Episodio 3 Ornitología Forense
L a gravedad es la única ley que se cumple rigurosamente en las Orcadas. Aquí, todo tiende a caer: la lluvia cae horizontal, las casas se agachan contra la turba, y los hombres, eventualmente, caen al mar o a la tierra.
James Macleod estaba parado sobre una alfombra de guijarros resbaladizos y algas podridas, mirando hacia arriba.
La pared del acantilado se alzaba ochenta metros sobre su cabeza, una cicatriz vertical de granito negro y excremento de aves marinas, coronada por la niebla matutina.
Desde abajo, el faro de Noup Head no era más que un dedo blanco acusador señalando un cielo que se negaba a amanecer del todo.
A sus pies yacía el hombre que se hacía llamar Sr. V.
No se parecía al ornitólogo nervioso del día anterior.
La caída lo había reconfigurado. Su cuerpo estaba descoyuntado, una marioneta a la que le han cortado los hilos en mitad de una función grotesca.
El abrigo de tweed de corte urbano, ahora empapado y pesado como el plomo, se había arremangado sobre su cabeza, revelando una camisa blanca que se pegaba a la piel translúcida.
—Pobre diablo —dijo una voz joven y temblorosa a su lado.
El Constable William Miller se quitó el casco de policía para secarse el sudor de la frente, a pesar de que la temperatura rondaba los tres grados.
Miller tenía veintidós años. Era un chico de la isla, hijo de un panadero, que había conseguido el uniforme porque sabía leer y escribir sin faltas y porque nadie más quería el trabajo de patrullar caminos vacíos bajo la lluvia.
No tenía la mirada de un policía; tenía la mirada de un niño que ha roto un jarrón valioso y no sabe cómo explicárselo a su madre.
—Resbaló —continuó Miller, sacando una libreta y un lápiz que la humedad amenazaba con disolver—. Está claro, señor Thomson. Resbaló. El sendero de arriba es traicionero con este barro. Zapatos de ciudad. Mala idea.
Macleod —Robert Thomson para el chico— no dijo nada. Se apoyó en su bastón, dejando que el dolor de su tobillo le anclara a la realidad.
Sus ojos, entrenados en los callejones de Glasgow y en las morgues de Edimburgo, diseccionaban la escena con una precisión que Miller no podría ni imaginar.
Veía la posición del cuerpo. Boca abajo. Las extremidades extendidas.
Si hubiera resbalado, habría intentado agarrarse. Habría marcas de arrastre en el borde superior, tierra bajo las uñas de las manos por el intento desesperado de frenar la caída. Y habría caído cerca de la pared de roca, golpeándose varias veces en el descenso.
Pero el Sr. V. estaba lejos de la base del acantilado. Cinco metros hacia el mar.
Para aterrizar allí, no había resbalado. Había sido impulsado. O había saltado con fuerza.
—¿Va a escribir eso, Billy? —preguntó Macleod con voz suave, la voz del viejo jefe de correos que ayuda a la joven autoridad—. ¿Muerte accidental?
—¿Qué otra cosa podría ser? —Miller miró el cuerpo con repugnancia—.
No hay nadie más en la cabaña. La puerta estaba cerrada por dentro, tuve que romper un cristal para entrar y verificar.
Estaba solo. Vino a mirar pájaros, se acercó demasiado al borde con ese telescopio suyo, y el viento hizo el resto. Una ráfaga fuerte y... adiós.
Macleod miró las manos del muerto. Estaban medio ocultas por la arena y el agua de una poza de marea.
—Deberíamos moverlo antes de que suba la marea —dijo Macleod—. El mar lo reclamará en una hora.
—Sí. Sí, claro. —Miller parecía aliviado por recibir una instrucción práctica—. Tengo el carro del granjero Sinclair arriba, en el camino. ¿Me ayuda a subirlo, señor Thomson? Sé que su pierna...
—Mi pierna aguantará.
Entre los dos, envolvieron el cuerpo en una lona de hule que Miller había traído. El Sr. V. era ligero, un hombre de escritorio, de papel y tinta, no de músculo y hueso. Pesaba menos que un saco de carbón.
Mientras lo cargaban por el sendero de cabras que serpenteaba hacia la cima, Macleod sintió el roce del cadáver contra su costado.
Sintió la rigidez incipiente. Rigor mortis .
Llevaba muerto al menos seis u ocho horas.
Desde la noche anterior. Desde poco después de que Macleod decidiera no entregarle el aviso del paquete.
La culpa, fría y viscosa, se deslizó por su garganta. Si hubiera ido a la cabaña... si hubiera entregado el paquete... quizás este hombre estaría vivo. O quizás Macleod estaría muerto junto a él.
Llegaron arriba, jadeando. El viento soplaba con fuerza, limpiando el sudor pero no la sensación de suciedad. Depositaron el cuerpo en el carro de madera.
—Lo llevaré al cobertizo detrás de la iglesia —dijo Miller, recuperando el aliento—. El doctor no vendrá hasta el lunes desde Kirkwall. Tendrá que esperar allí.
—Mi mujer puede ayudar —dijo Macleod.
Miller le miró, sorprendido.
—¿La señora Sarah?
—Ella ayuda al doctor a veces. Sabe... sabe cómo limpiar y preparar a los muertos para que sean presentables. No querrás que su familia en Londres lo vea así, lleno de algas y barro.
El joven policía asintió, agradecido. La idea de lavar aquel amasijo de carne y ropa mojada le aterraba.
—Se lo agradecería mucho, señor Thomson. Es usted un buen vecino.
Macleod asintió, ocultando la ironía amarga de esas palabras. «Buen vecino». El buen vecino que había dejado morir al forastero para proteger su propio secreto.
—Dile a Sarah que vaya al cobertizo. Yo iré a la oficina de correos. Tengo que... tengo que abrir.
Mientras el carro se alejaba, traqueteando sobre los baches, Macleod se quedó solo en el acantilado. Miró hacia la cabaña vacía del Sr. V.
La puerta había sido forzada por Miller, pero Macleod notó algo más. Las huellas en el barro alrededor de la casa. Había muchas pisadas. Demasiadas para un hombre solitario. Y algunas eran profundas, de botas pesadas, no de los zapatos finos del muerto.
Alguien había estado allí. Alguien había buscado.
Y al no encontrar lo que buscaban, habían llevado al Sr. V. al borde del precipicio.
Macleod se giró hacia el mar. No había barcos a la vista. El horizonte estaba vacío. Los asesinos —porque en su mente ya no había duda de que era un plural— se habían ido, o se habían vuelto invisibles.
Pero el paquete seguía en su caja fuerte.
◆◆◆
Cobertizo anexo a la iglesia de Lady Kirk, Pierowall. 11:00 horas.
El lugar no era una morgue, pero cumplía la función. Era un cuarto de piedra fría, usado para guardar las herramientas del sepulturero y, ocasionalmente, para albergar a los ahogados que el mar devolvía hasta que el ferry podía llevarlos a la isla principal.
Olía a cal viva y a humedad antigua.
Bella Sinclair cerró la puerta y echó el pestillo. Fuera, la lluvia había vuelto a empezar, un repiqueteo suave sobre el techo de pizarra que aislaba el cobertizo del resto del mundo.
El cuerpo del Sr. V. yacía sobre una mesa de madera robusta, cubierto por la lona.
Bella se quitó el abrigo y se puso un delantal de goma grueso. Sus manos le dolían. La humedad de octubre hacía que sus articulaciones se inflamaran, convirtiendo cada movimiento fino en una tortura silenciosa. Se frotó los nudillos, intentando calentar los dedos rígidos.
—Vamos, viejas amigas —susurró a sus manos—. Una vez más. Solo una vez más.
Retiró la lona.
El rostro del hombre estaba destrozado por la caída. La nariz rota, pómulos hundidos, abrasiones severas donde la piel había raspado contra el granito al caer. Era la máscara de una muerte violenta y traumática. Accidental, diría cualquiera. Una caída horrible.
Pero Bella Sinclair no era cualquiera. Era la mujer que había diseccionado la verdad en los sótanos de Dundee y Glasgow cuando la medicina oficial miraba hacia otro lado.
Cogió unas tijeras y empezó a cortar la ropa mojada. La camisa de algodón fino se rasgó fácilmente. El pecho del hombre era un mapa de hematomas morados y amarillos. Costillas rotas. El esternón hundido. Todo consistente con una caída de ochenta metros.
Bella trabajó metódicamente, desnudando el cuerpo.
Llegó a las manos.
Estaban cerradas en puños, rígidas por el rigor mortis . Bella tuvo que usar fuerza para abrir los dedos. Estaban fríos, blancos, arrugados por el agua.
Y entonces lo vio.
Contuvo el aliento. El aire se quedó atrapado en su garganta, seco y doloroso.
No eran heridas de la caída. La caída golpea, raspa, rompe huesos. La caída no es precisa.
En la mano derecha, en la piel suave y fina entre los dedos índice y corazón, había marcas.
Pequeños puntos rojos. Pinchazos.
Bella acercó la lámpara de kerosén. La luz dorada iluminó la atrocidad microscópica.
Había cuatro pinchazos. Precisos. Justo en la base de los dedos, donde se juntan los nervios digitales. Una zona de sensibilidad exquisita.
—No... —murmuró Bella.
Miró la otra mano. Lo mismo. Pinchazos entre el anular y el meñique.
Y algo más.
En las yemas de los dedos, las que ayer había visto manchadas de tinta, la piel estaba levantada. Ampollas. Pero no por fricción. Eran quemaduras. Quemaduras circulares, pequeñas, perfectas.
Como si alguien hubiera apagado cigarrillos, o aplicado la punta de un alambre caliente, con una deliberación quirúrgica.
Bella soltó la mano del muerto y retrocedió un paso, chocando contra la pared de piedra.
El terror la invadió. No era el miedo a los fantasmas, ni a la muerte. Era el terror profesional. El reconocimiento de una técnica.
Esto no era obra de un ladrón local. No era una pelea de borrachos que salió mal.
Era un interrogatorio.
Alguien había sujetado a este hombre. Alguien con conocimientos de anatomía, alguien que sabía dónde dolía más y dónde dejaba menos marcas visibles a simple vista.
Alguien había introducido agujas o sustancias químicas entre sus dedos para hacerle hablar, para hacerle decir dónde estaba eso que escondía.
Bella miró alrededor del cobertizo vacío. De repente, las sombras parecían tener ojos.
Los asesinos habían estado en la isla. Quizás seguían allí.