La Marea de tu Memoria CAPÍTULO 5 - HORIZONTE
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CAPÍTULO 5 - HORIZONTE

Han pasado dos años desde aquel campeonato en Famara.

Dos años desde que el mar dejó de guardar silencio y recuperó la voz con la que solía recordarme quién era antes de perderme. Dos años desde que Lauren… se convirtió en mi hogar.

Podría decir que han pasado muchas cosas y… sería verdad.

Exámenes que parecían no terminar nunca, veranos que se escapaban entre viajes improvisados, tardes enteras en el agua hasta que el cuerpo ya no respondía, bromas absurdas con Iriome, silencios cómodos con Asier, y esa manera tan suya que tiene Noa de aparecer cuando menos lo esperas con algo importante que decir… o con algo importante que callar.

Pero si soy sincero, lo que más ha cambiado no está en los grandes momentos: está en lo pequeño, lo que se repite y lo que permanece inalterable.

—¿En qué piensas? —murmura una voz adormecida a mi lado.

Parpadeo, saliendo poco a poco de ese hilo de recuerdos.

Lauren apenas ha abierto los ojos. Tiene el pelo desordenado, cayéndole sobre la cara, y una de sus manos descansa sobre mi pecho.

—En nada importante —respondo en voz baja.

Ella sonríe sin mirarme, como si supiera que miento. Siempre lo sabe.

Se acerca un poco más, lo justo para apoyar los labios en los míos en un beso corto, tibio, todavía a medio camino entre el sueño y la vigilia. Luego vuelve a acomodarse, escondiendo la cara en mi cuello.

—Cinco minutos más… —susurra.

Cinco minutos que nunca son cinco.

Me quedo quieto, sintiendo su respiración volverse más profunda otra vez.

Y entonces vuelvo al presente del todo: a la habitación, los rayos de luz que se cuelan entre las cortinas, a su cuerpo pegado al mío… A nosotros.

Durante un tiempo, no supe muy bien en qué momento dejamos de ser “algo” para convertirnos en esto. Supongo que empezó después del campeonato; después de aquella noche.

No hubo una conversación clara, ni una decisión formal. Simplemente empezamos a elegirnos… todos los días.

Al principio, eran excusas: quedar para surfear, para estudiar, para ver una serie… Luego dejaron de ser excusas y, un día, sin darme cuenta, Lauren tenía un cepillo de dientes en mi baño, ropa en mi armario… y yo ya no recordaba cómo era despertarme sin ella.

Las reacciones fueron… previsibles.

Iriome fue el primero en decirlo en voz alta:

—Por fin —soltó, apoyado en la barra de la cafetería—. Pensé que ibais a necesitar un mapa y una brújula para daros cuenta.

Asier simplemente asintió.

—Era estadísticamente inevitable.

Noa sonrió.

Pero no dijo nada.

Y, aunque en ese momento no supe interpretarlo del todo, esa sonrisa se me quedó grabada.

Un leve movimiento a mi lado me devuelve otra vez al ahora.

Lauren se gira, frunciendo ligeramente el ceño.

—Tengo hambre… —murmura, sin abrir los ojos.

Sonrío.

—Vaya sorpresa.

—No te burles… —añade, estirando la pierna hasta enganchar la mía—. Ve a hacer algo útil.

—¿Algo útil?

—Sí. Cómo… existir en la cocina.

La miro un segundo más.

—Podrías venir tú.

—Podría —admite—. Pero no quiero.

Me inclino y le doy un beso en la frente.

—Eres increíblemente vaga por las mañanas.

—Y tú increíblemente hablador —responde, ya medio dormida otra vez.

Salgo de la cama con cuidado de no despertarla del todo.

Camino hasta la cocina sin hacer ruido y abro la ventana.

El aire de la mañana entra suave, arrastrando ese olor salado que nunca desaparece del todo.

Empiezo con lo de siempre: Café para mí, zumo para ella, tostadas y algo de fruta.

Hay algo casi automático en la forma en que me muevo, ya no necesito ni pensar.

Mientras el café se hace, me apoyo en la encimera y me quedo un momento mirando hacia fuera.

Hace tiempo, las mañanas eran distintas: más vacías, más rápidas. Ahora… importan.

Regreso a la habitación con la bandeja equilibrándose entre las manos. Lauren sigue en la misma posición, aunque ha cambiado ligeramente el gesto. Está despierta, lo sé antes de que abra los ojos.

—Hueles a café —dice.

—Y tú a excusas.

Se incorpora lentamente, apoyándose en los codos.

Cuando ve la bandeja, sonríe de esa forma suya que no es exagerada, pero lo llena todo.

—Te quiero —dice, sin dramatismo.

Dejo la bandeja sobre la cama.

—Lo sé.

—Eres un creído.

—Y tú muy predecible.

Se inclina hacia mí y me besa otra vez, esta vez con más intención.

—Gracias por el desayuno —añade después, cogiendo un trozo de fruta.

Nos quedamos un rato así, en silencio, comiendo despacio.

Más tarde, en el salón, ponemos música. Una de esas playlists que hemos ido construyendo sin darnos cuenta: canciones que se repiten, otras que aparecen de repente y se quedan para siempre.

—Hoy no me apetece entrenar —dice Lauren, tirándose sobre la esterilla.

—Eso dijiste ayer.

—Y anteayer.

—Y el día anterior.

—Soy consistente —responde, estirando los brazos por encima de la cabeza.

La miro.

—Levántate.

—Convénceme.

No lo pienso demasiado.

Me acerco, la agarro de las manos y tiro de ella hacia arriba. Lauren protesta, pero se deja hacer.

—Eres insufrible —dice, colocándose bien.

—Y tú demasiado fácil de convencer.

Empezamos con lo básico: movilidad, algo de fuerza, equilibrio. Nada demasiado exigente.

Hay momentos en los que nuestras miradas se cruzan sin motivo, en los que una sonrisa aparece sin aviso y en los que dejamos de contar las repeticiones.

—Te estás distrayendo —dice ella en mitad de una plancha.

—Culpa tuya.

—Siempre es culpa mía.

—Siempre.

Se ríe.

El resto del día transcurre como casi todos: clases, trabajo, mensajes que van y vienen.

Y luego, la tarde… Nuestro momento.

El mar está en calma cuando llegamos. No son olas perfectas, pero suficientes.

Nos cambiamos en silencio, cada uno en su espacio, pero siempre conscientes del otro.

—Hoy te gano —dije, ajustándome el neopreno.

—Eso dices siempre.

—Porque es verdad.

—Claro.

Entramos al agua juntos.

Y ahí… todo encaja. No necesito mirarla constantemente para saber dónde está, pero aun así lo hago. Y ella también.

Salimos cuando el sol empieza a caer con el cuerpo cansado y la mente ligera.

De vuelta en casa, cocinamos juntos; bueno… más o menos.

Lauren aparece por detrás mientras corto verduras, apoyando la barbilla en mi hombro.

—¿Qué haces? —pregunta.

—Intento que no quememos la cena.

—Confío en ti.

—No deberías.

Sus brazos rodean mi cintura y se queda así, en silencio.

—Podríamos pedir algo —dice después.

—Podríamos.

—Pero no lo haremos.

—No.

Sonrío.

—Eres increíble.

—Lo sé.

Por la noche, en el sofá, seguimos con esa serie que empezamos hace semanas y que ninguno quiere terminar. Lauren se acurruca contra mí, con una manta cubriéndonos a medias.

—Si se acaba, tendremos que buscar otra —dice.

—Ese es el problema.

—No me gustan los finales.

La miro.

—A mí tampoco.

No añade nada más y apoya la cabeza en mi pecho.

Y en ese momento, mientras la pantalla sigue iluminando el salón y su respiración se acompasa con la mía… entiendo algo.

Que el amor no siempre está en los grandes gestos. A veces… está aquí.

En elegir quedarse, sin necesidad de prometer nada más.

El sábado amaneció despejado, con ese cielo azulado que parece anunciar algo bueno incluso antes de que ocurra. Lauren llevaba toda la semana insistiendo en salir de la rutina al menos un día, así que terminamos metiendo ropa, comida y las tablas en su furgoneta casi sin pensarlo demasiado.

—Necesitamos que nos de el viento —dijo ella mientras cerraba una mochila a presión.

—Vamos a una playa.

—Tú me entiendes.

La vieja furgoneta azul arrancó entre canciones mal cantadas y el ruido constante de cosas moviéndose en la parte trasera.

Las ventanas estaban bajadas y el viento entraba revolviéndolo todo: su pelo, los tickets olvidados en el salpicadero, mi camisa.

Conducía con una sola mano en el volante y la otra apoyada cerca de la palanca de cambios.

De vez en cuando tamborileaba los dedos siguiendo el ritmo de la música.

Yo la observaba más de lo que miraba la carretera y ella lo sabía.

—Como sigas mirándome así vamos a morir —dijo sin apartar la vista del frente.

—Confío en ti.

—Eso es todavía más peligroso.

Sonreí y apoyé el brazo en la ventana.

El camino hacia Órzola siempre tenía algo especial… quizá eran los paisajes áridos mezclándose con el azul inmenso del océano; o la sensación de alejarse lentamente del ruido del mundo.

Cuando llegamos, el sol ya empezaba a inclinarse suavemente hacia la tarde.

La playa estaba casi vacía, solo algunas furgonetas aparcadas en la distancia, un par de tiendas de campaña dispersas y el sonido constante del mar rompiendo contra la costa volcánica.

Lauren aparcó cerca de una pequeña zona de arena protegida del viento.

—Hemos llegado —dijo al apagar el motor.

Pasamos la tarde entre pequeñas cosas: montar mal la tienda auxiliar que nunca usábamos, discutir sobre cómo colocar una silla plegable, comer papas mientras Lauren aseguraba que cocinaría algo “increíble” más tarde y acabar descubriendo que había olvidado comprar la mitad de ingredientes.

—Eres un desastre funcional —le dije.

—Y aun así me quieres.

—Eso es lo preocupante.

El sol empezó a caer lentamente, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados. El aire se volvió más fresco y el sonido del mar pareció hacerse más profundo.

Después de cenar, nos sentamos sobre una manta frente a la furgoneta. Lauren tenía las piernas recogidas contra el pecho y la mirada perdida en el horizonte.

Había algo distinto en ella esa noche, no tristeza…, más bien… calma.

La observé unos segundos antes de hablar.

—¿Qué piensas?

Giró apenas la cabeza hacia mí.

—En que me gusta esto.

—¿Acampar?

—No —respondió—. Esto.

Hizo un pequeño gesto con la mano, abarcándolo todo.

—La playa, la noche… Nosotros.

Lauren se levantó de repente.

—Espera aquí.

—Eso suele acabar mal.

—Confía en el proceso.

Desapareció dentro de la furgoneta y volvió un minuto después con varios rotuladores de pintura en la mano.

Fruncí el ceño.

—¿Qué estás tramando?

No respondió enseguida.

Se sentó frente a las tablas, apoyadas cerca de la arena, y pasó la mano por la superficie.

—Quiero hacer algo —dijo finalmente—. Algo nuestro.