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La salida de las prostitutas de ambas parroquias hasta llegar a las plazas —que se llenaban como por arte de magia, para vaciarse de nuevo en menos de un cuarto de hora— apuntaba más a una trata de mujeres que a un lavado de conciencias, pero nadie tuvo el valor de confesarle al pontífice de qué modo había sido tergiversada su piadosa intención.
Con las posaderas hundidas en los cojines de la Santa Sede, Pablo V seguía convencido de que la reforma moral había comenzado y de que más pronto que tarde las pupilas de los burdeles de Roma no tardarían en mostrarse bajo una nueva luz.
Entre las pecadoras que se arrodillaban cada domingo en Santa Maria in Traspontina había unas diez o doce jóvenes que mantenían relaciones más que enrevesadas con la Iglesia.
Por un lado, yacían con cualquiera que las embelesara con el sonido de un puñado de ducados.
Por otro, sus rostros podían contemplarse en las paredes de los templos, puesto que eran las prostitutas que algunos artistas usaban como modelos para llenar de pinturas las iglesias de Roma.
El camino que iba desde la sobriedad virginal de los rostros que mostraban los frescos hasta el ávido bullicio de las alumnas aventajadas en la escuela de la vida no era corto; pero, con un ápice de imaginación, podía recorrerse.
Fillide Melandroni era una de estas jóvenes que venían cada domingo a recibir el baño de conciencia.
La fórmula le parecía de lo más ridícula y no perdía la ocasión de decírselo a cualquiera que tuviera a bien escucharla.
—El baño de conciencia significa sacar la cama del cuarto para que tu mujer deje de engañarte —decía ella con un brillo pícaro en la mirada—.
El santo padre, que Dios le dé fuerzas, parece un hombre decente, pero es más ingenuo que una criatura en el vientre de su madre.
Ya ves tú, un baño de conciencia. Para un puñado de putas. Dime tú si no es para hacerse cruces.
Un gesto de falsa humildad acompañaba estas palabras, antes de que la propia Fillide desapareciera del brazo de un cliente que ya se imaginaba acariciando sus redondeces.
—Esa insolencia no te sienta nada bien —la reprendió una vez una amiga—. No deberías hablar así.
Fillide frunció el ceño, perpleja.
—¿Y por qué no? Al fin y al cabo, se trata de dinero.
Esos toritos que no encuentran lo que necesitan en sus casas me pagan para que les haga de esposa.
Y los pintores me pagan porque no les da la cabeza para imaginarse a una santa o lo que sea y prefieren darme dinero para que, durante dos semanas o dos meses, esa santa sea yo.
Son ellos los que acuden a mí: no soy yo la que les pide nada y menos la que se ofrece.
Entre las amigas de Fillide Melandroni también estaban Caterina Vannini, Lena Antognetti y Anna Bianchini.
Los nobles y prelados que disfrutaban de sus noches con ellas en el palacio Del Monte o en las opulentas casas de las afueras de Roma, intercambiándolas entre sí sin barruntar su destreza en el desenfreno, las habían llamado las Cuatro Gracias.
Por desgracia, las palabras llegaron a oídos de monseñor Pietro Aldobrandini, que un año antes había sido nombrado obispo de Rávena.
Hallándose en Roma por sus asuntos, monseñor escuchó a un joven prelado hablar sobre las cuatro mujeres y comprendió que la tentación de la carne lo había llevado incluso a él a despojarse de las vestiduras sacerdotales y entregarse al libertinaje.
Quizá la furia de monseñor debería haberse extendido hasta los pasillos de los apartamentos papales, solo que Aldobrandini había aprendido mucho tiempo atrás, incluso antes de tomar posesión del ducado de Ferrara, que cualquier detalle comprometedor no debe revelarse de inmediato, sino que conviene guardarlo para ser utilizado en el momento oportuno.
Por lo tanto, monseñor se limitó a llamar a las rameras las Cuatro Desgracias.
—Nuccio, hazme caso, en vano andas tú detrás de ella —dijo el tabernero, espantando una mosca que se había posado en el borde de la jarra de vino—. Tú te la comes con los ojos, pero a ella le importas un comino. Y, de todas formas, cuelgan tantos de sus faldas, que solo faltabas tú.
El rubio se bebió el resto del vino y se limpió la boca.
—Mayor es la recompensa para quien sabe esperar, maese Girolamo.
La poesía, ya ves tú, también sirve para algo.
Te enseña a tener paciencia. Lide es mía, maese.
Mía, ¿entiendes? Yo la di a conocer, yo la convertí en lo que es, yo la metí en las camas de esos viejos verdes que andan babeando en busca de carne fresca…
—Tengo entendido que no todos son tan viejos.
—La mayoría, cuando se sienta en el orinal, se olvida de por qué se ha sentado.
Los conozco bien: sé lo que pueden y no pueden hacer.
Andan contando los pedos que se tiran y rascándose la cabeza.
Y Lide les saca los cuartos, los maneja a su antojo y se ríe en su casa.
¿Acaso crees que alguno va a caerle en gracia?
El tabernero volvió a llenar las jarras y contuvo un bostezo.
Las otras mesas permanecían tan vacías como a la hora de abrir.
Menos mal que por allí andaba el joven Tomassoni, porque, de lo contrario, habría terminado bebiéndose su propio vino.
Solo le faltaba sacar algunas monedas del bolsillo y pagarse a sí mismo.
«Y todo esto por culpa de ese papa tan mustio», pensó Girolamo escamándose solo de pensarlo.
—No me refiero a ninguno de esos viejos. Las malas lenguas dicen que el lombardo se ha encaprichado de ella. Y que, llegado el caso, no le haría ascos a tu Lide.
El rubio golpeó la taza contra la mesa y a punto estuvo de romperla.
En los últimos meses, todas las conversaciones con maese Girolamo acababan, no sabía cómo, mencionando a Michelangelo Merisi, el pobretón que había llegado a Roma con un hatillo colgado de un palo y huyendo del hambre, pero que se había ganado la simpatía de los ricos del lugar, ansiosos por ayudarlo.
Merisi llevaba trece años viviendo allí y todos los lugareños acababan, tarde o temprano, refiriéndose a su persona.
Algunos lo maldecían; otros lo adoraban.
Había quien pensaba que era un instrumento del diablo; otros, en cambio, veían en él al primer pintor verdadero después de Tiziano.
Unos se le habían encarado en tabernas y burdeles, mientras que otros se habían conformado con un retrato hecho de rumores, habladurías y sospechas.
Merisi era deslenguado, sucio, borracho, bravucón, descarado y de mecha corta.
No había espejo junto al que pasara sin que se mirara con detalle, aunque no hubiera mucho que ver.
No había ramera que no se hubiera llevado a su lecho.
Ni pintor de renombre al que no estimara inferior.
No había chabacanería alguna que no hubiera escupido a la cara de los demás, ya fueran mesoneros, sacerdotes o zapateros.
Y casi no quedaba ninguna celda en la prisión de la ciudad en la que no hubiera pasado al menos una noche.
Aun así, no dejaba de ser curioso que en cada encarcelamiento —mientras los romanos, hartos de escándalos y peleas nocturnas, esperaban que, por lo menos esta vez, los huesos del canalla se pudrieran entre rejas— el enviado de uno de los protectores de Merisi se presentara en la puerta, intercambiara unas palabras con los carceleros, repartiera bolsas de oro a quien correspondiese y sacara al lombardo de las entrañas de la prisión, para llevarlo ante el imponente hombre que había ordenado semejante tejemaneje.
Merisi era un tipo peligroso, un hombre rebelde, un ovillo de sentimientos, impulsos y malos hábitos.
Pero al mismo tiempo, también era una pluma valiosa en el sombrero de muchos nobles romanos que deseaban amistarse con las artes y los artistas.
Ranuccio Tomassoni, por su parte, dudaba entre la vida de pintor y otra mucho más lucrativa: la de alcahuete de las prostitutas que posaban para los artistas de Roma.
Abandonarían así las camas donde dejaban que los ricachones hicieran con ellas lo que les viniera en gana para aparecer en las paredes de las iglesias de la ciudad.
Con tanto rufián pululando por la urbe, que hubiera uno más no habría de molestarle a nadie.
El palacio del Quirinal hervía en la fiebre del sacrilegio, pero Pablo V no tenía medios para responder.
Haber pagado a los pintores para que dejaran de transformar a las furcias en santas habría debilitado su poder.
Si hubiera enviado a sus hombres a amenazarlos, podría haberse quedado sin ellos, consciente de que sus valientes pintores manejaban igual de bien la espada que el pincel.
Así que el santo padre dio su brazo a torcer, albergando la esperanza, con una inocencia inquebrantable, de que la fuerza penetrante de los sermones dominicales surtiera efecto en el alma de las pecadoras.
—Lide ha trabajado muchas veces con Merisi, señor.
Ha posado para no sé cuántos cuadros. Se conocen desde hace más de una década.
Si algo hubiera tenido que pasar, ya habría pasado.
Y yo me habría enterado. Soy el único hombre del que Lide no puede esconderse.
Porque solo yo conozco su secreto. Y si ese secreto sale a la luz, Lide acabará durmiendo bajo los puentes y escarbando en la basura para poder malvivir.
El tabernero se enjugó la frente con un trapo que solo seis meses atrás había sido blanco por última vez.
—Así pues, Nuccio, ¿conoces muchos secretos que tuvieron una larga vida en Roma?
Mira tú que el vino y la tortura desatan todas las lenguas.
Si has logrado guardar el secreto hasta ahora, sin soltar una sola palabra, significa que no es gran cosa.
Porque, de lo contrario, ya habrías intentado sacar algún provecho.
No olvides que te conozco y sé de lo que eres capaz.