La marea de octubre (Archivos del exilio 4 Hierro y sal) Episodio 7 Erosión Doméstica
68%

Episodio 7 Erosión Doméstica

E l miedo, cuando se cronifica, deja de ser una emoción para convertirse en un olor.

Para James Macleod, su propia casa —ese santuario de madera barnizada y tapetes de ganchillo que había mantenido impoluto durante dos décadas— había empezado a oler.

No era un hedor físico, sino una pestilencia psíquica: olía a sudor rancio de pesadillas, a pólvora vieja y a la acidez estomacal del silencio.

Hacía veinticuatro horas que los hombres del barco negro habían salido de la oficina.

No hubo disparos.

No hubo sangre sobre el mostrador de pino.

El hombre de la cicatriz había jugado sus cartas con la paciencia de un gato aburrido.

Había comprado sellos. Había preguntado por el clima.

Había inspeccionado las estanterías con una mirada que desnudaba la madera.

Y finalmente, al no ver el paquete a simple vista, se había inclinado sobre el mostrador, invadiendo el espacio vital de Macleod, para susurrar:

—Estaremos por aquí unos días, señor Thomson. Arreglando el motor. Si recuerda algo sobre ese envío... o si el paquete aparece milagrosamente... sabrá dónde encontrarnos. En el puerto. Vigilando la marea.

Desde entonces, el barco no se había movido. Su silueta gris oscura dominaba el puerto de Pierowall como un tumor de acero en el paisaje pintoresco.

Macleod estaba sentado en el sillón de orejas junto a la ventana del salón, pero no miraba hacia fuera. Las cortinas estaban echadas, dejando solo una rendija vertical por la que entraba una luz de tarde moribunda y lechosa.

Sobre su regazo descansaba el revólver Webley .455.

Era un arma pesada, de ordenanza, una pieza de brutalidad británica diseñada para detener a fanáticos en las colonias. Macleod la desmontaba y montaba ciegamente. Clic-clac . Clic-clac . El sonido metálico era el único metrónomo de la casa.

—Vas a desgastar el percutor —dijo Bella.

Estaba al otro lado de la habitación, intentando remendar un calcetín de lana. Pero Macleod veía cómo la aguja erraba el punto una y otra vez. Sus manos, deformadas por la artritis y ahora también por el terror, no obedecían.

—Si entran esta noche, necesito que funcione —respondió Macleod sin levantar la vista.

—Si entran, James, seremos tres contra uno. Y tú cojeas. Y yo soy vieja. —Bella dejó el calcetín con frustración—. Ese revólver es un amuleto, no una defensa. Estás rezándole al dios de la pólvora porque no tienes a quién más rezar.

Macleod levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre. No había dormido en dos noches. Cada crujido de la casa, cada golpe del viento contra las tejas, le hacía saltar de la cama con el arma en la mano.

—¿Prefieres que me siente a esperar a que nos arranquen las uñas como al Sr. V? —espetó él. La aspereza en su voz le sorprendió. Nunca le había hablado así a Bella. Ni siquiera en los peores momentos de 1903.

—Prefiero que no me mires como si fuera tu enemiga —respondió ella, dolida pero firme—. Estamos en el mismo bando, James. Pero te estás comportando como un animal enjaulado que muerde los barrotes.

—Es que estamos en una jaula, Bella. —Macleod señaló con el cañón del revólver hacia la ventana, hacia el pueblo invisible—. El barco bloquea el puerto. El teléfono está intervenido. Y la caja... la maldita caja sigue bajo las patatas.

El silencio volvió a caer entre ellos, denso y tóxico.

Antes, sus silencios eran cómodos, llenos de una comprensión tácita.

Eran silencios de compañeros que no necesitaban palabras.

Ahora, el silencio estaba lleno de cosas no dichas: reproches, dudas, y la pregunta constante de «¿por qué no lo quemamos ya? ».

Macleod volvió a mirar por la rendija de la cortina.

Vio pasar al reverendo Sutherland en su bicicleta. El clérigo se detuvo un momento frente a la oficina de correos, mirando el cartel de «CERRADO POR ENFERMEDAD» que Macleod había colgado esa mañana. El reverendo pareció dudar, quizás pensando en llamar a la puerta para ofrecer consuelo pastoral.

—¡Sigue pedaleando, maldita sea! —susurró Macleod entre dientes.

Si el reverendo entraba, si alguien entraba... los hombres del barco lo verían. Pensarían que Macleod estaba pasando información. O peor, usarían al visitante como rehén.

El aislamiento, que había sido su estrategia de supervivencia durante veinte años, se había convertido en su condena. Para proteger a sus vecinos, tenían que rechazarlos. Tenían que convertirse en parias en su propia comunidad.

El reverendo, tras un momento, volvió a subir a la bicicleta y se alejó.

Macleod soltó el aire. Pero el alivio duró poco.

—Tengo que salir —dijo Bella de repente, poniéndose de pie.

—¿Qué? —Macleod se giró bruscamente—. No. Nadie sale. Es demasiado peligroso.

—Tengo visita programada con la señora Miller. Está en su octavo mes de embarazo. Tiene preeclampsia. Si no voy a tomarle la presión y a llevarle las sales, podría convulsionar.

—Que vaya el médico de Kirkwall.

—El médico no vendrá con este mar. Soy yo o nadie, James. —Bella cogió su maletín de cuero gastado—. No voy a dejar morir a una madre y a un niño solo porque tú tienes miedo de unos matones en el puerto.

—¡No es miedo, es táctica! —gritó Macleod, poniéndose de pie. El dolor en su pierna fue agudo, un latigazo que le hizo tambalearse—. Si sales, te verán. Te seguirán. Pensarán que vas a reunirte con alguien, o a enviar un mensaje.

—Pues que me sigan. Verán a una enfermera haciendo su trabajo. Algo que tú has olvidado cómo se hace.

La frase quedó flotando en el aire, cruel y precisa. «Algo que tú has olvidado». Macleod sintió el golpe. Bella se refería a su deber cívico, a su integridad. Al hecho de que había elegido esconder la verdad para salvar su pellejo.

Bella se puso el abrigo y salió por la puerta trasera antes de que él pudiera detenerla.

Macleod se quedó solo en el salón en penumbra, con el revólver en la mano y la sensación de que las paredes se estaban cerrando sobre él, milímetro a milímetro.

◆◆◆

Granja de los Miller, afueras de Pierowall. Una hora después.

La cocina de la granja estaba caliente y olía a pan y leche agria. La señora Miller, una mujer joven con el rostro hinchado por la retención de líquidos, estaba sentada en una silla baja, con el brazo extendido sobre la mesa.

Bella ajustaba el manguito del esfigmomanómetro. Sus dedos temblaban. Intentaba ocultarlo, pero el temblor estaba ahí, una vibración fina que hacía tintinear las partes metálicas del aparato.

—¿Está todo bien, señora Thomson? —preguntó la joven, mirándola con preocupación—. La noto... pálida.

—Estoy bien, Mary. Solo un poco de jaqueca por el cambio de tiempo. —Bella forzó una sonrisa profesional que sentía como una máscara de yeso a punto de romperse—. Quédate quieta, por favor.

Bella apretó la pera de goma. El brazalete se infló. Colocó el estetoscopio en el pliegue del codo. Cerró los ojos para escuchar.

Tun-tun . Tun-tun .

Pero no era el latido de Mary lo que escuchaba.

Escuchaba el sonido de las botas claveteadas sobre los adoquines. Escuchaba el grito ahogado del Sr. V. mientras le quemaban los dedos. Escuchaba el silencio acusador de James en la casa oscura.

Su mente, habitualmente un archivo ordenado de datos médicos, era un torbellino. La Carta Zinoviev. El MI6. La caja bajo las patatas. James con el revólver. Friedrich en Alemania. «¿Estarán vigilando la granja? ¿Hay alguien en la ventana?».

Abrió la válvula de aire. La aguja del manómetro bajó.

Ciento sesenta sobre cien.

Alta. Peligrosamente alta.

—¿Cómo está? —preguntó Mary.

Bella parpadeó. Miró el manómetro. ¿Había visto bien? ¿O era su propio pulso lo que distorsionaba la lectura?

—Está... un poco alta —murmuró—. Te voy a dar... te voy a dar la tintura de veratrum .

Bella abrió su maletín. Sus manos buscaron los frascos de vidrio ámbar. Había dos frascos idénticos, solo diferenciados por la etiqueta manuscrita, borrosa por el uso.

Uno era Veratrum viride , para bajar la presión. El otro era Digitalis purpurea , para fortalecer el corazón.

Si le daba digital a una paciente con esa presión, podría provocarle un paro cardíaco.

Bella cogió un frasco. Desenroscó la tapa. Vertió las gotas en una cuchara con agua.

—Toma esto, querida.

Mary abrió la boca, confiada, entregada completamente a la sabiduría de la mujer que había traído al mundo a medio pueblo.

Justo cuando la cuchara tocaba los labios de la joven, un rayo de luz de la ventana iluminó la etiqueta del frasco que Bella sostenía en la otra mano.

DIGITALIS.

Bella soltó la cuchara.

El metal golpeó el suelo de piedra. El líquido se derramó.

Mary dio un salto, asustada.

—¡Señora Thomson!

Bella miró la mancha húmeda en el suelo. Había estado a un segundo de matar a Mary Miller. A un segundo de convertirse en una asesina por negligencia.

El terror la invadió. No el terror a los espías, sino el terror a sí misma. Su concentración estaba rota. Su competencia, ese escudo que había llevado con orgullo desde que se graduó en Edimburgo en 1896, se había desintegrado.

—Lo siento... —balbuceó Bella, retrocediendo—. Se me ha resbalado. Mis manos... la artritis.

—No pasa nada, traeré otra cuchara —dijo Mary, intentando levantarse.

—¡No! —gritó Bella. Su voz sonó histérica—. ¡No te levantes! ¡Quédate quieta!

Mary la miró con miedo genuino. Ya no veía a la enfermera amable; veía a una mujer mayor, despeinada, con los ojos desorbitados. Una extraña.

—Señora Thomson, creo que debería irse a casa —dijo la joven, protegiendo instintivamente su vientre con las manos—. Mi marido vendrá pronto.

Bella guardó el frasco temblando violentamente. Cerró el maletín. Ni siquiera pudo abrochar las correas.

—Sí. Sí, me voy. Perdóname, Mary. Perdóname.

Salió de la granja casi corriendo, huyendo de su propio error.

Fuera, el viento la golpeó. Se apoyó contra el muro de piedra, respirando con dificultad.

Miró sus manos. Las odiaba. Odiaba en lo que se habían convertido. Cómplices. Inútiles. Peligrosas.