La mariposa negra 1 #5
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Tomassoni examinó a los tres calaveras como mira el tratante de caballos la grupa y los dientes de un jamelgo.

A tenor de su aspecto, habría ganado un buen pellizco.

El dinero no era un problema, siempre que se cumplieran sus caprichos.

Además, ir a la caza de las bellezas que rondaban los talleres de pintura romanos era uno de los motivos de regocijo de los que tenían el riñón bien cubierto.

Cada uno de estos príncipes de la lujuria creía que revolcarse con una chica que servía de modelo a los artistas también los convertía a ellos en virtuosos y les ayudaba a ver con otros ojos los cuadros que luego miraban, tratando de discernir si las criaturas que aparecía en el lienzo guardaban o no parecido con aquellas que habían magreado entre las sábanas.

Aquel baile de la carne no era conocido por todas las personas insignes de Roma.

Escondido en la inmensidad de los aposentos del palacio del Quirinal y absorto en las intrigas eclesiásticas, el mustio de Pablo V sabía que en las calles de la ciudad reinaba la calma, pero no tenía la menor idea de lo que esta ocultaba.

En su fuero interno, soñaba con una urbe limpia de inmundicias, donde la fornicación apenas fuera un mal recuerdo y los bajos placeres hubieran sido extirpados por el ejército de siervos de la Santa Sede.

Y huelga mencionar que los siervos se habían empleado a fondo.

Las parejas de amantes habían dejado de yacer bajo el puente Sant’Angelo, tras las fuentes de las plazas o en la penumbra de las calles estrechas del Trastévere.

Ningún acto indecoroso se hacía a la vista, cosa que no significaba que los romanos se hubieran ablandado de repente y que, siguiendo el ejemplo del pontífice, les hubieran cogido cariño a los escritos de Abelardo [2] .

Bastaba con mirar por las calles y los jardines para pensar que Roma se había convertido en la ciudad de la virtud.

Pero si uno abría las puertas de las habitaciones superiores de las tabernas, posadas o mesones, el olor a almizcle y a bochornosos humores lo golpeaba como un ariete.

—En fin, ¿a quién quieren conocer sus mercedes? —Quiso saber Tomassoni.

El más alto de los dos jóvenes, que hasta entonces había susurrado naderías al oído del otro, captó al vuelo la pregunta del rufián.

—A las más hermosas y solicitadas. No sabemos cómo se llaman, pero podemos decirte en qué cuadros las hemos visto.

Ranuccio sintió un picor en el cabello que llevaba recogido en una coleta.

Claro que había buen dinero de por medio, pero si al palurdo aquel se le antojaba la joven en la que no estaba autorizado a pensar, la cosa cambiaba.

Y es que en Roma corría entonces un dicho: que Dios te libre del cuerno del toro, de la coz del caballo, de la sonrisa del inglés y del honor del alcahuete.

—Nunca he oído que nadie elija a las mujeres de los cuadros, pero bueno, podemos intentarlo —dijo con cautela, mirando uno por uno a los tres caballeros.

El moreno que le había preguntado quién era el tío Lechuga tosió ligeramente, dándole a entender a su camarada que, a partir de ese momento, él tomaría la palabra.

El tercer caballero permaneció en silencio, limitándose a observar la sarta de holgazanes que yacía tumbada al sol cerca de Marforio.

La luz de julio calentaba la ciudad más que el fuego bajo la sartén.

Olía a ropa sin lavar, a comida ahumada, a cera derretida y a ajo.

La Roma de calles estrechas como la cintura de una bailarina, de casas rojizas y de colinas donde las nubes de polvo se levantaban de la nada parecía un viajero adormecido al que una jarra de vino hubiera embriagado.

—Una de ellas posó para la Magdalena penitente , la otra para las Siete obras de misericordia .

No sé quién las pintó. Las vi el otro día en las iglesias en las que entré.

Esto es para que no vayas a creer, amigo Nuccio, que, aunque nos gusten las cosas livianas de la vida, no somos hombres de Dios.

Es bueno que sepas que no entramos en los templos del Señor para resguardarnos del bochorno.

Tomassoni se decía a sí mismo que las mujeres con las que soñaban los caballeros no formaban parte de las «cosas livianas de la vida».

En cuanto al pintor que las había retratado con tanta maestría, el alcahuete lo conocía bien y lo amaba como ama el presidiario el grillete que lleva atado a su pie.

A punto estuvo de decírselo a los dos picaflores, pero pensó que primero era mejor saber cuál era el tercer objetivo.

—Sé en quién estáis pensando, pero ¿había otra mujer más?

El caballero de pelo negro asintió con ávida sonrisa.

—Así es. La vi en un cuadro que se llama Santa Catalina de Alejandría .

Me imagino cómo será en realidad, si hasta cuando uno la ve pintada como mártir de la cristiandad se le acelera el pulso.

Además, siempre he tenido debilidad por las rubias de labios carnosos.

Porque, a decir verdad, amigo Nuccio, a esta moza la guardaría para mí.

El rufián no dejó que nadie se percatara, pero empezó a hervir por dentro.

La que había servido de modelo para Santa Catalina era precisamente su Fillide.

Lide la pizpireta. La llama de sus noches, su intento de reconciliarse con el mundo.

Por muy canalla que fuera —y, gracias a Dios, lo era—, por mucho que le gustara ganar dinero sin tener que dar un palo al agua —y, gracias a Dios, le gustaba—, Ranuccio Tomassoni no podía entregar a su amante como el que alquila un cuarto.

Por las otras dos muchachas habría podido regatear hasta el anochecer y más allá, puesto que Anna y Caterina le resultaban indiferentes; Lide, en cambio, le había sorbido el seso hasta prenderle una llama en el corazón.

Lide era suya. No de los papanatas que compran los encantos de las muchachas como si fueran requesón, no de los cardenales que rezan con devoción antes de meterles mano a las furcias que entran por la puerta trasera, no de los marqueses que tiemblan de deseo, no de los banqueros de bálano generoso, no de los prelados que murmuran oraciones antes de poner las imágenes boca abajo y satisfacer sus deseos con sabe Dios quién.

Y mucho menos de aquel despojo humano de Merisi, maldita sea la hora en que había venido al mundo.