La marea de octubre (Archivos del exilio 4 Hierro y sal) Episodio 6 Llamada de Larga Distancia
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Episodio 6 Llamada de Larga Distancia

E l sonido de la modernidad descubrió James Macleod esa mañana, no era el rugido de un motor ni el silbido de un tren; era un repiqueteo eléctrico, agudo y espasmódico, capaz de detener el corazón de un hombre a diez metros de distancia.

El teléfono de la oficina de correos colgaba de la pared tras el mostrador como un insecto negro y brillante de baquelita y metal cromado.

Era un modelo Ericsson de pared, instalado dos años atrás como parte del programa del Gobierno para conectar las «comunidades periféricas».

Hasta ese día, solo había servido para transmitir noticias de nacimientos, pedidos de harina al mayorista de Kirkwall o avisos de tormenta.

Pero cuando sonó a las nueve y cuarto de la mañana, el timbre tuvo una cualidad diferente.

No era el timbre vacilante de la centralita local en la isla principal. Era un timbrazo continuo, autoritario, alimentado por una corriente de alto voltaje que parecía venir de muy lejos. Sonaba con la urgencia de una sirena de ataque aéreo, aunque la guerra había terminado hacía seis años.

Riiiiiing-riiiiiing .

Macleod estaba clasificando el correo de salida —cartas inocuas que irían al continente— cuando el sonido cortó el aire estancado de la oficina.

Se quedó inmóvil, con un sobre en la mano.

Al otro lado del tabique, en la cocina, escuchó el ruido de un plato cayendo al suelo y rompiéndose. Bella también lo había oído. Sabía lo que significaba. Nadie llamaba a la oficina de correos tan temprano. Nadie, excepto el sistema.

Macleod miró el aparato. El auricular colgaba del gancho lateral, pesado y frío. La boquilla del micrófono parecía una boca negra abierta, esperando devorar sus palabras.

Riiiiiing-riiiiiing .

El sonido rebotaba en las paredes de madera, amplificándose. Era un taladro en su sien.

Macleod cojeó hacia el aparato. Su mano derecha, manchada de tinta de sellos, se cerró sobre el auricular. Sentía el sudor frío en la palma.

«Soy Robert Thomson», se dijo a sí mismo. «Soy un funcionario de correos aburrido, algo sordo y muy lento. No soy James Macleod. No soy un espía. Soy un viejo que vende sellos».

Descolgó.

—Oficina de Correos de Westray —dijo. Su voz salió rasposa, perfectamente modulada para sonar como la de un isleño que acaba de despertar.

La línea estaba llena de estática. Era el sonido del mar, de los cables submarinos que cruzaban el Pentland Firth, de los relés de cobre que atravesaban las Highlands bajo la lluvia. Crepitaba, siseaba.

—¿Señor Thomson? —preguntó una voz al otro lado.

No era la operadora de Kirkwall.

Era una voz de barítono, suave, cultivada.

Una voz que pronunciaba las vocales con la redondez perfecta de Oxford y las consonantes con la precisión afilada de un abogado de la City.

Era una voz que olía a tabaco de pipa caro, a sillones de cuero en el club Reform y a decisiones tomadas sin remordimientos.

—Al habla —respondió Macleod, apoyando la espalda contra la pared para aliviar el peso de su pierna mala.

—Le llamo desde Londres, señor Thomson. Departamento de Enlace Postal del Ministerio de Exteriores.

Mentira. El Ministerio de Exteriores no llamaba a oficinas rurales.

—Está usted muy lejos, señor —dijo Macleod, fingiendo estupidez rural—. Se oye mal. ¿En qué puedo ayudarle? ¿Es sobre las nuevas tarifas de paquetería?

Hubo una pausa al otro lado. La estática subió y bajó como una marea electrónica. Macleod podía imaginar al hombre al otro lado del hilo: un burócrata de inteligencia, quizás sentado en un despacho en Whitehall, mirando un mapa donde Westray no era más que una mota de polvo.

—No, señor Thomson. No es sobre tarifas. Estamos rastreando un envío certificado urgente. Número de registro CX-409. Despachado desde Kensington hace tres días.

Macleod cerró los ojos. El número. Lo sabía de memoria, aunque había quemado el aviso.

—El correo llega con retraso, señor. Hemos tenido temporal del noreste. El Earl of Zetland apenas pudo atracar ayer. Muchas sacas se quedaron en Kirkwall.

—Nuestros registros indican que la saca número 4 fue transferida al barco —dijo la voz. El tono se había enfriado unos grados. Ya no era cordial; era clínico—. Y que esa saca fue entregada en su muelle ayer a las 16:00 horas.

Sabían demasiado. Alguien había estado vigilando el muelle de Kirkwall. O el capitán del ferry había informado por radio.

—Ah, sí... la saca 4 —Macleod carraspeó, ganando segundos—. Sí, llegó una saca mojada. Pero estaba todo revuelto. Todavía estamos secando y clasificando. Ya sabe, somos una oficina pequeña. Solo yo y mi mujer. Y con la humedad, la tinta se corre...

—El paquete iba dirigido a un tal Sr. V. En la cabaña Cliffside.

Macleod sintió un nudo en el estómago. La mención directa del nombre en clave confirmaba que la línea no era segura, o que al interlocutor no le importaba quién escuchara.

—¿Sr. V? —Macleod forzó una risa de viejo—. Aquí no tenemos a nadie con ese nombre, señor. Tenemos a los Sinclair, a los Groat, a los Miller...

—Es un inquilino temporal. Un ornitólogo.

—Ah, el hombre de los pájaros. Sí, lo he visto un par de veces. Pero no ha venido por aquí a recoger nada.

—¿Está seguro, señor Thomson?

La pregunta flotó en el aire, cargada de amenaza. «¿Está seguro de que quiere jugar a este juego?».

—Seguro, señor. Si hubiera venido, le habría dado su correo. Es mi trabajo. Pero con este viento, la gente no sale mucho. Quizás venga hoy. O mañana.

—Es imperativo que ese paquete sea... interceptado, señor Thomson.

—La voz cambió. Dejó caer la máscara burocrática por un instante—.

Ha habido un error en el despacho. Contenido sensible.

Material diplomático enviado por error a un civil.

Si lo tiene, no debe entregarlo. Debe retenerlo bajo la Ley de Secretos Oficiales.

«Ahí está», pensó Macleod. «La confesión».

—Como le digo, señor, no he visto el paquete. Pero si aparece, haré lo que dice el reglamento. Lo devolveré al remitente.

—No lo devuelva —cortó la voz, afilada como un bisturí—. Reténgalo. Enviaremos a un agente para recogerlo personalmente y verificar la integridad de los sellos.

—¿Enviar a alguien? —Macleod miró por la ventana hacia el puerto gris—. Eso llevará días, señor. El próximo barco no viene hasta el viernes.

—No dependemos del transporte público, señor Thomson.

El silencio volvió a la línea, denso, pesado.

—Por cierto —añadió la voz, con una casualidad ensayada que era más aterradora que cualquier grito—, ¿ha visto al inquilino últimamente? ¿Se encuentra bien de salud?

Macleod vio mentalmente el cuerpo destrozado en el cobertizo de la iglesia. Los dedos quemados.

—No lo he visto desde hace dos días —mintió Macleod, sintiendo cómo la mentira le quemaba la lengua—. Supongo que estará en su cabaña, esperando a que escampe.

—Bien. Si lo ve... dígale que Londres está preocupada por él. Muy preocupada.

—Se lo diré.

—Buenas tardes, señor Thomson. Gracias por su... cooperación.

La línea se cortó con un clic seco. Luego, el zumbido del tono de línea.

Macleod colgó el auricular lentamente. Sus dedos estaban blancos por la presión.

Se giró. Bella estaba en el umbral de la puerta que conectaba con la casa. Tenía los brazos cruzados, abrazándose a sí misma.

—Saben que lo tienes —dijo ella. No era una pregunta.

—Saben que la saca llegó. Saben que soy el único que toca el correo. Y sospechan que miento.

—Dijo que enviarían a alguien.

—Dijo que no dependen del transporte público.

Macleod caminó hacia la ventana frontal de la oficina. Limpió el vaho del cristal con la manga de su jersey.

El puerto de Pierowall estaba tranquilo bajo la lluvia fina. Los barcos de pesca locales, pequeños esquifes de madera cabeceaban en sus amarres. Las gaviotas chillaban, peleándose por restos de pescado.

Parecía una escena pastoral. Pero la llamada había cambiado el paisaje. Ahora, cada ola parecía esconder un periscopio. Cada sombra parecía un observador.

—¿Qué hacemos, James? —preguntó Bella, acercándose a él—. ¿Desenterramos la caja? ¿Huimos?

—No podemos huir. No hay barcos. Y si intentamos salir en un bote pequeño con este mar, nos ahogaremos antes de llegar a Papa Westray. Estamos atrapados.

Macleod miró el reloj de pared. Eran las nueve y media.

—Tenemos que actuar con normalidad. Abre la tienda. Yo terminaré de clasificar el correo real, no el fantasma. Si viene alguien, somos dos viejos inútiles. La ignorancia es nuestra única armadura ahora.

Pasaron las horas. La mañana se arrastró con una lentitud agonizante.

Vinieron tres clientes. La señora Miller a comprar un giro postal. El viejo Angus a recoger su pensión. Un niño que quería caramelos.

Cada vez que la campanilla de la puerta sonaba, Macleod sentía un disparo de adrenalina en el pecho. Su mano iba instintivamente bajo el mostrador, donde había pegado con cinta adhesiva su viejo revólver Webley de servicio, cargado y aceitado la noche anterior.

Pero solo eran vecinos. Gente que hablaba del clima, de las ovejas, de la maldita lluvia. Macleod sonreía, asentía, sellaba papeles. Representaba su papel de «Robert Thomson» con la dedicación de un actor en su noche final.

A las dos de la tarde, la luz empezó a cambiar. El cielo, que había sido de un gris uniforme, se oscureció hacia el este. Una pared de niebla se acercaba desde el mar, rodando sobre las olas como humo de cañón.

Macleod estaba comiendo un sándwich de queso sin hambre cuando escuchó el sonido.

No era el motor de dos tiempos de los pesqueros locales, ese puf-puf-puf asmático y familiar.

Era un zumbido grave, profundo. Un motor diésel potente, de muchas revoluciones. Un sonido industrial.

Bella dejó su taza de té.

—James.

Macleod se levantó y fue a la ventana. Cogió sus prismáticos.

La niebla estaba entrando en la bahía, difuminando los contornos del rompeolas. Pero de la bruma surgió una forma.

Era un barco.