Episodio 8 El Visitante de la Gabardina
James Macleod estaba de pie en su puesto, rodeado por el olor familiar de la tinta seca y el cordel de cáñamo.
Sin embargo, esa mañana, la oficina de correos no le parecía su lugar de trabajo, sino un escenario teatral.
Un decorado de madera y cristal donde él había interpretado el papel de «Robert Thomson» durante veintiún años, recibiendo aplausos en forma de saludos vecinales y una paz mediocre.
Pero la función había sido cancelada. El público se había ido. Y ahora, solo quedaban los críticos.
Afuera, la lluvia había cesado momentáneamente, sustituida por una niebla densa, un haar marino que borraba el mundo.
El puerto, la iglesia, las casas de piedra...
todo había desaparecido en una blancura lechosa y húmeda.
El barco negro seguía allí, invisible pero presente, su motor al ralentí vibrando en el aire como un dolor de muelas distante.
La campanilla de la puerta sonó.
No fue el tintineo alegre de cuando entraba la señora Groat. Fue un sonido seco, metálico.
La puerta se abrió y una figura se materializó desde la niebla.
Era el hombre de la cicatriz. El líder del grupo del barco.
Macleod sintió que su corazón daba un vuelco violento contra las costillas, como un pájaro atrapado en una caja de zapatos. Su mano derecha, oculta bajo el mostrador, se deslizó hacia la culata de nogal del revólver Webley. El metal estaba caliente; llevaba horas aferrado a él.
El visitante entró y cerró la puerta con suavidad.
Llevaba una gabardina impermeable de color beige, de corte militar, abotonada hasta el cuello.
Estaba seca. No tenía paraguas. Se movía con una economía de gestos que delataba un entrenamiento riguroso; no gastaba energía en movimientos innecesarios.
Se quitó el sombrero de fieltro, revelando un cabello corto, gris acero, peinado hacia atrás con brillantina. La cicatriz en su mejilla izquierda era blanca y brillante, una línea de tejido muerto que cruzaba la piel curtida.
—Buenos días —dijo el hombre.
Su voz era la misma que había escuchado por teléfono. Culta, suave, con esa cadencia del sur de Inglaterra que sonaba a despachos de caoba y tardes de críquet. Una voz que no pertenecía a las Orcadas.
—Buenos días —respondió Macleod. Su propia voz sonó ronca. Carraspeó—. ¿En qué puedo ayudarle hoy? ¿Más sellos?
El hombre se acercó al mostrador. Sus botas, botas de cuero fino hechas a medida en Jermyn Street, resonaron sobre las tablas del suelo. Se detuvo justo en el centro, apoyando las manos enguantadas en piel de cabritilla sobre la madera.
No miró los sellos. Miró a Macleod. Sus ojos eran de un azul pálido, acuoso, desprovistos de cualquier emoción humana reconocible. Eran ojos de analista. Ojos de verdugo.
—Busco algo específico, señor Thomson —dijo el hombre, alargando ligeramente la pronunciación del apellido, como si saboreara una broma privada—. Una serie conmemorativa.
Macleod mantuvo la mano en el revólver. El dedo índice acariciaba el gatillo. Solo tenía que levantar el cañón, atravesar la madera del mostrador y disparar. A esa distancia, le volaría el estómago.
Pero no lo hizo. Algo en la postura relajada del hombre le decía que disparar sería un error. Que ese hombre no estaba solo. Que si él moría allí, la casa ardería cinco minutos después con Bella dentro.
—Tenemos la serie estándar del rey Jorge —dijo Macleod—. Y los sellos de la Exposición del Imperio Británico de Wembley. Son muy populares.
El hombre sonrió. Fue una sonrisa que no llegó a sus ojos. Una mueca de cortesía diplomática.
—El Imperio... —murmuró—. Una estructura frágil, ¿no cree? Se mantiene unida por papel y fe. Y a veces, por el silencio de hombres leales.
Metió la mano en el bolsillo interior de su gabardina.
Macleod tensó el brazo, listo para disparar. El sudor le corría por la espalda, frío y viscoso.
Pero el hombre no sacó un arma. Sacó una pitillera de plata. La abrió y ofreció un cigarrillo a Macleod.
Tabaco turco. El olor dulce y especiado invadió el espacio estéril de la oficina. El olor del Sr. V. El olor de la muerte.
—No fumo —mintió Macleod, aunque su cuerpo gritaba por nicotina.
—Una virtud admirable. La abstinencia prolonga la vida.
—El hombre encendió su cigarrillo con un encendedor de oro.
La llama iluminó su rostro por un segundo, acentuando la cicatriz—.
Hablando de vida, señor Thomson... me han dicho que el aire de las Orcadas es muy saludable.
Que la gente viene aquí para curarse. O para olvidar.
Exhaló el humo hacia el techo.
—Aunque algunos recuerdos son difíciles de borrar. ¿Verdad?
Macleod no respondió. Sentía que el suelo se estaba inclinando bajo sus pies. Ese hombre no estaba comprando sellos. Estaba jugando.
—Verá —continuó el visitante, sacudiendo la ceniza en el suelo limpio—, estoy aquí por un asunto de... limpieza administrativa. Un colega nuestro, un hombre algo inestable, perdió un paquete. Creemos que llegó aquí.
—Ya le dije ayer que no he visto ningún paquete —dijo Macleod, aferrándose a su guion—. El correo es caótico con este clima.
El hombre de la gabardina suspiró, como un maestro decepcionado con un alumno lento.
—Por favor. No insultemos nuestra inteligencia mutua. Sabemos que el paquete llegó. Sabemos que el Sr. V. no lo recogió porque tuvo un lamentable... accidente. Y sabemos que usted es el único hombre en esta isla que tiene acceso a la saca precintada.
Se inclinó hacia adelante. El olor a tabaco se mezcló con el olor a colonia cara, lavanda y cítricos.
—Pero eso no es lo único que sabemos, «Robert».
El uso del nombre de pila fue como una bofetada.
—Sabemos que el jefe de correos de Westray tiene una cojera peculiar. Una lesión antigua, mal curada. ¿Quizás de una caída desde un vehículo en movimiento? ¿Un tren, tal vez?
Macleod se quedó helado. Su mano en el revólver se paralizó.
—Y sabemos que su esposa, la encantadora Sarah, tiene unas manos prodigiosas para la medicina. Manos que aprendieron a coser carne, no en una escuela de enfermería rural, sino en la Universidad de Edimburgo. En la promoción de 1896. Una de las primeras mujeres. Brillante.
El hombre dio una calada larga al cigarrillo, mirando a Macleod a través del humo.
—¿Cómo está ella, por cierto? ¿Sigue teniendo pesadillas con el estuario del Tay?
Macleod sintió que el aire salía de sus pulmones. No podía respirar.
Lo sabían. Lo sabían todo.
Durante veintiún años, Macleod había creído que su disfraz era perfecto. Que Robert Blackwood había borrado sus huellas tan profundamente que ni Dios podía encontrarlos. Había vivido con la arrogancia del fugitivo que se cree más listo que el cazador.
Pero el cazador siempre había sabido dónde estaba la presa. Solo había decidido no cazarla.
—¿Quién es usted? —preguntó Macleod. Su voz era un susurro roto. Ya no había rastro del acento rural de las Orcadas. Era la voz de James Macleod, el exdetective de Glasgow.
El hombre sonrió de nuevo. Esta vez, la sonrisa tenía un tinte de triunfo.
—Mi nombre es irrelevante. Soy un funcionario. Un sucesor. Ocupo el despacho que una vez perteneció a sir Robert Blackwood.
—Blackwood nos protegió —dijo Macleod—. Él nos dio esta vida.
—Sir Robert era un sentimental. Un hombre de la vieja escuela victoriana.
Creía en el honor, en las deudas personales.
—El hombre hizo un gesto despectivo con la mano—.
Pero sir Robert está muerto. Y el nuevo Directorio no cree en el sentimentalismo.
Cree en la eficiencia. Y en la seguridad nacional.
El hombre aplastó el cigarrillo a medio fumar sobre el mostrador de madera, dejando una marca negra y fea en la superficie pulida.
—Ustedes son cabos sueltos, Macleod. Reliquias de una operación fallida de 1903. Les hemos permitido vivir aquí, jugar a las casitas, criar ovejas... porque Blackwood lo ordenó en su testamento político. «Intocables», decía su expediente.
Levantó la vista y sus ojos se clavaron en los de Macleod como clavos.
—Pero la protección de Blackwood caducó en el momento en que usted decidió interceptar material clasificado del Servicio en 1924. Ha roto el contrato, Macleod. Ha vuelto a entrar en el juego. Y en este juego, los peones que saben demasiado se sacrifican.
Macleod soltó el revólver. Su mano salió de debajo del mostrador, vacía, temblorosa.
Entendió la magnitud de su derrota. No era solo que estuvieran rodeados. Era que su libertad nunca había sido real. Habían estado viviendo en una libertad condicional que desconocían.
—¿Qué quiere? —preguntó.
—Quiero lo que está en la caja —dijo el hombre con simplicidad—. Sé que no lo ha destruido. Usted es un acumulador de verdades, Macleod. Siempre lo fue. Guardó los planos del Dreadnought en su cabeza. Guardó el secreto de Kitchener. Ahora ha guardado la prueba de Zinoviev.
El hombre sacó un reloj de bolsillo de oro. Miró la hora.
—Son las diez y veinte. La marea baja completa es a medianoche.
Cerró el reloj con un clic sonoro.
—Tiene hasta entonces. Quiero el paquete. Intacto. Con todas las matrices y los borradores. Si me lo entrega... quizás el Directorio considere renovar su estatus de «Intocable». Podrán seguir siendo Robert y Sarah Thomson. Podrán envejecer aquí viendo cómo el mar se come la tierra.
—¿Y si no?
El hombre se encogió de hombros, ajustándose los guantes.
—Si no... entonces tendremos que asumir que se han convertido en activos hostiles.
Y trataremos la situación como tratamos al Sr. V.
Pero seremos más... exhaustivos. Empezaremos con su esposa.
Dicen que la artritis es dolorosa, pero le aseguro que hay cosas mucho peores que podemos hacerle a esas manos antes de que su corazón se pare.
Macleod sintió una oleada de náuseas. La imagen de Bella sufriendo, gritando, era insoportable.
—Ella no tiene nada que ver con esto —dijo, intentando una defensa patética.
—Ella es su cómplice. Siempre lo ha sido. Desde el puente del Tay hasta hoy. —El hombre se giró hacia la puerta—. No me insulte intentando negociar. No tiene nada con qué negociar. Su vida es un regalo que le hacemos. El precio es ese paquete.
Abrió la puerta. La niebla entró en remolinos, fría y ciega.
—Medianoche, Macleod. En el muelle. Venga solo. Y no traiga ese viejo Webley. Si veo un arma, quemaremos la casa con ella dentro.
El hombre salió. La puerta se cerró. La campanilla sonó una última vez, un tañido fúnebre.
Macleod se quedó solo en el silencio zumbante de la oficina.
Miró la marca negra de la quemadura del cigarrillo en el mostrador. Era una herida en la madera. Una cicatriz.
Detrás de él, la puerta de la cocina se abrió.
Macleod no se giró. No podía mirar a Bella a la cara.
—Lo he oído —dijo ella. Su voz era firme, pero carente de esperanza.
Macleod apoyó la frente en el mostrador, sobre la quemadura de ceniza.
—Saben quiénes somos, Bella. Siempre lo han sabido.
—Blackwood...
—Blackwood nos mantuvo como mascotas. Mascotas peligrosas en una jaula lejana. —Macleod soltó una risa amarga, al borde del llanto—. Nos creíamos libres. Nos creíamos listos. Y solo éramos... tolerados.
Sintió la mano de Bella en su espalda.
—¿Qué vamos a hacer, James?
Macleod levantó la cabeza. Miró a través de la ventana empañada hacia la nada blanca de la niebla.
El dilema moral se había evaporado. Ya no se trataba de salvar al gobierno laborista. Ya no se trataba de honrar la memoria de Margaret o Keir Hardie. Ni siquiera se trataba de luchar contra el sistema.
El sistema había entrado en su tienda, había comprado un sello y les había dicho que sus vidas le pertenecían.
La integridad era un lujo para los hombres libres. Y James Macleod acababa de descubrir que él era un esclavo.
—Vamos a dárselo —dijo Macleod. Las palabras sabían a ceniza en su boca—. Vamos a desenterrar la caja y se la vamos a dar.
—James... eso significa que ganan. Significa que la mentira se hace verdad. Significa que destruirán a MacDonald.
—Significa que tú vivirás —dijo él, girándose y agarrándola por los hombros con una fuerza desesperada—. Significa que no te tocarán. Me importa una mierda MacDonald. Me importa una mierda el socialismo. Me importa una mierda la verdad.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas de impotencia.
—Solo me importas tú. Y si tengo que quemar el mundo entero para que tú sigas respirando... entonces dame las cerillas.
Bella le miró. Vio la derrota absoluta en los ojos de su marido. Vio la muerte del héroe. El hombre que estaba frente a ella ya no era el detective intrépido; era un marido aterrorizado dispuesto a cualquier vileza por amor.
Y ella, en su corazón cansado, supo que haría lo mismo.
—Vamos —dijo ella suavemente—. Vamos a la despensa.
Caminaron hacia la trastienda, dos figuras encorvadas bajo el peso de una rendición invisible.
Afuera, la marea empezaba a bajar, arrastrando consigo las piedras, las algas y los últimos restos de su dignidad. La hoguera de las vanidades estaba lista para ser encendida, pero no ardería con fuego, sino con silencio.