La mariposa negra 2
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El negro es tu hermano y mi amigo, Aqueronte.

Es el tuétano del alma, como bien saben verlo quienes viven más allá de la boca y el culo.

Charlatanes de un día o curanderos de una noche reúnen a los barrigudos de mi Roma y les llenan la cabeza de sandeces.

La ciudad tiene más profetas que fuentes y más rameras que pinos.

Cada día camino entre esta gente que vive al día.

Bebo con ellos hasta que los tumbo, seduzco a sus mujeres, los engaño jugando a las cartas, les escupo en la cara, con ellos me bato con la espada o a puñetazo limpio y constato que en realidad no quieren ver.

Su enfermedad no tiene cura. Son ciegos a sabiendas.

No quieren abrir los ojos y ver la vida tal como es.

Se quejan todo el santo día, se retuercen las manos y gritan a los cuatro vientos que quieren ahorcarse.

Pero en cuanto encuentran una ganga, les parece que Dios los ha besado en la coronilla; y entonces, ¡qué viva la fiesta!

Debería entrarme la risa, pero no puedo.

Me hierve la sangre, se me sube a la cabeza y me mareo.

¡Oh, me consta que ninguno de ellos me soporta, se que todos querrían verme encerrado hasta el día en que estire la pata!

Siento cómo se les eriza la piel cada vez que me ven.

Son melosos de cara a la galería, pero, si pudieran, me harían pedazos y me arrojarían a los perros.

No hay nada de mí que les guste. Y, la verdad, no hay mucho que apreciar en este pedazo de carne, tendones, pelo y sangre.

Huelo mal, no me cambio la camisa en semanas, monto en cólera por naderías y me dedico a tirar mesas cuando me emborracho, duermo con la misma ropa con la que trabajo o deambulo por las tabernas, tengo las uñas negras, las orejas peludas y los dientes podridos.

Pero ninguno de estos mequetrefes que dejan rastros de perfume se pregunta porqué tienen que pagar si quieren pasar dos horas con una mujer, mientras que ellas acuden a mí como hormigas a la miel.

¿Por que las mujeres ni siquiera los miran a los ojos, mientras que en los míos se pierden como en un caos de zozobra?

Aqueronte y Aquerontia. Solo a vosotros os reconozco como amigos.

El agua en la que todos acabaremos entrando y el terciopelo tembloroso de la noche.

La corriente que te lleva más allá y las alas que se extienden cuando sale la luna.

El río y las mariposas. El ruido y el silencio.

Misterios teñidos de negro, colocados bajo nuestra nariz por la mano de ese gran bromista.

Pocos comprenden el propósito del negro, su profunda quietud, su poder conmovedor.

No hay manera: la mayoría ni siquiera se esfuerza.

Dicen resoplando con desprecio que no tienen tiempo para tonterías que no llevan a ninguna parte.

Si entras en los talleres de pintura y les dices a los aprendices que el negro es el color que ayuda a los demás a no perderse, te marean con sus abucheos.

Si les recuerdas que sin oscuridad ignoramos cómo es la luz y sin guerra no tenemos idea de lo que significa la paz, te miran como a un apestado.

Ni siquiera Roma, donde se cruzan todos los caminos del mundo, está bien hecha, con todas sus iglesias y fuentes.

Tiene demasiados tipos de amarillo, colorado y rojizo.

Y muy poco negro. Parece que el mundo ya no valora como debería los ropajes negros, que parecen haber quedado para los curas y los verdugos.

Unos rezan por la vida, mientras que los otros la cercenan. ¿Acaso no es extraño?

De todos modos, si aun sigues vivo, maese Simone, que sepas que tus pescozones me fueron útiles en los tiempos en que me temblaba el pincel en la mano y se me nublaban los ojos de rabia.

Aún hoy recuerdo cómo me obligabas a trazar líneas negras de arriba abajo del lienzo y al revés.

Me esforzaba por unirlas entre sí, con la punta de la lengua atrapada entre los dientes, concentrado como el sastre que quiere confeccionar una prenda impecable, en la que la costura no asome lo más mínimo.

Muchas veces era incapaz de hacerlo, pero, luego de sentir tu palma encendiendo mi cogote, escuchaba tu atronadora voz en mis oídos: «¡No quiero barras, ni rayas, quiero un negro pleno!

¡Un abismo de alquitrán: eso es lo que tienes que pintar!

¡Imagínate que oyes un ruido afuera, en una noche sin luna, enciendes una vela, abres la ventana y la oscuridad invade la habitación!

¡Agarra el pincel y traslada esa oscuridad a ese maldito lienzo! ».

Me sirvieron de mucho tus reprimendas cuando tenías la impresión de que me burlaba de tu tiempo y de mi vocación, pero aún mejor me sentó una palabra que me sorprendió tiempo atrás, mientras aguzaba el oído cuando charlabas con el lechero que te traía mantequilla y nata todos los viernes.

«Demasiada gente está preparada para el odio, signor Peterzano», oí que te decía.

Y, Dios, cuánta razón tenía. Lo que yo no sabía entonces, pero acabé descubriendo en primera persona, día a día y hora a hora, es que solo los tontos odian y que la madre de los tontos siempre está preñada.

Para toda la gente que conozco, el negro es visto cómo el color del odio, como una señal de la muerte.

He preguntado por doquier: al aguador de afiladas mejillas que pasa dos veces al día por el arrabal donde encontré un lecho y a la moza escuálida a quien cobijé unas noches por compasión y que, en señal de gratitud, me birló una moneda de oro y unos dibujos que ya habrá vendido, quién sabe a quién.

El panadero y el boticario, el herrador y la ramera, el filósofo y el borracho, todos me respondieron lo mismo: el odio es negro.

Es decir, según toda esta gente, el odio sería el cielo nocturno del que la mano de un dios codicioso acopia las estrellas y la luna.

Esto demuestra lo fácil que resulta dejarse llevar por el pensamiento ajeno y lo difícil que es reflexionar con la mente propia.

Solo un necio con serrín en lugar de cerebro haría del odio la novia del negro.

Hay que ser un don nadie para no ver la rara nobleza de este color, su gracia aterciopelada, su misterio inescrutable.

Y hay que ser más tonto que un ganso borracho para no entender que, de hecho, el verde es el color del odio, pues no hay nada en el mundo que refleje mejor la astucia que la esmeralda y sus aguas artificiosas como los ojos de una mojigata.

¿Te acuerdas, maestro? Llevaba ya un tiempo contigo cuando, un buen día, me pusiste en los brazos un libro de padre y muy señor mío con olor a viejo.

No había pasado un año desde que empezara a soltarme en el arte de la lectura y me pareció que andabas contando los días para poder plantarme semejante libro en los brazos.

Lo abrí y, para mi alivio de primerizo, vi que tenía muchos dibujos y colores, no solo palabras.

Cuando viste que me alegraba, me soltaste, como de costumbre, un pescozón —tu gesto de maestro— y me dijiste que, hasta que no supiera hacer todo lo que decía el libro, nadie me consideraría hábil y menos aún talentoso.

Mientras viva, no olvidaré ni el libro ni a su autor, Cennino d’Andrea, también llamado Cennini, cuya agudeza mental y belleza de trazo habían cobrado fama en toda Italia.

Los primeros días me resultaron insoportables, pero después empecé a despertarme por la noche, a escabullirme en tu taller, maese Simone, a hurgar en busca del libro con artes de ladrón al que nadie descubre y al final lo encontraba enterrado en un montón de papeles llenos de bocetos y ensayos, me lo llevaba conmigo al pequeño cuarto donde dormía junto a una gata estrábica, encendía la lámpara de aceite, me ponía a leer y, aunque me resultaba difícil, pues algunas palabras las entendía a duras penas y otras casi nada, no me daba por vencido y cerraba aquel enorme mamotreto justo antes de que amaneciera.

Desde muy pequeño me gustaron los colores oscuros, como quizás recuerdes.

A veces los encontraba ya preparados en el taller pollos aprendices mayores y esperaba el momento en que me permitieras mojar el pincel en el color negro y cubrir primero el papel y luego el lienzo.

Por eso me sorprendió que, de repente, no me dejaras jugar con las aguas del negro.

No supe cuál era tu intención y, cuando me la revelaste, el miedo se adueñó de mí.

Pensé que querías librarte de mi persona y que no habías encontrado otra manera de hacerlo.

Y que nuestro acuerdo, válido durante cuatro años, se desharía sin que yo tuviera culpa alguna ni pudiera oponerme.

¡Qué susto tan grande me diste! Me pediste que tomara el libro de Cennino y, sin quitar ojo de sus páginas, aprendiera a preparar los colores.

Yo, un mocoso que andaba de aquí para allá por los patios ajenos, un don nadie con la cabeza llena de pájaros, ¿cómo podía convertirme de repente en un hechicero capaz de plasmar el arcoíris?

Algo así me parecía impensable. Pero me dijiste que, a partir de ese momento, solo pintaría con mis propios colores, porque cada uno de ellos revela algo del alma de quien los elabora.

«Quien prepara sus propios colores nunca llenará las paredes y los lienzos de mentiras». Estas fueron tus palabras.