Episodio 7 Erosión Doméstica #2
Alzó la vista y vio a un hombre parado en el cruce del camino, a unos cien metros. Llevaba un impermeable amarillo. Estaba fumando, mirándola.
Uno de los hombres del barco.
La habían seguido. Habían visto su colapso.
Bella montó en su bicicleta y pedaleó hacia el pueblo, llorando lágrimas de rabia y vergüenza que la lluvia disimulaba.
◆◆◆
Casa anexa a la oficina de correos. 19:30 horas.
La cena fue un asunto silencioso. Sopa de pescado y pan duro. El sonido de las cucharas contra la loza era insoportablemente fuerte.
Macleod no había preguntado cómo fue la visita. Bella no había contado que casi mata a una paciente.
La desconfianza había levantado un muro invisible en medio de la mesa.
—Me han seguido —dijo Bella finalmente, rompiendo el silencio.
Macleod dejó la cuchara.
—Te lo dije.
—No me digas «te lo dije», James. Por favor. No hoy.
—¿Te hablaron?
—No. Solo miraban. Como buitres esperando que el animal caiga. Saben que estamos al límite.
Macleod asintió. Se levantó y fue a la ventana, apartando la cortina un milímetro.
—La señora Groat ha pasado tres veces por delante de la casa en la última hora —dijo—. Mirando hacia aquí. Y el chico de los recados del tendero se ha quedado parado en la esquina diez minutos.
—Son vecinos, James. Están preocupados porque hemos cerrado la oficina. Es inusual.
—O les han pagado. —Macleod se giró, su rostro una máscara de paranoia—. Esos hombres tienen dinero. Mucho dinero. ¿Cuánto cuesta la lealtad de un pescador de Westray? ¿Cinco libras? ¿Diez? Con diez libras un hombre aquí vive seis meses.
—Nuestros vecinos no son delatores.
—Todo el mundo es un delator si se le presiona lo suficiente. O si se le paga lo suficiente. Tú deberías saberlo. Lo vimos en Glasgow. Lo vimos en Hamburgo.
—¡Esto no es Glasgow! —Bella se levantó, tirando la servilleta—. ¡Esta gente nos conoce desde hace veinte años! ¡He traído al mundo a sus hijos!
—Y eso no significará nada cuando el MI6 les diga que somos traidores a la Corona. O espías bolcheviques. O lo que sea que inventen para justificar nuestra desaparición.
Macleod se acercó a ella.
—Estamos solos, Bella. Entiéndelo de una vez. La comunidad es una ilusión. La seguridad es una mentira. Solo estamos tú, yo y esa maldita caja bajo el suelo. Y mientras esa caja esté ahí, todo el mundo ahí fuera es una amenaza potencial.
Bella le miró a los ojos y vio algo que le heló la sangre. Vio que James Macleod, el hombre que una vez había creído en la justicia, estaba empezando a odiar a la gente que intentaba proteger. El miedo le estaba convirtiendo en un misántropo.
—Casi mato a Mary Miller hoy —confesó Bella en un susurro.
La expresión de Macleod cambió. La dureza se fracturó por un instante.
—¿Qué?
—Iba a darle digitalis en lugar de veratrum . Me equivoqué de frasco. Estaba... estaba pensando en los hombres del barco. Estaba pensando en ti con el revólver. Y mis manos fallaron.
Se miró las manos sobre la mesa.
—Si ella hubiera muerto... habría sido culpa de esa caja. Culpa de nuestra indecisión.
Macleod rodeó la mesa y la abrazó. Fue un abrazo rígido, desesperado, como dos náufragos aferrándose en un mar tormentoso.
—Lo siento —murmuró él en su pelo—. Lo siento, Sarah. Te he arrastrado a esto. Deberíamos habernos ido a América en 1903. Deberíamos haber huido más lejos.
—No hay lugar lo suficientemente lejos, James. Siempre nos encuentran.
Se separaron. Macleod parecía haber envejecido diez años en esa tarde.
—Tienes razón —dijo él—. No podemos seguir así. La presión nos va a hacer cometer un error fatal. O matamos a alguien por accidente, o nos matan a nosotros.
—¿Entonces?
Macleod miró hacia la despensa.
—Tenemos que acabar con esto. Mañana es 29 de octubre. Faltan tres días para las elecciones. La Carta Zinoviev ya ha salido en el Daily Mail . El daño está hecho.
—Todavía podemos desmentirlo. Si enviamos las matrices ahora...
—¡No! —Macleod golpeó la mesa—. ¡Míranos, Bella! ¡Mira en qué nos hemos convertido en dos días! Tú casi envenenas a una embarazada. Yo estoy apuntando con un revólver a la puerta esperando disparar al cartero. Nuestra vida aquí ha terminado si seguimos jugando a ser héroes.
Respiró hondo, tomando una decisión que le dolía físicamente.
—Mañana por la noche... si el barco sigue ahí... sacaremos la caja.
—¿Para enviarla? —preguntó Bella con un hilo de esperanza.
Macleod negó con la cabeza lentamente.
—Para negociar. O para destruirla. Pero no puede seguir en esta casa. Nos está envenenando.
De repente, un golpe seco sonó en la puerta principal.
Ambos se congelaron.
No era un golpe de nudillos. Era algo más pesado.
Macleod cogió el revólver de la mesa. Hizo un gesto a Bella para que se apartara de la línea de tiro.
Se acercó a la puerta del pasillo.
—¿Quién es? —gritó.
Nadie respondió.
Pero por debajo de la puerta, se deslizó un sobre. Un sobre blanco, inmaculado.
Macleod esperó un minuto. Luego, con movimientos rápidos, abrió la puerta, miró a la calle oscura y volvió a cerrar.
No había nadie. La calle estaba vacía bajo la lluvia. Solo el viento y el sonido lejano de un motor diésel al ralentí en el puerto.
Macleod recogió el sobre. No tenía sello ni dirección.
Lo abrió. Dentro había una sola hoja de papel, una página arrancada de un calendario.
Era la hoja de octubre de 1924.
El día 29 (mañana) estaba marcado con un círculo rojo.
Y debajo, escrito con la misma tinta negra que habían visto en los documentos del Sr. V., había una nota breve:
«La paciencia tiene un límite, Sr. Thomson. Y la marea baja mañana a medianoche. Asegúrese de que lo que buscamos esté en el muelle. O la marea subirá hasta su cuello».
Macleod le pasó la nota a Bella.
Ella la leyó y sintió que el suelo oscilaba bajo sus pies.
—Ya no es sospecha —dijo Bella—. Es un ultimátum.
—Saben que lo tenemos. Y nos dan veinticuatro horas para entregarlo.
—Si se lo damos... ganan ellos. La mentira gana.
—Y si no se lo damos... morimos nosotros.
Macleod miró el revólver en su mano. Parecía un juguete inútil contra la maquinaria que se cernía sobre ellos.
—Ve a dormir, Bella —dijo con voz apagada—. Mañana... mañana decidiremos qué clase de funeral queremos tener. Si el de nuestra moralidad o el de nuestros cuerpos.
Bella subió las escaleras sin decir palabra. La casa, que una vez fue un hogar cálido, ahora se sentía como una celda de condenados a muerte. La erosión era completa. Los cimientos habían cedido. Y fuera, en la oscuridad, la marea de octubre se preparaba para engullirlos.