísera vivienda de Milán, pero soñaba con los palacios de Roma.

Escuchaba tus historias sobre Tiziano, pero me carcomía el deseo de ser más conocido que Buonarroti.

No dejaba pasar ni un solo día de Dios sin al menos esbozar algunos contornos —la forma de un albaricoque, el tallo de un lirio—, teniendo siempre presentes las palabras de Cennino: «El guía más perfecto que existe es la naturaleza.

Síguela con fervor, porque ella sola supera a todos los modelos».

Aqueronte y Aquerontia, hermanos y amigos mudos: solo en la oscuridad de vuestro ser se adivinan las promesas y los peligros del mundo.

Todavía recuerdo con que ojos tan extraños me miraban los demás aprendices de tu taller, maese Simone, y cómo te rogaban con la mirada que hicieras algo y sacaras de mí lo que ellos sospechaban que era un espíritu impuro.

Cuando preparaban o mezclaban los colores, sus prejuicios partían de ideas ajenas: para ellos el blanco significa paz, el rojo pasión y el verde prosperidad.

Si les mencionabas el negro, se alejaban de ti.

Cada vez que les hacías preparar este color, sin el cual los demás no existirían, era como si les pidieras que se tragaran una pastilla de jabón.

En cambio, cuando me tocaba a mí, me ponía a trabajar con fervor en la mirada.

Trituraba cáscaras de almendras y las mezclaba con huesos de melocotón quemados, antes de molerlo todo en un mortero hasta olvidarme de mí mismo.

O tomaba una lámpara de aceite, la encendía cuidadosamente para no prender fuego a los lienzos que poblaban el taller y luego la sostenía bajo una pequeña cuba, aumentaba gradualmente la llama y la acercaba a dos dedos del fondo del recipiente, esperando que el humo de la llama golpeara el fondo caliente y se adhiriera a él.

Cuando Ferruccio y Tarcisio, los amigos con los que solía bañarme, veían cómo echaba mano de una espátula de madera y limpiaba con ella el polvo fino que se había adherido al fondo, se escupían en el pecho [5] , aunque yo hacía como que no los veía.

El embudo de papel por el que luego vertía el polvo en un frasco les habría mostrado —si hubieran tenido a bien mirar— que aquello no era cosa de brujería, sino que simplemente había leído con ingenio y entre líneas el tratado de Cennino.

Resulta tan fácil malinterpretar a la gente y ver en ella algo diferente a lo que de verdad es.

Llevo mucho tiempo viviendo en Roma y he oído de todo sobre mí: desde que soy el enviado de Satán, hasta que el mismísimo Salvador me ha puesto sobre la faz de la tierra.

Algunos me creen extraordinario, otros, un entrometido.

Hay quienes consideran que los encargos que recibo de cardenales, banqueros y condes se deben a que he sabido chantajearlos con unas cuantas muchachas hermosas y calenturientas.

Otros ya han descubierto —aunque les resulte imposible decir gracias a quién— que detrás de mi nombre hay otra persona que me ha prestado, quién sabe por qué motivos, su gracia y su habilidad sin pedirme ni un escudo a cambio.

Nadie sabe cuánto he aprendido y cómo he sabido dejarme la piel.

Antes de llegar hasta ti, maese Simone, ni siquiera sabía cómo encontrar el norte, y mucho menos que la sinopia es igual que el pórfido.

En general, los pintores son vistos como velas de carne sobre las que Dios ha derramado el don del color.

No es así y tú lo sabes tan bien como yo.

Cuando se te cierran los ojos de cansancio, cuando te das cuenta de que los colores se te escurren del cuadro, cuando notas que ya no puedes sujetar el pincel, te entran ganas de rendirte.

Aquí no hay lugar para devociones baratas.

Y si, aun así, vuelves a las andadas, no lo haces porque el Altísimo haya insuflado talento en tu persona, sino porque quieres demostrarles a los demás que no eres una mera posada de piojos.

Me enseñaste a pintar como Dios manda, maestro, ahora puedo confesártelo.

Antes, zumbaban en mi cabeza palabras que carecían de sentido: oropimente y giallorino , rejalgar y gualda, al fresco y al seco.

Hoy conozco cada una de estas cosas y sé también para qué sirven.

He asimilado todo lo que me dijiste: cómo se hace el estaño verde con fines decorativos, cómo se prepara la pared húmeda para el fresco si tu intención es pintar sobre ella, cómo tomar la impresión de un sello con pasta de ceniza, cuál es la diferencia entre el pincel de pelo de cerdo y el de pelo de ardilla.

Cuando entré por primera vez en tu taller, creía ignorarlo todo y quizás por eso mismo me desanimé al ver que querías hacer de mí un aprendiz modelo, no un pintor de alta escuela.

Cuando me fui, me habría reído en la cara de quien hubiera dicho que aún me quedaba por descubrir algún secreto de la pintura.

O le habría clavado un puñal en el pecho.

He molido y he preparado colores, he limpiado pinceles y estirado lienzos.

Y solo más tarde empecé a buscar encargos.

Cuando me enviaste a mi primer cliente para que regateara, creí que habías empezado a confiar en mí: ni se me pasó por la cabeza que en realidad tu deseo era enseñarme algo más y domar la impulsividad de mi carácter.

También fue culpa mía, no digo que no: cuando eres niño y le dices a tu maestro que quieres ser un artista que busca sus propias inquietudes, el maestro se rasca la cabeza y mira a su alrededor en busca de esas tijeras que sajan la vanidad.

Pero nuestras pequeñas disputas no fueron nada en comparación con todo lo que me enseñaste.

Aprendí para qué sirven la cola de cabra o de pescado, cómo se hace la témpera, qué tonalidad es el cinerognolo [6] , cómo se hace la argamasa a partir del yeso fino, cómo se colorean las caras, las manos y los pies de los vivos y los muertos, qué es el mordiente y para qué sirve, cómo se trabaja en estandartes, banderas o pendones, cómo se aplica oro en los tocados, cómo se confeccionan los yelmos para los torneos, cómo se pinta sobre vidrio, cómo se adornan los relicarios, cómo se compone un mosaico con cañas de plumas y cáscaras de huevo.

Cada día te tengo en más alta estima, maese Simone, y me he propuesto —si no acaba con mi vida alguno de los mil enemigos que me he ido haciendo a lo largo de la vida y llego a viejo—, volver algún día a Milán y abrir un taller donde contarles a los niños todo lo que tú me relataste.

Mostrarles cómo hacer papel verde a partir de un papel normal y corriente, desvelarles el secreto de la preparación del ocre, hablarles sobre la pintura de vestimentas «en aguas» o guiar sus manos cuando dibujan por primera vez los contornos de las tiaras de los santos.