Capítulo 108
Había pasado casi un año desde que encontró la carta en el depósito; estaba gastada de tanto leerla. Abrió la primera cerveza de la noche y empezó a leer:
Querido Ethan: La cárcel te quita casi todo, pero hay una cosa que te da: tiempo.
Sin la distracción de internet, de la televisión, de los libros —de todo, en realidad, salvo de tus propios pensamientos—, la cárcel me dio tiempo para trazar planes.
Si las cosas han salido tal como las ideé, ahora mismo soy un hombre libre.
Maddie Jacobson, la única mujer que logró escapar de tu padre y de mí, está muerta.
Ha sido una obsesión ardiente para mí durante más de treinta años. La que escapó. La que no puedo olvidar.
Antes de desaparecer rumbo a algún lugar desconocido, pensé que te debía una explicación. Una parte de mí disfruta con la idea de atormentarte con fotos de tu padre. Pero hay otra que prefiere contarte toda la historia de cómo empezamos él y yo.
A pesar de mantener una fachada impecable, Hank Hall era un hombre infeliz.
Estaba insatisfecho con su vida en todos los sentidos.
Descorazonado en su matrimonio. Decepcionado con su familia.
Y amargado por su carrera. La única vez que sentía alegría, me dijo, era cuando salíamos a buscar a nuestra próxima chica.
Y cuando la encontrábamos, se iluminaba de júbilo.
Cuando apareció Maddie Jacobson, nunca vi a tu padre tan desatado.
Y vaya si nos divertimos con ella. Pero cuando por fin llegó el momento de llevarla a la orilla del lago Michigan, todo salió mal.
Fue una tragedia. Logró escapar y, a partir de ahí, nuestra relación se vino abajo.
Si quieres saber qué ocurrió el día en que maté a tu padre, escucha la cinta de audio número 18. Como hice con casi todas mis interacciones con él, grabé nuestra última conversación porque sabía cómo terminarían las cosas.
Sé que no encontrarás paz sabiendo que tu padre ha muerto y que yo sigo ahí fuera. Pero la paz es algo que se gana. No es gratis.
Francis
Ethan dejó la carta, ajada y arrugada, sobre la mesa de la cocina, dio un largo trago a la cerveza y pulsó el botón del reproductor de casetes que había comprado el año anterior.
La grabación, de treinta y tres años de antigüedad, estaba cargada de estática.
Ethan la había escuchado tantas veces durante el último año que la cinta se había desgastado, por lo que las voces resultaban casi inaudibles.
Pero a estas alturas ya se sabía toda la conversación de memoria. Se recostó y escuchó.
Suponía que el audio había sido grabado en secreto.
Por el sonido amortiguado de las voces, Francis debió de meterse la grabadora en el bolsillo cuando abrió la puerta la noche en que Henry Hall apareció en su casa.
La grabación empezaba con el sonido de una cerradura que se abría y luego se oía el chirrido de una puerta.
Henry Hall: Tenemos que hablar.
Francis: Ya me lo imaginaba.
Henry Hall: Mis colegas del Departamento de Policía ya están hablando con ella en el hospital.
Francis: No hay nada que pueda contarles.
Henry Hall: No lo sabemos con certeza. No sabemos qué recuerda.
Francis: Quiero que lo recuerde todo. Esperaremos a que vuelva a casa y le enviaremos un recordatorio. Un fragmento de audio con sus gritos de terror. Tal vez fue mejor que escapara. Esto será más divertido.
Henry Hall: No. El equipo forense lo analizará y terminará por rastrearnos. Tenemos que ponerle fin a todo esto ahora mismo.
Francis: ¿Ponerle fin? ¿Quieres decir que no secuestraremos más chicas?
Henry Hall: Exacto.
Francis: Imposible, Hank. Lo sabes tú y también lo sé yo. Ninguno de los dos sobrevive sin esto.
Henry Hall: No sabes cómo trabaja esta gente. Los forenses, los detectives, los psiquiatras. Desmenuzarán el cuerpo y la mente de esta chica hasta dar con lo que buscan. Y terminarán por encontrarnos. Tienes que irte de la ciudad. Muy lejos.
Francis: No me voy a ninguna parte.
Henry Hall: ¡Que te vayas, te digo! ¡Se terminó! Hasta aquí hemos llegado con esto de las chicas.
Francis: No quiero más chicas. Quiero a la que se nos escapó.
Henry Hall: Imposible. No lo voy a permitir.
Francis: No depende de ti.
Henry Hall: ¡Claro que sí! Mi vida está en juego y…
¡PUM!
A pesar de haber escuchado la grabación cientos de veces, Ethan aún se sobresaltaba con el sonido del disparo.
La grabación continuó durante otra hora, aunque Francis no volvió a hablar. Ethan tuvo que rellenar con su imaginación los detalles de lo que oía. Pero sabía lo suficiente como para formarse una imagen bastante clara de lo que estaba ocurriendo.
Francis le disparó a su padre en la cara y luego pasó una hora vaciando el sótano donde llevaban a sus víctimas para torturarlas y marcarles a cada una un corazón negro.
Después, con el padre de Ethan muerto en el vestíbulo y las cintas de audio y vídeo empaquetadas para que Ethan las encontrara treinta y dos años más tarde, Francis prendió fuego a su casa para borrar cualquier prueba de lo que había ocurrido allí.
Ethan terminó la cerveza de un largo trago. Luego rebobinó la cinta y volvió a escucharla.