CAPÍTULO 4 - ADAY
Última semana de Junio.
El final del curso siempre llega de golpe, como un frenazo brusco tras una carrera larga.
Un día estás discutiendo las fechas de los exámenes, sumergido en el caos de los apuntes y, al siguiente, sales del aula con la extraña sensación de haberte dejado algo olvidado entre los pupitres, aunque no sepas muy bien el qué.
Quizás sea solo el peso de la rutina, que se desprende de los hombros de golpe.
Aquella mañana entregué el último examen con una calma inusual, casi ajena. Sentía que el verano ya me estaba esperando fuera, apoyado en la pared, fumando despacio a su propia sombra y mirándome de reojo, dándome el tiempo que necesitará para salir.
Cuando el profesor salió del aula, ninguno se movió de inmediato.
Nos quedamos un rato allí, habitando ese vacío nuevo.
Las mochilas seguían desparramadas por el suelo, como caparazones abandonados, mientras las ventanas abiertas dejaban pasar un aire tibio que hacía ondular las blancas cortinas de tela barata.
Por primera vez en semanas, el futuro inmediato estaba limpio; no había nada urgente que subrayar, ni fechas grabadas a fuego en la memoria, solo el zumbido lejano de la ciudad y esa libertad que, de tan grande, casi asustaba.
– Bueno —dijo Iriome, estirándose sobre la mesa—. Oficialmente somos libres.
– Habla por ti —respondió Noa—. Yo en dos semanas estaré otra vez en el crucero.
La miré. Tenía esa sonrisa suya que siempre parecía esconder un plan.
– ¿Otra temporada más? —pregunté.
– Claro. Mis padres dicen que algún día me cansaré de ir y venir —se encogió de hombros—, pero ese día no es hoy.
Luego me miró de reojo, como quien lanza una red al mar sin saber si algo va a caer en ella.
– Si quieres, podrías venirte tú también. Necesitan gente en cubierta este verano.
Sonreí.
– Me lo pensaré.
Asier cerró su cuaderno con un golpe seco.
– Yo no pienso moverme de casa —anunció—. Libros pendientes, videojuegos acumulados y cero contacto humano. El verano perfecto.
– Qué vida tan intensa —se burló Iriome—. Yo me voy a Tenerife a ver a mi abuela. Dice que me echa de menos… y que necesito comer más.
Nos reímos.
– ¿Tú qué harás, Lauren? —preguntó Noa.
Ella estaba apoyada en la ventana, mirando hacia fuera con cierta nostalgia. Se giró despacio cuando notó las miradas.
– No tengo planes —dijo, sin dramatismo—. Solamente quiero disfrutar el verano.
Asier alzó una ceja.
– ¿No vas a participar en el campeonato?
Lauren se enderezó al instante.
– ¿Un campeonato?
– Si, dentro de dos semanas se celebra el Open Bajo El Risco. Es un clásico del pueblo al que va bastante gente y, aunque no tiene un ambiente profesional, suele haber mucho nivel. Además, deberías saber que Aday…
– Lo va a ver todos los años —añadió Noa, interrumpiendo a Asier.
Noté cómo se le iluminaron los ojos a Lauren. No sonrió exageradamente ni realizó un gesto evidente; fue algo más sutil, como si alguien hubiera encendido una luz en su interior.
Yo, en cambio, me limité a escuchar. Sentí a Noa mirarme de reojo, como si estuviera comprobando si aquello me afectaba.
– Podría estar bien —dijo Lauren, ya pensando en voz alta—. Hace tiempo que no compito.
Me miró entonces, buscándome. Yo bajé la vista un segundo, lo justo para que pareciera natural.
– ¿Y tú? —preguntó—. ¿Te animarías?
Negué despacio.
– El surf no es lo mio.
Aunque no decía toda la verdad, tampoco mentía.
Ella frunció ligeramente el ceño, pero antes de que pudiera insistir, Noa se levantó de la mesa.
– Bueno, alguien tendrá que ir a animar —dijo, con ligereza—. No todo el mundo tiene que subirse a la tabla.
Principios de Julio.
El día del campeonato amaneció despejado, las banderas de los patrocinadores azotaban el aire con un chasquido rítmico, y el aparcamiento estaba colapsado por furgonetas con las puertas abiertas, dejando ver interiores llenos de tablas, arena y neoprenos colgados.
Caminé entre la multitud con las manos en los bolsillos, sintiéndome fuera de lugar y, al mismo tiempo, demasiado consciente de todo. El olor a sal, a crema solar y a neopreno húmedo me golpeó con una familiaridad incómoda; y entonces la vi.
Estaba de espaldas y con el neopreno a medio subir por la cintura, recogiendo su pelo en un moño desordenado. Entonces, como si sintiera el peso de mi mirada, se giró. Nuestros ojos conectaron y ella me regaló una sonrisa que, por un segundo, silenció el estruendo de la competición.
—Pensé que te habías perdido —dijo cuando llegué a su lado.
—Era difícil —respondí—. Hay demasiada gente.
—Eso es una buena señal.
—Quedan veinte minutos para mi turno —me comentó—. Aún tengo tiempo para ponerme nerviosa.
—No pareces esa clase de persona que deja que la presión le afecte.
Se encogió de hombros.
—Siempre influye un poco, es parte del ritual.
La observé calentar, cómo respiraba hondo antes de cada estiramiento, cómo sus pies se hundían en la arena.
Ella me miró de reojo.
—Deberías haber participado.
Negué.
—No tengo nivel suficiente.
—Eso no te lo crees ni tú.
Sonreí, incómodo.
—El surf no es lo mio, no tiene sentido competir.
—A veces el sentido aparece después —dijo, sin mirarme directamente.
Antes de que pudiera responder, un equipo de prensa se abrió paso hacia nosotros. El cámara, con el equipo al hombro, ajustó el encuadre mientras el entrevistador, micrófono en mano y una acreditación balanceándose en su cuello, nos abordó con entusiasmo.
—Hola —dijo—. Estamos haciendo unas preguntas rápidas a los participantes. ¿Te importa?
Lauren negó con la cabeza, encantada.
—Claro que no.
El reportero empezó con preguntas habituales: de dónde venía, qué expectativas tenía, cómo se sentía compitiendo allí. Lauren respondió con naturalidad, sin poses ni gestos forzados. Yo permanecía a su lado, ligeramente en segundo plano.
Entonces, el chico levantó la vista del micrófono y me miró con atención. Frunció el ceño un segundo y luego sonrió.
—Espera… ¿Aday?
Sentí un pequeño golpe en el pecho.
—Sí —respondí, sin saber exactamente por qué.
—¡Vaya sorpresa! —exclamó—. Chicos, estoy aquí con Aday, ganador durante cuatro años consecutivos del campeonato juvenil. Hacía tiempo que no se te veía por aquí, ¿será este el regreso del legítimo campeón?.
El presente se apagó de golpe y en su lugar, apareció otra imagen: una pared de agua cerrándose, el cuerpo perdiendo el control, un golpe seco y el silencio… La sonrisa que había sostenido hasta entonces se desdibujó sin que pudiera evitarlo.
—Bueno… —empecé, pero la voz no me respondió.
Noté un ardor subir por el cuello mientras la respiración se hacía más corta.
El neopreno de Lauren crujió cuando se movió hacia mí.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Asentí, pero mi cuerpo no estaba de acuerdo.
Me alejé un paso, luego otro.
—Ahora vuelvo —murmuré.
No esperé respuesta. Caminé sin rumbo claro, apartándome del ruido, de las miradas, de la cámara que ya no me apuntaba pero seguía pesándome encima. El aire me entraba a trompicones, como si los pulmones hubieran olvidado cómo hacerlo bien.
Apoyé las manos en las rodillas y cerré los ojos.
El mar seguía ahí, demasiado cerca.
Y entonces sentí una mano en mi espalda.
Lauren.
—Aday —dijo, firme, sin apremiar—. Respira conmigo.
Y por primera vez en el día, dejé de fingir que todo iba bien. Lauren se sentó a mi lado, lo suficientemente cerca como para que supiera que no estaba solo, pero sin invadir el espacio que yo mismo aún no entendía.
—No tienes que decir nada si no quieres —dijo—. Pero no te vayas de aquí sin calmarte primero.
Inspiré hondo. El aire seguía entrando mal, como si algo lo filtrara.
—No es el campeonato —acabé diciendo—. Ni la gente… ni siquiera el mar.
Levanté la vista. Lauren me miraba con atención absoluta, como si lo que fuera a decir importara de verdad.
—Es lo que me pasa cuando todos esos factores se juntan.
Tragué saliva.
—Hubo un campamento… hace años.
Costa de Portugal - 10 años antes.
La arena fría de la madrugada envolvía mis dedos de los pies mientras calentaba.
Era un campamento de élite; sólo aceptaban a los mejores, y yo...
yo era el mejor. O eso me habían hecho creer.
Me lo repetían tanto que el eco se convirtió en mi identidad: entrenadores, compañeros, incluso los desconocidos que se detenían en la orilla para verme pasar.
Caminaba con una confianza ciega, una arrogancia que ahora, desde aquí, me duele reconocer. Entraba al agua sin dudar, con una técnica limpia, precisa... mecánica. Destacaba por encima de todos y me alimentaba de esa envidia silenciosa.
"Eres brillante", decían. "Tienes talento puro". "Has nacido para esto".
Y sin embargo, por dentro, yo no sentía absolutamente nada.
Para mí, el surf era una rutina de movimientos aprendidos.
No había emoción, no había ese miedo eléctrico que te hace sentir vivo.
Sólo una ejecución impecable. Sin darme cuenta me convertí en un juez; corregía posturas y señalaba errores ajenos con frialdad.
Mis palabras eran pesadas, cargadas de una superioridad que me fue aislando.
Poco a poco, el muro que levanté me dejó solo. Las risas se detenían cuando yo aparecía. Los comentarios se volvieron susurros a mis espaldas. Y entonces, la presión de mantenerme perfecto empezó a agrietarme.
Empecé a fallar.
Fue una caída lenta. Perdía el equilibrio en maniobras que antes hacía dormido.
Cada vez que mi cuerpo golpeaba el agua, las carcajadas desde la orilla me llegaban nítidas, rompiendo lo poco que quedaba de mi seguridad.
Ahí aprendí que un caparazón hueco, por muy duro que parezca, es lo más sensible del mundo.
Si no hay nada dentro, cualquier ruido te hace vibrar hasta romperte.
En un intento desesperado por no desaparecer, por demostrarles —o quizás por demostrarme a mí mismo que no era un fraude—, decidí intentar un truco que escapaba de mis posibilidades. Demasiado técnico, demasiado pronto.