La Marea de tu Memoria CAPÍTULO 5 - HORIZONTE #2
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CAPÍTULO 5 - HORIZONTE #2

La miré en silencio.

Ella levantó uno de los rotuladores.

—Dibujémonos las flores.

Por un segundo, no respondí. No porque no entendiera la idea, la entendía perfectamente. Y precisamente por eso me quedé quieto.

Lauren sonrió levemente al notar mi expresión.

—¿Qué pasa?

Negué despacio.

—Nada… solo que tú conviertes cualquier cosa en algo importante.

—Porque casi todo lo es.

Se acercó a mi tabla y la colocó entre ambos.

—Ven.

Me senté frente a ella sobre la manta.

—¿Puedo? —preguntó, apoyando la mano sobre la tabla.

Asentí.

Lauren quitó la tapa del rotulador rosa y comenzó a dibujar despacio.

La observé en silencio.

El viento movía mechones de su pelo constantemente y, aun así, no intentaba apartarlos.

No parecía tener prisa.

Cada línea estaba hecha con cuidado, como si aquello significara más de lo que decía en voz alta. Así, una gerbera empezó a aparecer poco a poco sobre la superficie blanca de mi tabla. Reconocí inmediatamente la forma de los pétalos abiertos.

—Te acuerdas —murmuré.

Lauren levantó apenas la vista.

—Claro que me acuerdo. ¿Cómo olvidarlo?

Aquella flor había sido el inicio de algo, un gesto pequeño en medio de una librería que terminó convirtiéndose en un lenguaje entre nosotros.

Cuando terminó, pasó suavemente los dedos cerca del dibujo para comprobar que no se hubiera corrido la tinta.

—Ya está —dijo.

Bajé la mirada hacia la tabla.

La gerbera no era perfecta y precisamente por eso era preciosa.

Sonreí sin darme cuenta.

—Ahora tú —dijo Lauren, tendiéndome el otro rotulador.

Tragué saliva teatralmente.

—Demasiada presión artística.

—Aday.

—Vale, vale.

Ella acercó su tabla y se sentó frente a mí con las piernas cruzadas.

Un clavel rojo, no necesitaba pensar como dibujarlo. Había recordado aquella flor más veces de las que admitiría en voz alta.

Destapé el rotulador y apoyé la mano sobre la tabla intentando mantener el pulso firme.

—Concentración máxima —murmuró Lauren.

—No ayudes.

Ella sonrió.

Y yo, inevitablemente, también.

Empecé a dibujar.

No tenía la delicadeza de Lauren ni su paciencia, pero aun así intenté hacerlo bien, porque era suyo y, porque, de algún modo, sentía que estaba dejando una parte de mí allí.

Cuando terminé, me aparté un poco para observar el resultado.

Lauren inclinó la cabeza hacia un lado.

—Te quedó bonito.

—Eso ha sonado a cumplido condescendiente.

—Porque lo era.

Le lancé el tapón del rotulador y ella se rió. Luego, cogió su tabla y la acercó a la mía.

Las dos flores quedaron enfrentadas bajo la luz tenue de la luna: la gerbera rosa y el clavel rojo.

Lauren apoyó la cabeza sobre mi hombro.

—Ahora sí parecen nuestras.

Miré las tablas un momento más y entendí que no estaba hablando solo del surf.

Pasamos un rato en silencio escuchando el mar, el viento nocturno era suave y olía a sal. Lauren trazaba formas distraídas sobre mi brazo con la yema de los dedos mientras yo observaba el horizonte oscuro.

—¿Sabes qué me gusta de nosotros? —preguntó de repente.

Giré un poco la cabeza hacia ella.

—Sorpréndeme.

Sonrió levemente.

—Que nunca tuve que dejar de ser yo para quererte.

Sentí algo tensarse suavemente dentro de mí y la miré. Ahí estaba otra vez esa sensación, la de verla completa, auténtica… Como aquella primera noche en la playa.

Apoyé mi frente contra la suya.

—No sabría querer otra versión de ti.

Lauren cerró los ojos un instante.

Y entonces me besó despacio, mientras el sonido del mar seguía rompiendo a nuestro alrededor como si el mundo entero respirara con nosotros.

Al día siguiente, me desperté antes que Lauren.

El sonido de las olas llegaba amortiguado desde fuera de la furgoneta, mezclándose con el silbido suave del viento de la mañana. Durante unos segundos me quedé quieto, observándola.

Dormía de lado, envuelta en una manta que había dejado de cubrirla correctamente hacía rato. Tenía el pelo desordenado sobre la almohada improvisada y una mano escondida bajo la mejilla.

Sonreí. Había algo peligrosamente bonito en verla así.

Luego aparté con cuidado un mechón que le cubría la cara.

Lauren frunció levemente el ceño antes de abrir los ojos poco a poco.

—¿Qué hora es…? —murmuró con la voz todavía rota por el sueño.

—Temprano.

—Odio esa respuesta.

Me reí por lo bajo.

Ella pestañeó varias veces, todavía perdida entre el sueño y la vigilia. Entonces pareció darse cuenta de que la estaba mirando demasiado fijamente.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Mentira.

Apoyé el brazo detrás de la cabeza.

—Solo estaba pensando que tienes cara de dormir fatal.

Lauren abrió los ojos de par en par, ofendida.

—Qué romántico eres.

—Intento mantener viva la relación.

Ella soltó una pequeña risa nasal y terminó acercándose hasta apoyar la frente contra mi pecho.

—Hace frío —protestó.

La rodeé con el brazo automáticamente.

—Cinco minutos más —murmuró.

—Eso dijiste hace poco.

—Y funcionó.

Me quedé un rato así, abrazándola mientras el interior de la furgoneta empezaba a llenarse lentamente de luz. No necesitábamos hablar, a veces lo mejor era precisamente eso: no sentir la obligación de llenar cada silencio.

Lauren fue la primera en incorporarse finalmente.

Se estiró despacio, todavía envuelta en la manta.

—Vamos al agua.

La miré.

—Ni siquiera has desayunado todavía.

—Exactamente —respondió—. Hay prioridades.

Salimos de la furgoneta todavía medio dormidos.

La mañana estaba despejada y el horizonte parecía infinito bajo aquella luz suave del amanecer. La playa seguía prácticamente vacía; solo algunas gaviotas caminaban cerca de la orilla mientras el viento levantaba pequeñas espirales de arena.

Lauren apoyó su tabla contra la puerta de la furgoneta y sonrió al ver el clavel dibujado.

—Sin duda, eres todo un artista.

—Te sorprende porque esperabas algo horrible.

—Digamos que tenía fe limitada.

Le saqué la lengua mientras cogía mi tabla.

La gerbera rosa destacaba sobre el blanco brillante de la tabla.

Por un instante, ambos nos quedamos observando los dibujos en silencio. Había algo extrañamente simbólico en entrar al agua con ellos ahí, como si lleváramos al otro al lado incluso cuando las olas nos separaban.

Lauren debió pensar algo parecido porque sonrió antes de acercarse a mí.

—Estrénala bien.

—Intentaré no decepcionarte.

—Imposible.

Entramos al agua juntos. Remamos alejándonos de la orilla mientras el sol se elevaba sobre nosotros. El agua estaba fría, pero de esa temperatura agradable que despierta el cuerpo entero.

Miré a Lauren flotando a pocos metros, tenía el pelo húmedo pegado al cuello y las gotas de agua brillaban sobre su piel cada vez que levantaba la cabeza.

Me estaba mirando, otra vez.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Ahora tú estás mintiendo.

Lauren sonrió sin molestarse en negarlo.

—Me gusta verte aquí.

Entonces, sentí algo cálido instalarse en mi pecho porque entendía perfectamente lo que quería decir. No hablaba solo del mar, hablaba de mí… De cómo había vuelto.

Una ola pequeña empezó a formarse detrás de nosotros y Lauren señaló hacia ella.

—Tuya.

Remé hacia delante casi por inercia. Últimamente, mi cuerpo reaccionaba distinto, más ligero, más intuitivo.

Me incorporé justo cuando la ola empezaba a romper. El agua se deslizó bajo la tabla con suavidad y durante unos segundos todo se redujo al equilibrio, al sonido del mar y al viento golpeándome la cara.

Giré ligeramente al bajar la pared de la ola y entonces la vi.

Lauren seguía sentada sobre su tabla observándome completamente embobada. Tanto… que no vio venir la ola que tenía detrás.

—Lauren— empecé a decir.

Demasiado tarde, la espuma la golpeó de lleno y desapareció hacia atrás de forma bastante poco elegante. Yo me eché a reír instantáneamente, de esa risa involuntaria que no puedes contener aunque quieras.

Lauren emergió del agua apartándose el pelo de la cara.

—¡No te rías!

—¡Lo siento! —respondí todavía riéndome—. Pero ha sido increíble.

—Te estaba mirando.

—Eso no mejora la situación.

Ella me fulminó con la mirada… aunque terminó riéndose también.

—Eres idiota.

—Y tú acabas de ser asesinada por una ola de medio metro.

Lauren se acercó remando hasta mí.

—Voy a fingir que eso no ha pasado.

—Demasiado tarde; lo recordaré toda mi vida.

—Entonces tendré que distraerte.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Eso era una amenaza?

No respondió, solo sonrió de esa forma peligrosa que siempre precedía alguna locura.

La siguiente hora transcurrió entre olas, risas y pequeñas competencias absurdas que ninguno admitía tomarse en serio.

—Esa no cuenta —protestó Lauren después de que le robara una ola.

—Claro que cuenta.

—Me la quitaste.

—La vida es dura.

Ella negó con la cabeza mientras volvía a colocarse el pelo hacia atrás.

En un momento, Lauren consiguió una ola especialmente limpia. La observé deslizarse sobre el agua con esa naturalidad hipnótica que siempre tenía. Cada movimiento suyo parecía conectado con algo más profundo que la técnica, como si entendiera el mar desde dentro.

Y ahí estaba otra vez esa sensación, la misma de hacía años… la de no poder apartar la mirada.

Lauren terminó la ola y volvió remando hacia mí.

—¿Por qué me miras así siempre?

La pregunta me pilló desprevenido.

Tragué saliva.

—¿Así cómo?

Ella apoyó los brazos sobre la tabla.

—Como si estuvieras viendo algo importante.

El mar se movía suavemente entre nosotros.

Sonreí apenas.

—Porque lo estoy viendo.

Lauren bajó la mirada un instante y eso me hizo gracia porque seguía poniéndose nerviosa algunas veces, incluso después de todo.