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Tomassoni movió la cabeza sin decir nada más, como si la expresión de perplejidad que había adoptado lo protegiera de tener que dar explicaciones. Pagó el vino y salió de la taberna.
La plaza Navona se veía como a través de una neblina por culpa del polvo que un jinete apresurado había levantado.
Imposible saber si estaba nublado o soleado.
A unos cientos de pasos, en el Campo de’Fiori, dos o tres floristas rociaban con agua varios montones de rosas turgentes, intentando mantenerlas frescas en pleno día.
El rubio, con el pelo recogido en una coleta, tocó la empuñadura de su espada con un gesto que se había vuelto habitual y se dirigió hacia la plaza del Parione, donde, frente a una pared lavada por la lluvia y ennegrecida por el viento, se encontraba Pasquino, la estatua de Menelao privada de manos y pies, que los sirvientes del cardenal Oliviero Carafa habían colocado allí hacía más de un siglo.
Pasquino, también llamada la estatua parlante, no solo era un trozo de piedra, sino también el lugar donde se colocaban, a la luz del día, libelos repletos de burlas políticas, diplomáticas, religiosas o que ridiculizaban las costumbres.
Cerca de la estatua, algunas manos desconocidas sujetaban, en plena noche, papeles en los que podían leerse mordaces renglones sobre el papa o sobre los ricos que habían protagonizado algún que otro descarrío.
Quien prestaba atención a los papeles que había junto a la estatua hallaba también noticias sobre el último cornudo de la ciudad o chismes sobre la gente que provocaba envidias.
Una leyenda transmitida de boca en boca decía que —en ciertas ocasiones y al cabo de un tiempo que solo la estatua conocía— esta se ponía a hablar y daba voz a lo que los desconocidos habían tenido a bien escribir.
Para algunos, los pasquines eran ataques, no siempre en verso, a través de los cuales aquel que escribía se vengaba de quien lo había agraviado.
Para otros, una excelente ocasión para marear la perdiz o arrancarle una sonrisa a la gente.
Talentosos o torpes, escabrosos o corteses, quienes depositaban sus líneas bajo los restos de piedra de Menelao alegraban o importunaban a los transeúntes.
Casi ochenta años atrás, Adriano VI , objeto de cientos de poemas burlones, había ordenado arrojar la estatua al Tíber, pero cambió de opinión cuando un siervo le aseguró que tal medida significaría, nada más y nada menos, reconocer la veracidad de lo escrito.
Y quizás el argumento habría sido insuficiente si el erudito no le hubiera explicado al pontífice que, al igual que las ranas, la voz de Pasquino se oía con más fuerza bajo el agua, de modo que hundirlo en el Tíber habría sido, más que una liberación, una auténtica desgracia.
Ranuccio Tomassoni se acercó a la estatua, guiado por la curiosidad de ver a qué noble o cardenal le había tocado esta vez ser objeto de escarnio. Los papeles, sujetos con piedrecitas para que el viento no se los llevara, parecían grandes mariposas inmóviles. El rubio levantó uno de ellos y leyó:
Tío lechuga, tío Lechuga,
hizo una de las suyas:
yació con una amante
y la dejó pa’lante.
El tío Lechuga, apodado así porque, durante siete días a la semana, alimentaba a los jóvenes pintores que tomaba bajo su brazo protector solo con cuencos de lechuga, no era otro que el honorable Carmelo Pandolti, un hombre a quien Roma consideraba la mismísima encarnación de la virtud, pero de quien ya se sabía que había perdido la cabeza por su pupila Alessandra, de la que, con un poco de indulgencia, bien podría haber sido su abuelo.
Don Carmelo no tuvo bastante con un cortejo de palabras y miradas codiciosas dirigidas al escote de la muchacha, sino que una noche se le ocurrió echarle algo al vino, esperó a que se debilitara la voluntad de la joven y se encaramó a la moza con malas artes, robándole la virginidad con un miembro inusualmente abultado para su edad y dejándole a cambio la semilla de una criatura de la que la chica se habría librado más tarde, lejos de las miradas de los curiosos que atestaban las plazas, agonizando sobre una mesa de madera sin cepillar y mordiendo un trapo, mientras el hierro del doctor le hurgaba en las entrañas.
La señora Pandolti, una consorte temerosa de Dios, se enteró de las fechorías de su marido cuando un día pasó por casualidad junto a Pasquino y vio a unos cuantos tenderos desternillándose mientras leían una cuartilla.
Sonrojada y temblando como un flan, la mujer compró el trozo del papel dispuesta a cocinárselo a su marido en vez del estofado de marras y, si este se negaba a comérselo, decidida a metérselo a la fuerza por el gaznate.
Pocos días después, los cuatro versos reaparecieron junto a Pasquino, escritos por la misma mano y dejados de nuevo junto a la estatua para que cada vez más gente se enterara de las costumbres que adornaban al tal Pandolti.
Lo que empezaba en Pasquino acababa pasando más tarde a Marforio, la segunda escultura parlante de Roma —de las seis que albergaba la ciudad— que acogía los ingeniosos apéndices de las pasquinadas y concitaba a no menos gente a su alrededor.
Reírse de los poderosos, exponer las vergüenzas de los nobles y desenmascarar a los cornudos eran placeres a los que ningún plebeyo hacía ascos.
Esta alegría generalizada, encerraba, sin embargo, algo extraño.
Las vendedoras ambulantes, los mendigos, las muchachas que se habían fugado de casa, las viejas parlanchinas y los vagabundos que pululaban por las calles de la ciudad se detenían en la plaza del Campidoglio, junto a la pared de la iglesia de Santa Maria en Aracoeli, y, en lugar de humillarse, como hubiera sido el caso, se daban codazos, señalaban con el dedo y se reían llevándose la mano a la boca o sujetándose la barriga.
Como si todo aquello fuera una enorme pantomima que parecía acontecer a contracorriente de lo que se había decidido entre los muros del Quirinal, donde a oídos de un papa más convencido que nunca de las ventajas de la moderación llegaban historias cada vez más extrañas sobre cómo se divertía la gente a dos pasos de lugares tan sagrados.
Las hojas de papel que adornaban a Pasquino eran agua de rosas en comparación con las inmundicias que albergaba Marforio.
Sin embargo, el objetivo para el que había sido esculpido Océano también propiciaba confesiones atrevidas y bromas sin tapujos.
Apoyado en un codo, escrutando el mundo de soslayo, como si se riera para sus adentros, Océano parecía presto a recordar todo aquello que estaba escrito en los papelitos que se acumulaban a pocos pasos de él.
Como si Marforio hubiera encontrado finalmente su sitio.
Hasta 1588, la estatua se había erigido entre el arco de Septimio Severo y el Mamertino, la prisión donde habían sido encerrados los santos Pedro y Pablo.
Desagradándole la proximidad existente entre aquel terrible lugar y el desaliñado aspecto de Océano, el papa Sixto V ordenó el traslado de la estatua a la plaza de San Marco, donde el dios de las aguas permaneció durante cuatro años, antes de ser retirado también de allí y reubicado junto a Santa Maria en Aracoeli, una iglesia cuyo aire habría contentado hasta al mohíno de Pablo V .
De camino a Marforio —donde lo aguardaban unos caballeros que lo conocían como experto en alcahueterías— Tomassoni recordó que de niño solía dar la vuelta a las fuentes parlantes dos veces a la semana, mientras lanzaba piedras a los gorriones y les silbaba con picardía a las criadas que sus amas mandaban a hacer recados.
Pendiente en todo momento de que sus pasos hicieran que la caminata durara el mayor tiempo posible, el paseo empezaba en el distrito de Sant’Eustachio, donde los constructores contratados por el cardenal napolitano Alfonso Gesualdo trabajaban en la fachada barroca de la iglesia de San Andrés del Valle y donde, a poca distancia y reproduciendo su vetusta altivez, se alzaba el abate Luigi, la estatua de un magistrado ataviado con toga.
El responsable del nombre había sido un guasón que, deteniéndose unos instantes frente a ella, vio que el magistrado se parecía al sacristán de la iglesia del Santísimo Sudario.
En cinco años, los ladrones surgidos de la fértil escoria de Roma habían robado tres veces la cabeza de la estatua, pero en cada una de las ocasiones los guardias del cardenal Gesualdo habían logrado encontrar a los culpables, arrebatarles el botín y pegar de nuevo la calavera de piedra al cuello del magistrado.
A pesar de todas las vicisitudes por las que había pasado, el abate Luigi se mantenía erguido; su rostro inexpresivo respiraba dignidad, y los muñones envueltos en los pliegues de la toga le daban a entender al espectador cuán poderoso había sido en vida, cuando aún contaba con manos.
Bajo la estatua, unos versos cincelados en piedra revelaban su propósito satírico y su parentesco con otros monumentos parlantes:
FUI DELL’ANTICA ROMA UN CITTADINO
ORA ABATE LUIGI OGNUM MI CHIAMA
CONQUISTAI CON MARFORIO E CON PASQUINO
NELLE SATIRE URBANE ETERNA FAMA
EBBI OFFESE, DISGRAZIE E SEPOLTURA
MA QUI VTTA NOVELLA E ALFIN SICURA [1] .