CAPÍTULO 4 - ADAY #2
Recuerdo la ola. Era una pared de agua oscura y pesada que se cerró antes de tiempo. El golpe fue seco; un estallido de blanco y luego... el silencio total.
Me hundía.
Sentía el cuerpo como un lastre de plomo, la tabla lejos, el mar tragándome en un abrazo espeso y frío. No sabía dónde estaba la superficie y cuando el aire ya no era más que un recuerdo lejano, una mano rompió el abismo.
Alentadora.
Me sacó de allí sin decir una palabra, arrastrando mi cuerpo hacia la orilla.
Más tarde, en la sauna del campamento, el vapor se mezclaba con lágrimas que nadie podía ver. No sentía alivio por estar vivo; solo sentía un vacío voraz, un agujero negro en el pecho.
La puerta se abrió. El entró y se sentó frente a mí con un silencio cargante.
– Parece que solo te fijas en ti —dijo al fin, y su voz me golpeó más fuerte que la ola—, pero en verdad estás atento a todos.
Esa frase fue el derrumbe definitivo. No pude responder. No tenía palabras porque, por primera vez en mi vida, la verdad me había dejado mudo: no tenía ni idea de quién era yo si no tenía una tabla bajo los pies.
Y en ese instante, en la penumbra de aquella sauna, me odié. Me odié con toda mi alma por no ser nadie.
Volví al presente con un nudo en la garganta.
Lauren seguía ahí. No había apartado la mirada ni una sola vez.
— Desde entonces —dije, con la voz más baja—, el mar dejó de ser un lugar. Se convirtió en un espejo de mi alma desnuda.
Y yo dejé de mirarme por miedo a lo que veía.
No dije nada más durante unos segundos. Sentía el pecho abierto, como si al contarle todo eso hubiera quitado una pieza que llevaba demasiado tiempo encajada a la fuerza, dañando el mecanismo poco a poco.
Lauren fue la primera en moverse. Se acercó un poco más y me rodeó con los brazos. No fue un abrazo repentino ni urgente. Fue lento, consciente. Como si supiera exactamente dónde tocar para no romper nada.
Apoyé mi frente en su hombro y cerré los ojos.
—No es que tenga miedo al mar —dije al fin—. Ni siquiera a morir.
Respiré hondo.
—Tengo miedo a existir sin sentir nada. A estar ahí dentro… y no ser nadie.
Lauren no respondió enseguida. Me acarició la nuca con suavidad, trazando círculos pequeños, constantes.
—Eso no te hace débil —dijo—. Te hace humano.
Me separé lo justo para mirarla. Sus ojos tenían esa mezcla de firmeza y ternura que siempre me desarmaba.
—Yo también tengo miedo —continuó—. A veces siento que, si dejo de moverme, si dejo de buscar cosas que me hagan vibrar… me apago.
Sonrió, pero era una sonrisa honesta, sin defensa.
—Por eso me meto al agua, por eso viajo, por eso insisto tanto en que vivas.
Miró hacia el mar. Las olas rompían con una cadencia constante, ajenas a nosotros.
—Tu miedo no debería ser volver a caer —añadió—. Sino quedarte donde estás.
Tragué saliva.
Una voz anunció por megafonía que faltaban dos minutos para el siguiente turno. Lauren suspiró y se separó de mí a regañadientes.
—Tengo que ir —dijo—. Pero antes…
Me tomó la cara entre las manos. Sus pulgares rozaron mis pómulos con calidez y seguridad.
—Yo tengo una filosofía —susurró—: vivir una vida bella. Porque si dejara de quererme a mi misma, dejaría de ser yo.
Hizo una pausa, apoyando su frente en la mía.
—Así que ve… encuéntrate… y empieza a vivir de verdad.
Me besó la frente y se levantó.
La vi alejarse hacia la orilla. Y cuando entró al agua, algo cambió.
Era como si una luz la siguiera. Cada movimiento suyo era limpio, decidido.
Remaba con fuerza, se levantaba sobre la tabla con una naturalidad que silenciaba a los espectadores.
Los aplausos comenzaron a surgir sin que nadie los iniciara.
Cuando terminó su turno, salió del agua empapada, respirando hondo. Antes de perderse entre la gente, se giró y me buscó con la mirada.
Cuando me encontró, sonrió, me señaló a mí… y luego al mar.
Me quedé inmóvil tras su gesto. Durante unos segundos, el ruido alrededor se volvió distante. Los aplausos que aún resonaban por su actuación, las voces del público, el viento moviendo las banderas del campeonato… todo quedó amortiguado, como si estuviera bajo el agua otra vez.
Sentí el miedo.
Apareció como una presión lenta en el pecho, una sensación conocida que me apretaba por dentro y me pedía que me quedara donde estaba. Que no hiciera nada. Que observara desde la orilla, como llevaba haciendo tanto tiempo.
— ¿Te lo estás pensando? —dijo una voz a mi lado.
Era el reportero. Tenía una sonrisa abierta, de esas que buscan titulares sin forzarlos.
—Aún estás a tiempo —añadió—. Si quieres competir, solo tienes que decirlo.
Abrí la boca para negarme. La frase estaba preparada, pulida por años de excusas: ya no compito.., no estoy en forma…, solo he venido a acompañar...
Pero antes de responder, Lauren volvió a acercarse.
El neopreno aún goteaba agua salada. Tenía la piel enrojecida por el sol y esa expresión suya que siempre me desarmaba: tranquila, firme y presente.
—Me encantaría verte ahí —dijo—. No tienes que demostrar nada.
El miedo se revolvió.
—Ya no soy ese —murmuré.
No era una frase dramática. Era una constatación, o eso creía.
Lauren negó con la cabeza, despacio, como quien corrige algo evidente.
—Sí lo eres, solo lo olvidaste.
El mar rompió con fuerza, como si subrayara sus palabras.
Miré el agua. La superficie brillaba bajo el sol de la tarde, pero sabía lo que escondía debajo. El peso, el silencio; el recuerdo…
No recuerdo haber dicho que sí. Solo recuerdo estar caminando hacia la orilla, con un neopreno prestado ajustándose a mi cuerpo, sintiendo cómo cada paso me alejaba de la arena firme y me acercaba a algo que llevaba años evitando.
El agua estaba fría. El primer contacto me erizó la piel. El segundo me tensó los músculos. Cuando me subí a la tabla, el equilibrio me resultó extraño, como si mi cuerpo dudara de sí mismo.
Remé.
Las primeras olas me descolocaron. Entré mal, me levanté tarde y caí. Tragué agua y el miedo se activó al instante, cerrandome el pecho.
El corazón empezó a latir demasiado rápido.
No puedes me dije a mi mismo.
Floté unos segundos boca abajo sobre la tabla, respirando con dificultad.
Desde la orilla llegaban sonidos: murmullos, alguna risa aislada, comentarios que no distinguí del todo pero que reconocí sin esfuerzo. No porque fueran reales, sino porque ya los había escuchado antes.
“Tenía nivel, pero…”, “Se le nota inseguro.”, “Con razón desapareció…”.
Apoyé los antebrazos sobre la tabla y respiré hondo.
Entonces la vi.
Lauren estaba de pie en la arena, ligeramente apartada del grupo principal. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y gritaba algo que el viento deshacía antes de llegar hasta mí. Pero no necesitaba oírla.
Su mirada no juzgaba, no pedía nada. Simplemente me veía por quien era de verdad.
Entonces, sentí algo distinto. No fue valentía, tampoco confianza; fue aceptación. La certeza de que el miedo no me retenía sino que me protegía, pero ya no era necesario.
Cerré los ojos un instante. Y cuando los abrí, el ruido se apagó.
El cuerpo empezó a moverse solo, como si recordara antes que la cabeza.
Remé con fuerza. Esperé el momento justo. Sentí la ola levantarse detrás de mí, sólida y limpia. Me incorporé con un movimiento que no pensé, que simplemente sucedió. El giro salió natural. El siguiente, más fluido. El mar ya no me empujaba: me sostenía.
En el último minuto, cuando la serie parecía cerrarse, vi la ola formarse. Más alta, más rápida.
El truco que había estado evitando durante años apareció en mi mente sin miedo. No pensé en Portugal, no pensé en la caída; pensé en cómo se sentiría estar ahí.
Me lancé.
El tiempo se estiró y durante una fracción de segundo, sentí el vacío bajo los pies… y luego, el apoyo.
Aterricé.
Cuando salí del agua, el aplauso me golpeó con una fuerza inesperada. No fue euforia, fue alivio.
Busqué a Lauren.
Ella sonreía, pero sus ojos ya estaban puestos en la pantalla gigante de la playa, donde la repetición en cámara lenta confirmaba la locura.
Los jueces no tardaron en soltar las notas: un Air Reverse ejecutado con una rotación tan técnica y limpia que el locutor apenas podía articular palabra entre gritos.
Minutos después, bajo el sol de la tarde y con la sal picando en la piel, nos vimos subidos al podio improvisado.
Entre el olor a parafina y el estruendo de la megafonía, nos entregaron los trofeos.
Lauren quedó primera. Yo, segundo.
—Te dejé ganar —dije más tarde, sentados en la arena, cuando el cielo empezaba a teñirse de violeta.
Se rió y apoyó la cabeza en mi hombro.
—Mentiroso. Pero gracias por intentarlo.
Nos quedamos allí mucho rato. Hablando sin prisa. Del miedo, de cómo no se va, solo cambia de forma. De cómo a veces alguien tiene que mirarte para que recuerdes quién eras.
—Ese último truco… —dijo—. Me hizo querer ser mejor. Seguir avanzando.
La miré.
—Tú hiciste que volviera al mar.
No respondió, no hacía falta.
En un rincón apartado de la playa de Famara, donde el viento era más suave y la arena más fina, la empujé con cuidado hasta tumbarla. Me incliné sobre ella, sujetándole la mejilla con una mano, y entrelazando la otra con la suya.
Nos besamos despacio, sin urgencia. Como si el mundo no tuviera testigos.
La noche nos cubrió poco a poco y a la mañana siguiente despertamos juntos, en mi cama, con el sol entrando tímidamente por la ventana y el sonido del mar aún presente.
Por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo de estar ahí.