La mariposa negra 1 #4
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Cual niño analfabeto, Tomassoni miraba aquellas palabras garabateadas, esforzándose por descifrarlas con la ayuda de lo que decían los que estaban alrededor.

Solo que el significado cambiaba en cada ocasión, como si una mano invisible hubiera alterado las palabras al amparo de la noche.

Receloso, el pequeño Ranuccio se alejaba de la estatua jurando no volver, si bien sabía que rompería su promesa tan pronto como pudiera.

Escondiendo en su pecho una manzana afanada en el mercado, descalzo y sucio, el niño caminaba durante media hora o más, hasta que, sintiendo el acecho del cansancio, se detenía a unos pasos de la iglesia de San Atanasio de los Griegos, tomaba aliento, entornaba los ojos y empezaba a hacer todo tipo de muecas, como si la fiebre y la locura hubieran hecho mella en él.

La responsable de aquellas muecas era otra estatua, la de Sileno, situada a la derecha del templo, a la que los romanos habían apodado Babuino pues se les antojaba que guardaba parecido con un simio.

Patrizio Gandi, el comerciante que había mandado construir una fuente junto a la Via Paolina, en el centro de la plaza, y había colocado la escultura de Sileno en medio de ella, había sido convenientemente recompensado, según la costumbre establecida tiempo atrás por Pío IV Dado que había erigido la fuente en beneficio de los romanos de a pie, Gandi recibió agua gratuita para sus casas y tierras hasta el final de sus días.

Las babuinadas reunidas alrededor de Sileno, en papeles cubiertos con letras grandes, hablaban también de fechorías, engaños y desvergüenzas.

Que si tal comerciante hacía trampas con la balanza y, si alguien lo sorprendía, no dudaba en salir corriendo detrás de él, dejando su mercancía al cuidado de los vecinos y persiguiéndole hasta que sentía que se le llenaban los pulmones de borra; que si tal boticario tenía una esposa agraciada y voluptuosa a la que el marido ya no podía satisfacer; que si tal usurero pedía el doble de lo acordado; que si tal médico daba a los enfermos remedios imaginarios para dolencias reales.

El pequeño Ranuccio se dejaba contagiar por la risa de los demás y señalaba con el dedo el lugar donde se encontraba la casa del sujeto en cuestión, tal como veía que hacían los mayores.

Después de reír hasta más no poder, proseguía su camino, mordiendo la manzana que había calentado en el pecho y dejando que un hilo de zumo se le escurriera por la camisa andrajosa.

La niñez era suya; las preocupaciones, de otros.

Vivía al día y le importaba bien poco si al día siguiente la tierra temblaba, el cólera irrumpía o la guerra estallaba.

Mientras pudiera divertirse, no había nada que lo afligiera.

Pasaba raudo junto a Pasquino y Marforio, donde parecía haber aún más gente que en las otras fuentes o estatuas, y luego, cuando sentía de nuevo que las fuerzas estaban a punto de flaquearle, se detenía junto a madama Lucrezia, la quinta escultura parlante de Roma y la única que representaba a una mujer.

El pedestal y el busto medían tres metros y ocupaban un pedazo de tierra entre el palacio Venecia y la iglesia de San Marco.

La estatua en cuestión había suscitado acaloradas discusiones entre los entendidos.

Algunos veían en el rostro ajado por el tiempo —y por las manos de un puñado de infames que se habían ido de rositas— los rasgos temblorosos de una de las sacerdotisas de la diosa Isis; mientras que otros argüían que se trataba del rostro ligeramente modificado de la emperatriz romana Faustina.

En cuanto al nombre, este provenía de una de las antiguas propietarias de la estatua, una tal Lucrezia d’Alagno, amante del rey napolitano Alfonso de Aragón, una mujer que arrastraba consigo secretos impenetrables y que se había mudado a Roma poco después de que su augusto amante abandonara el mundo de los vivos.

Cada uno de los paseos del niño Ranuccio Tomassoni finalizaba en Facchino, la sexta y última escultura parlante de la ciudad.

La obra, terminada en 1580, había sido erigida a escasos pasos de la Via Lata.

Los romanos lo llamaban el Aguador porque representaba a un hombre que llevaba en brazos un acquarolo , esto es, una pequeña tina con agua del Tíber que el hombre vendía a la gente por las calles, muchos años antes de que los papas ordenaran la restauración de los acueductos y la reapertura de las fuentes públicas.

Como el rostro de Facchino era borroso —sus rasgos parecían esculpidos a toda prisa—, nadie sabía si mostraba aturdimiento o satisfacción al ver el agua que brotaba del barril.

El pequeño Tomassoni se detenía frente a la estatua, miraba de reojo a izquierda y derecha, intentaba darse cuenta de si los ojos de Facchino lo seguían o no y, animado por la blancura pétrea de la estatua, se bajaba los pantalones y orinaba alegremente, como para responder de alguna manera al chorro de agua que se escurría por la pequeña tina.

A veces, algún que otro mercader lo agarraba de la oreja y le arreaba unas patadas en las posaderas; otras veces, los romanos que pasaban a su lado se encogían de hombros o le acariciaban la cabeza.

En esos momentos, Nuccio se sentía el niño más fuerte de Roma y, aunque ignoraba lo que se escondía en las cuartillas que estaban pegadas alrededor de las fuentes parlantes, empezaba a percatarse de algo: a veces, de repente y sin saber cómo, lograba desentrañar el significado de las palabras a tenor de la forma en que estas estaban escritas en el papel.

Cuando llegó a Marforio, los caballeros de la guardia aún no se habían presentado.

Como tenía que esperar, se coló entre algunos grupos de muchachos que ganduleaban bajo el sol otoñal, riñendo medio en broma o discutiendo por quién sabe qué motivo, y se acercó a la estatua frente a la cual se encontraba la multitud de inscripciones burlonas.

La mayoría entrelazaban el verso con la delación, y solo unas pocas eran patrañas.

Tomassoni quería saber cómo había sido sometido a escarnio el honorable Carmelo Pandolfi, del que ya había leído algo en la estatua de Pasquino.

Siempre había sabido que Pandolfi era un tipo despreciable y perezoso, que engatusaba a las chicas ingenuas diciéndoles que las amaba, las salpicaba con saliva y hacía lo imposible por meterlas en su cama de sábanas húmedas, donde olía a sudor y a orina.

Además, Nuccio le había echado el ojo a Alessandra, la pupila de Pandolfi, con sus ojos de cervatilla asustada y esa cintura en la que la mano del hombre se enroscaba como una serpiente codiciosa.

Solo que siendo como era de la cofradía del puño, el tío Lechuga la quería solo para él.

Tomassoni, en cambio, estaba dispuesto a dársela a cualquiera que tuviera dinero para pagar, pero para eso primero debía liberarla de la dominación del viejo verde prometiéndole el oro y el moro.

Y ver hasta qué punto su sospecha de que la humildad de Alessandra era solo de cara a la galería tenía o no fundamento.

Si Tomassoni hubiera ganado un escudo por cada mojigata que deambulaba con la mirada clavada en el suelo y se ruborizaba al mínimo contacto con la brisa, pero que, en casa, en la intimidad su habitación, soñaba con pecados cinco de cada seis noches, se habría hecho de oro.

Tío Lechuga, tío Lechuga

ya no eres el de antes

pero se te pone dura

viendo un pato en un estanque.

—¿Quién es el tal tío Lechuga?

Ranuccio miró hacia atrás, pues de allí venía la pregunta.

El hombre que había preguntado se llevó un instante la mano al ala del sombrero y sonrió suavemente.

Detrás de él, dos jóvenes de edad parecida hablaban en voz baja, pendientes de que nada de lo que dijeran llegara a oídos de terceros.

Ranuccio guardó el trozo de papel en el bolsillo de Marforio, para que otros también disfrutaran de la obscenidad de los versos.

Se volvió hacia los tres caballeros y replicó con gesto de desdén.

—Un patán que, en su vejez, se encaprichó de una joven. Roma está llena de ellos. Algunos dicen que la ciudad tiene más picaflores con muletas que columnas antiguas.

—Cuando tienes gota, te peinas con la toalla y duermes con el orinal debajo de la cama, un lío de faldas es la guinda del pastel…

—asintió el hombre—. Dime, amigo Nuccio, ¿nos echas un cable?

Mis amigos de Civitavecchia se mueren de ganas por echar mano de esa carne fresca de la que tú te encargas.

De esa misma que posa para los pintores.

Con lo dadivosos que me consta que son, recompensarán bien tu esfuerzo. Todo el mundo quedará satisfecho.