Episodio 6 Llamada de Larga Distancia #2
No era enorme, quizás veinte metros de eslora. Casco de acero pintado de un gris oscuro, casi negro, sin nombre visible en la proa. Tenía la estructura de un arrastrero de altura, de los que faenan en Islandia, pero estaba demasiado limpio. No había redes colgando, no había óxido en los imbornales.
Tenía antenas de radio. Dos mástiles altos con cables tensados entre ellos.
—Un barco «pesquero» —murmuró Macleod con ironía amarga.
El barco maniobró con una precisión militar, acercándose al muelle de piedra. No necesitó remolcador. Sus motores invirtieron la marcha, batiendo el agua en espuma blanca, y la nave se detuvo suavemente junto a los noráis.
Macleod ajustó el enfoque de los prismáticos.
Vio a tres hombres en la cubierta.
Llevaban impermeables amarillos de pescador, pero debajo, Macleod vislumbró pantalones de sarga oscura y botas que no eran de goma, sino de cuero claveteado. Botas de marcha.
Se movían con eficiencia, amarrando los cabos. No hablaban entre ellos. No miraban al pueblo con curiosidad. Miraban hacia tierra con propósito.
Uno de los hombres, el que parecía estar al mando, levantó la vista hacia la oficina de correos.
Llevaba una gorra de lana calada hasta las cejas, pero Macleod vio su rostro. Era un rostro duro, afeitado, con una cicatriz blanca que cruzaba la mejilla izquierda.
El hombre miró la oficina. Luego miró su reloj.
—Han llegado —dijo Macleod, bajando los prismáticos.
—¿Son ellos? —preguntó Bella.
—Son el equipo de limpieza. El «transporte privado» del que hablaba la voz. Han venido a buscar el paquete. Y si no lo encuentran... buscarán a quien lo vio por última vez.
Macleod sintió una extraña calma descender sobre él. La espera había terminado. El enemigo estaba en la puerta. Ya no había que imaginar fantasmas; ahora había hombres de carne y hueso a los que se podía disparar.
Pero también sintió el peso de sus cincuenta años. Sabía que no podía ganar un tiroteo contra tres profesionales. No en campo abierto. No con una pierna coja.
—Bella —dijo, girándose hacia ella—. Escúchame bien. Tú no sabes nada. Si preguntan, yo clasifico el correo. Tú solo limpias y atiendes partos. Nunca viste el paquete. Nunca hablaste con el Sr. V.
—No voy a dejarte solo, James.
—No te estoy pidiendo que me dejes. Te estoy pidiendo que mantengas la historia. Si nos contradecimos, estamos muertos. La mentira debe ser monolítica. Soy un viejo estúpido que perdió un paquete o se lo dio al destinatario equivocado. Incompetencia, no malicia. Eso es lo que tenemos que venderles.
Bella asintió, aunque sus labios estaban apretados en una línea fina y blanca.
—¿Y si entran?
—Entrarán. Van a venir a preguntar. Tienen la excusa perfecta: «avería de motor» o «refugio por el temporal». Vendrán a enviar un telegrama o a comprar tabaco. Y nos evaluarán.
Macleod volvió a mirar por la ventana.
Los tres hombres habían desembarcado. Caminaban por el muelle bajo la lluvia, dirigiéndose hacia la calle principal. Hacia la oficina.
El sonido de sus botas sobre el empedrado empezó a oírse, rítmico, pesado. Cloc, cloc, cloc.
Era el sonido de Londres llegando a las Orcadas.
Macleod fue hacia la puerta y quitó el cartel de «CERRADO» que había puesto durante el almuerzo. Giró el letrero a «ABIERTO».
—¿Por qué haces eso? —susurró Bella.
—Porque si cerramos ahora, parecerá que tenemos miedo. Y el miedo es una confesión.
Macleod se colocó detrás del mostrador. Abrió el libro de contabilidad. Mojó la pluma en el tintero. Su mano no temblaba.
—Ponte a tejer, Bella. Siéntate junto al fuego y teje como una anciana inofensiva.
Bella se sentó en la mecedora, cogió sus agujas y la lana gris. El clic-clic de las agujas empezó a sonar, un contrapunto doméstico al cloc-cloc de las botas que se acercaban.
La puerta se abrió.
Una ráfaga de viento frío entró, haciendo bailar la llama de la estufa.
El hombre de la cicatriz entró primero. Era alto, ancho de hombros. El impermeable amarillo le quedaba pequeño. Olía a gasóleo, a tabaco turco (el mismo olor que el Sr. V) y a violencia contenida.
Detrás de él entraron los otros dos. Se quedaron junto a la puerta, bloqueando la salida, con las manos en los bolsillos de sus abrigos.
Macleod levantó la vista del libro de cuentas, ajustándose las gafas con un gesto lento y deliberado.
—Buenas tardes, caballeros —dijo con su voz de viejo jefe de correos—. Un día terrible para navegar, ¿no es así?
El hombre de la cicatriz se acercó al mostrador. Sus ojos eran azules, fríos como el hielo de un glaciar. Recorrieron la oficina, deteniéndose en la caja fuerte cerrada, en la puerta trasera, en Bella tejiendo, y finalmente, en los ojos de Macleod.
—Terrible —dijo el hombre. Su acento no era escocés. Era un inglés del sur, plano y duro—. Buscamos refugio. Y quizás... algo de correo perdido.
Macleod sonrió, una sonrisa vacía y servicial.
—El correo perdido es nuestra especialidad, señor. Pero me temo que lo único que encontrarán aquí es humedad y sellos de un penique.
El hombre no sonrió. Apoyó las manos sobre el mostrador. Tenía los nudillos blancos.
—Veremos —dijo—. Veremos qué aparece cuando baja la marea.
El sonido del teléfono había sido la advertencia. El barco había sido la llegada. Ahora, la invasión había comenzado. Y Macleod sabía, con la certeza de quien ha visto demasiada muerte, que esa conversación no terminaría con la compra de un sello. Terminaría con sangre o con fuego.