Episodio 2 El hombre que miraba al este
L a distancia entre la seguridad y el pánico se mide, a veces, en aumentos ópticos.
James Macleod yacía tendido sobre un lecho de brezo húmedo y roca negra, con el cuerpo presionado contra la tierra fría para ocultar su silueta del horizonte.
El viento del norte, que el día anterior había golpeado la isla con la furia de un martillo, se había transformado ahora en una navaja persistente y gélida que buscaba la piel bajo las capas de lana y hule.
A trescientos metros de distancia, recortada contra el cielo gris plomo, se alzaba la cabaña de Cliffside.
Era una estructura precaria, un cubo de piedra encalada con techo de pizarra que parecía aferrarse al borde del acantilado por pura obstinación geológica.
Era el lugar que alquilaban los turistas excéntricos o los artistas fracasados que buscaban la «sublime desolación» del norte.
Pero el hombre que estaba en el porche no era un artista. Y ciertamente no era un turista.
Era el «Sr. V.». El destinatario del paquete que quemaba dentro de la caja fuerte de la oficina de correos.
Macleod ajustó el enfoque. Las lentes, rayadas por la arena de una década, aclararon la imagen.
El hombre estaba de pie, rígido, con las manos hundidas en los bolsillos de un abrigo de tweed demasiado nuevo, demasiado urbano. Llevaba una bufanda de cachemira que ondeaba violentamente al viento, como una bandera de socorro.
—Ornitólogo... —murmuró Macleod con desprecio, el aliento condensándose frente a su boca.
El Sr. V. tenía un telescopio terrestre montado en un trípode frente a él. Oficialmente, debía estar observando las colonias de alcatraces y frailecillos que anidaban en las cornisas inferiores. Pero el telescopio no apuntaba hacia abajo, hacia los nidos, ni hacia el cielo, buscando migraciones.
El telescopio apuntaba hacia el horizonte. Hacia el este. Hacia el mar del Norte abierto.
Macleod observó el lenguaje corporal del sujeto. El Sr. V. no tomaba notas. No tenía un cuaderno de campo abierto. Cada treinta segundos, se apartaba del ocular, miraba su reloj de muñeca —un gesto nervioso, compulsivo— y volvía a mirar al mar.
No estaba estudiando la naturaleza; estaba esperando un transporte.
Macleod sintió un pinchazo de reconocimiento en el estómago, una sensación ácida que mezclaba la lástima con el miedo.
Conocía esa postura. Conocía esa tensión en los hombros, esa forma de fumar el cigarrillo protegiéndolo del viento con la mano ahuecada, chupando el humo como si fuera oxígeno vital.
Era la postura de un hombre acorralado.
Macleod bajó los prismáticos por un momento y cerró los ojos. Se vio a sí mismo en 1903, en la estación de tren de Edimburgo, esperando una salida que parecía no llegar nunca. Se vio a sí mismo en el muelle de Liverpool, mirando los barcos con la esperanza de desaparecer.
El Sr. V. era un espejo. Un espejo sucio que reflejaba lo que Macleod había sido antes de convertirse en Robert Thomson. Y eso lo hacía peligroso. Un hombre desesperado es un hombre ruidoso, y el ruido atrae a los depredadores.
El viento trajo un olor débil pero inconfundible. No era olor a mar, ni a oveja. Era un aroma dulce, especiado, exótico.
Tabaco turco.
Macleod frunció el ceño. En Westray se fumaba tabaco negro de Virginia, fuerte y barato, o picadura de pipa que olía a alquitrán.
Nadie fumaba tabaco turco. Ese aroma pertenecía a los clubes de caballeros de Pall Mall en Londres, a las salas de espera del Ministerio de Exteriores, a los despachos donde se decidía el destino de las colonias mientras se bebía brandy.
Ese olor era una etiqueta de procedencia más clara que cualquier pasaporte. El Sr. V. venía del corazón del sistema.
Macleod volvió a mirar. El hombre había dejado el telescopio y ahora paseaba por el borde del precipicio.
Sus pasos eran irregulares. Cojeaba levemente, no por una lesión ósea como la de Macleod, sino por ampollas.
Llevaba zapatos de ciudad, de suela fina de cuero, inútiles en el terreno de turba y roca afilada de las Orcadas.
—Eres un burócrata —susurró Macleod—. Un oficinista que ha robado algo y ha corrido hacia el lugar más lejano del mapa, sin saber que el mapa se acaba aquí.
El Sr. V. se detuvo. Sacó un pañuelo y se secó la frente, a pesar de que la temperatura no superaba los cinco grados. Sudaba. Sudaba miedo.
Macleod sintió el peso de su propia decisión en el bolsillo de su chaqueta. Allí tenía el aviso de llegada del paquete certificado. El papel amarillo reglamentario del Royal Mail.
Su deber como jefe de correos era bajar a esa cabaña, llamar a la puerta y entregar el aviso. Decir: «Buenos días, señor. Tiene correspondencia certificada. Debe firmar aquí».
Pero su instinto de supervivencia le gritaba que no se acercara.
Si entregaba el aviso, el Sr. V. iría a la oficina. Firmaría. Recogería el paquete sellado con lacre rojo. Y el mecanismo se pondría en marcha. Fuera lo que fuera lo que había en ese sobre, era el detonante. Mientras el paquete estuviera en la caja fuerte, el tiempo estaba congelado.
Macleod vio cómo el hombre volvía a mirar el mar, con una esperanza que se desmoronaba minuto a minuto. No venía ningún barco a por él. Macleod lo sabía. Nadie enviaba un barco a las Orcadas en octubre a menos que quisiera naufragar.
El Sr. V. estaba solo. Y Macleod decidió, en ese instante de frío cálculo, que seguiría estando solo.
Guardó los prismáticos en su estuche de cuero. Se arrastró hacia atrás hasta que la loma lo ocultó de la vista de la cabaña, y solo entonces se puso de pie. Su tobillo protestó con un chasquido seco.
Caminó de vuelta hacia el pueblo, cojeando bajo el cielo opresivo, sintiéndose no como el guardián de la ley que una vez fue, sino como un carcelero que acaba de decidir no dar agua al prisionero.
◆◆◆
Camino de Pierowall a Noup Head. Una hora después.
Bella Sinclair pedaleaba contra el viento. Su bicicleta, una Humber negra y pesada, chirriaba con cada giro de los pedales, protestando contra el salitre que corroe todo metal en la isla.
Llevaba su maletín de enfermera atado al portaequipajes trasero.
Acababa de visitar al viejo Angus, que se moría lentamente de un enfisema provocado por cincuenta años de fumar en pipa y respirar polvo de carbón.
No había podido hacer nada por él, salvo dejarle un frasco de láudano para las noches peores y tomarle la mano un rato.
Bella odiaba esa impotencia. Odiaba haberse convertido en una proveedora de consuelo paliativo en lugar de una curadora. En Glasgow, había luchado contra epidemias, contra envenenamientos industriales, contra asesinos. Aquí, luchaba contra la vejez y la humedad.
Vio una figura en el camino, caminando hacia ella.
Era el inquilino de la cabaña. El ornitólogo.
Bella frenó, bajándose de la bicicleta. No podía evitarlo; el camino era estrecho, flanqueado por muros de piedra seca y zanjas de drenaje. Tenían que cruzarse.
El hombre caminaba con la cabeza baja, murmurando para sí mismo. Cuando notó la presencia de Bella, dio un salto, casi cayendo a la zanja. Sus ojos, detrás de unas gafas de montura de concha salpicadas de lluvia, se abrieron desmesuradamente.
Era el rostro del pánico.
—Disculpe —dijo Bella, adoptando su tono de enfermera local, inofensivo y maternal—. No quería asustarle. El viento oculta el ruido de las ruedas.
El hombre la miró fijamente, evaluando la amenaza. Bella notó sus manos.
No llevaba guantes. Sus manos estaban rojas por el frío, agrietadas. Pero no eran manos de trabajador. Eran manos finas, de dedos largos y uñas que habían sido cuidadas hasta hacía poco.
Sin embargo, lo que llamó la atención clínica de Bella no fue la forma, sino las marcas.
Tenía manchas de tinta en las yemas de los dedos índice y pulgar de la mano derecha. Tinta negra, indeleble. Y cortes. Pequeños cortes de papel, finos como cabellos, en los bordes de las manos. Docenas de ellos.
Cortes de quien ha manipulado miles de hojas de papel a gran velocidad. De quien ha archivado, o clasificado, o falsificados documentos hasta el agotamiento.
—No... no me ha asustado —mintió el hombre. Su voz era culta, un acento del sur de Inglaterra, educado en Oxford o Cambridge, que sonaba tan fuera de lugar en ese camino de barro como un piano de cola en un establo—. Solo estaba... pensando.
—Es un buen lugar para pensar, si no le importa el frío —dijo Bella—. Soy la señora Thomson. La enfermera del distrito. Si necesita algo para esa tos...
El hombre había tosido un par de veces, una tos seca y nerviosa.
—Estoy bien —dijo él rápidamente, retrocediendo un paso—. Solo salí a.… ver los pájaros.
—¿Ha visto alguno interesante? —preguntó Bella, señalando vagamente hacia el cielo vacío—. Los alcatraces ya se han ido al sur. Solo quedan las gaviotas y los cormoranes.
El hombre parpadeó. Era evidente que no sabía distinguir un alcatraz de una gallina.
—Sí... gaviotas. Muchas gaviotas. Fascinante.
Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta, buscando algo. Bella vio el temblor. Vio cómo sus dedos tanteaban la pitillera de plata, buscando el consuelo de la nicotina.
—Señora Thomson —dijo él de repente, con una urgencia que rompió su fachada de distanciamiento—. Usted vive en el pueblo. ¿Conoce al jefe de correos?
Bella sintió una alerta fría en la base de su columna vertebral.
—Es mi marido. Robert.
El hombre pareció aliviado y aterrorizado al mismo tiempo. Dio un paso hacia ella, bajando la voz, aunque no había nadie en kilómetros a la redonda.
—El correo. ¿Ha llegado el barco hoy?
—Llegó esta tarde. Con mucha dificultad.
—¿Y... sabe si había algo para mí? ¿Para la cabaña Cliffside? Estoy esperando... material de investigación. Libros. Es urgente.
Bella le sostuvo la mirada. Podía ver las venas rojas en el blanco de sus ojos. La falta de sueño. La desesperación química de la adrenalina crónica.
Sabía que James había traído la saca. Sabía que si hubiera algo importante, James ya se lo habría dicho o lo habría entregado. Pero James no había entregado nada.