La marea de octubre (Archivos del exilio 4 Hierro y sal) Episodio 2 El hombre que miraba al este #2
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Episodio 2 El hombre que miraba al este #2

Si James no había entregado un paquete urgente a este hombre desesperado, tenía una razón. Y la razón de James Macleod siempre era la seguridad.

Bella tomó una decisión instantánea. Proteger a su marido. Proteger su mentira.

—No lo sé, señor...

—V. Llámeme V.

—Señor V. Mi marido clasifica el correo por la tarde. Pero con este temporal, a veces las sacas se quedan en el muelle de Kirkwall hasta que mejora el tiempo. Si es un paquete grande, quizás no lo hayan embarcado en el Earl .

El hombre se desinfló. Sus hombros cayeron. Parecía que iba a llorar.

—Entiendo. El clima. Siempre el clima.

Miró hacia el sur, hacia la carretera que llevaba al pueblo y al puerto. Pareció sopesar la idea de ir él mismo a la oficina. Pero luego miró hacia el mar abierto, y un miedo diferente cruzó su rostro. El miedo a ser visto en un lugar público.

—Si... si ve a su marido —dijo el Sr. V., sacando una moneda de media corona y tendiéndosela con mano temblorosa—, ¿podría pedirle que verifique? Si hay algo, pagaré por la entrega especial. Pagaré bien. Pero necesito ese paquete. Es... vital para mi trabajo.

Bella ignoró la moneda.

—Le diré que mire, señor. No hace falta que pague. Aquí somos vecinos.

—Vecinos... —El hombre soltó una risa hueca, sin humor—. Sí. Vecinos en el purgatorio.

Se dio la vuelta bruscamente y comenzó a caminar de regreso hacia los acantilados, su abrigo ondeando al viento como las alas rotas de un pájaro que no sabe volar.

Bella se quedó mirándolo hasta que desapareció tras una curva.

Luego montó en su bicicleta y pedaleó con fuerza hacia el pueblo. Sus piernas ardían, pero su mente iba más rápido.

Ese hombre no era un ornitólogo. Era un fugitivo.

Y lo que esperaba no eran libros. Era su salvavidas. O su sentencia.

Cuando llegó a la oficina de correos, encontró la puerta cerrada y las cortinas echadas, aunque todavía faltaba una hora para el cierre oficial.

Golpeó con los nudillos: tres golpes rápidos, dos lentos. Su código.

Macleod abrió. La oficina estaba en penumbra, solo iluminada por el resplandor de la estufa.

—Lo he visto —dijo Bella, entrando y apoyando la bicicleta contra el mostrador—. Al inquilino. Me ha preguntado por el correo.

Macleod la miró desde la mesa de clasificación. Tenía una botella de whisky abierta y dos vasos.

—¿Qué le has dicho? —preguntó él.

—Que el temporal lo retrasa todo. Que quizás está en Kirkwall.

Macleod asintió, sirviendo un trago corto.

—Bien. Porque el paquete está ahí.

Señaló la caja fuerte de hierro.

—¿Qué hay dentro, James?

—No lo he abierto. Pero el hombre... lo he estado observando desde el acantilado.

—Tiene manos de oficinista —dijo Bella, aceptando el vaso—. Manos manchadas de tinta. Y cortes de papel. Miles de cortes.

Macleod bebió su whisky de un trago, haciendo una mueca cuando el alcohol quemó su garganta.

—Un burócrata —dijo—. Un hombre de papel que huye de hombres de acero.

—Me preguntó por ti. Quería venir a buscarlo. Pero tiene miedo de salir de su agujero. Cree que le están vigilando.

—Y probablemente tenga razón.

Macleod caminó hacia la ventana y levantó una esquina de la cortina para mirar la calle vacía y lluviosa de Pierowall.

—Estamos en 1924, Bella. El mundo está cambiando. MacDonald en el Gobierno, los conservadores conspirando en los clubes, los espías jugando a la guerra fría antes de que se invente el término.

Se giró hacia ella. Su rostro, iluminado por la luz naranja de la estufa, parecía cansado, erosionado.

—Ese hombre, el Sr. V., es un peón que se ha salido del tablero. Y ha traído la partida a nuestra isla.

—¿Vas a darle el paquete? —preguntó Bella.

Macleod miró la caja fuerte. Luego miró sus propias manos, callosas, envejecidas. Manos que habían dejado de empuñar armas para empuñar sellos de correos.

—No —dijo—. Todavía no.

—¿Por qué? Es su correo. Es la ley.

—La ley murió con Blackwood, Bella. Ahora solo queda la supervivencia.

Macleod se acercó a ella y le tomó la mano fría.

—Si le doy ese paquete, sea lo que sea, algo pasará. Él hará algo. Huirá, o lo publicará, o se lo venderá a alguien. Y ese acto... esa explosión... nos alcanzará a nosotros.

—¿Lo estás protegiendo a él, o a nosotros?

—Nos estoy protegiendo a nosotros. —Macleod apretó su mano—. Mientras el paquete esté en la caja fuerte, el juego está en pausa. Nadie se mueve. Nadie muere.

—Él tiene miedo, James. Lo vi en sus ojos. Un miedo terrible.

—El miedo te mantiene vivo. La esperanza es lo que te mata.

Macleod soltó su mano y volvió a la mesa. Cogió el aviso de llegada, el papel amarillo que debería haber entregado esa mañana.

Lo miró un momento, y luego lo rompió en cuatro pedazos y los tiró al fuego de la estufa.

El papel se enroscó y ardió en un segundo, convirtiéndose en ceniza gris que se mezcló con la turba.

—Hoy no ha llegado ningún paquete —dijo Macleod—. El barco venía vacío.

Bella miró el fuego. Sintió un peso en el pecho, la carga física de la complicidad. Acababan de cruzar una línea. Ya no eran observadores inocentes. Al retener el paquete, habían intervenido. Se habían convertido en carceleros del destino de ese hombre.

—Que Dios nos perdone —susurró ella.

—Dios no vive en las Orcadas, Bella —dijo Macleod, apagando la última luz—. Aquí solo vivimos nosotros y el viento. Y el viento no perdona nada.

La oscuridad se tragó la habitación, dejando a los dos ancianos solos con su secreto y el sonido de la tormenta que, fuera, golpeaba los muros tratando de entrar, trayendo consigo la noche más larga que habían conocido en veinte años.