La mariposa negra 1
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La mariposa negra

La mariposa negra

Por Radu Paraschivescu

© inepub.com

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—Cuando partes un pan humeante y hace sol, ya no necesitas nada —murmuró el joven rubio de coleta—. Así es como debe empezar la mañana, con pan caliente y sol. Y con un lagarto calentándose en la pared.

—Se te ha subido el vino a la cabeza, Nuccio. Mañana o pasado me dirás que la vida es bella al lado de los curas. ¿A qué viene lo del lagarto?

El cojo con bigotes de gorrión se levantó de la mesa medio iluminada por los rayos del sol, se frotó las manos en un delantal grasiento —más llevado por la costumbre que por aprestarse a hacer algo en particular—, se dirigió a la puerta y echó un vistazo afuera.

Nada. Nadie. Ni un alma. No era gran cosa ser tabernero en aquellos tiempos.

Tantos quebraderos de cabeza en vano. Antes, en la taberna no cabía un alfiler y olía a abundancia, las bandejas de comida se vaciaban en menos que canta un gallo, las canciones hacían vibrar las paredes, los catres chirriaban y nadie cerraba los ojos hasta el amanecer.

En la cocina se preparaban cochinillos, patos, conejos, perdices y faisanes.

La cebolla picada hacía llorar a las cocineras, que sudaban hasta bien entrada la noche.

Las fiestas duraban hasta que las despensas se quedaban vacías y las camareras invitaban a los comensales a comprobar por sí mismos que no quedaba ni una miga, ni una hoja de lechuga, ni una patata, ni un gramo de tocino frito, ni un panal con dos abejas atrapadas en el ámbar pegajoso de la miel, ni una fruta entera o en rodajas.

Los barriles de la bodega estaban llenos de vinos mecidos durante días en carruajes, traídos desde las colinas de la Toscana.

Allí, en las ciudades de ladrillo de la República Florentina, en Montefioralle y Panzano, en Castellina y San Miniato, en Radicondoli y Montalcino, los otoños significaban días enteros de bailes salvajes, en los que mujeres sudorosas aplastaban los racimos bajo sus pies y tenían que ser relevadas cada tres horas; no tanto por el cansancio ni por el bochorno, sino por el olor que les invadía la mente hasta mareadas.

Desde hacía algunos años, sin embargo, las cosas habían cambiado.

Con un papa que vivía zafándose de la vida, en la Santa Sede del palacio del Quirinal, Roma empezó a no mostrar abiertamente su alegría.

En su rostro, antes gozoso, se había instalado una palidez enfermiza.

Las tabernas de las esquinas ya no se llenaban como antes, cuando uno se tomaba el vino de pie porque no quedaba ni una triste silla en la que sentarse.

Los prestidigitadores de las plazas se habían esfumado.

Los carteristas habían empezado a robarse los unos a los otros.

A las mozas de las tabernas se les empezaron a nublar los ojos, a encogérseles los labios, a arrugárseles las mejillas y a marchitárseles los muslos de tanto esperar que alguien les arrancara la ropa, sometiera sus cuerpos y les revolviera el alma, como ocurría antaño.

Hasta los jardines parecían desiertos al mediodía, indiferentes a la luz del sol y al zumbido de los abejorros.

Ahora, el viejo cojo de la plaza Navona, que había abierto su taberna a tiro de piedra de la Fontana dei Calderari, tenía tiempo para sentarse a la mesa de cada cliente que cruzaba el umbral, escuchar sus sandeces y tentarlo al menos con un par de huevos con cebolla, si la cartera no daba para más.

En los últimos meses, ni siquiera eso había ocurrido más de tres veces al día.

«Mucho será si no empiezo a dar de comer fiado», se decía el tabernero de mala gana.

«Mucho será si no acabo haciendo muescas para llevar la cuenta».

—El lagarto se acerca al hombre afortunado como la mosca a la mierda, maese Girolamo. Quien tiene uno cerca de casa ahuyenta los problemas.

¿Otra vez estuviste anoche en casa de esa loca? Ten cuidado, que no es la primera vez que te llena la cabeza de pamplinas. ¡Por Dios, Nuccio, si te vas de pendoneo, escoge por lo menos una mujer que tenga la cabeza en su sitio!

El rubio negó con la cabeza, como perseguido por un pensamiento que no lo dejaba en paz, y partió otro trozo de pan de corteza negra. Masticó con desgana, sin importarle la mirada preocupada del tabernero.

Tiene la cabeza más sana que muchos de nosotros, maese. Y, de todos modos, con lo del lagarto tiene razón. Cuando las cosas te iban bien, había hasta diez o doce tumbados al sol, de aquí hasta la fuente. Ahora, no hay ni uno. No me digas que es una coincidencia.

«Esa loca» se llamaba Fillide Melandroni y, como toda la gente de mente abierta en Roma, maldecía el día en que la muerte de León XI había sumido a la ciudad en la languidez.

Fillide había nacido en Siena y provenía de esa clase de buena familia que te obliga a hacer cosas malas.

Ataviada no solo con vestidos incómodos, sino también con principios que solo podían conducir al agostamiento de quien los seguía, la chica decidió un buen día desobedecer los consejos y revelarse ante las ataduras de sus progenitores.

Cada uno de sus preceptos era recibido con una risa alegre y despectiva.

Y es que cada intento de familiarizarla con el mundo de la nobleza toscana se había saldado con un fracaso, pues Fillide gustaba de vestirse y vivir bien, a menos que su libertad se viera coartada.

¿Nobles adinerados? ¿Marqueses con los bolsillos llenos?

¿Vizcondes con inmensas haciendas a dos días a caballo?

Se habría zampado a tres cada mañana y en ayunas.

Imponiendo, eso sí, dos condiciones: que no fueran de Siena, sino de Roma, y que no existiera el riesgo de toparse con ellos en salones repletos de cuadros, terciopelos y lámparas de araña, sino en camas de taberna, donde olía a perfume barato y a animal en celo.

Se cumplía un año desde que el cardenal Camillo Borghese, nacido en Roma, pero educado en leyes en las universidades de Perugia y Padua, había sido elegido papa con el nombre de Pablo V tras la muerte de León XI .

Desde las primeras semanas en el Quirinal, entre los frescos de Guido Reni, el nuevo pontífice había sembrado la tristeza y la desesperación entre los romanos.

Su carácter huraño, su querencia por las sutilezas legales o teológicas y sus interminables discusiones sobre derecho romano hacían de Pablo V una figura por lo general insoportable.

Los electores reunidos en cónclave lo habían preferido a Cesare Baronius y Roberto Bellarmino, sus rivales al trono papal, que prestaban mucha atención a los dictados de los franceses y los españoles.

El santo padre tenía una inclinación natural a negociar, lo que había importunado a más de uno —«es un pacifista mezquino», se le oyó decir en una ocasión al secretario de un cardenal—, si bien a la mayoría le había caído bien.

Porque la diplomacia implica negociación, y a quien acepta negociar se le abren puertas que para otros permanecen cerradas, sobre todo cuando sopla el viento de la pobreza.

Las formas del nuevo papa habían resultado más que evidentes desde los primeros meses de su oficio: a los obispos que pululaban por Roma les había ordenado regresar a sus diócesis y a quienes se habían atrevido a preguntar por las causas de tal medida, el santo padre se había encargado de responderles personalmente y con voz amenazante, arguyendo que, en realidad, se limitaba a respetar las decisiones del Concilio de Trento, que había establecido, décadas atrás, que cada obispo debía residir en su propia diócesis y, bajo ningún concepto, en el corazón de Roma.

Si esta decisión había alegrado a los romanos de a pie —pues el propio papa frenaba el despilfarro al que se entregaban algunos de los siervos del Señor—, la decisión que estaba por venir les hizo preguntarse si el pontífice no padecía acaso un grave trastorno mental.

Y es que, a escasos dos meses de su ascenso a la Santa Sede en el Quirinal, Pablo V había comenzado a preocuparse por ciertas ovejas descarriadas.

Aunque no por todas, como habría sido lo justo, sino solo por aquellas que vendían sus encantos.

Como sabía que no podría convencer por las buenas a ninguna de las prostitutas de Roma para que dejaran de comerciar con su propio cuerpo, había elegido dos iglesias donde los domingos se oficiaban misas solo para estas almas descaminadas.

«Un baño de conciencia», había sentenciado el papa cuando los sacerdotes de Santa Maria in Traspontina y Santa Caterina della Rota solicitaron audiencia en el Quirinal para pedir explicaciones.

«Estas chicas se lavan el pelo, las axilas y los pies, pero dejan su alma sin limpiar.

Sus señorías les darán el baño de conciencia que necesitan».

Quienes habían sacado provecho inmediato de la disposición de Pablo V habían sido, por supuesto, los cazadores de faldas que deambulaban todo el santo día tras las bellezas de Roma.

Entre ellos no solo se encontraban bandidos entregados al vicio, carteristas en busca de carne joven y recia o condotieros a caballo entre dos misiones, sino también un gran número de nobles rumanos que tenían el riñón bien forrado.

Si hasta entonces se veían obligados a perseguir a las chicas por lugares de dudosa reputación —internándose en barrios donde hasta los espadachines más famosos podían hallar la muerte por culpa de un puñal— desde el día en que el santo padre decidió celebrar aquella misa especial solo tenían que esperar pacientemente, con una piedad a duras penas disimulada, frente a Santa Maria in Traspontina y Santa Caterina della Rota.