La marca del psicópata Capítulo 110
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Capítulo 110

—¿Una cerveza? —le ofreció Ethan cuando el gobernador subió el largo tramo de escaleras que llevaba al porche de la cabaña.

—No, gracias. Pero necesito hablar contigo.

—Lo imaginé. Pero podría haberme llamado. Todo esto de amerizar en el lago me resulta un poco teatral.

—Te he llamado. Ocho veces desde el viernes. No has cogido el teléfono. Y dejé un mensaje después de cada llamada.

—No se ofenda —dijo Ethan—. Hace semanas que no miro el teléfono.

—Y hace un año que no te afeitas, a juzgar por tu aspecto.

—Así es.

—¿Podemos hablar dentro?

Ethan abrió la puerta de la cabaña y lo hizo pasar.

—¿Seguro que no le apetece una cerveza? —insistió.

—Estoy bien.

Mark se sentó en el sofá. Ethan se sentó en el sillón de al lado.

—Cuénteme qué lo trae hasta aquí, al norte, gobernador.

Mark sacó un periódico doblado de su bolsillo trasero y lo dejó caer sobre la mesa baja.

—El Journal del domingo —respondió.

Ethan levantó la barbilla para leer el titular.

Treinta años después, el Asesino del Corazón Negro del lago Michigan ha vuelto.

Ethan alargó el brazo hacia el periódico.

El viernes por la mañana, apareció un cuerpo en la orilla del lago Michigan. La mujer había sido degollada y llevaba tatuado un corazón negro en el pecho.

Ethan leyó el resto rápidamente.

—La noticia está en todos los canales locales y las cadenas nacionales están empezando a emitirla —dijo Mark.

Ethan levantó la vista.

—¿Cree que se trata de Francis?

—Sí. Y por eso he venido, Ethan. Dejó algo junto al cadáver de esta mujer para que sepamos que es él.

—¿Algo además del corazón negro?

—Sí. El médico forense encontró esto en la boca de la víctima.

El gobernador le entregó una foto de un trozo de papel arrugado sobre una mesa metálica de autopsias. Las pulcras letras mayúsculas se veían con claridad.

SÉ QUE VENDRÁS A BUSCARME.

HAZLO MEJOR QUE TU PADRE, ETHAN.

—Estoy formando un grupo especial de investigación. Quiero que lo dirijas.

Ethan levantó la vista de la foto.

—Quiero que te hagas cargo de la investigación, Ethan. Francis lo ha convertido en algo personal y quiero que lo encuentres antes de que empiecen a aparecer más cadáveres en la orilla.

Ethan se pasó una mano por el pelo revuelto y luego por la barba.

Todavía sentía el sabor de la cerveza en la garganta.

En su mente destellaban las fotos de su padre posando con Francis Bernard y con las mujeres que habían matado.

Su voz volvió a resonar en sus oídos. Durante todo un año Ethan había luchado por asimilar lo que había descubierto en aquel trastero.

A pesar de las pruebas irrefutables, una parte de su mente se negaba a creer que su padre hubiera sido el compañero de Francis Bernard.

El verano anterior cerró el trastero y mantuvo el contenido en secreto.

Pero ahora se encontraba ante una encrucijada.

En un lado, estaba la negación; en el otro, un choque frontal con la verdad.

Por su mente desfilaban imágenes de la vida que se había construido.

Recuerdos de la Facultad de Medicina y del Servicio de Urgencias, donde se había labrado una carrera prometedora y una existencia feliz.

Allí, el personal lo admiraba, sus colegas lo respetaban y sus pacientes lo querían.

Nadie tenía por qué enterarse de las fotos de su padre.

Ni por qué ver los vídeos o escuchar las grabaciones.

Podía quemarlo todo. Podía volver al hospital y dejar atrás el pasado.

Tal vez los motivos por los que había dejado su antigua vida en la DIC eran más profundos de lo que creía comprender.

Tal vez marcharse había sido una forma inconsciente de preservar el recuerdo de su padre.

Negó con la cabeza.

—Solo soy un médico de urgencias, gobernador.

—Eres el mejor investigador que tenemos, Ethan. En un solo verano resolviste el caso de mi hija, un caso que llevaba una década sin respuestas. Y ahora mismo te necesitamos.

Ethan volvió a negar con la cabeza.

—No creo ser el hombre indicado para la tarea, señor.

Se abrió la puerta de la cabaña y entró Maddie.

—Eres el único indicado. Y necesito que digas que sí.